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Embalse del Cuchillo

Nov 27, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Anaga, Blog  //  Comentarios desactivados en Embalse del Cuchillo

En el curso medio del Barranco del Bufadero, en la vertiente sur del tinerfeño macizo de Anaga, se halla una modesta charca, pariente cercana, si me lo permiten, de la vecina de Tahodio, situada en el valle homónimo. Se trata del embalse del Cuchillo, encajada aguas abajo de la unión de los valles de Crispín y Brosque, en un lugar antes denominado como “Huerta del Cuchillo”, de ahí su nombre.

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Situación de Embalse de Tahodio (marcado en amarillo) y del Cuchillo (en rojo),
sobre imagen de Google Earth

La historia de esta represa arranca en el primer tercio del siglo pasado. A comienzos del año 1922, varios peticionarios solicitan autorización para aprovecharse de las aguas que discurren por ese barranco mediante la construcción de una embalse con su necesaria presa. El proyecto, fechado el 25 de enero de 1922, obra del Ingeniero Juan Galán Herrera, preveía el almacenaje máximo de 106.203,570 metros cúbicos de agua, destinado por completo al riego de terrenos de estos solicitantes. Los demandantes eran: Sebastián Déniz Hernández, Felipe Poggi González, José Déniz Fernández, Luis Díaz Rodríguez, Pedro Pérez Hernández, Pedro Hernández Rodríguez, José Hernández y la viuda e hijos de Salvador Mederos.

Estos tuvieron que esperar casi tres años hasta tener noticias oficiales del estado del proyecto ligado a su solicitud. En sesión de la comisión permanente del Cabildo Insular de Tenerife de finales de septiembre de 1924 se aprueba el pase a la Comisión de Fomento del expediente. Y dos años y medio después el proyecto es al fin aprobado, en abril de 1927. A partir de ese momento se daría el pistoletazo de salida para el comienzo de las obras. En unos meses se completaría la construcción de esta nueva presa del macizo, que entraría en uso apenas dos años más tarde de la ya citada de Tahodio.

Sus principales características son:

DATOS HIDROLÓGICOS

– 6,25 Kilómetros cuadrados de superficie de la cuenca

MURO

– 17 metros de altura

– 69 metros de longitud en la parte alta

EMBALSE

– 12.004 metros cuadrados de superficie

A partir de ese momento, primeros meses de 1928, Anaga contaba con un nuevo embalse destinado al riego de fincas de cultivo, esta vez del barranco del Bufadero. Curiosamente, este charca sirvió, como era de esperar, para el disfrute y baño de los vecinos del lugar. Tal es así que en una ocasión llegó a morir un joven, Vicente Tejera Martín, quien se ahogó el 8 de julio de 1928 mientras se bañaba en estas aguas junto a su hermano y un amigo.

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Imágenes actuales de la charca

Actualmente la charca se carga de agua tras las lluvias del otoño e invierno, gracias al aporte que le proporcionan los dos valles que se unen apenas unos 540 metros aguas arriba del embalse. Uno de ellos, el más occidental, es el Valle Crispín, con una cuenca que arranca desde la Hoya Guañaque, bajo las Casas de la Cumbre. El otro, de mayor superficie, es el Valle Brosque que desciende desde Mataborricos y el Majimial.

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Cauces de los valles que surten a la charca (azul): Crispín, en amarillo, y Brosque, en rojo


Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Geógrafo y miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


El hoy anhelado y entonces detestado Castillo de San Cristóbal

Sep 11, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en El hoy anhelado y entonces detestado Castillo de San Cristóbal


EL HOY ANHELADO Y ENTONCES DETESTADO CASTILLO DE SAN CRISTÓBAL

Se cumplen noventa años del acuerdo del Consejo de Ministros por el que se aprobó la demolición de esta legendaria fortaleza santacrucera

(artículo publicado en "Diario de Avisos" del domingo 11 de septiembre de 2016)

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Lunes 13 de septiembre de 1926. El Consejo de Ministros, bajo la Presidencia de Miguel Primo de Rivera, acuerda la cesión al Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife de varios inmuebles militares de la ciudad, entre ellos el Castillo de San Cristóbal. Se afianzaba y tenía virtud legal el proceso de transformación urbana del frente marítimo (centro) de la capital tinerfeña promovido por el consistorio años antes, pasando pues a ser derribada dos años más tarde esta honorable fortaleza, partícipe de las mejores páginas de la historia del archipiélago.

Los diarios locales del momento mostraban en sus páginas la alegría que tal noticia producía en el Santa Cruz de aquellos años, al “verse realizada en nuestra ciudad una de sus mayores aspiraciones”. El sentir del momento entre los chicharreros era que “la mejora que la demolición del vetusto castillo representará para el ornato público, bien merece que nos resignemos a ver desaparecer sus murallones” (La Prensa, 15 de septiembre de 1926).

Y es que el consistorio capitalino, bajo la alcaldía de Santiago García Sanabria, tenía un pretencioso proyecto en marcha para ese frente litoral santacrucero que tanto había visto en siglos y que desde finales del XVI estaba presidido y custodiado por la fortaleza que se ansiaba derribar. Años antes ya habían comenzado los trámites oportunos, siendo alcalde Francisco La Roche y Aguilar, cuando este inició un oficio dirigido al entonces Capitán General de Canarias Heredia Delgado. El Ministerio de la Guerra fue receptivo con la petición que se le hacía llegar desde la corporación municipal (cesión de solar en la Avenida 25 de Julio para construcción de edificio militar, a cambio del derribo de la fortificación y posterior uso municipal de los terrenos resultantes). La Roche dimite más tarde (en septiembre de 1925) y es Don Santiago quien continúa con las gestiones y culmina el anhelo chicharrero de la época, tras instancia del 25 de junio de ese año 26. Tan involucrado estaba este en el asunto que se encontraba en Madrid en el momento del acuerdo gubernamental, siendo el mismo quien envía personalmente un telegrama al alcalde accidental Rodríguez Febles dándole la buena nueva, que, además, incorporaba en la cesión otras dependencias militares en la ciudad.

