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Atalayas y atalayeros en las Islas Canarias

Oct 8, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en Atalayas y atalayeros en las Islas Canarias

 



ATALAYAS Y ATALAYEROS EN LAS ISLAS CANARIAS

El avistamiento desde las cumbres canarias clave en la defensa militar de las islas a lo largo de su historia

Artículo aparecido en el suplemento "La Prensa" del 
periódico El Día del sábado 8 de octubre de 2016

atalayas

Hasta hace algo más de un siglo, el avistamiento directo al horizonte o tierras visibles más lejanas suponía el primero de los episodios de la defensa de un territorio. Así, oteando a simple vista y/o por medio de catalejos, telescopios, gemelos o binoculares (según el lugar y la tecnología del momento) se tenía conocimiento de la llegada del enemigo a una región, fuera esta insular o continental. Durante varios milenios el ser humano utilizó, pues, la observación visual directa como principal medio receptor de información, siendo acompañada esta de la posterior transmisión de ese aviso o advertencia a un emplazamiento de mando o guardia a través de diversas maneras, fundamentalmente señales de humo, fuego, banderas/banderolas, silbos o espejos, según el momento del día. De esta manera, a lo largo de la historia en todas las regiones del planeta fueron establecidos vigías o centinelas en puntos estratégicos, dotados siempre de una gran cuenca visual, como garantes de defensa de ese territorio ante posibles ataques, invasiones o desembarcos de enemigos o adversarios. Estos emplazamientos solían estar ligados al relieve y, en la mayor parte de los casos, se trataban de cumbres, cerros, promontorios, cimas, crestas y lomos; atalayas, en definitiva, en donde desarrollaron su misión, durante interminables jornadas, los atalayeros que las ocupaban.

Nuestro país ha sido testigo de este hecho a lo largo de la historia. Durante la Reconquista cientos de atalayas, tanto de origen musulmán como cristiano, fueron establecidas por las montañas de la Península Ibérica. En la sierra de Guadarrama, en la cuenca soriana del Duero, en la pacense Tierra de Barros o en las montañas gaditanas, por citar alguna zonas. Muchas de estas atalayas siguen conservando hoy en día pequeñas fortificaciones que atestiguan la presencia de esos vigías y sus cometidos en aquellos siglos de batallas peninsulares. En las costas mediterráneas fueron numerosos los emplazamientos de guardia y centinela, por citar algunos: los establecidos en el litoral cartagenero o la modesta torre de vigía en la isla de Espalmador (Formentera). Lo mismo ocurrió en el Cantábrico, donde se sabe de la presencia de atalayeros en las cercanías costeras de puertos como Laredo, Llanes, Tazones, Orio, Castro-Urdiales, Luarca y Comillas, entre otros muchos. De estos últimos se tiene constancia de, además del uso militar de estos lugares, la observación de ballenas y otros cetáceos, para fines pesqueros.

Canarias no fue menos. El archipiélago, situado estratégicamente en el borde oriental del Atlántico, pero de paso obligado hacia o desde el Nuevo Mundo, el sur de África y el Índico, necesitó de este tipo de tareas de vigía, y bien que sirvieron. Veamos, isla a isla, algunas de las atalayas más destacadas de nuestra historia, marcadas por un nexo común: la presencia en ellas de atalayeros, que solían ser vecinos de la zona, además de milicianos, capaces y con buena vista y guarnecidos con casetas de madera o goros de piedra. Allí, cientos de canarios llevaron a cabo horas y horas de vigilancia de su tierra, sufriendo los fríos de la noche, la lluvia y el viento de los meses más gélidos, el sol justiciero del verano y, más aún, la melancólica y temida soledad del centinela. A todos ellos y a sus familias van dedicadas estas líneas.

Lanzarote

Si bien, es a partir del XVIII de cuando se disponen de referencias documentales de establecimientos de vigía más o menos fijos en diversas montañas de la isla, que son los que citaré en líneas posteriores, podemos asegurar que gran parte de ellos, si no todos, fueron utilizados también en los siglos XVI y XVII. Estos lugares (1) son: Montaña de Femés, Montaña Blanca (entre Tías y San Bartolomé), Montaña de Tinamala (junto al núcleo de Guatiza), Montaña de Haría (conocida hoy en día como “La Atalaya”) y en lo alto del volcán de Guanapay, lugar donde se encuentra el castillo de Santa Bárbara, el principal de la isla, al que debían de llegar los avisos provenientes de cada atalaya (2).

En 1793, el Teniente Coronel Juan Creagh, Gobernador Militar de Lanzarote, realiza un informe sobre la defensa de la isla para el entonces Comandante General de Canarias, el célebre General Antonio Gutiérrez. Respecto de las atalayas cita las ya comentadas e incluye dos nuevas: Peñas de Charche (Riscos de Famara) y Montaña Chiquita (Nazaret) (3). En 1805, el Ayudante Mayor del Regimiento de Milicias de Lanzarote, José Francisco de Armas y Betencourt, elabora el “Plan de Ataque y Defensa para la Isla de Lanzarote”, recordemos que esos momentos España estaba en guerra frente a Inglaterra. Se mencionan en él gran parte de las atalayas ya citadas, a las que se le añade la “Atalaya Grande”, situada en el hoy Mirador del Río. Se establece en ese Plan que los vigías han de ser vecinos de la zona, tras designación por parte de los Jueces Reales o Comandantes Militares de cada Regimiento, debiendo de guardar obediencia al personal militar, incluidos soldados y cabos. Se establecen como señales de alerta las llamaradas, luciendo tantas como buques fueran avistados. El aviso debía de llegar al Castillo de Santa Bárbara desde donde se lanzarían tres cañonazos y un fogonazo.

En la isla, al igual que en otras, como ya veremos más adelante, fueron desplegados una serie de atalayeros en zonas de costa, sobre todo las playas, como lugares más propicios para posibles desembarcos. Entre ellas: Órzola, Arrieta, Ancones, Tiñosa, Famara, Berrugo y Papagayo.

Fuerteventura

La llegada de berberiscos, piratas, corsarios y flotas extranjeras enemigas a la isla majorera obligó a levantar una serie de fortificaciones diseminadas por la costa, siempre protegiendo lugares estratégicos y de interés: Tostón y San Buenaventura, por ejemplo; además de los anteriores castillos “betancurianos” como fueron las torres de Lara, de Riche Roche y del Barranco de la Torre. Además, fueron distribuidos por diversos puntos elevados de la isla una serie de lugares de vigía. Pinto de la Rosa, autor de la que es sin duda la mayor y más maravillosa publicación versada en arquitectura defensiva militar en Canarias (4), nos cita algunos: Morro Juan Martín (costa meridional de Tarajalejo), Montaña Mantinga (Gran Tarajal), Montaña de la Torre (Caleta de Fuste), Montaña Tamanaire (Puerto Cabras), Montaña de Tertir (Tabladillo), Montaña Escanfangra (Corralejo) y Montaña Vitagora (Puerto de la Peña).

Incluso en el vecino Islote de Lobos llegó a haber vigías temporales. El italiano Leonardo Torriani nos relata que “(…) los corsarios se detienen aquí muchos días, poniendo vigías encima de la montaña, y dejando las naves al ancla cerca de esta montaña, por no servir el puerto más que para lanchas y naves pequeñas” (5).

Otra fuente extraordinaria que aporta información de atalayas y otros usos del territorio es la toponimia. Así, aún hoy en día permanecen vigentes nombres de varios enclaves que quizás pudieron ser igualmente establecimiento de centinelas. Así, tenemos la Atalaya Caracol (en Tarajalejo), la Atalaya del Risco Blanco (en la costa oeste de la isla), la Punta de la Atalaya (junto a Puerto del Rosario), la Montaña de la Atalaya de Hurianem (cercana a las dunas de Corralejo), la Atalaya del Risco Negro (al oeste de Tefía) y La Atalayita (aguas arriba de Pozo Negro).

Gran Canaria

De la isla grancanaria se tienen referencias documentales y cartográficas de atalayas repartidas por diversas zonas. Se sabe de ellas en las montañas de: Guía, Taliarte (entre las playas del Hombre y Melenara), Tirma, Veneguera, Gáldar y Santa Brígida. La toponimia aún lo recuerda con: el Pico de La Atalaya, como se denomina a la citada en Gáldar, y el barrio satauteño de “La Atalaya”. Pero las más célebres y documentadas son las que se emplazaron en La Isleta, fundamentales en la protección de la capital insular.

