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El Barranco de La Leña

Mar 1, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en El Barranco de La Leña

Santa Cruz de Tenerife y sus habitantes han tenido siempre muy presente la existencia de barrancos dentro de la morfología urbana de la ciudad y sus barrios. La disposición en ladera de la parte baja del área metropolitana Santa Cruz-La Laguna, acrecentado con la cercanía del macizo de Anaga, que cierra la urbe por el noreste, hacen que esta zona de la isla se encuentre atravesada por las cortaduras y tajos de varios cauces, encontrándose en la actualidad algunos de ellos soterrados e invisibles a la mirada del ciudadano que transita por las calles y plazas de la ciudad. Así tenemos, los “ocultos” San Francisco y San Antonio que desembocaban en el entorno entre la Alameda y el comienzo de la Avenida Francisco La Roche, respectivamente. Semisoterrados tenemos al de El Hierro, que desde Ofra serpentea entre barrios chicharreros de Camino del Hierro, Tío Pino y Somosierra, para desembocar en La Hondura, después de atravesar la refinería, y El Barranquillo o del Aceite, que nace en las faldas de Las Mesas y junto al Camino Óliver pasa a estar oculto descendiendo por el subsuelo chicharrero por las calles Horacio Nelson, Costa y Grijalba y Robayna y ya en Weyler, pasa a desviarse hacia el Barranco de Santos. Hasta los años 30 del pasado siglo este bajaba por Imeldo Serís hacia el mar, de ahí que esa calle sea conocida aún por su antiguo nombre «calle del Barranquillo». Pero sin duda el Barranco de Santos es el que adquiere mayor importancia para la vida diaria del santacrucero. Sus profundas hendiduras y notable anchura han supuesto desde la conquista de la isla un obstáculo, a veces infranqueable, que ha dividido en dos la ciudad y ha ocasionado la construcción de varios puentes (Zurita, Galcerán, del Cabo, etc).

Yendo más hacia el norte, teniendo mayor influencia pues el agreste relieve de Anaga, sin rebasar al de Tahodio, sin duda uno de los más destacados del macizo, se encuentran dos modestos cauces que se unen antes de desembocar en el mar. Uno de ellos, el de Ancheta o de Almeyda, como es conocido en su curso bajo, nace en el entorno de Las Casillas-Los Campitos para descender bruscamente bajo los barrios de Ifara, Pino de Oro y Los Lavaderos, soterrándose junto a la trasera del Colegio de Arquitectos. Unas decenas de metros aguas abajo este cauce se une al de La Leña, bajo la calle Carlos JR Hamilton, para juntos desembocar ocultos, atravesando la avenida y puerto, en el entorno de Almeyda.

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Lugar en donde el barranco de Ancheta pasa a soterrarse
(al fondo Finca Fumero y Residencial Anaga)

De entre ambos barrancos, el de La Leña es quizás el más desconocido. Su desembocadura, como hemos visto, se encuentra soterrada bajo las dársenas y calles de esta zona de la ciudad y únicamente es visible dentro del entorno urbano a su paso junto a Residencial Anaga, frente a la Finca Fumero. Pero la cuenca hidrográfica de este cauce se extiende hacia arriba en altitud llegando a formar un singular y humilde valle totalmente ignorado y desconocido para el chicharrero medio.

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Cauce y cuenca del Barranco de La Leña, sobre ortofoto
(Fuente: GRAFCAN)

La longitud del cauce (exceptuando la parte soterrada) es de 1,88 Km, naciendo en la Degollada de La Asomada, bajo el Roque de las Cabezadas, a 370 metros sobre el nivel del mar. Así, flanqueado al noreste por el cordal del Risco de los Perros y la Cortadura Chica y al suroeste por la cresta que une la Meseta con la Montaña de la Leña y continuando esta hasta el mencionado Roque de las Cabezadas, se conforma un valle de 56 ha de superficie (salvando de nuevo la parte soterrada del barranco).

Hoy en día, como todos podremos ver al visitar la zona, la desembocadura de La Leña y Ancheta se encuentra soterrada bajo la Explanada Anaga del Puerto de Santa Cruz de Tenerife. Antaño a esta zona del litoral se la denominaba “El Varadero” debido a que en ese lugar se construían y arreglaban barcos durante varios siglos. Ambos barrancos (La Leña y Ancheta) eran conocidos en este último tramo como Barranco del Varadero, hasta que arraigó el topónimo “Almeyda” para esta zona de la villa, desde que una serie de terrenos en este lugar fueron propiedad de un hombre de origen portugués apellidado de esa manera.

Continuando con la toponimia el de “Ancheta” quizás tenga un origen guanche, viniendo del término Areheta, como era conocido este valle por los aborígenes. Respecto al de La Leña, como bien apunta Luis Cola en uno de sus “Retales de la historia“, este topónimo podría tener relación con la bajada de madera desde las cumbres hacia el ya citada Varadero, y así embarcarla con destino a otras islas. Y es que la explotación maderera de los montes de Anaga, bien sea legal o ilegal, se ha realizado desde recién conquistada la isla, y esa leña, arquetas, varas y demás solían tener como destino las tres islas orientales canarias.

Este topónimo de La Leña, si bien está muy arraigado en la zona, es raro verlo reflejado en referencias documentales y cartográficas históricas. Tras consultar varios planos antiguos de la ciudad, en los que en su mayoría sí bien nombrados los de Ancheta y sobre todo Almeyda, solo uno de los años 30 hace referencia al “Barranquillo de La Leña”.