Lo que una década antes ya intentó llevarse a cabo, se conseguía en plena mitad de la década de los veinte. Y es que ya en 1908, el ayuntamiento capitalino promovió la permuta del castillo por el hoy añorado Hotel Battenberg, antaño situado, hasta los años 70 del pasado siglo, en el Barrio de los Hoteles (entre las calles Viera y Clavijo y Jesús y María con la Rambla). Este intercambio no se lleva a efecto, como tampoco se cumplirá otro intento 11 años más tarde, esta vez con la Casa Elder (sita actualmente en el arranque de la calle Robayna desde la del Castillo). Ese mismo año de 1919, tampoco llegaron a término las gestiones que pretendían demoler el castillo y construir en su lugar una nueva Casa de Correos. Ninguna de estas tres permutas o cesiones se llegaron a realizar, y eso que la prensa del momento una y otra vez dejaba caer los deseos de “quitar del medio” el viejo castillo “anticuado y feo cuyo derribo es necesario, no solo estéticamente considerado, sino también bajo el punto de vista de los fines prácticos y beneficiosos que, (…) se podrían obtener para la población con cualquier construcción destinada a prestar más útiles servicios en consonancia con los intereses del puerto” (La Gaceta de Tenerife, 26 de septiembre de 1919). Incluso ilustres personalidades de comienzos del XX, como Nicolás Estévanez, se atrevían a decir en prensa lo que en aquellos momentos era el sentir de muchos santacruceros. Este militar y político canario, un año antes de su muerte en Paris, expuso en las páginas del “Diario de Tenerife” del 13 de septiembre de 1913 que era necesario “el derribo del castillo para hacer allí un jardín con bancos entoldados, kioscos de cambistas y pabellón de intérpretes (algo parecido al Malecón de La Habana)”. Como nota discordante de aquel momento cabe citar a Emilio Serra y Fernández de Moratín. Este prestigioso farmacéutico, periodista y político fue una de las voces que más oposición mostró al proyecto de derribo de San Cristóbal. Sus encontronazos en prensa con otros ilustres de aquellos años fueron muy sonados, convirtiéndose con ello en uno de los pocos  isleños contrarios a la decisión del derribo.

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El ya citado acuerdo gubernamental objeto de este artículo fue publicado, y con ello entraba en vigor, en la Gaceta de Madrid del 24 de septiembre de 1926, en donde se hace mención al objeto de la cesión y posterior derribo, como paso necesario para ”los planes de urbanización ha realizarse, con la unión de la calle de Alfonso XIII, importante vía de comunicación de la antigua población con la barriada que, apoyada sobre la Avenida Marítima, trata de establecerse”. Se buscaba, además, por parte del ayuntamiento, motivo que fue entendido por el Gobierno: “la mejora de una capital situada sobre importantísimas vías marítimas, visitada por numerosos viajeros, en su mayoría extranjeros, y por no pocos que pasan en la isla algunas temporadas atraídos por la dulzura de su clima y las bellezas que encierra”. De esta manera, mediante este Real Decreto, firmado por el entonces Ministro de la Guerra Juan O’Donell Vargas y refrendado por el Rey Alfonso XIII, se autorizaba a la permuta del castillo en cuestión, y, además, de las baterías de Isabel II y de la Concepción (que sería desalojada en noviembre de 1927), un solar en el barrio de Duggi (con el que se pudo prolongar la calle la Noria-alta (actual Ramón y Cajal) y sobre el que actualmente se asienta el Colegio San Fernando) y el polvorín de la Regla (que sería entregado al consistorio en noviembre de 1928), por edificios que habría de construir el ayuntamiento en la calle Veinticinco de Julio y que fueron levantados años más tarde. Primeramente el que albergó el Gobierno Militar, entregado al Ministerio de la Guerra el 10 de noviembre de 1931, y que posteriormente acogió el Cuartel General de la Jefatura de Tropas de Tenerife, desde los años 60. Y por otro lado su inmueble colindante, que pasaría a ser Caja de Reclutas, Jefatura de Ingenieros y otras dependencias. Actualmente en ambas construcciones se encuentran la Subinspección General del Ejército y la Subdelegación de Defensa, respectivamente los números 1 y 3 de esa calle.

Pasado un año de aquel final de verano del 26 en el que se aprobaba la permuta, se hacía efectiva la cesión del fortín al consistorio capitalino. El martes 25 de octubre de 1927 el alcalde García Sanabria y el Gobernador Militar Cullén Verdugo, entre otros, firmaban la escritura de traspaso de todas dependencias militares ya citadas, entre ellas San Cristóbal. Acompañó a este formal acto la entrega de un cheque del ayuntamiento por valor de 500.000 pesetas que irían destinadas a sufragar los gastos oportunos de los nuevos edificios militares a construir. Se veía ya más cerca el ansiado derribo de unos paredones que, como decía el rotativo “La Prensa” del 27 de octubre de ese año, “cuyo valor histórico no podrán nunca compensarnos del triste espectáculo de su fealdad y del lamentable aspecto que da a la parte de Santa Cruz más visible y próxima al puerto”. Días más tarde de aquella jornada el alcalde chicharrero aprovecha el escaparate de la prensa local para dejar caer que lo próximo sería el Castillo de San Pedro. Tanto Ayuntamiento como Cabildo tenían pues muy claros sus propósitos: urbanización del frente litoral, construcción de la avenida marítima y dotar de mayor amplitud y espacio al puerto. Y, claro, frente a ese plan el rosario de baterías y castillos que jalonaban el litoral de la ciudad no eran más que un estorbo.

Comenzaba el año 28 con proyecto de construcción de Avenida Marítima aprobado por parte del Cabildo Insular. Firmaba el documento el técnico Luis Díaz de Losada, quien incluía en él la demolición de la fortaleza. A finales de enero salía a subasta pública el derribo de San Cristóbal, la cual quedó desierta. Dos meses más tarde se anunciaba un nuevo concurso y esta vez sí tuvo adjudicatario: el contratista Francisco Bujosa, bajo la cantidad de 16.000 pesetas. Para las obras de derribamiento del recinto fortificado se emplearon a más de 300 obreros, comenzando en el mes de junio siguiente, una vez quedaron instaladas las dependencias del Gobierno Militar en el nº3 de la calle Alfonso XIII (actual calle del Castillo), edificio alquilado por el consistorio para ese fin.

Y así de esta manera, el verano de aquel año 1928 comenzaba con la llegada de las piquetas y los barrenos. El 21 de junio se procedía al acto de entrega del vetusto fortín al Ayuntamiento y cinco días más tarde se empezaba a derruir, previa desratización del castillo y alrededores y trasplante de algunos de los árboles que se encontraban en su interior al nuevo parque capitalino, hoy, como todos sabemos, denominado precisamente García Sanabria. La demolición comenzó por las paredes del lado del mar, consumando el derribo total cinco meses más tarde, finalizando por los muros de poniente. Tras estas tareas destructivas se pasó al rellano de la zona, una vez las obras fueron recibidas por parte del Cabildo Insular a mediados de diciembre.

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Durante estos trabajos hubo accidentes, como el que casi les cuesta la vida a tres jóvenes obreros (José Pacheco, Juan Delgado y Francisco Ávila); incidentes debido a las piedras que saltaban a las calles cercanas a causa los barrenos; e incluso se llegaron a poner en venta toda clase de mobiliario y otros útiles procedentes del interior de la fortaleza. Los diarios locales del momento anunciaban: “Gran ocasión solo por 8 días: procedente del derribo del castillo de San Cristóbal se venden gran número de puertas, ventanas, vigas de tea, tejas del país y francesa, mosaicos, cornisas de piedra labrada y otros materiales todo en buen estado y precios económicos. Pueden verse en el mismo castillo, donde se darán razón de los precios”.