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La Isleta y, en la cumbre, su atalaya, del plano:
"Ataque del Corsario Drake a la Isla de Gran Canaria. Próspero Casola. 1595"

Existen referencias de estos puntos de vigía en diversos planos históricos de Las Palmas (6), además de en varias publicaciones ligadas a relatos de ataques enemigos a la isla. Así se sabe, gracias a ello, que al amanecer del 6 de octubre del año 1595 la atalaya de La Isleta anunció mediante hogueras y humo la llegada a la isla de varios galeones bajo el mando de Francis Drake (7). Al poco tiempo se transmitió el aviso de la atalaya al resto de la villa mediante un cañonazo (8). Unas horas más tarde, ya con los ingleses frente a la costa, se repelió el ataque, con cuatro decenas de bajas británicas y varias barcazas destrozadas. Drake dejó la isla, tomando rumbo al Caribe. Igualmente fueron avistadas por la atalaya de La Isleta las flotas del corsario francés Francois Leclerc, “Pata de Palo”, en su embestida a Las Palmas en 1553 (9) e igualmente las naves holandesas de Pieter van der Does, al comienzo del estío de 1599. Rumeu de Armas nos lo relata de la siguiente manera (10): “El sábado 26 de junio de 1599, al amanecer, los vigías de la atalaya de las Isletas divisaron la poderosa formación, que navegaba lentamente en dirección al puerto. Pocos minutos más tarde, de la montaña se elevaba una espesa columna de humo, que servía de aviso a los demás vigías y atalayas de la isla para prevenir a sus moradores del riesgo que la amenazaba y de la necesidad de empuñar las armas en su defensa.” Tres días después los holandeses tomarían la villa capitalina pero el 8 de julio siguiente dejan la isla, incapaces de poder tomarla en su totalidad.

Tenerife

Tenerife contó con numerosos enclaves destinados a la vigilancia costera, repartidos por todas las zonas de isla. En el sur y sureste fueron utilizadas como atalayas algunos de los más singulares conos y roques volcánicos de la costa y las medianías (11): Guaza (ligada a la defensa de Adeje), Montaña Centinela y Montaña Gorda (en la comarca de Abona), la Montaña de Fasnia y la Montaña Grande o de Güímar. En la costa norte llegaron a existir dos atalayas, sitas en San Juan del Reparo e Icod, ligadas a la defensa de los puertos de Garachico y San Marcos respectivamente. En Acentejo hubo centinelas temporales en la Montaña de La Atalaya, sobre el barrio tacorontero de San Juan de Perales, y en las cumbres del cierre septentrional de la vega lagunera en La Atalaya, El Púlpito y La Bandera. Existen fuentes documentales que desde recién finalizada la conquista de la isla hacen mención a la necesidad de guardia y vigilancia costera, estableciéndose planes que determinaban los lugares, cometidos y tareas a llevar a cabo por esos centinelas. Así, por ejemplo se determinan las guardias de salud (destinadas a la vigilancia de la costa ante la llegada y desembarco de naves con tripulación portadora de fiebres, pestes y otras enfermedades infecciosas). Se conservan actas del Cabildo fechadas en marzo de 1523 que fijan la presencia de estos vigías en enclaves del litoral tinerfeño, como por ejemplo: Bufadero, Igueste de San Andrés, Las Galletas, Punta de Teno, Caleta de San Marcos, Roque Bermejo, etc.

Pero si hubo una zona de mayor presencia de vigías esa es la península de Anaga, destinados a la defensa de La Laguna y Santa Cruz de Tenerife, pero también con fines protectores del monte (frente a incendios y extracción ilegal de madera dedicada al contrabando) (12). Llegó a haber atalayeros de manera más o menos permanente en el tiempo en cumbres como la Mesa de Tejina (precisamente conocida de manera popular como “La Atalaya”), Tafada, El Sabinar e Igueste de San Andrés. Entre estas tres últimas se estableció una particular red de comunicación que conseguía llevar un aviso, mediante hogueras y banderas, desde Tafada (en lo alto de Chamorga y con visibilidad hacia el norte), hasta Santa Cruz, sirviendo las otras dos de “repetidoras”. Este hecho determinó que la atalaya iguestera (13) fuera considerada como la principal de la isla, estando en uso y manteniendo comunicación directa con el Castillo de San Cristóbal hasta mediados del XIX.

Precisamente esta atalaya jugó un papel clave en la defensa de la isla frente a dos de los ataques ingleses más célebres y recordados de la historia tinerfeña. La tarde del 5 noviembre de 1706, fue el vigía de esta quien alertó de la llegada de la flota de John Jennings (14) y el 19 de julio de 1797, Domingo Izquierdo, atalayero de igueste, dió aviso del avistamiento de la escuadra de Nelson que unos días más tarde pretendiera sin éxito tomar la isla y cayendo derrotado a consecuencia de la Gesta del 25 de julio de 1797, liderada por el General Gutiérrez y protagonizada por cientos de isleños, tanto civiles como militares.

A finales del XIX este enclave cambio de uso y fue utilizado por la consignataria Hamilton & Cía. como posicionamiento de atalayeros para dar aviso al personal de esta empresa en el puerto de la próxima llegada de naves necesitadas de labores de carga y descarga de fletes. En lo alto de esta atalaya (hoy llamada “de los Ingleses”) trabajaron como vigías los vecinos de Igueste Agustín Gil y su hijo José, quienes residieron en esta cumbre, refugiados en una modesta caseta de madera, la friolera de 12 años (del 20 de septiembre de 1886 hasta finales de 1898), con una salario anual de 2.200 pesetas.

Mientras este uso comercial de la atalaya de Igueste se efectuaba en los últimos años del siglo XIX, comenzó a funcionar en esa misma montaña, pero a menor altitud, sobre el acantilado que cae al “Roquete”, el Semáforo de Anaga. Tras estudios para la localización del mismo comenzados a mediados de 1883, se empezó su construcción tres años después, entrando en uso el 4 de diciembre de 1895. En él desarrollaron sus tareas decenas de semaforistas (pertenecientes al Cuerpo de Suboficiales de la Armada) quienes hasta el año 1970, momento en que cesó su actividad y el edificio fue desalojado, residían allí con sus familias. Disponían de cable telegráfico, estación meteorológica y un enorme mástil que con un juego de bolas y banderas servía para comunicarse con los buques que transitaban frente a la costa sur de Anaga. Hoy en día, el edificio se encuentra en ruinas, vallado y con serio peligro de derrumbe. Lo que antaño fue una infraestructura puntera, única en Canarias a lo largo de la historia, actualmente presenta un triste aspecto de abandono y olvido.

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Semáforo de Anaga en funcionamiento

Santa Cruz contó, además, con otras tres atalayas, estas ya más cercanas a la villa y el puerto. La de San Andrés (que efectuaba tareas de repetición de lo transmitido desde la de Igueste) y las de Ofra y Taco, situadas en lo alto de los conos volcánicos que forman ambas montañas. Estas dos tenían además la posibilidad de comunicarse con zonas del interior, principalmente La Laguna.

La Gomera

La principal atalaya gomera estuvo establecida durante varios siglos en la Punta de San Cristóbal, en el entorno de donde hoy precisamente se encuentra el faro homónimo. Así lo atestigua cartografía histórica de la isla (15). Desde este enclave se tenía una excelente panorámica hacia las aguas al noreste, principal zona de llegada de buques enemigos, dando aviso a las guarniciones establecidas en la villa de San Sebastián y, con ello, protegiendo el puerto principal de la isla. Pero además se tiene constancia de otros puntos de vigía con centinelas establecidos en ellos en determinados momentos, como por ejemplo en la Montaña del Calvario (16), junto al núcleo de Alajeró, y en la Fortaleza de Chipude.