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El valle de La Leña podríamos dividirlo en tres tramos. Por un lado, la parte alta, que aún mantiene restos de la actividad agrícola, ligada al cultivo de cereales, que antaño se desarrolló en la cabecera de este barranco. Prueba de ello son los numerosos muros de bancales que aún persisten a pesar del paso del tiempo y el abandono y, sobre todo, la existencia de una era junto a la degollada. Esta se encuentra hoy en día colonizada de vegetación (inciensos, verodes, tabaibas y herbáceas) y solo es visible in situ si se presta atención y se encuentran entre el matorral el empedrado y los muretes perimetrales.

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Captura de ortofoto de la cabecera de La Leña, en el entorno de La Asomada
(marcada con flecha roja, la era; en azul, el cauce)
(Fuente: GRAFCAN)

Toda esta zona, dominada por restos de bancales, se halla invadida por vegetación potencial de la zona, en donde destacan la tabaiba, el cornical, el incienso y varias especies de herbáceas. Junto al cauce llama la atención un rodal de piteras y en la ladera izquierda de este, de mayor pendiente que la diestra y más rocosa, sobresalen los cardones. El aspecto de esta parte alta de La Leña, debió de ser muy diferente tiempo atrás, debido al uso agrícola de la zona. Probablemente el acceso a la misma fuera principalmente por Los Campitos, hacia donde se sacarían las cosechas, ya que se dispone de mejor salida del valle hacia a ahí que aguas abajo hasta la costa. Vemos por lo tanto vestigios de actividad agraria en zonas altas (cabeceras de valles o cumbres) como ya ocurre en enclaves similares de esta zona del macizo de Anaga, por ejemplo el Roque Chiguel, la Mesa del Cautivo o la Mesa del Ramonal.

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Cabecera del valle, con el Roque de Las Cabezadas en el centro
y degollada de La Asomada a la derecha

El curso medio del barranco se caracteriza por una mayor pendiente de las laderas y con ello en encajonamiento del cauce, siempre rocoso y sin grandes saltos. Aquí ya la vegetación cambia ligeramente, siendo cada vez más predominante, según se desciende por el valle, la presencia del balo, junto a la tabaiba, el cornical y, sobre todo, el invasor y foráneo rabo de gato. La huella humana destaca en este tramo por la aparición de diferentes infraestructuras ligadas a la actividad hidráulica. Así, el valle es cruzado por varios canales, entre ellos el de Catalanes, que llega a este desde el vecino de Tahodio por la Cortadura Chica y continua hacia el de Ancheta por la Cortadura Grande. Además, en este lugar se adentra al valle mediante túnel una tubería de gran tamaño, y finaliza aquí una pista que permite el acceso con vehículo hasta este lugar desde el inicio de la calle Carlos JR Hamilton, tras la Comandancia de Obras. Esa pista fue construida en el año 2003 y fue mejorada en cuanto a anchura y firme (en la actualidad está hormigonada) en 2010.

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Tramos de canales a su paso por laderas y cauce de La Leña

Hasta hace algo más de una década en el cauce existía la Presa Fumero que surtía a la finca homónima cercana para el riego de las plataneras que poblaban sus bancales hasta hace unas décadas. Además, en la ladera noreste, bajo un pequeño bosquete de eucaliptos y una pequeña cantera puede verse aún un almacén de agua techado y en ruinas. En cambio, siguen en uso tres depósitos en la cumbre y faldas de la montaña de La Meseta. El de la cima y uno de los dos de la ladera son para abastecimiento urbano, y el tercero, el más bajo, es propiedad de la Autoridad Portuaria.

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Tramo central del valle, con pista junto al cauce y depósitos sobre la ladera
(aguas abajo, la zona de Rambla y Residencial Anaga)

El fondo del barranco comienza aquí a verse modificado y alterado de su morfología natural. A la ya citada presa, en la actualidad convertida en dique, se le une otro compuesto por una malla metálica dinámica levantado en 2011, y el encauzamiento hormigonado y escalonado del cauce de este desde su paso entre la Finca Fumero y Residencial Anaga y hasta su soterramiento, obras estas realizadas en 2003.

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Tramo escalonado del cauce, entre Finca Fumero (a derecha) 
y Residencial Anaga (a izquierda)

Por último tenemos el curso bajo, soterrado como ya hemos visto en líneas anteriores. Al haberse urbanizado esta zona y desarrollado el puerto mediante dársenas y explanadas, es más que necesario, como es lógico, este enterramiento del cauce. Eso sí, ante fenómenos atmosféricos adversos extraordinarios, este punto de la ciudad se nos presenta como de alto riesgo de avenidas e inundaciones. Un ejemplo de ello es todo lo ocurrido en la fatídica jornada del 31 de marzo de 2002. Esta fue una de las zonas de Santa Cruz que más sufrió los embates de las fuertes lluvias y las consecuentes riadas que acaecieron en esa tarde de Domingo de Resurrección. A la crecida desmedida del cauce de La leña y Ancheta se unió, además, el peligro de rotura de la citada Presa de Fumero. Los varios miles de metros cúbicos que almacenaba tuvieron que ser drenados y la presa suprimida.

Centenares de viviendas de la zona tuvieron que ser desalojadas, entre ellas todas las pertenecientes al Edificio Barlovento, y garajes, bajos y locales sufrieron las consecuencias del agua y el barro. Incluso la parte baja de la Comandancia de Marina sufrió aquella tarde los efectos del temporal. Pero lo peor de aquel día y los posteriores fue sin duda el fallecimiento de 8 vecinos de la ciudad a consecuencia de las lluvias.