Y, como ya sabemos, las décadas siguientes vinieron a transformar este particular enclave de nuestra ciudad con una plaza, la Plaza de España, y sus varias reformas, monumentos, avenida marítima y su reciente soterramiento, lago artificial, reconstrucción del pórtico de la Alameda, levantamiento en sus márgenes de edificios singulares (Cabildo, Olimpo, Casino, …), jardineras y parterres, aparcamientos, temporales montajes de escenarios para actos carnavaleros, etc. Ahora, tras la última de las reformas de la plaza podemos ver bajo su suelo los únicos vestigios de aquel castillo. Aquella, añorada hoy y detestada entonces, fortaleza de San Cristóbal, que desde 1575, año en que por resolución de Felipe II comenzó su construcción, ha presidido la entrada marítima de nuestra ciudad. De esa Santa Cruz que derrotó a Nelson, con el General Gutiérrez capitaneando esa victoria desde dentro de sus paredes; de esa Santa Cruz que recibió  a Alfonso XIII junto a sus muros; de esa Santa Cruz que puede presumir de haber sido plaza fuerte, gracias a San Cristóbal; de esa Santa Cruz de tres siglos y medio de historia dominada por un castillo echado abajo en apenas unas semanas.

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Hoy sin las pretensiones urbanizadoras destructivas de antaño y con una mayor valoración por nuestra historia, hemos de conocer lo que fue nuestra isla, nuestras islas, qué nos queda de lo que antaño fuimos y protegerlo con ansia, empeño y valor. Han de recuperarse esas vetustas fortalezas que aún (milagrosamente) nos quedan, ponerlas en valor y, si se puede, darles uso. Me refiero a las baterías del Bufadero y San Francisco, a la Torre de San Andrés y a los castillos de San Joaquín, Paso Alto y San Juan (sin olvidarse de su cercana Casa de la Pólvora). Y, porqué no decirlo, también de las decenas de nidos de ametralladora, baterías, telémetros y puestos de mando realizados durante la Segunda Guerra Mundial y que ruinosamente sobreviven en nuestro litoral asolados por el olvido y la desidia.

Recordemos esas palabras que el citado Serra y Fernández de Moratín lanzaba al aire en la prensa local de aquellos años 20 del pasado siglo en defensa del castillo, y que hoy siguen teniendo vigencia: “Que la piqueta y la dinamita hagan su oficio; enterrad el oro a manos llenas entre los sagrados despojos de la antigua fortaleza; pero pensad al mismo tiempo que entre ellos podrá estar enterrado algo que vale más, mucho más que el oro … ¡el alma, el alma de la ciudad … y acaso también de la isla! Un pueblo puede perder muchas cosas, experimentar catástrofes y elevarse; pero lo ha perdido todo y no se levantará jamás cuando ha perdido su alma colectiva”.


Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio



 

Manuel Iradier, alavés aventurero de espíritu africano

Abr 17, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en Manuel Iradier, alavés aventurero de espíritu africano

 

 



Manuel Iradier, alavés aventurero de espíritu africano

Las escalas en Canarias en sus viajes de exploración y conquista a Guinea Ecuatorial

Artículo aparecido en el suplemento "La Prensa" del 
periódico El Día del domingo 17 de abril de 2016

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El 6 de julio de 1854 nacía, en pleno centro de Vitoria, el niño Manuel Iradier, hijo de Pedro Valentín y Amalia Balbina, quienes le dejarían huérfano en plena infancia al fallecer ambos unos años más tarde. Llegaba al mundo un inquieto muchacho, lector empedernido y precoz aventurero, que desde muy joven ya tenía claro su sueño: viajar y conocer otras tierras, otras gentes, otras culturas. Un par de décadas más tarde, apenas dos años después de toparse en la ciudad tanzana de Ujiji al mítico Doctor Livingstone, el explorador y periodista británico Henry Stanley se encontraba en España cubriendo para el New York Herald la Guerra Carlista, que por tercera vez asolaba nuestro país.

Las vidas de ambos aventureros se cruzarían en la jornada del 3 de junio de 1873 en un hotel vitoriano, en el cual se alojaba el galés (1). El joven Manuel, un soñador de casi 19 años, solicita unos minutos de su tiempo al periodista. Su intención, contarle los trazos principales de un pretencioso viaje con el que pretendía cruzar África de sur a norte, nada más y nada menos que doce mil kilómetros, desde el Cabo de Buena Esperanza a Trípoli. Stanley recibe sorprendido las soñadoras ideas de Iradier, quien disponía de pocos recursos económicos para tal empresa, aconsejando al alavés con la propuesta de un recorrido alternativo, pero no menos interesante: la exploración del Golfo de Guinea y sus costas y de ahí adentrándose hacia el interior a través del Río Muni.

El 14 de octubre de 1874 Iradier propone el nuevo proyecto a la Junta de “La Exploradora”, una sociedad viajera fundada, entre otros, por él mismo, y a la que cuatro años antes había planteado el itinerario inicial, que, como hemos visto, se vio reemplazado tras las recomendaciones de Stanley. Se daba el pistoletazo de salida, de esta manera, al primero de los dos viajes que el inquieto joven gasteiztarra emprendería por tierras (y aguas) africanas. Comenzaba así la intensa vida de Manuel Iradier y Bulfy, uno de los africanistas más destacados de nuestro país.

Y unido a sus viajes y exploraciones ira la también vitoriana Isabel de Urquiola (2), nacida dos días después que Manuel. Tremendamente enamorados, ambos se casan en la Iglesia de San Pedro de la capital alavesa el 16 noviembre de 1874 y exactamente un mes después comienzan un intenso viaje que, sin duda, marcará sus vidas. Les acompañaba la hermana de Isabel, Juliana, dos años menor que ella. De este modo, el 16 de diciembre los tres jóvenes salen de Vitoria y en Miranda de Ebro toman el tren correo que les llevará a Cádiz, previo paso por Burgos y Madrid, entre otros transbordos más. Portaba el trío de valientes unas 10.000 pesetas, aportadas íntegramente por el propio Iradier, diferentes herramientas y utensilios para mediciones y cálculos, así como ropa y demás pertenencias.

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Manuel Iradier

Dos días después de la Epifanía de 1875 zarpan de Cádiz, a las siete de la mañana, a bordo del buque “África”, con buen tiempo y viento del nordeste, que horas más tarde cambia suroeste. Los balanceos del barco no cesan y el viaje se vuelve desagradable. Todos mareados, incluido los camareros, olores nauseabundos y cucarachas paseando a sus anchas. Iradier sorprendido de las penurias del crucero alega que “no se comprende como siendo las Canarias una provincia española carece de relaciones seguras y cómodas con la península. (…) La navegación se haría más rápida y la seguridad y la tranquilidad de los pasajeros sería mayor”. (3)

Unas horas antes de arribar a Tenerife, de entre un claro de unas densas nubes situadas al suroeste, se les aparece el Teide. La isla estaba cada vez más cerca y con ello la primera de las escalas de su viaje rumbo al Golfo de Guinea. Para Iradier, Tenerife “brota del seno de las aguas” apareciendo ante él como “un cuadro sublime”. A su paso frente a las costas de Anaga, se queda asombrado ante ese agreste litoral que describe como “escombros amontonados como por mano de un gigante”. Los destellos de La Farola, cada vez más resplandecientes, les delatan que Santa Cruz está cerca, fondeando frente a la villa y plaza, el martes 12 de enero, a las siete y media de la tarde.