De entre las referencias que destacan las labores ejercidas por las atalayas gomeras ante ataques enemigos podemos citar la llegada de la escuadra de Franco-portuguesa de Saint-Pasteur-Serrada: “(…) 28 de febrero de 1583, divisóse al amanecer desde las atalayas de la isla la escuadra enemiga, que se dirigía derecha al puerto, y no hubo tiempo sino el preciso para tocar alarma, concentrar las milicias con su artillería de campo y disponer la torre (…) para responder a la probable agresión con los certeros disparos de su artillería” (17). Décadas más tarde, los vigías de la villa gomera darían señal de alarma ante la llegada de la escuadra inglesa de Walter Raleigh, el día 28 de septiembre de 1617, y a mediados del siguiente siglo hicieron lo propio frente al ataque perpetrado por la flota de Charles Windham cuando este arribó frente a la isla colombina con dos navíos de línea y una fragata de guerra (18). Fue durante la noche del 29 de mayo de 1743 cuando las atalayas de Chipude y Vallehermoso avistaron los buques ingleses capitaneados por Windham, y al amanecer siguiente los vigías de la villa corroboraron la llegada, dando aviso al Castillo de los Remedios, desde donde se disparó un cañonazo como señal de rebato para las milicias. Tras ello vendrían horas de incesante cañoneo, que obligó a recular y huir a las tres naves de la Royal Navy inglesa (19).

La Palma

La importancia comercial y marítima que La Palma ha tenido a lo largo de la historia es por todos conocida. Desde ya arrancado el siglo XVI era necesario proteger la isla frente a los ataques, saqueos y desembarcos enemigos, de los que la historia palmera, por desgracia, puede presumir. Así, se establecieron como atalayas dos enclaves con buena visibilidad y cercanos a Santa Cruz de la Palma: la Montaña de Tenagua (Puntallana), al norte y la del Risco de la Concepción (20), al sur. Más tarde se unieron a estas otras dos: en El Rosario (Barlovento) y en la Montaña de Siete Ojos (Puntallana) (21). En todas ellas “había tres guardas fijos a sueldo del Cabildo, y estaban obligados, siempre que fuesen divisadas más de tres velas juntas, a dar cuenta personal, por medio de uno de ellos, de sus pesquisas, así como a encender las hogueras acostumbradas para conocimiento de toda la isla” (22).

Fundamentalmente era vital la defensa de la costa este en donde se encuentra Santa Cruz y su puerto, pero también otras zonas litorales, como la Caleta de Izcaguan, la Punta de Santo Domingo, la Caleta de la Manga y el Porís de Don Pedro, en Garafía; El Ancón, en Puntallana; y Tazacorte y Puerto Naos, en la costa del valle de Aridane, por citar algunas otros fondeaderos y embarcaderos. Para el avistamiento de aguas septentrionales se tienen referencias de atalayas en las montañas de: Matos (Puntagorda), Fernando Porto y la Centinela (Garafía), así como en las de La Galga y el Loral (Puntallana) (23).

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Santa Cruz de La Palma desde el Risco de la Concepción, 
al fondo la Montaña de Tenegua

Relacionadas con algunas de las varias ofensivas que sufrió la isla, existen referencias de participación de los vigías dando aviso de la llegada de flotas no deseadas. Así, uno de los ataques más célebres y recordados que sufrió “la isla bonita” fue el perpetrado por el corsario Francis Drake en el otoño de 1585. De la llegada del “Bonaventure”, buque insignia de Drake, y el resto de naves que este comandaba (29 en total) fue dado aviso por varias atalayas palmeras el 7 de noviembre primero y más tarde al amanecer del 13. La meteorología, la mar y el buen hacer de las guarniciones de las fortalezas palmeras repelieron el ataque y pasadas unas horas de conflicto, Drake y los suyos pusieron proa hacia otros lares, orejas gachas y con destrozos en varias de las naves y unas 30 bajas estimadas. Finalizaba así el primero de los ataques ingleses sobre las Canarias.

El Hierro

La más occidental de nuestras islas no fue tan codiciada por parte de piratas y corsarios como sí lo fueron las otras seis del archipiélago. El abrupto relieve, la escasez de recursos y el hecho de que su capital y otros núcleos estuviesen en el interior y a una considerable altitud fue determinante para ello. Luis de la Cueva, nombrado en 1589 primer Capitán General de Canarias, consideró innecesario el establecimiento edificado de defensas en la isla. En palabras suyas, redactadas en un informe oficial, llega a decir que “lo de allí es cosa sin sustancia porque las casas son cuevas esparcidas y la tierra es tan pobre, (…) con lo cual está más segura de corsarios que las demás con mucha artillería” (24). De todas formas, se crean milicias avanzado ya el siglo XVI, teniendo los vecinos del lugar, entre otros cometidos, el de realizar guardias mediante tareas de vigía, fundamentalmente en zonas costeras propicias a posibles desembarcos: Las Playas, Naos, La Estaca, La Caleta, etc. Uno de estos lugares elevados con buena cuenca visual sobre el litoral el cual tuvo vigías apostados en su cima es la Montaña de Vidacaque, que con 300 metros de altitud domina la costa noreste de la isla, estando a sus pies el embarcadero de La Caleta (25).

Uno de los episodios documentados de avistamiento y aviso por parte de vigías herreños ante la llegada de flotas extranjeras se produjo en abril de 1762, ante el desembarco que unos corsarios ingleses efectuaron en la costa sur de la isla, en la pequeña bahía de Naos, entre La Restinga y Tacorón. Uno de los centinelas dio la señal de alarma, llegando el aviso a la Compañía de Milicias de El Pinar, quienes se desplazaron hasta la costa, inutilizando la barcaza británica con la que habían tomado tierra y tomando como prisioneros a los ingleses (26).


  1. Antonio Riviére (1741)
  2. Precisamente en el mismo lugar donde a mediados del siglo XIV el genovés Lancelotto Malocello levanta una modesta fortaleza.
  3. Clar Fernández, J.M.: “Arquitectura militar de Lanzarote”. 2007
  4. Pinto de la Rosa, J.M.: “Apuntes para la Historia de las Antiguas Fortificaciones de Canarias”. 1996
  5. Torriani L.: “Descripción e historia del reino de las Islas Canarias antes Afortunadas, con el parecer de sus fortificaciones”
  6. Por citar algunos: “Planta de la ciudad de Canaria. Por un soldado anónimo” (1659), “Planta de la ciudad de Las Palmas de la Islas de Canarias” (Antonio Riviere, 1742), “Planta de la ciudad y plaza de Las Palmas de la Ysla de Gran Canaria” (Luis Marqueli. 1792) y “Plano de la Bahía de Las Palmas y del Puerto de La Luz en la Isla de Gran Canaria” (Capitán Perry y oficiales de la Corbeta de Guerra Norteamericana “Macedonia”. 1844).
  7. Era costumbre de la Atalaya hacer fuegos siempre que se acercaban a tierra más de “cinco velas”.
  8. Carta del Ingeniero Próspero Casasola dirigida a Felipe II (de 8 de octubre de 1595): “Señor: Viernes al amanecer, dia de Santa Fee, a seys de este, dio fuego el atalaia de la montaña de las Ysletas y tiró una piega el castillo y se reconocieron veynte y ocho naos, que después se supo que venían con ella seys galeones de la Reyna de Inglaterra, (…)”.
  9. “Descubiertos por la atalaya de las Isletas y dadas las señales de rebato, las compañías de la isla, con sus capitanes, se congregaron en la caleta de Santa Catalina (…).” (Rumeu de Armas, A.: “Piraterías y ataques navales contra las islas Canarias”)
  10. Rumeu de Armas, A.: “Piraterías y ataques navales contra las islas Canarias”
  11. “Mapa de la Isla de Tenerife” Antonio Riviere (1740)
  12. Cola Benítez, L.: “Los montes de Santa Cruz (y 2)” (La Opinión de Tenerife, 12 de octubre de 2014)
  13. “Plano de Santa Cruz de Tenerife” Joseph Ruiz (1771)
  14. Gazeta de Madrid, del martes 4 de enero de 1707.
  15. “El Puerto Principal de la Isla La Gomera”, fechado en 1662 y a cargo de Lope de Mendoza; “Mapa de la Ysla de La Gomera”, de Antonio Riviere (1743) e “Islas Canarias. Detalle de la Isla de La Gomera”, realizado por Francisco Coello, en 1849.
  16. Escribano Cobo, G. y Mederos Martín, A.: “Fondeaderos y Puertos de La Gomera y El Hierro”
  17. Rumeu de Armas, A.: “Piraterías y ataques navales contra las islas Canarias”
  18. Viera y Clavijo, J.: “Noticias de la historia general de las islas de Canaria” (volumen 3)
  19. Para conocer más de este valeroso episodio de la historia de La Gomera les recomiendo la obra “1743. La Royal Navy en Canarias. La derrota de Charles Windham en La Gomera y otras acciones en el Archipiélago.”, de Carlos F. Hernández Bento.
  20. Precisamente este promontorio palmero, debido a su excelente cuenca visual y cercanía a Santa Cruz, fue utilizado para situar varias pequeñas fortificaciones militares durante los años 40 del pasado siglo, destinadas a puesto de mando y telémetro.
  21. Sesión del Cabildo de La Palma de 23 de agosto de 1568
  22. Rumeu de Armas, A.: “Piraterías y ataques navales contra las islas Canarias”
  23. “Mapa General de la Ysla de La Palma. Levantado por ingenieros militares”. 1742
  24. Quintero Reboso, Carlos: “El Hierro. Una isla singular”. 1997
  25. Escribano Cobo, G. y Mederos Martín, A.: “Fondeaderos y Puertos de La Gomera y El Hierro”
  26. Quintero Reboso, Carlos: “El Hierro. Una isla singular”. 1997


Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio



 

El hoy anhelado y entonces detestado Castillo de San Cristóbal

Sep 11, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en El hoy anhelado y entonces detestado Castillo de San Cristóbal


EL HOY ANHELADO Y ENTONCES DETESTADO CASTILLO DE SAN CRISTÓBAL

Se cumplen noventa años del acuerdo del Consejo de Ministros por el que se aprobó la demolición de esta legendaria fortaleza santacrucera

(artículo publicado en "Diario de Avisos" del domingo 11 de septiembre de 2016)

periodicoCASTILLO


Lunes 13 de septiembre de 1926. El Consejo de Ministros, bajo la Presidencia de Miguel Primo de Rivera, acuerda la cesión al Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife de varios inmuebles militares de la ciudad, entre ellos el Castillo de San Cristóbal. Se afianzaba y tenía virtud legal el proceso de transformación urbana del frente marítimo (centro) de la capital tinerfeña promovido por el consistorio años antes, pasando pues a ser derribada dos años más tarde esta honorable fortaleza, partícipe de las mejores páginas de la historia del archipiélago.

Los diarios locales del momento mostraban en sus páginas la alegría que tal noticia producía en el Santa Cruz de aquellos años, al “verse realizada en nuestra ciudad una de sus mayores aspiraciones”. El sentir del momento entre los chicharreros era que “la mejora que la demolición del vetusto castillo representará para el ornato público, bien merece que nos resignemos a ver desaparecer sus murallones” (La Prensa, 15 de septiembre de 1926).

Y es que el consistorio capitalino, bajo la alcaldía de Santiago García Sanabria, tenía un pretencioso proyecto en marcha para ese frente litoral santacrucero que tanto había visto en siglos y que desde finales del XVI estaba presidido y custodiado por la fortaleza que se ansiaba derribar. Años antes ya habían comenzado los trámites oportunos, siendo alcalde Francisco La Roche y Aguilar, cuando este inició un oficio dirigido al entonces Capitán General de Canarias Heredia Delgado. El Ministerio de la Guerra fue receptivo con la petición que se le hacía llegar desde la corporación municipal (cesión de solar en la Avenida 25 de Julio para construcción de edificio militar, a cambio del derribo de la fortificación y posterior uso municipal de los terrenos resultantes). La Roche dimite más tarde (en septiembre de 1925) y es Don Santiago quien continúa con las gestiones y culmina el anhelo chicharrero de la época, tras instancia del 25 de junio de ese año 26. Tan involucrado estaba este en el asunto que se encontraba en Madrid en el momento del acuerdo gubernamental, siendo el mismo quien envía personalmente un telegrama al alcalde accidental Rodríguez Febles dándole la buena nueva, que, además, incorporaba en la cesión otras dependencias militares en la ciudad.

Lo que una década antes ya intentó llevarse a cabo, se conseguía en plena mitad de la década de los veinte. Y es que ya en 1908, el ayuntamiento capitalino promovió la permuta del castillo por el hoy añorado Hotel Battenberg, antaño situado, hasta los años 70 del pasado siglo, en el Barrio de los Hoteles (entre las calles Viera y Clavijo y Jesús y María con la Rambla). Este intercambio no se lleva a efecto, como tampoco se cumplirá otro intento 11 años más tarde, esta vez con la Casa Elder (sita actualmente en el arranque de la calle Robayna desde la del Castillo). Ese mismo año de 1919, tampoco llegaron a término las gestiones que pretendían demoler el castillo y construir en su lugar una nueva Casa de Correos. Ninguna de estas tres permutas o cesiones se llegaron a realizar, y eso que la prensa del momento una y otra vez dejaba caer los deseos de “quitar del medio” el viejo castillo “anticuado y feo cuyo derribo es necesario, no solo estéticamente considerado, sino también bajo el punto de vista de los fines prácticos y beneficiosos que, (…) se podrían obtener para la población con cualquier construcción destinada a prestar más útiles servicios en consonancia con los intereses del puerto” (La Gaceta de Tenerife, 26 de septiembre de 1919). Incluso ilustres personalidades de comienzos del XX, como Nicolás Estévanez, se atrevían a decir en prensa lo que en aquellos momentos era el sentir de muchos santacruceros. Este militar y político canario, un año antes de su muerte en Paris, expuso en las páginas del “Diario de Tenerife” del 13 de septiembre de 1913 que era necesario “el derribo del castillo para hacer allí un jardín con bancos entoldados, kioscos de cambistas y pabellón de intérpretes (algo parecido al Malecón de La Habana)”. Como nota discordante de aquel momento cabe citar a Emilio Serra y Fernández de Moratín. Este prestigioso farmacéutico, periodista y político fue una de las voces que más oposición mostró al proyecto de derribo de San Cristóbal. Sus encontronazos en prensa con otros ilustres de aquellos años fueron muy sonados, convirtiéndose con ello en uno de los pocos  isleños contrarios a la decisión del derribo.

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El ya citado acuerdo gubernamental objeto de este artículo fue publicado, y con ello entraba en vigor, en la Gaceta de Madrid del 24 de septiembre de 1926, en donde se hace mención al objeto de la cesión y posterior derribo, como paso necesario para ”los planes de urbanización ha realizarse, con la unión de la calle de Alfonso XIII, importante vía de comunicación de la antigua población con la barriada que, apoyada sobre la Avenida Marítima, trata de establecerse”. Se buscaba, además, por parte del ayuntamiento, motivo que fue entendido por el Gobierno: “la mejora de una capital situada sobre importantísimas vías marítimas, visitada por numerosos viajeros, en su mayoría extranjeros, y por no pocos que pasan en la isla algunas temporadas atraídos por la dulzura de su clima y las bellezas que encierra”. De esta manera, mediante este Real Decreto, firmado por el entonces Ministro de la Guerra Juan O’Donell Vargas y refrendado por el Rey Alfonso XIII, se autorizaba a la permuta del castillo en cuestión, y, además, de las baterías de Isabel II y de la Concepción (que sería desalojada en noviembre de 1927), un solar en el barrio de Duggi (con el que se pudo prolongar la calle la Noria-alta (actual Ramón y Cajal) y sobre el que actualmente se asienta el Colegio San Fernando) y el polvorín de la Regla (que sería entregado al consistorio en noviembre de 1928), por edificios que habría de construir el ayuntamiento en la calle Veinticinco de Julio y que fueron levantados años más tarde. Primeramente el que albergó el Gobierno Militar, entregado al Ministerio de la Guerra el 10 de noviembre de 1931, y que posteriormente acogió el Cuartel General de la Jefatura de Tropas de Tenerife, desde los años 60. Y por otro lado su inmueble colindante, que pasaría a ser Caja de Reclutas, Jefatura de Ingenieros y otras dependencias. Actualmente en ambas construcciones se encuentran la Subinspección General del Ejército y la Subdelegación de Defensa, respectivamente los números 1 y 3 de esa calle.