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Comienzo de la calle Carlos JR Hamilton, 
dos días después de las lluvias del 31 de marzo de 2002
(bajo este tramo de la calle transita parte del soterramiento de 
La Leña y Ancheta)

Estoy seguro que son muchos los miles de chicharreros que a diario transitan junto o sobre este barranco sin conocer de su existencia. Sirva este atril, que la red de redes me ofrece, para dar a conocer este modesto valle de Anaga, que nace en la cumbre y muere bajo nuestros pies. Les invito a que se adentren en él, bien sea desde la degollada que lo separa de Los Campitos o aguas arriba, desde Residencial Anaga (en la curva confluencia de las calles Fernando H. Guzmán con Profesor Peraza Ayala). Podrán tener esa agradable percepción de estar aislado en el macizo a apenas unos minutos de la urbe. Además, con esas recompensas que la naturaleza nos ofrece. Unas extraordinarias vistas de las cumbres de Anaga (Montes de Aguirre, Pico del Inglés, Cabezo del Viento, La Fortaleza, La Muela, la Mesa del Cautivo, el Roque Chiguel, la Mesa del Ramonal y La Altura) y de Santa Cruz de Tenerife dirigiendo la vista hacia el mar.

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Vistas hacia la cumbre desde la degollada de la Asomada

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Santa Cruz de Tenerife, desde los restos de la era de La Asomada


Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


La breve escala en Tenerife de la Comisión Científica destinada a Panamá, a bordo del vapor Magallanes, en 1886

Feb 12, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en La breve escala en Tenerife de la Comisión Científica destinada a Panamá, a bordo del vapor Magallanes, en 1886

Arrancaba el año 1886 y el empresario francés Ferdinand de Lesseps, quien había sido el promotor del Canal de Suez dos décadas antes, anunciaba a bombo y platillo la llegada de nuevos y grandes inversores a su flamante y magna obra: el Canal de Panamá. Se busca así capital que permita acelerar y finalizar la construcción de tal proyecto. De Lesseps necesitaba imperiosamente ayuda económica y no cejó en su empeño. Para ello, el galo invitó a gobiernos y empresas de varias naciones (Francia, Inglaterra, Alemania, Holanda y EEUU) dejando de lado a nuestro país. España, país al que pertenecieron antaño esas tierras centroamericanas, la cuna de Vasco Núñez de Balboa, era dejada de lado en las inversiones y negocios ligados al futuro canal.

Poco hizo el gobierno de turno y demás clases dirigentes de la nación, a pesar del martilleo con el que la prensa del momento mostraba su pesar y ofensa por tal desconsideración. Únicamente un valenciano, un influyente banquero, político y ex alcalde de la capital del Turia, José Campo Pérez, primer Marqués de Campo, logra hacer frente a tal agravio nacional ofreciendo su dinero, empeño y uno de sus buques para la organización de una expedición a Panamá que represente a nuestro país y vele por nuestros interés, además de para conocer la idoneidad o no de la inversión en tal empeño. De hecho se llega a publicar en los periódicos de inicios de 1886 la carta que este envía el 27 de enero a Práxedes Mateo Sagasta, entonces Presidente del Consejo de Ministros.

La prensa del momento no ceja en halagos hacia el Marqués de Campo, valorando su patriotismo y aporte de capital y medios con el objetivo de sufragar una expedición que cruce el océano para representar a España y sus intereses y regrese después aportando valiosa información.

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Tras unas semanas de organización logística, de personal y burocrática, finalmente se crea una comisión científica compuesta por civiles y militares de gran valía. De entre los nombres de los hombres que formaban parte de ella destacan: Eliseo Sanchís y Bessada, brigadier de la Armada que actúa como jefe; Guillermo Brokman, Ingeniero de caminos, canales y puertos; Mariano Dusmet y Aspirós, capitán de artillería; José Luis Retortillo, abogado; Federico Aramburu, ingeniero; Francisco Javier Betegón, periodista; Manuel Cano y León, capitán de Ingenieros; Juan de Madariaga, capitán de infantería; Pedro Sánchez de Toca, capitán de navío; Nemesio Vicente Sancho, Ingeniero de la Armada; Fco. María Rivero, Cónsul de Guayaquil; Tomás Campuzano, dibujante; Luis Hugelmann, Secretario; y Francisco Peris Mencheta, Cronista. (José campo no participa de este viaje ya que tenía en esos momentos 76 años de edad)

Ya un mes antes a la partida hacia América, la expedición estaba preparada y el programa del viaje detallado. Se presupuestaron unas 200.000 pesetas del momento para costear todos los gastos; todo ello salió del bolsillo del levantino Campo Pérez. Este dispuso para efectuar el trayecto uno de sus buques, el Magallanes, un vapor de fabricación escocesa, de 2638 toneladas, que hasta su compra por el Marqués de Campo en 1875, era conocido como China. (José Campo lo tendría hasta 1889 año en que lo vende a un naviero alemán)

Gran parte de los miembros de la comisión científica acudieron a Vigo, lugar de partida, en tren desde Madrid. Allí estaba el vapor en cuestión que acababa de llegar de Santander, en donde se encontraba previamente. La salida estaba prevista para el 9 de marzo, pero un fuerte temporal retrasa una jornada la partida, saliendo finalmente al amanecer del miércoles 10.

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Vapor "Magallanes", cuando portaba bandera estadounidense y se llamaba "China"

La mañana del 14 de marzo el Magallanes fondea en la rada santacrucera siendo utilizados, durante las pocas horas en que estuvo en este puerto, los servicios de la consignataria Ghirlanda Hermanos. Así relata la prensa local la parada en la isla de casi media jornada del vapor y la comisión que lleva a bordo.

La Opinión (15 de marzo de 1886)

Ayer por la mañana dió fondo en nuestro puerto el vapor español Magallanes, propiedad del Sr. Marqués de Campo, cuyo buque conduce la Comisión científica española que lleva la misión de visitar las obras del istmo de Panamá, en donde actualmente se halla su ilustre Director Mr. de Lesseps.