La llegada del “África” trajo una buena nueva a la población de Santa Cruz y del resto de la isla. Un cañonazo mandado disparar por el capitán del buque, seguido de varios cohetes y las luces de unas bengalas, alertaban a las gentes que se encontraban frente al litoral chicharrero de que el navío traía noticias. Y es que gracias a la tripulación y viajeros del vapor, llegó a oídos tinerfeños la primicia de que España contaba desde hacía varios días con un nuevo rey, el joven Alfonso XII.

Apenas tres horas estuvo el vitoriano en suelo tinerfeño. Dedicó ese tiempo a tomar algo en un café de la entonces plaza de la Constitución (actual plaza de La Candelaria) y a callejear. Esto le sirvió para realizar unas sencillas anotaciones en su diario que fueron las siguientes: “Los canarios se parecen á los vitorianos en que dan á las palabras un tono musical. Cuando el calendario anuncia Luna, no se encienden los faroles públicos en Santa Cruz; estos no son de hidrógeno carbonado. Las casas son muy bajas en general. De ordinario las calles están mal adoquinadas. Los comercios se cierran muy temprano. A los mozos de café no se les dá propina. Las naranjas valen baratas. Hace calor y me ha parecido sentir algún mosquito”.

Y completado ya el amanecer del 13 de enero, a las ocho y cuarto de la mañana, ponen rumbo a la vecina isla de Gran Canaria, a donde llegarían siete horas más tarde. Durante el trayecto entre ambas islas, al ver desde el mar el abrupto relieve tinerfeño, Iradier se pregunta por el sobrenombre del archipiélago: “Piedras y más piedras, dije, ¿Porqué los antiguos llamaron á estas islas Afortunadas, cuando su aspecto es tan triste y tan conmovedor? (…) Si las Canarias en la época en que fueron descubiertas por los pueblos de occidente tenían el aspecto que hoy presentan, las debieron llamar Afortunadas por su dulce clima, por la felicidad en que vivía el pueblo que las habitaba ó por aquello de que cada uno habla de la feria como le vá en ella”.

Una vez arribado a Las Palmas se aloja de manera provisional en la “Fonda del Herreño”, hasta que unos días más tarde se instala en una pequeña casita, rodeada de cactus y palmeras, enclavada cerca de la capital grancanaria. Manuel, su esposa y su cuñada, pasarían en ella casi tres meses y medio. Este periodo le sirvió para poder realizar pruebas y ensayos instrumentales, además de para aclimatarse. Y, claro, Iradier aprovechó esas catorce semanas de estancia en Gran Canaria para conocerla de costa a cumbre, desde La Isleta hasta el Pico de las Nieves, pasando por Teror, Arucas, Artenara y San Mateo. Le permite esto poder anotar en su diario las principales características físicas y humanas de esta isla canaria, de “clima sano y delicioso”, en la que “la cochinilla se exporta en grandes cantidades” y en la que viven gentes “de sencilla honradez y buenas costumbres”. Visita, como es lógico, la capital, habitada según Iradier, por unos 16.000 habitantes y cortada en dos por el cauce de un barranco (el de Guiniguada). En ella, en la cual el explorador llega a ver tres ejecuciones mediante la horca en una de las plazas, queda admirado por la Catedral, y refleja en sus anotaciones que el teatro y el mercado están en obras. Además, el vitoriano denuncia el mal emplazamiento del muelle, obra de un ingeniero al que se le acusa en la villa de “haber obedecido á sórdidos consejos venidos de Santa Cruz”.

Resulta interesante la descripción que Iradier realiza de los grancanarios con los que se topa en su acontecer por la isla. Así, en su obra “África: viajes y trabajos de la Asociación Euskara La Exploradora”, detalla de esta manera los aspectos que a primera vista más le sorprenden: “Ellos son altos, de buenos ojos, se dejan el bigote ó toda la barba que generalmente es negra, usan zaragüelles, llevan un cuchillo al cinto y cubren su cabeza con un sombrero ancho (cachorra). De estos detalles el cuchillo es lo que más debe inquietar, sin embargo esta arma en manos de un canario es menos peligrosa que los cuernos de los bueyes; sólo la usan para cortar cuerdas, picar tabaco ó podar las tuneras en donde se cría la cochinilla. Ellas son hermosas y á juzgar por lo que he visto, su cerebro debe estar como en las razas del Norte, superiormente organizado que el del hombre. (…) Son algo aficionados y aficionadas al ron, y el principal alimento de que hacen uso es el gofio y papas, putpurrí de harina de maíz mojada en agua; también el bacalao salado es su plato favorito. Son de buen trato y afables y de tan buen humor que hasta los hombres cargados de hijos se divierten en lanzar al viento cometas por las calles. Es común entre ellos el andar sin zapatos y la suela natural que se les forma en los pies sufre las cortantes piedras mejor que la de nuestros calzados”.

Y pasados tres meses en Gran Canaria, el 25 de abril de 1875, Iradier y sus dos compañeras de viaje, parten de Canarias rumbo al sur, el destino final y objetivo principal de su odisea. De esta manera, a bordo del “Loanda”, buque de la compañía British African Steam Navigation llegan a la isla de Fernando Poo, actual Bioko, el 16 de mayo. Apenas unas horas estuvo Iradier y familia en Santa Isabel, hoy Malabo, tiempo que dedican a conocer al Gobernador Diego Santiesteban Chamorro, entre otras personalidades. Al día siguiente recalan en la pequeña isla de Elobey Chico, que, con apenas 19 hectáreas de superficie y sin agua potable, será desde ese momento su nuevo lugar de residencia y base de operaciones. Llegó a decir Iradier: “El cúmulo de riquezas que produce no las aprovecha la metrópoli. No tenemos recursos ni para pagar a los trabajadores de color…, el hospital está en ruinas … y España nos tiene abandonados…”,

Isabel y Juliana serán quienes permanezcan de manera permanente en el islote, mientras que Manuel realiza varias incursiones a través de las cuencas de los ríos Aye, Utongo, Bañe y Muni. Pero los éxitos en cuanto a exploraciones, investigaciones y estudios no van acompañados de salud y calidad vida en Elobey. Tanto su mujer y cuñada como él mismo se ven sometidos por las fiebres y la malaria, pasando a vivir unos meses horribles e infernales en esa reducida e insalubre superficie de terreno frente a la desembocadura del Muni. Iradier llega a describir su situación física como la de “el esqueleto de un cadáver” con los ojos “hundidos y apagados”, las uñas sin rodete y el pelo cayéndosele a mechones.