Pasado un año de aquel final de verano del 26 en el que se aprobaba la permuta, se hacía efectiva la cesión del fortín al consistorio capitalino. El martes 25 de octubre de 1927 el alcalde García Sanabria y el Gobernador Militar Cullén Verdugo, entre otros, firmaban la escritura de traspaso de todas dependencias militares ya citadas, entre ellas San Cristóbal. Acompañó a este formal acto la entrega de un cheque del ayuntamiento por valor de 500.000 pesetas que irían destinadas a sufragar los gastos oportunos de los nuevos edificios militares a construir. Se veía ya más cerca el ansiado derribo de unos paredones que, como decía el rotativo “La Prensa” del 27 de octubre de ese año, “cuyo valor histórico no podrán nunca compensarnos del triste espectáculo de su fealdad y del lamentable aspecto que da a la parte de Santa Cruz más visible y próxima al puerto”. Días más tarde de aquella jornada el alcalde chicharrero aprovecha el escaparate de la prensa local para dejar caer que lo próximo sería el Castillo de San Pedro. Tanto Ayuntamiento como Cabildo tenían pues muy claros sus propósitos: urbanización del frente litoral, construcción de la avenida marítima y dotar de mayor amplitud y espacio al puerto. Y, claro, frente a ese plan el rosario de baterías y castillos que jalonaban el litoral de la ciudad no eran más que un estorbo.

Comenzaba el año 28 con proyecto de construcción de Avenida Marítima aprobado por parte del Cabildo Insular. Firmaba el documento el técnico Luis Díaz de Losada, quien incluía en él la demolición de la fortaleza. A finales de enero salía a subasta pública el derribo de San Cristóbal, la cual quedó desierta. Dos meses más tarde se anunciaba un nuevo concurso y esta vez sí tuvo adjudicatario: el contratista Francisco Bujosa, bajo la cantidad de 16.000 pesetas. Para las obras de derribamiento del recinto fortificado se emplearon a más de 300 obreros, comenzando en el mes de junio siguiente, una vez quedaron instaladas las dependencias del Gobierno Militar en el nº3 de la calle Alfonso XIII (actual calle del Castillo), edificio alquilado por el consistorio para ese fin.

Y así de esta manera, el verano de aquel año 1928 comenzaba con la llegada de las piquetas y los barrenos. El 21 de junio se procedía al acto de entrega del vetusto fortín al Ayuntamiento y cinco días más tarde se empezaba a derruir, previa desratización del castillo y alrededores y trasplante de algunos de los árboles que se encontraban en su interior al nuevo parque capitalino, hoy, como todos sabemos, denominado precisamente García Sanabria. La demolición comenzó por las paredes del lado del mar, consumando el derribo total cinco meses más tarde, finalizando por los muros de poniente. Tras estas tareas destructivas se pasó al rellano de la zona, una vez las obras fueron recibidas por parte del Cabildo Insular a mediados de diciembre.

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Durante estos trabajos hubo accidentes, como el que casi les cuesta la vida a tres jóvenes obreros (José Pacheco, Juan Delgado y Francisco Ávila); incidentes debido a las piedras que saltaban a las calles cercanas a causa los barrenos; e incluso se llegaron a poner en venta toda clase de mobiliario y otros útiles procedentes del interior de la fortaleza. Los diarios locales del momento anunciaban: “Gran ocasión solo por 8 días: procedente del derribo del castillo de San Cristóbal se venden gran número de puertas, ventanas, vigas de tea, tejas del país y francesa, mosaicos, cornisas de piedra labrada y otros materiales todo en buen estado y precios económicos. Pueden verse en el mismo castillo, donde se darán razón de los precios”.

Y, como ya sabemos, las décadas siguientes vinieron a transformar este particular enclave de nuestra ciudad con una plaza, la Plaza de España, y sus varias reformas, monumentos, avenida marítima y su reciente soterramiento, lago artificial, reconstrucción del pórtico de la Alameda, levantamiento en sus márgenes de edificios singulares (Cabildo, Olimpo, Casino, …), jardineras y parterres, aparcamientos, temporales montajes de escenarios para actos carnavaleros, etc. Ahora, tras la última de las reformas de la plaza podemos ver bajo su suelo los únicos vestigios de aquel castillo. Aquella, añorada hoy y detestada entonces, fortaleza de San Cristóbal, que desde 1575, año en que por resolución de Felipe II comenzó su construcción, ha presidido la entrada marítima de nuestra ciudad. De esa Santa Cruz que derrotó a Nelson, con el General Gutiérrez capitaneando esa victoria desde dentro de sus paredes; de esa Santa Cruz que recibió  a Alfonso XIII junto a sus muros; de esa Santa Cruz que puede presumir de haber sido plaza fuerte, gracias a San Cristóbal; de esa Santa Cruz de tres siglos y medio de historia dominada por un castillo echado abajo en apenas unas semanas.

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Hoy sin las pretensiones urbanizadoras destructivas de antaño y con una mayor valoración por nuestra historia, hemos de conocer lo que fue nuestra isla, nuestras islas, qué nos queda de lo que antaño fuimos y protegerlo con ansia, empeño y valor. Han de recuperarse esas vetustas fortalezas que aún (milagrosamente) nos quedan, ponerlas en valor y, si se puede, darles uso. Me refiero a las baterías del Bufadero y San Francisco, a la Torre de San Andrés y a los castillos de San Joaquín, Paso Alto y San Juan (sin olvidarse de su cercana Casa de la Pólvora). Y, porqué no decirlo, también de las decenas de nidos de ametralladora, baterías, telémetros y puestos de mando realizados durante la Segunda Guerra Mundial y que ruinosamente sobreviven en nuestro litoral asolados por el olvido y la desidia.

Recordemos esas palabras que el citado Serra y Fernández de Moratín lanzaba al aire en la prensa local de aquellos años 20 del pasado siglo en defensa del castillo, y que hoy siguen teniendo vigencia: “Que la piqueta y la dinamita hagan su oficio; enterrad el oro a manos llenas entre los sagrados despojos de la antigua fortaleza; pero pensad al mismo tiempo que entre ellos podrá estar enterrado algo que vale más, mucho más que el oro … ¡el alma, el alma de la ciudad … y acaso también de la isla! Un pueblo puede perder muchas cosas, experimentar catástrofes y elevarse; pero lo ha perdido todo y no se levantará jamás cuando ha perdido su alma colectiva”.


Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio



 

La Guerra en Filipinas y el Sitio de Baler

May 22, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog, Historeando  //  Comentarios desactivados en La Guerra en Filipinas y el Sitio de Baler

Artículo aparecido en "La Opinión de Tenerife"
del domingo 22 de mayo de 2016

FILIPINASLAOPINION


Al otro lado del planeta, en el borde occidental del Pacífico, España mantenía a finales del XIX una serie de territorios isleños cuya pérdida de jurisdicción, junto a la de Puerto Rico y Cuba, formaría parte del conocido como “Desastre del 98”, punto y final a un aciago e infausto siglo. El conjunto archipielágico que constituía Filipinas por un lado y la Isla de Guam por otro formaban parte pues de los últimos territorios españoles de ultramar. Testigos históricos de lo que antaño fue un océano considerado como “el lago español” y reminiscencias de exploraciones y conquistas en las antípodas.

Como ya ocurriera en otras provincias españolas americanas, en Filipinas comenzaron a lo largo del XIX una serie de revueltas y conflictos entre la administración y ejército españoles y los insurgentes locales. A lo largo de la última década de ese siglo la disputa por esas miles de islas se fue acrecentando, hasta que a finales de 1897 el Pacto de Biak-na-Bató llegó a apaciguar las aguas. Este tratado trajo consigo la reducción considerable de las rebeliones y, con ello, la salida de tropas españolas del archipiélago.

Por esa razón, las labores defensivas militares se fueron relajando en los meses siguientes y los cuatro centenares de hombres que custodiaban Baler, un pequeño poblado cercano a la costa oriental de la Isla de Luzón, fueran relevados por una guarnición de apenas unas decenas de efectivos. Pero con el paso de los primeros meses del 98 la situación se complica. España entra en guerra contra los EEUU y estos, que luchaban en el Caribe por la toma de Cuba y Puerto Rico, rearman y financian a los insurrectos filipinos, cuyos cabecillas habían exiliado a Hong-Kong, volviendo estos a actuar contra el destacamento español.