(…) Deseamos á todos un rápido y feliz viaje y tendríamos la mayor satisfacción en que la honrosa misión que se les ha confiado resulte beneficiosa para los intereses de la ciencia y el comercio español.

Como vimos en líneas anteriores, uno de los miembros de la comisión era Francisco Peris Mencheta, quien actuaba como cronista oficial de la expedición. Este periodista valenciano, de muy buena confianza del Marqués de Campo y considerado uno de los mejores reporteros del momento (él precisamente es uno de los precursores de tal disciplina periodística), tenía por encargo la anotación de todo lo que aconteciera en el viaje, siendo, además, quien enviaba telegramas que informaban del transcurso del periplo. Por ejemplo, desde Tenerife envía este que fue publicado en prensa:

La Correspondencia de España (15 de marzo de 1886)

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El “Magallanes” sigue su viaje en escelentes condiciones.

La salud es inmejorable á bordo.

Los individuos de la comisión científica al Panamá saludan, por mi conducto, á sus familias y amigos.
Merncheta

Gracias a su buen hacer de este cronista vió la luz ese mismo año de 1886, poco tiempo después del regreso de la comisión, un libro que detalla los pormenores del viaje, desde su salida, incluidos preparativos previos, hasta su vuelta a España. Esta obra es: De Madrid a Panamá : Vigo, Tuy, Tenerife, Puerto-Rico, Cuba, Colón y Panamá : crónica de la expedición enviada por el Excmo. Sr. Marqués de Campo / escrita por D. F. Peris Mencheta ; ilustrada por T. Campuzano ; con un prólogo del Sr. D. J. Navarro Reverter (Editori Antonio de San Martín, Madrid, 1886) (obra digitalizada en Biblioteca Digital de la Comunidad de Madrid: ver publicación)

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Y es en esta obra de Peris Mencheta en la que se detalla la llegada la isla, las horas que pasan en la ciudad de Santa Cruz de Tenerife y su puerto y la salida del buque rumbo a Puerto Rico. Así, en la noche del 13 de marzo ya el vapor se acerca a la isla y, como ya ocurriera con otros cuadernos de a bordo o diarios de otros viajeros y expediciones, se hace mención a la agreste costa de Anaga como indicador de la pronta llegada a puerto:

A las diez de la noche se vislumbró la luz de la punta Nordeste de la isla de Santa Cruz de Tenerife y á la una de la madrugada el faro del puerto, moderándose el andar del buque á fin de aguantar frente á la rada hasta el amanecer, que llegó el práctico. Fondeamos á un tercio de milla del muelle á las seis y cuarto de la mañana, y á las siete nos encontrábamos recorriendo las calles de la capital de las islas Canarias.

Santa Cruz de Tenerife es la más importante de las islas Canaria, tanto por su situación geográfica y estratégica y el desarrollo de su comercio, como por residir en ella el Capitán general, el Gobernador civil, el Delegado de Hacienda y cuanto constituye la vida oficial, si se exceptúa la Audiencia del territorio, que radica en las Palmas (Gran-Canaria).

Tras encuadrarla histórica y geográficamente dentro del contexto físico y político-administrativo, prosigue su descripción de Santa Cruz y su puerto, explayando sus comentarios sobre el castillo de San Cristóbal y el papel jugado por esta y otras fortificaciones durante la Gesta del 25 de Julio de 1797:

La ciudad se parece en conjunto á Gibraltar, si bien tiene varias particularidades que recuerdan á Mahón.

El aspecto del muelle es agradable; son espaciosos y están bien conservados sus almacenes y oficinas, algunas de las cuales lindan con el castillo de San Cristóbal, fortaleza artillada con piezas que deberían haber sido reemplazadas algunos años há con otras que respondan á la importancia de la plaza y á los adelantos modernos. ¡Increible parece que se mire con tal indiferencia la defensa de nuestras costas y de nuestros puertos! También en Tenerife se notó la tendencia del Gobierno á aumentar la artillería que la defiende, cuando hubo temores de que no se resolviera tan acertada como felizmente se resolvió la prioridad de la ocupación de Yap; pero después no ha vuelto á hablarse del asunto. Siempre lo mismo!

Posible es que desde el periodo de nuestras contiendas con la Gran-Bretaña, cuando despues del frustrado bombardeo de Cádiz envió el gobierno inglés la escuadra que mandaba Nelson con instrucciones de ocupar á Santa Cruz de Tenerife, ninguno de nuestros gobernantes haya pensado en que el hecho podria repetirse por la misma nación ó por otra tan audaz y tan poderosa como ella, y que convenia estar prevenidos para cualquier acontecimiento que pudiera ocurrir en el transcurso del tiempo.

Mucho puede la lealtad, el amor pátrio y el valor de un pueblo unido á las fuerzas que lo guarnecen; mas dadas las condiciones de la actual Marina de guerra, no lograría la plaza que nos ocupa hacer llegar sus proyectiles á los buques enemigos, que con los suyos reducirian á escombros la población en poco tiempo. Póngase la plaza en condiciones de defensa iguales á las que tenia en 1797, comparadas con las de la escuadra mandada por Nelson, y podrá repetirse, si desgraciadamente llega el caso, aquella brillante y heróica jornada que tanto enaltece á Santa Cruz de Tenerife y que tan dolorosa fué para el citado almirante, su segundo Andrews, el capitán Bowen y las fuerzas a su mando.

Y pasa a explicar la trama urbana de una ciudad que tenía casi veinte mil habitantes (según censo de 1877, 16.689 habitantes) y en la que según Perís Mencheta posee un clima tan templado y benigno, que en los meses de diciembre y enero, los peninsulares sienten calor y no pueden usar trajes ni abrigos de invierno.