Por si fuera poco, el 18 de enero de 1876 Isabel da a luz a su primera hija, de nombre Isabela (considera como la primera española nacida en esa zona africana). La situación familiar se agrava en esos momentos, al llegar al islote una recién nacida a la que se le avecinan idénticos males que los de sus padres y tía. De esta forma, cuatro días más tarde del parto los cuatro españoles abandonan Elobey Chico y se instalan en Santa Isabel de Fernando Poo. “Salía de la región del salvajismo y entraba en la civilización”, relata Iradier. Desde aquí el joven aventurero continuaría, a pesar de su mala salud, con sus exploraciones tanto fuera como dentro de la isla. Así, incluso llega a coronar el volcán Santa Isabel (3.011 msnm) (4), actualmente llamado Basilé (5), en cuya cima se encuentra una botella con anotaciones en su interior de los nombres de anteriores visitantes de la cumbre, entre ellos Richard F. Burton.

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Pero las malas condiciones de salud de los cuatro no mejoran, al contrario, y lo peor estaba aún por llegar (6). El 28 de noviembre de 1876 muere la bebé Isabela, a consecuencia de las tremendas fiebres que padecía desde recién nacida (7). Este hecho marcaría desde ese momento la vida de los tres alaveses al perseguirles de por vida la culpa de la muerte de la pequeña. Por esa razón, Manuel consensúa con su cuñada y su esposa, que estaba embarazada de nuevo, quedarse solo en la isla y que ambas hermanas se trasladen a Canarias, huyendo de la penosa salubridad de Bioko.

Y es aquí en donde nace la segunda de las hijas del matrimonio. Bien entrado el año 1877, viene al mundo Amalia en Santa Cruz de Tenerife, en donde Isabel y Juliana residían. En junio Manuel regresa de Fernando Poo y el 24 de noviembre parten de Tenerife poniendo rumbo a Cádiz, a donde llegarían unos días más tarde. Finalmente, el 10 de diciembre llegan (¡por fin!) a Vitoria.

Siete años más tarde, Iradier emprende, ya sin sus anteriores compañeras de viaje, la segunda y última de sus expediciones. En esta ocasión, las intenciones son otras. Además de la exploración el objetivo pasa por la conquista y anexión a España del mayor número de superficie de terreno de esa región ecuatorial, incluyendo costas y zonas interiores. Para esta tarea contaba con el apoyo de la Sociedad de Africanistas así como de la Sociedad Geográfica Española, y, sobre todo, con mayores recursos económicos que en el anterior proyecto. Llegó a reunir 27.352 pesetas (8), de las cuales 5.000 son aportadas por el médico asturiano Amado Ossorio y Zabala (1851-1917), a condición de que pueda acompañarle en el viaje (9).

Y así, Iradier y Ossorio comienzan este segundo viaje en pleno verano de 1884, marchando de Vitoria a las seis de la tarde del 12 de julio rumbo a Madrid. Los dos integrantes de este modesto equipo debían de haber puesto inicio al viaje en primavera, pero el proyecto sufrió retrasos no esperados antes de iniciarse la aventura. Unos días más tarde regresan a la capital alavesa para modificar su recorrido, llegando a Barcelona, en donde el 25 de julio toman un barco que les llevará a Cádiz, previa escala en Málaga. De la “Tacita de Plata” parten hacia Tenerife el 2 de agosto. Casi un mes después de su salida de Vitoria por fin se adentran en el océano y enfilan proa al Golfo de Guinea.

Pero los imprevistos no cesan. Llegan a Santa Cruz de Tenerife en plena madrugada del 6 de agosto, en donde debido a cuarentenas no pueden más que fondear frente a la costa chicharrera durante seis días, haciendo más tarde un periplo de varias jornadas por las aguas del archipiélago antes de retornar hacia el norte y hacer trasbordo en Madeira, tomando otra nave que les llevaría, ahora sí a Fernando Poo. Esa navegación entre islas, que hacían a bordo de un buque inglés al que se le impidió, como hemos visto, la escala en las Canarias, les hace recalar en el Puerto de la Cruz el 12 de agosto, horas después de abandonar el litoral chicharrero. Al día siguiente llegan a La Palma y de ahí se dirigen a Las Palmas en donde fondearían el 14 de ese mes. Dos días más tarde navegan hacia Lanzarote, isla que dejan el día 18, para desde ahí llegar a Madeira. En Funchal permanecerían tres días y ya en un nuevo navío, de nombre “Lagos”, regresan de nuevo Tenerife. Recalan en Santa Cruz al amanecer del 24 de agosto y apenas la mañana de ese día dura la estancia de Iradier y Ossorio en la rada de la capital canaria (10).

Tras 31 escalas en sendos puertos y fondeaderos de la costa occidental africana, llegan, por fin, a Fernando Poo a las seis de la mañana del 28 de septiembre. Permanecen en esta isla 15 días, para el 14 de octubre, a bordo del vapor inglés “Quinsembo” llegar a Elobey Chico, comenzando, ahora sí, este nueva aventura por la cuenca del Muni.

Además de las tareas de anexión a España de las tierras ocupadas por diferentes etnias que habitaban la cuenca del Muni, realizaron trabajos de investigación astronómicos, antropológicos y naturalistas. De hecho, fueron los descubridores de tres especies de mariposas, que bautizaron con los nombres Oxyrrheppes Iradieri, Playphullum Ossoriori y Mustius Zabalius Guineensis.

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Iradier sentado en el centro a derecha

Pero unos meses más tarde, Iradier, asolado por las fiebres y con el estómago e hígado muy dañados, abandona la expedición para partir en solitario de Fernando Poo la noche del 28 de noviembre (Ossorio siguió en la zona y continuará con el proyecto dos años más). Llevaba consigo la documentación y planos que certificaban la incorporación a España de aquellos territorios. En total el vitoriano llegó a reunir actas firmadas por 101 jefes indígenas de diferentes tribus (pámues, bundemus, bijas, vicos, itemus, velengues, etc), lo que implicaba anexionar a nuestro país unos 14.000 kilómetros cuadrados de tierras ecuatoriales guineanas.

Ya en su viaje de vuelta a la Península Ibérica, el 20 de diciembre Iradier ancla en Santa Cruz de Tenerife. Desde la capital tinerfeña, y gracias al cable telegráfico puesto en servicio unos meses antes (11), envía un mensaje a Francisco de Coello, presidente de la Sociedad de Africanistas dando la noticia de sus logros. El telegrama decía así: “Obtenido Sociedad catorce mil kilómetros cuadrados territorio interior frente Coriseo incluso Sierra Cristal. Pactado diez tribus. No posible más en latitud por evitar conflicto internacional y en longitud por fiebres. País gran porvenir. Ossorio queda estación con recursos. Iradier”.