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Mientras todo esto sucedía, a mediados de febrero de ese renombrado año 1898, una guarnición de unas pocas decenas de hombres, pertenecientes al Batallón de Cazadores nº2 y bajo el mando del Capitán de Infantería Enrique de las Morenas y Fossi, llegaba a Baler, a bordo del vapor “Compañía de Filipinas”. A finales de junio, sumidos en el pleno desconocimiento de la nueva situación política y bélica en las islas, los tagalos comienzan a atacar a la cincuentena de militares que allí se asientan, la defensa del sitio se hacía cada vez más necesaria. Así, el 30 de ese mes, tras una dura emboscada, la guarnición del Capitán de las Morenas decide refugiarse en la Iglesia de San Luis de Tolosa, el edificio más fortalecido de todos los que existían en el poblado en ese momento. (había sido construido con gruesos muros exteriores ya que la anterior parroquia llegó a ser destruida por un tsunami años antes)

De esta manera, ajenos a la realidad, con Filipinas ya independizada desde varios días antes, el 12 de junio, comenzaron una defensa numantina de su modesto fuerte durante 337 largos y tediosos días, hasta el 2 de junio de 1899. Racionaron las municiones y, por supuesto, la comida. Tenían una relativa buena despensa de garbanzos, arroz y latas de sardinas, pero a medida que fueron pasando los meses tuvieron que basar su dieta en hierbas y matas cocidas, ratas, serpientes, lechuzas, perros y todo bicho viviente que discurriera por esos reducidos lares.
Durante esos 12 meses de asedio, concluyó la Guerra Hispano-Estadounidense al firmarse el Tratado de París el 10 de diciembre, comenzó otra en febrero siguiente entre los EEUU y Filipinas, que duraría hasta 1902, y España, mientras, trataba de liberar a aquellas decenas de compatriotas sitiados en una humilde iglesia, que pasarían a ser reconocidos popularmente en la historia como “Los últimos de Filipinas”. Durante esas 50 semanas de los 60 hombres, entre militares, sanitarios y religiosos que se refugiaban en Baler, 15 murieron de beriberi o disentería, 2 por heridas de combate, 6 desertaron y 2 fueron fusilados tras ser declarados culpables de intento de deserción.

UltimosFilipinas

Dentro de la ilustre lista que componen los 35 supervivientes del sitio de Baler aparecen cuatro canarios. De Fuerteventura dos de ellos: Eustaquio Gopar, quien sobreviviría al asedio y llegaría años más tarde a ser alcalde de su pueblo, Tuineje, y Rafael Alonso Mederos, de La Oliva, que fallecería de beri-beri el 8 de diciembre de 1898. De Las Palmas era oriundo Manuel Navarro de León, que sucumbió igualmente a consecuencia del beri-beri el 9 de noviembre. Y de Tenerife, el lagunero José Hernández Arocha, quien, como Eustaquio, llegaría a resistir ese año de cerco y regresaría a su isla tras el asedio.

Todos los supervivientes y los desventurados que allí dejaron su vida fueron, son y deberán de seguir siendo valorados como héroes. Su fuerza, honor y servicio lo merecen. Gracias a ellos, considerados tras el sitio como “amigos” por parte de los gobernantes Filipinos, ondeó hasta el 2 de junio de 1899 la enseña española en Baler, la última bandera rojigualda que flameó en ultramar.



Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


Manuel Iradier, alavés aventurero de espíritu africano

Abr 17, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en Manuel Iradier, alavés aventurero de espíritu africano

 

 



Manuel Iradier, alavés aventurero de espíritu africano

Las escalas en Canarias en sus viajes de exploración y conquista a Guinea Ecuatorial

Artículo aparecido en el suplemento "La Prensa" del 
periódico El Día del domingo 17 de abril de 2016

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El 6 de julio de 1854 nacía, en pleno centro de Vitoria, el niño Manuel Iradier, hijo de Pedro Valentín y Amalia Balbina, quienes le dejarían huérfano en plena infancia al fallecer ambos unos años más tarde. Llegaba al mundo un inquieto muchacho, lector empedernido y precoz aventurero, que desde muy joven ya tenía claro su sueño: viajar y conocer otras tierras, otras gentes, otras culturas. Un par de décadas más tarde, apenas dos años después de toparse en la ciudad tanzana de Ujiji al mítico Doctor Livingstone, el explorador y periodista británico Henry Stanley se encontraba en España cubriendo para el New York Herald la Guerra Carlista, que por tercera vez asolaba nuestro país.

Las vidas de ambos aventureros se cruzarían en la jornada del 3 de junio de 1873 en un hotel vitoriano, en el cual se alojaba el galés (1). El joven Manuel, un soñador de casi 19 años, solicita unos minutos de su tiempo al periodista. Su intención, contarle los trazos principales de un pretencioso viaje con el que pretendía cruzar África de sur a norte, nada más y nada menos que doce mil kilómetros, desde el Cabo de Buena Esperanza a Trípoli. Stanley recibe sorprendido las soñadoras ideas de Iradier, quien disponía de pocos recursos económicos para tal empresa, aconsejando al alavés con la propuesta de un recorrido alternativo, pero no menos interesante: la exploración del Golfo de Guinea y sus costas y de ahí adentrándose hacia el interior a través del Río Muni.

El 14 de octubre de 1874 Iradier propone el nuevo proyecto a la Junta de “La Exploradora”, una sociedad viajera fundada, entre otros, por él mismo, y a la que cuatro años antes había planteado el itinerario inicial, que, como hemos visto, se vio reemplazado tras las recomendaciones de Stanley. Se daba el pistoletazo de salida, de esta manera, al primero de los dos viajes que el inquieto joven gasteiztarra emprendería por tierras (y aguas) africanas. Comenzaba así la intensa vida de Manuel Iradier y Bulfy, uno de los africanistas más destacados de nuestro país.

Y unido a sus viajes y exploraciones ira la también vitoriana Isabel de Urquiola (2), nacida dos días después que Manuel. Tremendamente enamorados, ambos se casan en la Iglesia de San Pedro de la capital alavesa el 16 noviembre de 1874 y exactamente un mes después comienzan un intenso viaje que, sin duda, marcará sus vidas. Les acompañaba la hermana de Isabel, Juliana, dos años menor que ella. De este modo, el 16 de diciembre los tres jóvenes salen de Vitoria y en Miranda de Ebro toman el tren correo que les llevará a Cádiz, previo paso por Burgos y Madrid, entre otros transbordos más. Portaba el trío de valientes unas 10.000 pesetas, aportadas íntegramente por el propio Iradier, diferentes herramientas y utensilios para mediciones y cálculos, así como ropa y demás pertenencias.

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Manuel Iradier

Dos días después de la Epifanía de 1875 zarpan de Cádiz, a las siete de la mañana, a bordo del buque “África”, con buen tiempo y viento del nordeste, que horas más tarde cambia suroeste. Los balanceos del barco no cesan y el viaje se vuelve desagradable. Todos mareados, incluido los camareros, olores nauseabundos y cucarachas paseando a sus anchas. Iradier sorprendido de las penurias del crucero alega que “no se comprende como siendo las Canarias una provincia española carece de relaciones seguras y cómodas con la península. (…) La navegación se haría más rápida y la seguridad y la tranquilidad de los pasajeros sería mayor”. (3)

Unas horas antes de arribar a Tenerife, de entre un claro de unas densas nubes situadas al suroeste, se les aparece el Teide. La isla estaba cada vez más cerca y con ello la primera de las escalas de su viaje rumbo al Golfo de Guinea. Para Iradier, Tenerife “brota del seno de las aguas” apareciendo ante él como “un cuadro sublime”. A su paso frente a las costas de Anaga, se queda asombrado ante ese agreste litoral que describe como “escombros amontonados como por mano de un gigante”. Los destellos de La Farola, cada vez más resplandecientes, les delatan que Santa Cruz está cerca, fondeando frente a la villa y plaza, el martes 12 de enero, a las siete y media de la tarde.

La llegada del “África” trajo una buena nueva a la población de Santa Cruz y del resto de la isla. Un cañonazo mandado disparar por el capitán del buque, seguido de varios cohetes y las luces de unas bengalas, alertaban a las gentes que se encontraban frente al litoral chicharrero de que el navío traía noticias. Y es que gracias a la tripulación y viajeros del vapor, llegó a oídos tinerfeños la primicia de que España contaba desde hacía varios días con un nuevo rey, el joven Alfonso XII.

Apenas tres horas estuvo el vitoriano en suelo tinerfeño. Dedicó ese tiempo a tomar algo en un café de la entonces plaza de la Constitución (actual plaza de La Candelaria) y a callejear. Esto le sirvió para realizar unas sencillas anotaciones en su diario que fueron las siguientes: “Los canarios se parecen á los vitorianos en que dan á las palabras un tono musical. Cuando el calendario anuncia Luna, no se encienden los faroles públicos en Santa Cruz; estos no son de hidrógeno carbonado. Las casas son muy bajas en general. De ordinario las calles están mal adoquinadas. Los comercios se cierran muy temprano. A los mozos de café no se les dá propina. Las naranjas valen baratas. Hace calor y me ha parecido sentir algún mosquito”.