Junto al baluarte de San Cristóbal está la plaza del Gobierno, y en ella el palacio del Gobernador civil, la casa donde nació el ilustre caudillo de la gloriosa campaña de Africa, don Leopoldo O’Donnell, y el monumento que representa la Aparición de la Virgen de la Candelaria á los menceyes; es de mármol de Carrara y mide unos diez metros de altura.

El comercio ocupa casi todas las casas de dicha plaza, así como las de la calle del Castillo que en ella desemboca y conduce á la Capitanía general.

Esta calle es la mejor de la ciudad y la única que está bien empedrada. La plaza de la Capitanía la forma un cuadrilátero de más de 60 metros de frente, embellecida con plantaciones de pinos, sauces y plátanos. El palacio del Capitán general es un edificio nuevo, espacioso y elegante.

Las calles son rectas y limpias, y se ven en algunas de ellas edificios excelentes. Los paseos son muy lindos, especialmente el de la plaza del Príncipe, punto de reunión en los días festivos y los jueves de hermosas niñas y de apasionados galanes, que allí concurren con motivo de amenizarle una banda de música. En él vimos á varias familias distinguidas, al Gobernador civil á la sazón, nuestro amigo D. Rafael Sarthou, á quien habíamos tenido el gusto de saludar anteriormente en su despacho; al Secretario del Gobierno Sr. Carreras, al Delegado de Hacienda y á otros funcionarios.

También estaba en el paseo el coronel de caballería Sr. Bermejo, desterrado por sus opiniones políticas.

Los templos son poco notables y no reunen ningún mérito artístico; el Hospital es bastante regular; el Casino bueno y elegante; el teatro no responde á la importancia de la localidad; los mercados dejan mucho que desear, y las fondas, si no son de primera, es esmerado el servicio y los precios baratísimos.

Se adentra Perís en los aspectos socio económicos de la vida en la isla de esta manera:

La vida es baratísima en la capital de las islas Canarias. (…) La franquicia mercantil que disfruta favorece el desarrollo de su comercio.

La industria del pais hace algunos años estaba circunscrita á la cochinilla., que alcanzó precios fabulosos y que puso el estado económico de las islas en situación próspera y brillante; pero el descubrimiento de procedimientos químicos que la suplen abarató el producto, llegando á hacer casi nula la demanda, y de ahí el empobrecimiento de aquellas islas.

Ahora se cultiva el tabaco con bastante éxito, y hay fundadas esperanzas para creer que dentro de poco tiempo renacerá con la nueva industria la prosperidad y la riqueza de la provincia.

Se cultiva además las caña de azúcar, y como el suelo es feracísimo, vá dando bastante buenos resultados y constituye también una esperanza para el porvenir.

Tras estas líneas dedicadas a la descripción urbana, social y económica de Santa Cruz de Tenerife, pasa a relatar algunos aspectos ligados a las villas de La Laguna, en la que residen las familias más ilustres del país, la aristocracia canaria, casi toda arruinada, La Orotava, al pie del Teide, y Garachico, localidad y puerto que no han recobrado, a pesar del tiempo transcurrido (desde la erupción que asoló la villa en 1706), su antiguo esplendor.

Finaliza la breve estancia en la ciudad de esta expedición con un buen sabor de boca, interpretado por las palabras que dedica a ello Perís Mencheta:

Los expedicionarios nos ausentamos de Tenerife altamente satisfechos, sintiendo que el itinerario de nuestro viaje no nos permitiera aceptar los agasajos que se proponían dispensarnos el Gobernador civil Sr. Sarthóu, el presidente del Casino y los de otras corporaciones.

Y el Magallanes leva anclas a las cinco de la tarde del domingo 14 de marzo y enfila proa hacia Puerto Rico, a donde llegarían diez días más tarde. Durante esa semana y media en la que el Magallanes cruza el Atlántico se viven momentos de alegría, debido a los festejos que se hacen a bordo en honor de la festividad de San José, santo del propietario de la nave y mecenas de la expedición.

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Francisco Peris Mencheta

Pero, tres días más tarde de aquella festiva jornada de banquetes y brindis, durante la madrugada del 22 de marzo, uno de los camareros del buque, Segundo Vázquez Baliño, rompió el silencio de la noche con unos terribles gritos de dolor y angustia ante la imposibilidad de poder respirar. Ni la ayuda del médico de Comisión, Luis Vidal, ni las atenciones que también le dieron el practicante, el mayordomo y otros tripulantes pudieron salvar la vida del malogrado Segundo que muere minutos más tarde, justo antes de que llegara el curo a darle la extremaunción.

Toda esa jornada fue inundada por una profunda tristeza que llegaba desde el Capitán de la nave hasta el último marinero. A la noche siguiente se procede a honrar al difunto con un responso y un entierro en el mar que Perís Mencheta describe así:

Hallábase éste colocado sobre una tabla y tenia fuertemente atados á las piernas dos gruesos lingotes de hierro, á fin de que al ser echado al agua se precipitara en la profundidad del mar, que en aquellas latitudes no bajará de 2.500 metros.

(…) La oficialidad del buque y a Comisión expedicionaria se colocaron en el puente, y la marinería en los sitios designados por el capitán.

Al empezar el responso, el contramaestre Jaime, marinero viejo, muy apreciado por lo inteligente é infatigable, avisó con una campanada que era llegado el momento de orar por aquél cuyo cuerpo iba á ser sepultado.

Terminada la oración, mandó el capitán que parase la máquina, en señal de respeto, y enfrenado el andar, dió comienzo el fúnebre acto.