Apenas diez días más tarde, el viajero alavés llegaba a Madrid y unas semanas después a Vitoria. Finalizaba así este segundo periplo de Iradier por tierras africanas. Tanto este viaje como el primero quedarían plasmados, en 1887, en una obra suya de gran valor, relatada a modo de diario y acompañada de toda clase de datos, mapas y dibujos: “África. Viajes y trabajos de la Asociación Euskara La Exploradora. Reconocimiento de la Zona Ecuatorial de África en las costas de occidente: sus montañas, sus ríos: sus habitantes; clima, producciones y porvenir de estos países tropicales. Posesiones españolas del Golfo de Guinea. Adquisición para España de la nueva provincia del Muni”.

Volcados en su hijo Manuel, que había nacido en 1888 (12), la pareja Manuel-Isabel se distancia sentimentalmente, a pesar de seguir conviviendo juntos en varias ciudades del país, a donde era destinado Iradier para ocupar varios cargos burocráticos y empresariales (13). Él llega incluso a tener una amante, Petra, el ama de cría de su hijo, y ella, abatida y huraña, sufre enormemente durante los últimos años de su vida.

Pero, a punto de finalizar el XIX, de nuevo la calamidad aparece en la familia Iradier-Urquiola. Amalia, la niña nacida en Tenerife durante el forzado exilio de Isabel y su hermana debido a las penurias sanitarias en Bioko y Elobey, fallece el 21 de abril de 1899. La joven tomó la decisión de suicidarse, arrojándose desde el balcón de un segundo piso en su casa familiar, el día antes de su boda (14). Al parecer, Amalia, al igual que sus padres y su tía (15), padeció de fuertes fiebres con dolorosas consecuencias para su salud física y psíquica. Esta muerte supuso para Manuel e Isabel una desgracia y lamento eternos, al unirse a la pérdida de su primera hija en Fernando Poo 23 años antes.

Ambos mueren en el verano de 1911 relativamente olvidados (más ella que él) y continuamente martirizados por todo lo acaecido en el continente africano años antes (igualmente más Isabel que Manuel). El Muni había sido una ofuscación para él y una condena para ella. (16)

Así acaba la vida de un inquieto aventurero, gracias al cual una buena parte de la región del Muni pasó a ser posesión española, sin derramamiento de sangre y con procederes más respetuosos con las etnias del lugar que lo que otras naciones europeas solían llevar a cabo en África. Un alavés de nacimiento y africano de espíritu que en la ida y en la vuelta de sus dos expediciones al golfo guineano siempre hizo escala en Canarias, archipiélago clave en las comunicaciones entre Europa y las costas ecuatoriales africanas durante buena parte del siglo XIX y comienzos del XX.


  1. La antigua Fonda Pallarés, en la calle Postas.
  2. Para conocer más de esta vitoriana les recomiendo la obra de Cristina Morató “Las reinas de Africa: viajeras y exploradoras por el continente negro”, Plaza y Janés, 2003.
  3. Iradier y Bulfy, Manuel: “África: viajes y trabajos de la Asociación Euskara La Exploradora.
  4. 13 de abril de 1877
  5. El Pico Basilé, antes conocido como Santa Isabel, es el punto más alto de Guinea Ecuatorial. Este volcán es la cuarta montaña con mayor altitud de todas las islas del Atlántico (la primera es el Teide, seguido del Gunnbjörn (Groenlandia, Dinamarca) con 3.694 metros y el Pico Duarte (República Dominicana) con 3.098 metros (la mayor altitud en las islas caribeñas)).
  6. Iradier relata esos meses en Santa isabel de la siguiente manera: “Cuando llegué a Fernando Poo, quemado del sol, demacrado, destrozado, tembloroso, creí que había terminado la época de los sufrimientos y comenzaba la de las compensaciones. 66 ataques de fiebre sufrí en Santa Isabel, 37 mi esposa, 16 mi cuñada y 15 mi hija. (…) La muerte nos acechaba”.
  7. Quedó enterrada en la isla, “al pie de un gigantesco caobo”.
  8. Recibió ayuda económica hasta del rey Alfonso XII (3.000 pesetas), así como de aristócratas, familias adineradas vascas e incluso de bancos.
  9. Se les uniría a la expedición el Capitán de Fragata José Montes de Oca y Aceñero, que ocupaba el cargo de Gobernador de Fernando Poo.
  10. La comunicación en ese momento con Fernando Poo era por medio de vapores ingleses que salían cada semana desde Liverpool, haciendo escala en muchas ocasiones en Madeira y/o Canarias.
  11. La llegada del cable telegráfico submarino a Tenerife se produjo el 6 de diciembre de 1883.
  12. Falleció en Madrid el 18 de septiembre de 1958.
  13. Se dedica, además, a realizar inventos muy útiles y prácticos, pero con diferentes resultados comerciales (un nuevo procedimiento tipográfico destinado a reducir los tiempos de imprenta, un avisador de incendios, un contador automático de agua y un fototaquímetro, entre otros).
  14. Uno de sus tíos también se había suicidado de la misma manera años antes.
  15. Falleció en 1880 debido a las fiebres contraídas en África.
  16. El 19 de agosto de 1911, muere Manuel Iradier (en Balsaín, Segovia), siendo enterrado en La Granja para posteriormente trasladar sus restos a Vitoria, y el 15 de septiembre de 1911, fallece Isabel de Urquiola, quien está enterrada en Madrid.


Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


Centenario del desgraciado fallecimiento del maestro Enrique Granados

Mar 20, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en Centenario del desgraciado fallecimiento del maestro Enrique Granados



Centenario del desgraciado fallecimiento del maestro Enrique Granados

Músico catalán que llegó a residir en Tenerife durante unos años de su infancia

Artículo aparecido en el suplemento "La Prensa" del 
periódico El Día del domingo 20 de marzo de 2016

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Diferentes campos artísticos han hecho de nuestro país una tierra plagada desde antaño de autores e intérpretes ilustres, de fama mundial, reconocido prestigio y obras colosales. La música clásica no podía ser menos en cuanto a virtuosismo, y Falla, Albéniz, Casals, Segovia, Chueca, Rodrigo y tantos otros, conforman una lista de grandes compositores españoles, que aún son recordados y alabados incluso fuera de nuestras fronteras. A este rosario de maestros del solfeo hay que añadir con orgullo al también pianista Enrique Granados Campiña, del que este año se cumple el centenario de su terrible fallecimiento en aguas del Canal de La Mancha.

Precisamente por este motivo escribo estas líneas, con el objetivo de alabar su figura y obra, traer a la palestra su dramática muerte y, sobre todo, recordar que unos años de su infancia los vivió en Tenerife. De esta manera este leridano, nacido en el verano de 1867, se une a una serie de notables músicos que han nacido, vivido y/o fallecido en este archipiélago. Así, cabe mencionar aquí a los canarios Teobaldo Power, Santiago Sabina, Eugenio Domínguez Guillén y nuestro contemporáneo Diego Navarro, así como a los foráneos pero fallecidos en nuestra tierra: el francés Carlos Esteban Guigou y Poujol, el cubano Ernesto Lecuona y la barcelonesa Esmeralda Cervantes.