Y completado ya el amanecer del 13 de enero, a las ocho y cuarto de la mañana, ponen rumbo a la vecina isla de Gran Canaria, a donde llegarían siete horas más tarde. Durante el trayecto entre ambas islas, al ver desde el mar el abrupto relieve tinerfeño, Iradier se pregunta por el sobrenombre del archipiélago: “Piedras y más piedras, dije, ¿Porqué los antiguos llamaron á estas islas Afortunadas, cuando su aspecto es tan triste y tan conmovedor? (…) Si las Canarias en la época en que fueron descubiertas por los pueblos de occidente tenían el aspecto que hoy presentan, las debieron llamar Afortunadas por su dulce clima, por la felicidad en que vivía el pueblo que las habitaba ó por aquello de que cada uno habla de la feria como le vá en ella”.

Una vez arribado a Las Palmas se aloja de manera provisional en la “Fonda del Herreño”, hasta que unos días más tarde se instala en una pequeña casita, rodeada de cactus y palmeras, enclavada cerca de la capital grancanaria. Manuel, su esposa y su cuñada, pasarían en ella casi tres meses y medio. Este periodo le sirvió para poder realizar pruebas y ensayos instrumentales, además de para aclimatarse. Y, claro, Iradier aprovechó esas catorce semanas de estancia en Gran Canaria para conocerla de costa a cumbre, desde La Isleta hasta el Pico de las Nieves, pasando por Teror, Arucas, Artenara y San Mateo. Le permite esto poder anotar en su diario las principales características físicas y humanas de esta isla canaria, de “clima sano y delicioso”, en la que “la cochinilla se exporta en grandes cantidades” y en la que viven gentes “de sencilla honradez y buenas costumbres”. Visita, como es lógico, la capital, habitada según Iradier, por unos 16.000 habitantes y cortada en dos por el cauce de un barranco (el de Guiniguada). En ella, en la cual el explorador llega a ver tres ejecuciones mediante la horca en una de las plazas, queda admirado por la Catedral, y refleja en sus anotaciones que el teatro y el mercado están en obras. Además, el vitoriano denuncia el mal emplazamiento del muelle, obra de un ingeniero al que se le acusa en la villa de “haber obedecido á sórdidos consejos venidos de Santa Cruz”.

Resulta interesante la descripción que Iradier realiza de los grancanarios con los que se topa en su acontecer por la isla. Así, en su obra “África: viajes y trabajos de la Asociación Euskara La Exploradora”, detalla de esta manera los aspectos que a primera vista más le sorprenden: “Ellos son altos, de buenos ojos, se dejan el bigote ó toda la barba que generalmente es negra, usan zaragüelles, llevan un cuchillo al cinto y cubren su cabeza con un sombrero ancho (cachorra). De estos detalles el cuchillo es lo que más debe inquietar, sin embargo esta arma en manos de un canario es menos peligrosa que los cuernos de los bueyes; sólo la usan para cortar cuerdas, picar tabaco ó podar las tuneras en donde se cría la cochinilla. Ellas son hermosas y á juzgar por lo que he visto, su cerebro debe estar como en las razas del Norte, superiormente organizado que el del hombre. (…) Son algo aficionados y aficionadas al ron, y el principal alimento de que hacen uso es el gofio y papas, putpurrí de harina de maíz mojada en agua; también el bacalao salado es su plato favorito. Son de buen trato y afables y de tan buen humor que hasta los hombres cargados de hijos se divierten en lanzar al viento cometas por las calles. Es común entre ellos el andar sin zapatos y la suela natural que se les forma en los pies sufre las cortantes piedras mejor que la de nuestros calzados”.

Y pasados tres meses en Gran Canaria, el 25 de abril de 1875, Iradier y sus dos compañeras de viaje, parten de Canarias rumbo al sur, el destino final y objetivo principal de su odisea. De esta manera, a bordo del “Loanda”, buque de la compañía British African Steam Navigation llegan a la isla de Fernando Poo, actual Bioko, el 16 de mayo. Apenas unas horas estuvo Iradier y familia en Santa Isabel, hoy Malabo, tiempo que dedican a conocer al Gobernador Diego Santiesteban Chamorro, entre otras personalidades. Al día siguiente recalan en la pequeña isla de Elobey Chico, que, con apenas 19 hectáreas de superficie y sin agua potable, será desde ese momento su nuevo lugar de residencia y base de operaciones. Llegó a decir Iradier: “El cúmulo de riquezas que produce no las aprovecha la metrópoli. No tenemos recursos ni para pagar a los trabajadores de color…, el hospital está en ruinas … y España nos tiene abandonados…”,

Isabel y Juliana serán quienes permanezcan de manera permanente en el islote, mientras que Manuel realiza varias incursiones a través de las cuencas de los ríos Aye, Utongo, Bañe y Muni. Pero los éxitos en cuanto a exploraciones, investigaciones y estudios no van acompañados de salud y calidad vida en Elobey. Tanto su mujer y cuñada como él mismo se ven sometidos por las fiebres y la malaria, pasando a vivir unos meses horribles e infernales en esa reducida e insalubre superficie de terreno frente a la desembocadura del Muni. Iradier llega a describir su situación física como la de “el esqueleto de un cadáver” con los ojos “hundidos y apagados”, las uñas sin rodete y el pelo cayéndosele a mechones.

Por si fuera poco, el 18 de enero de 1876 Isabel da a luz a su primera hija, de nombre Isabela (considera como la primera española nacida en esa zona africana). La situación familiar se agrava en esos momentos, al llegar al islote una recién nacida a la que se le avecinan idénticos males que los de sus padres y tía. De esta forma, cuatro días más tarde del parto los cuatro españoles abandonan Elobey Chico y se instalan en Santa Isabel de Fernando Poo. “Salía de la región del salvajismo y entraba en la civilización”, relata Iradier. Desde aquí el joven aventurero continuaría, a pesar de su mala salud, con sus exploraciones tanto fuera como dentro de la isla. Así, incluso llega a coronar el volcán Santa Isabel (3.011 msnm) (4), actualmente llamado Basilé (5), en cuya cima se encuentra una botella con anotaciones en su interior de los nombres de anteriores visitantes de la cumbre, entre ellos Richard F. Burton.

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Pero las malas condiciones de salud de los cuatro no mejoran, al contrario, y lo peor estaba aún por llegar (6). El 28 de noviembre de 1876 muere la bebé Isabela, a consecuencia de las tremendas fiebres que padecía desde recién nacida (7). Este hecho marcaría desde ese momento la vida de los tres alaveses al perseguirles de por vida la culpa de la muerte de la pequeña. Por esa razón, Manuel consensúa con su cuñada y su esposa, que estaba embarazada de nuevo, quedarse solo en la isla y que ambas hermanas se trasladen a Canarias, huyendo de la penosa salubridad de Bioko.

Y es aquí en donde nace la segunda de las hijas del matrimonio. Bien entrado el año 1877, viene al mundo Amalia en Santa Cruz de Tenerife, en donde Isabel y Juliana residían. En junio Manuel regresa de Fernando Poo y el 24 de noviembre parten de Tenerife poniendo rumbo a Cádiz, a donde llegarían unos días más tarde. Finalmente, el 10 de diciembre llegan (¡por fin!) a Vitoria.

Siete años más tarde, Iradier emprende, ya sin sus anteriores compañeras de viaje, la segunda y última de sus expediciones. En esta ocasión, las intenciones son otras. Además de la exploración el objetivo pasa por la conquista y anexión a España del mayor número de superficie de terreno de esa región ecuatorial, incluyendo costas y zonas interiores. Para esta tarea contaba con el apoyo de la Sociedad de Africanistas así como de la Sociedad Geográfica Española, y, sobre todo, con mayores recursos económicos que en el anterior proyecto. Llegó a reunir 27.352 pesetas (8), de las cuales 5.000 son aportadas por el médico asturiano Amado Ossorio y Zabala (1851-1917), a condición de que pueda acompañarle en el viaje (9).