Cuatro fornidos marineros levantaron el cadáver y le pusieron sobre la mura de babor; un segundo después se oyó el choque del cuerpo inerte arrojado al agua, y desapareció con la velocidad que lanzan sus proyectiles las piezas de cien toneladas.

La sepultura no puede ser más majestuosa. ¡Pero qué triste debe ser morir en tales circunstancias!

La expedición llegó al día siguiente a Puerto Rico. Después vendrían otros destinos como La Habana (Cuba) y Colón (Panamá) y tras ello la visita a la zona del istmo en donde se proyectaba la construcción del canal. En el regreso de la Comisión se pasó de nuevo por la capital cubana para volver a España, al puerto desde el cual se zarpó (Vigo), el 16 de mayo. En total más de dos meses de un viaje que recorrió alrededor de 11.000 millas náuticas. Al día siguiente, 17 de mayo de 1886, histórica jornada en la que vino al mundo Alfonso XIII, buena parte de la Comisión llega a Madrid en donde son recibidos y felicitados por el Marqués de Campo.

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Trabajos en las comisiones científicas en el Canal de Panamá
La Ilustración Nacional : revista literaria, científica y artística 
Tomo IV Año VII Número 12 - 1886 abril 30

Por cierto, el honorable francés de Lesseps dejaría de portar esa noble distinción sólo tres años más tarde, cuando salta a la luz el conocido como “el Escándalo de Panamá”. El proyecto del canal había entrado en barrena. La corrupción, la pésima administración de los trabajos, los gastos excesivos y las dificultades de financiación provocaron una tremenda crisis a esta obra, originando la quiebra de la compañía, la ruina para decenas de miles de accionistas y la toma del proyecto por parte de EEUU, finalizándose la construcción del canal en 1914.


Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


Centenario del primer enterramiento en el Cementerio de Santa Lastenia

Ene 28, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog, Uncategorized  //  Comentarios desactivados en Centenario del primer enterramiento en el Cementerio de Santa Lastenia

Se acercaba el final del siglo XIX y el viejo Cementerio de San Rafael y San Roque, amenazaba con su saturación. Durante casi todo ese siglo este camposanto había ido acogiendo a numerosos difuntos y tras varias ampliaciones, fue clausurado en 1906, mediante Real Orden del 25 de junio. Años antes, en 1898 y previendo este cercano fin del cementerio capitalino, se autorizaba la creación de una nueva necrópolis que recibiría los finados futuros. Echaba a andar, de manera burocrática y administrativa, el futuro nuevo cementerio de Santa Cruz de Tenerife.

Antes de redactar proyectos y comenzar las obras, hubo de salvarse varios litigios, sobre todo con el Ministerio de la Guerra a cuenta del emplazamiento de las cercanas baterías militares ubicadas en esa zona suroeste de la ciudad, sobre todo la denominada como Alfonso XIII o Barranco del Hierro. Solventados estos contratiempos y ante la acuciante necesidad de un nuevo equipamiento mortuorio, en 1909 se decide la compra de unos terrenos, propiedad del entonces arquitecto municipal, el granadino Antonio Pintor, los cuales reunían las condiciones ideales en cuanto a características edáficas, de influencia de vientos dominantes (al igual que el de San Rafael y San Roque, estaría situado en el extremo opuesto a los alisios), de superficie (se disponían de más de 40.000 metros cuadrados) y, sobre todo, de lejanía a zona urbana (distaban en aquel momento unos dos kilómetros de la casa más cercana).

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Entrada actual al Cementerio, obra precisamente de Antonio Pintor

Pero hubo de esperar unos años a que por fin este nuevo camposanto albergara el reposo de nuevos fallecidos. Sin ver acabadas las obras y ante la inviabilidad de nuevos enterramientos en el viejo cementerio, el Alcalde Casariego ordenó la inhumación de una joven fallecida en la ciudad. Esta chica, de apenas 16 años, tenía por nombre María Lastenia del Pino Rodríguez, y en su honor se procedió, siguiendo la tradición, a bautizar la nueva necrópolis: Cementerio de Santa Lastenia. (en los otros cementerios de la ciudad se siguió con la misma práctica: Cementerio Santa Rosalía de Igueste de San Andrés, por Rosalía Lopez (enterrada en este en noviembre de 1893); Cementerio de Santa Modesta en la Punta de Anaga, por Modesta Álvarez (fallecida en 1937) y Cementerio de Santa Catalina del Sobradillo, por Catalina Díaz (inhumada en él en 1927))

¿Pero quién era esta infortunada muchacha? María Lastenia nació en el año 1900 y poco tiempo después fue recluida en la casa de maternidad de Santa Cruz. En octubre de 1903, con tres añitos, fue dada en adopción, tras solicitud de estos, al matrimonio compuesto por Francisco del Pino Cruz y Josefa Rodríguez. Desgraciadamente, la joven fallece en el invierno de 1916, un 27 de enero. Al día siguiente fue enterrada en la fosa común del estrenado, pero aún inacabado, nuevo cementerio chicharrero. Junto a ella, a lo largo de esa jornada del 28 de enero de 1916 recibieron sepulcro cuatro personas más.