Fueron apenas un par de años los que Enrique, acompañado de su familia, residió en Santa Cruz de Tenerife, de los que el pianista guardó siempre con buen recuerdo y añoranza a lo largo de toda su vida.

Pantaleón Enrique Joaquín Granados Campiña, nacido en el Carrer Tallada nº1 de Lérida el 27 de julio de 1867, hijo del cubano Calixto Granados Armenteros y de la santanderina Enriqueta Elvira Campiña, los cuales le dieron cuatro hermanos: Concepción, Calixto, José y Francisco. Todos ellos, menos este último, tras residir un tiempo en Cataluña trasladan su residencia a Tenerife, en el verano de 1870, apenas unos días antes de que Enrique cumpliera sus primeros tres años. Su padre, nacido en La Habana (Cuba) el 14 de octubre de 1824, siendo sus padres Manuel Granados e Irene Armenteros, era militar desde 1843 y pertenecía, en aquel año de 1870, al Regimiento de Infantería Navarra nº 25 en Barcelona, con el empleo de Teniente Coronel. Gracias a documentación de la época, custodiada en el Archivo Militar del Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias (CHCMC), ubicado en el Fuerte de Almeyda de Santa Cruz de Tenerife, podemos saber que fue destinado el 23 de junio de ese año al mando de la Sección Ligera Provincial de Abona, tras el fallecimiento del anterior en ese puesto, Ramón Martín y Romero.

De esta manera la familia Granados-Campiña partió de Cádiz hacia Tenerife el 2 de julio de 1870 (1), y doce días más tarde, Calixto llega a la Comandancia Militar del Cantón de Abona, desempeñando el cargo de Teniente Coronel Jefe de la Sección Ligera Provincial del Cantón de Abona (ocupaba hasta ese momento el mando de manera accidental el Capitán Antonio Domínguez y Villareal) (2). Pero unos meses más tarde de su establecimiento en la isla, el militar y cabeza de familia sufre un accidente al caerse de un caballo, lo que provocó su retiro del puesto en varias ocasiones, ocupando el mando accidentalmente durante esos periodos el Capitán Miguel Alfonso y Feo.

Finalmente, el 15 de enero de 1872 es destinado al Tercer Batallón del Regimiento de Infantería Navarra nº 25 en Barcelona y a finales del mes siguiente Calixto pide el pasaporte para incorporarse al destino obtenido junto a su mujer y sus hijos (3). Unos días más tarde, la familia, en donde figura el pequeño Enrique, pone rumbo a la Península, estableciéndose definitivamente en Cataluña.

Varias biografías del maestro Granados describen esos escasos 20 meses de estancia en Santa Cruz de Tenerife como de un extraordinario recuerdo de su niñez, en una ciudad que fue un auténtico paraíso para el joven Enrique, en donde disfrutaba de sus calles y plazas y de su puerto, siempre nutrido de veleros y otros buques. Además, la isla fue el lugar de nacimiento de su hermano Francisco, quien fue bautizado el 8 de diciembre de 1870, actuando como padrinos el político y militar José García Torres y su esposa (4).

A la vuelta a la península, la prole se instala en Barcelona y al año siguiente su padre participa en 1873 en la tercera guerra carlista en Vilafranca del Penedés y en Gerona. Dos años más tarde fue forzado al retiro definitivo tras el agravamiento de los problemas de salud: sufría mielitis (inflamación de la médula espinal) a consecuencia del citado accidente con un caballo en Tenerife (5). Unos meses antes, el 26 de junio de 1874, uno de sus hijos, llamado igualmente Calixto, ingresa en el ejército, siguiendo pues la estela de su padre y de abuelo. Este hermano de Enrique nació en La Habana el 9 de mayo de 1858 y con el empleo de Capitán formó parte del Batallón Mérida nº13, posteriormente sirvió en el Cuartel General de Tarragona, actuando de ayudante de campo del general Carlos Denis y Trueba, para, a comienzos de 1896, volver a Barcelona en donde ocuparía el puesto de ayudante de campo del General Enrique Zapino. Pero a finales de ese año su vida cambia radicalmente al ser destinado a Filipinas, donde asciende a Comandante el 9 de enero de 1897, año en que vuelve de nuevo a la capital catalana. Al año siguiente, el 30 de julio, Calixto, hijo, muere debido a unas fiebres que contrajo durante una operación, dejando una joven viuda, María Carlota Carreras y Caiguet, y un hijo. Poco más de dos meses más tarde, el Día de la festividad del Pilar le fue concedida a título póstumo la Cruz de Segunda Clase de María Cristina.

Según una de las varias biografías (6) del genial músico y pianista, Enrique sentía una verdadera admiración por todo lo relacionado con el ejército. Nieto, hijo y hermano de militares, como acabamos de ver en párrafos anteriores, nunca entró a filas, siendo leal a la corona durante toda su vida, no cuestionando nunca su legitimidad, y manteniendo una fascinación de por vida con todo lo relacionado con el mundo castrense.

Y es ya en Barcelona, apenas unos años después de su vuelta de Tenerife, cuando el jovencito Enrique, en plena preadolescencia, comienza a mostrar gusto y sensibilidad por la música. Sus padres consiguen que pueda ser alumno, destacado, de varias academias de piano de Barcelona, y ya en la década de los 80 del siglo XIX empieza a despuntar su arte y virtuosismo, gracias a su gran talento y capacidad de trabajo. Pero la muerte de su padre supone una profunda impresión en el casi veinteañero pianista quien debe de ponerse a tocar el piano en cafés barceloneses y de esta manera colaborar económicamente con la familia compuesta en esos años por más de una decena de miembros, entre madre, hermanos e hijos y cónyuges de algunos de estos.

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Granados al piano


En 1887 comienza una etapa de dos años de estancia, estudio y trabajo musical en París, volviendo a España al empezar la última década del XIX. A partir de ese momento, Granados comienza una nueva e intensa vida artística y personal a caballo entre Barcelona y Madrid, casándose en 1893 con Amparo Gal y Lloberas, con quien tendría seis hijos: el mayor, Eduardo, nacido en 1894, y a quien le siguieron Soledad, Enrique, que vino al mundo el 12 de julio de 1898 y del que hablaremos más adelante, Víctor, Natalia y Francisco (Paquito), el más joven, quien nació en 1901.

A partir de estos años últimos de siglo da comienzo su etapa más fructífera como compositor. De sus partituras surgen zarzuelas, obras pianísticas, óperas, danzas, etc, siendo además un extraordinario pedagogo musical y un notable intérprete al piano. De entre las muchas obras del maestro Granados destaca “Goyescas”, una obra inicialmente para piano, adaptada a ópera tras el éxito que supuso su representación en París en abril de 1914, y por el que le fue concedida la Legión de Honor. Pero apenas unos meses más tarde estalla la I Guerra Mundial y el estreno de esta ópera no puede realizarse en la capital gala como estaba previsto.