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Placa que recuerda a la joven Lastenia del Pino como primer enterramiento 
del cementerio
(se dice en la placa que carecía de familiares, 
a pesar de que, como hemos visto,  fue adoptada y, por lo tanto, 
tenía padres en el momento de su fallecimiento)

Asistieron a esa luctuosa inauguración, además de los familiares y conocidos de la fallecida, el Alcalde Casariego, el Obispo de la Diócesis, que bendijo esa zona de la necrópolis, el Concejal inspector del Cementerio, el inspector provincial de Sanidad, Sr. Van Baunberghen, y el Secretario del Ayuntamiento, Luis Sarmiento y Carla, quien levantó acta. Además, del acto se dio buena cuenta en la prensa local del día siguiente:

Diario de Tenerife, 29 de enero de 1916

Ayer se efectuó la primera inhumación en el nuevo Cementerio de esta Capital. Muchos años hace que el antiguo Camposanto era insuficiente á pesar de sus sucesivas ampliaciones; pero dificultades de diversa índole que no son desconocidas por nuestros lectores, habían hecho imposible al Ayuntamiento, disponer de terreno adecuado para los enterramientos.

Hallóse este al fin, y se comenzaron las obras; pero como antes de estar terminadas se presentó el conflicto de no ser ya posible efectuar ni un enterramiento en la fosa común del antiguo cementerio, el Alcalde señor Casariego, allanando dificultades y precipitando trámites solucionó ayer el conflicto.

Un lustro más tarde del fallecimiento de Lastenia, el 1 de febrero de 1921, el ayuntamiento capitalino, bajo el mando del Alcalde Mandillo Tejera, acordó por unanimidad la concesión a perpetuidad y de manera gratuita de los terrenos en donde reposaban los restos de la joven a su padre Francisco del Pino, en atención a haber sido el primer cadáver inhumado en ese cementerio.

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Cementerio de Santa Lastenia en la actualidad

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El viejo camino a Igueste desde San Andrés

Dic 23, 2015   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Anaga, Blog  //  Comentarios desactivados en El viejo camino a Igueste desde San Andrés

El macizo de Anaga se nos presenta a la vista como una agreste península situada en el noreste de la isla de Tenerife, dominada por un rosario de intercalados barrancos y crestas y limitada por verticales acantilados, pintorescas playas de arena negra y roquedos sinuosos. Con estas condiciones del relieve no es de extrañar las deficientes comunicaciones con el resto de la isla padecidas por la población local durante varios siglos. Igueste de San Andrés es uno de esos núcleos que ha sufrido la lejanía que suponen las restricciones y dificultades de esta majestuosa orografía, pese a estar cerca e incluso viendo desde él a la villa y puerto de Santa Cruz de Tenerife.

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Igueste de San Andrés y costa sur del macizo de Anaga
(al fondo Santa Cruz de Tenerife)

Esto ha supuesto que la comunicación con Santa Cruz se haya realizado principalmente durante varios siglos por vía marítima. Era, sin lugar a dudas, la manera más rápida y segura de ir y venir desde la villa chicharrera, pudiendo ya en la plaza establecer comunicación con otras zonas de la isla ya por caminos o carreteras. De este modo, personas y mercancías (plátanos, tomates, mangos, etc) partían desde Igueste en modestas naves a vela, remo y motor, según la época y el buque, claro está.

Fue clave para Igueste la mejora de la comunicación por mar que propició la construcción del embarcadero levantado por el Ministerio de Fomento a mediados de 1888 (comenzaron las obras en agosto del año anterior). Este pequeño muelle formaba parte de las infraestructuras necesarias para la instalación en la atalaya iguestera del Semáforo de la Armada, que entró en funcionamiento unos años más tarde, concretamente el 4 de diciembre de 1895. Así, se edificó este dique y desde él una nueva vereda que ascendía hasta el edificio militar, de un metro de anchura (en algunos tramos se llega a superar esta medida) y con canal de desagüe de aguas de escorrentía en el lateral interior del camino. Tan extraordinario era (y es) este sendero en comparación con el que llegaba desde San Andrés por la costa y otros de la zona que los vecinos de Igueste lo apodaron (y continúan llamando) “la carretera”.

muelle

Restos del embarcadero ligado al Semáforo de Igueste

Pero existía de manera paralela una comunicación vía terrestre con el resto del macizo y La Laguna, a través de la cumbre, y con Santa Cruz, gracias a una estrecha, sinuosa y peligrosa vereda costera, literalmente colgada en el acantilado, y que llegaba a San Andrés para allí tomar el camino del litoral que conducía a la villa. Este sendero fue utilizado desde la conquista y supuso hasta el primer tercio del siglo XX la única manera de conexión terrestre de Igueste con su vecino San Andrés y, por ende, con Santa Cruz de Tenerife.

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Postal antigua con una imagen del camino a su paso por la Punta de Los Órganos
(Las Teresitas, San Andrés)

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Estado actual de esta misma zona de la Punta, 
aún con restos del sendero en la ladera

Tras atravesar la Punta de los Órganos, superaba a media altura la ladera que desciende a la playa de Las Gaviotas para, más adelante, atravesar el barranco de Valleseco, la Hoya del Agua, sobre la playa de la Fuente de la Cueva, y con ello llegar hasta el barranco del Balayo. Una vez ahí, superada la mitad del recorrido, continuaba sobre el acantilado, cruzaba el barranco de Tagarga y llegaba por fin, tras unos cinco kilómetros de itinerario, hasta Igueste.

Así nos relatan algunos de los muchos viajeros que se adentraron antaño en el macizo de Anaga, su paso por este escabroso sendero:

Dos años en las Canarias (Charles F. Barker)

El viajero y vendedor de biblias británico Charles F. Barker recaló en Canarias allá por el mes de septiembre de 1885, vía Tánger. Tras una estancia en Gran Canaria, visita también La Palma y Tenerife. En uno de sus viajes por estas tres islas vendiendo biblias en castellano y bilingües, se adentra en Anaga, partiendo de Santa Cruz, lo que le permite visitar varios núcleos, entre ellos Igueste, tras su paso por San Andrés. Así nos relata:

Después de comprar pan, seguimos adelante por el borde del mar y por unos agrestes acantilados cortados a pico, llegando al Valle de Igueste alrededor de las 5:30.

Revista “Artes y letras” (Pedro Maffiotte) 31 enero 1903

En esta revista, el cchicharrero Pedro Maffiotte llega hasta Igueste, con el objetivo de ascender a la atalaya y visitar el Semáforo y el “bujero del Robado”. Nos relata así su paso por el camino en cuestión:

Subidas, bajadas, pedruscos, tropezones, todo eso hay que pasar, faldeando unas tremendas montañas acantiladas para llegar a Igueste, donde no me detuve más que un momento para tomar un vaso de agua y vino en un ventucho y adelante siempre por la orilla del mar, sobre piedras resbaladizas y musgosas, hasta llegar a cien metros casi del tal Roquete …. alto! De aquí no se pasa, sino nadando o volando.

 La isla de Tenerife: su descripción general y geografía (Juan López Soler)

En 1906 sale a la luz la obra “Descripción de Tenerife”, sin duda la más destacada del militar ferrolano Juan López Soler. Tras ser destinado a la Capitanía General de Canarias en 1898, con empleo de capitán, permaneció en las islas un año y medio aproximadamente, dedicando especialmente sus labores a tareas topográficas. Esto le sirvió para recorrer multitud de caminos y carreteras visitando con ello el amplio número de núcleos y barrios que salpican Tenerife, isla en donde pasó la mayor parte de su estancia canaria. A Igueste llega desde el vecino barrio de San Andrés por un camino costero, relatado de la siguiente manera:

El camino que por la costa se dirige a Igueste, es sumamente accidentado, teniendo pasos muy difíciles; cruza el Barranquillo de Tras de la Arena, el de Las Yeguas, Barranquillo de Herradores, hasta llegar al de Igueste en donde se encuentra el caserío del mismo nombre, pasando por la parte baja de Los Órganos, abruptas rocas que cortadas a pico se encuentran a la izquierda del camino.

Las islas Canarias: descripción de Tenerife (Louis Proust y Joseph Pitard)

Louis Proust y Joseph Pitard fueron dos viajeros e intelectuales franceses que visitaron el archipiélago en los años 1905 y 1906. Louis era botánico y docente, además de reputado investigador. Joseph estudió derecho y desempeñó varios cargos políticos en el país galo. Ambos caminaron varias jornadas por el macizo de Anaga y llegan a Igueste desde la cumbre, tras visitar el Faro, en lo alto de Roque Bermejo. Nos relatan su paso por este rincón de la isla de la siguiente manera:

Hay que echar cinco o seis horas de marcha a través de estos parajes, que desafían cualquier descripción, antes de llegar a Igueste, pequeño valle verde en cuyo fondo se agrupan algunas casitas de pescadores. Más allá de Igueste no dejamos de bordear el mar, tanto por una playa de arena negra que nos quema los pies como por unas elevadas cornisas, siempre atravesando hondonadas y barrancos, y no tardamos en bajar a San Andrés, desde donde una excelente carretera conduce rápidamente a Santa Cruz.

Viaje a las Islas Afortunadas: Cartas desde las Canarias en 1879 (Jules Leclercq)

El viajero belga Jules Leclercq realiza un recorrido por varias islas del archipiélago centrándose en Tenerife. De esta manera recorre el macizo de Anaga y en su relato entre el Faro de la Punta de Anaga y San Andrés nos cuenta:

(…) pasado Igueste, vamos siguiendo la orilla del mar, unas veces, por la playa; otras, por cornisas suspendidas en el aire, yendo de valle en valle y de barranco en barranco.

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Mapa en el que se encuentra representado el sendero entre San Andrés e Igueste,
que aparece en la obra: Wanderungen im canarischen Hoch und Tiefland  (1896)

Pero, al igual que a otras zonas de la isla, tarde o temprano la carretera y con ello los automóviles habrían de llegar hasta este apartado rincón de Anaga. Primero el necesario tramo Santa Cruz-San Andrés, que en 1886 llegaba hasta El Bufadero y unos años más tarde completaría recorrido en San Andrés (después se construiría la vía hasta Taganana, a donde llega en 1939).

Arranca el siglo XX y en 1911 se inician los trámites de construcción de un camino vecinal de San Andrés a Igueste. Así ese año se publica en el Boletín Oficial de la Provincia la declaración de utilidad pública de esa vía. Pero el proyecto no sale adelante. Un par de años más tarde, incluso desde Igueste se solicita que la carretera proyectada a Taganana cambie su recorrido. Así, se insta a que esta vía llegue a Igueste, suba hasta la cumbre para después descender hasta Benijo, atravesar Almáciga y así llegar a su destino. Este proyecto, como todos sabemos no se llegaría a culminar. Finalmente en 1921 se aprueba un proyecto de carretera a Igueste con un presupuesto de 242.777 pesetas. Al año siguiente se inician las obras. Se abre, pues, una pista en los años 20, que sería asfaltada en los 40. Llegaba así, por fin, la carretera al núcleo iguestero y con ello la vieja vereda que partía desde San Andrés por Los Órganos y El Balayo comenzaría su fallecimiento y desaparición.

En la actualidad algunos tramos de elle resisten al paso de tiempo, los derrumbes, la vegetación y las lluvias. Desde la carretera pueden verse aún pequeñas secciones del camino, dándonos la idea de cual peligroso era el tránsito por él y lo colgado que iba a través de esta accidentada costa, plagada de acantilados y escarpes verticales. Veamos algunas imágenes actuales tomadas desde la carretera (TF-121) todas ellas repetidas al llevar representados con lineas de puntos los tramos que aún hoy se pueden encontrar, afinando la vista y con algo de intuición, claro está.

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