En consecuencia, la obra es propuesta a estrenar en el neoyorkino Metropolitan Opera House, motivo por el cual, Enrique y Amparo ponen rumbo a los Estados Unidos a mediados de noviembre de 1915, a bordo del buque español “Montevideo”. El 15 de diciembre arriban a Nueva York y finalmente se produce el estreno el 26 de enero siguiente. Tras varias representaciones y haber cosechado un destacado éxito entre el público asistente, la pareja tenía previsto regresar a España el 8 de marzo. Pero una invitación de última hora por parte del Presidente Woodrow Wilson a tocar en la Casa Blanca el día antes de su partida, hace que tengan que cambiar el pasaje y tomar buques no españoles, el “SS Rotterdam”, de bandera holandesa, de Nueva York a Falmouth, para, tras un recorrido en tren por el sur de Inglaterra, con visita a Londres incluida, embarcarse en el vapor “Sussex”, de bandera francesa, cruzando el Canal de La Mancha desde Folkestone a Dieppe, en donde un tren les llevaría hasta Barcelona. El entonces embajador de España en los EE.UU., el diplomático Juan Riaño y Gayangos, les invitó a comer al día siguiente y durante el almuerzo les alertó del peligro que suponía navegar en buques de países contendientes en la Gran Guerra.

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Ultima fotografía del músico, en los salones de "The Aeolian" de Nueva York

A su pesar, la pareja Granados-Campiña se sube al “SS Roterdam” que parte de Nueva York el 11 de marzo, y tras 8 días de navegación por el Atlántico arriban a Falmouth, en la costa sur de Inglaterra. Toman el tren y llegan a Londres en donde pasarían varios días alojados en el Hotel Savoy (7), para posteriormente llegar de nuevo al litoral y en la ciudad costera de Folkestone, tal y como estaba previsto, embarcarse en el “Sussex”. Pasados unos minutos de la una de la tarde el barco zarpa y se dispone a cruzar los 130 kilómetros del Canal que lo separan de Dieppe. Pero, una hora más tarde un submarino de guerra alemán UB-29 avista el buque francés y lo confunde con un barco minador. Pasan los minutos y a las 14:50 horas de ese fatídico viernes 24 de marzo de 1916 el sumergible germano torpedea al “Sussex” rompiendo el casco en dos mitades. La proa se hunde inmediatamente y la popa queda a la deriva en las gélidas aguas de La Mancha. El matrimonio disponía de camarote en popa, pero en ese momento se encontraba en la parte delantera del navío.

El músico, que estaba flotando como podía en el mar, pudo ser rescatado y ya fuera de peligro en una de las lanchas de salvamento divisa entre las olas a su mujer, con grandes dificultades para poder mantenerse a flote. Enrique, al que no le gustaba especialmente el mar y que no sabía nadar, no lo duda y se lanza a salvar a Amparo. Una de las supervivientes de aquel fatídico naufragio relataba unos meses más tarde al periódico “La Esfera” (8) aquel terrible momento: “Granados se agarró a una balsa: vio que su mujer desfallecía; y él soltóse, se arrojó hacia ella y abrazados se hundieron; asomaron un instante … y yo tuve que volverme de espaldas para no ver su agonía”. Pasaron los días y ninguno de los dos pasajeros se encontraban entre los supervivientes, ambos fallecieron y, de hecho, sus cuerpos nunca fueron encontrados.

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El buque "Sussex" en el Puerto de Boulogne (Francia),
a donde fue remolcado tras ser torpedeado

Paradojas de la vida, un hijo y un nieto del ilustre pianista y su esposa, ambos llamados Enrique al igual que el protagonista de nuestra historia, quedarían para siempre ligados al mundo de la natación. Enrique Granados Gal, el tercero de los seis hijos de la pareja ha sido sin duda uno de los pilares del waterpolo español, de hecho figura entre la plantilla del primer equipo nacional olímpico en unos Juegos, los de Amberes 1920. Además, fue quien introdujo el estilo crol en nuestro país, siendo Campeón de España de natación de 100 metros libres en 1923. Un año más tarde volvería a ser olímpico, esta vez en los JJ.OO. de París 1924. Tras varios años de competición, pasa a dedicarse a la enseñanza y entrenamiento de nadadores, llegando a dirigir el Club Natació Barcelona y el madrileño Real Canoe Natación Club. Se une en matrimonio con la también nadadora María Aumacellas, una de las pioneras de la natación sincronizada en España, con quien tiene dos hijos, ambos también ligados al mundo del deporte acuático: Jorge y Enrique, falleciendo en 1953 a la edad de 55 años.

Seguiría pues la saga con un nuevo y talentoso Enrique Granados. El nieto del malogrado pianista llegará a superar el currículum deportivo de su padre. Así, fue varias veces Campeón de España y plusmarquista nacional en 400 y 1.500 metros libres, participó en dos Juegos Mediterráneos (9), consiguiendo en ellos tres medallas de bronce, en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952 (10) y en el Campeonato de Europa de 1954 en Turín. Una vez retirado pasa a ocupar cargos directivos y organizativos dentro de la Federación Española y la Balear. Actualmente tiene 76 años.

Así de intensos fueron los casi 49 años de vida del músico catalán Enrique Granados Campiña; nieto, hijo y hermano de militares; padre, suegro y abuelo de nadadores. Un notabilísimo artista fallecido en la cima de su carrera, hace ahora cien años, como consecuencia de un error en la mar durante una terrible guerra, abrazado a su mujer y también enamorado de la música. Un maestro del piano que de muy joven vivió una pequeña parte de su vida en nuestra isla, esa que él guardó siempre en su memoria, como nosotros recordaremos eternamente su obra y su legado.


  1. Walter Aaron Clark: “Enrique Granados: Poet of the Piano”
  2. CHCMC
  3. CHCMC
  4. Octavio Rodríguez Delgado: “Don José García Torres (1816-1903). Comandante Graduado de milicias, Sargento Mayor interino, Alcalde constitucional, Juez municipal y Presidente del Comité Local del Partido Liberal Conservador de Granadilla”
  5. Walter Aaron Clark: “Enrique Granados: Poet of the Piano”
  6. Walter Aaron Clark: “Enrique Granados: Poet of the Piano”
  7. Walter Aaron Clark: “The death of Enrique Granados: context and controversy”
  8. “La Esfera”, 1 de julio de 1916
  9. JJ.MM. Alejandría 1951 (Medalla de bronce en 400 metros libres y medalla de bronce en 1.500 metros libres) y JJ.MM. Barcelona 1955 (Medalla de bronce en relevos 4 x 200 metros libres).
  10. En los JJ.OO. de Helsinki 1952 consigue ser semifinalista en 400 metros libres y cuarto en la prueba de los 1.500 metros libres.


 

Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


 

 

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