Y así, Iradier y Ossorio comienzan este segundo viaje en pleno verano de 1884, marchando de Vitoria a las seis de la tarde del 12 de julio rumbo a Madrid. Los dos integrantes de este modesto equipo debían de haber puesto inicio al viaje en primavera, pero el proyecto sufrió retrasos no esperados antes de iniciarse la aventura. Unos días más tarde regresan a la capital alavesa para modificar su recorrido, llegando a Barcelona, en donde el 25 de julio toman un barco que les llevará a Cádiz, previa escala en Málaga. De la “Tacita de Plata” parten hacia Tenerife el 2 de agosto. Casi un mes después de su salida de Vitoria por fin se adentran en el océano y enfilan proa al Golfo de Guinea.

Pero los imprevistos no cesan. Llegan a Santa Cruz de Tenerife en plena madrugada del 6 de agosto, en donde debido a cuarentenas no pueden más que fondear frente a la costa chicharrera durante seis días, haciendo más tarde un periplo de varias jornadas por las aguas del archipiélago antes de retornar hacia el norte y hacer trasbordo en Madeira, tomando otra nave que les llevaría, ahora sí a Fernando Poo. Esa navegación entre islas, que hacían a bordo de un buque inglés al que se le impidió, como hemos visto, la escala en las Canarias, les hace recalar en el Puerto de la Cruz el 12 de agosto, horas después de abandonar el litoral chicharrero. Al día siguiente llegan a La Palma y de ahí se dirigen a Las Palmas en donde fondearían el 14 de ese mes. Dos días más tarde navegan hacia Lanzarote, isla que dejan el día 18, para desde ahí llegar a Madeira. En Funchal permanecerían tres días y ya en un nuevo navío, de nombre “Lagos”, regresan de nuevo Tenerife. Recalan en Santa Cruz al amanecer del 24 de agosto y apenas la mañana de ese día dura la estancia de Iradier y Ossorio en la rada de la capital canaria (10).

Tras 31 escalas en sendos puertos y fondeaderos de la costa occidental africana, llegan, por fin, a Fernando Poo a las seis de la mañana del 28 de septiembre. Permanecen en esta isla 15 días, para el 14 de octubre, a bordo del vapor inglés “Quinsembo” llegar a Elobey Chico, comenzando, ahora sí, este nueva aventura por la cuenca del Muni.

Además de las tareas de anexión a España de las tierras ocupadas por diferentes etnias que habitaban la cuenca del Muni, realizaron trabajos de investigación astronómicos, antropológicos y naturalistas. De hecho, fueron los descubridores de tres especies de mariposas, que bautizaron con los nombres Oxyrrheppes Iradieri, Playphullum Ossoriori y Mustius Zabalius Guineensis.

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Iradier sentado en el centro a derecha

Pero unos meses más tarde, Iradier, asolado por las fiebres y con el estómago e hígado muy dañados, abandona la expedición para partir en solitario de Fernando Poo la noche del 28 de noviembre (Ossorio siguió en la zona y continuará con el proyecto dos años más). Llevaba consigo la documentación y planos que certificaban la incorporación a España de aquellos territorios. En total el vitoriano llegó a reunir actas firmadas por 101 jefes indígenas de diferentes tribus (pámues, bundemus, bijas, vicos, itemus, velengues, etc), lo que implicaba anexionar a nuestro país unos 14.000 kilómetros cuadrados de tierras ecuatoriales guineanas.

Ya en su viaje de vuelta a la Península Ibérica, el 20 de diciembre Iradier ancla en Santa Cruz de Tenerife. Desde la capital tinerfeña, y gracias al cable telegráfico puesto en servicio unos meses antes (11), envía un mensaje a Francisco de Coello, presidente de la Sociedad de Africanistas dando la noticia de sus logros. El telegrama decía así: “Obtenido Sociedad catorce mil kilómetros cuadrados territorio interior frente Coriseo incluso Sierra Cristal. Pactado diez tribus. No posible más en latitud por evitar conflicto internacional y en longitud por fiebres. País gran porvenir. Ossorio queda estación con recursos. Iradier”.

Apenas diez días más tarde, el viajero alavés llegaba a Madrid y unas semanas después a Vitoria. Finalizaba así este segundo periplo de Iradier por tierras africanas. Tanto este viaje como el primero quedarían plasmados, en 1887, en una obra suya de gran valor, relatada a modo de diario y acompañada de toda clase de datos, mapas y dibujos: “África. Viajes y trabajos de la Asociación Euskara La Exploradora. Reconocimiento de la Zona Ecuatorial de África en las costas de occidente: sus montañas, sus ríos: sus habitantes; clima, producciones y porvenir de estos países tropicales. Posesiones españolas del Golfo de Guinea. Adquisición para España de la nueva provincia del Muni”.

Volcados en su hijo Manuel, que había nacido en 1888 (12), la pareja Manuel-Isabel se distancia sentimentalmente, a pesar de seguir conviviendo juntos en varias ciudades del país, a donde era destinado Iradier para ocupar varios cargos burocráticos y empresariales (13). Él llega incluso a tener una amante, Petra, el ama de cría de su hijo, y ella, abatida y huraña, sufre enormemente durante los últimos años de su vida.

Pero, a punto de finalizar el XIX, de nuevo la calamidad aparece en la familia Iradier-Urquiola. Amalia, la niña nacida en Tenerife durante el forzado exilio de Isabel y su hermana debido a las penurias sanitarias en Bioko y Elobey, fallece el 21 de abril de 1899. La joven tomó la decisión de suicidarse, arrojándose desde el balcón de un segundo piso en su casa familiar, el día antes de su boda (14). Al parecer, Amalia, al igual que sus padres y su tía (15), padeció de fuertes fiebres con dolorosas consecuencias para su salud física y psíquica. Esta muerte supuso para Manuel e Isabel una desgracia y lamento eternos, al unirse a la pérdida de su primera hija en Fernando Poo 23 años antes.

Ambos mueren en el verano de 1911 relativamente olvidados (más ella que él) y continuamente martirizados por todo lo acaecido en el continente africano años antes (igualmente más Isabel que Manuel). El Muni había sido una ofuscación para él y una condena para ella. (16)

Así acaba la vida de un inquieto aventurero, gracias al cual una buena parte de la región del Muni pasó a ser posesión española, sin derramamiento de sangre y con procederes más respetuosos con las etnias del lugar que lo que otras naciones europeas solían llevar a cabo en África. Un alavés de nacimiento y africano de espíritu que en la ida y en la vuelta de sus dos expediciones al golfo guineano siempre hizo escala en Canarias, archipiélago clave en las comunicaciones entre Europa y las costas ecuatoriales africanas durante buena parte del siglo XIX y comienzos del XX.


  1. La antigua Fonda Pallarés, en la calle Postas.
  2. Para conocer más de esta vitoriana les recomiendo la obra de Cristina Morató “Las reinas de Africa: viajeras y exploradoras por el continente negro”, Plaza y Janés, 2003.
  3. Iradier y Bulfy, Manuel: “África: viajes y trabajos de la Asociación Euskara La Exploradora.
  4. 13 de abril de 1877
  5. El Pico Basilé, antes conocido como Santa Isabel, es el punto más alto de Guinea Ecuatorial. Este volcán es la cuarta montaña con mayor altitud de todas las islas del Atlántico (la primera es el Teide, seguido del Gunnbjörn (Groenlandia, Dinamarca) con 3.694 metros y el Pico Duarte (República Dominicana) con 3.098 metros (la mayor altitud en las islas caribeñas)).
  6. Iradier relata esos meses en Santa isabel de la siguiente manera: “Cuando llegué a Fernando Poo, quemado del sol, demacrado, destrozado, tembloroso, creí que había terminado la época de los sufrimientos y comenzaba la de las compensaciones. 66 ataques de fiebre sufrí en Santa Isabel, 37 mi esposa, 16 mi cuñada y 15 mi hija. (…) La muerte nos acechaba”.
  7. Quedó enterrada en la isla, “al pie de un gigantesco caobo”.
  8. Recibió ayuda económica hasta del rey Alfonso XII (3.000 pesetas), así como de aristócratas, familias adineradas vascas e incluso de bancos.
  9. Se les uniría a la expedición el Capitán de Fragata José Montes de Oca y Aceñero, que ocupaba el cargo de Gobernador de Fernando Poo.
  10. La comunicación en ese momento con Fernando Poo era por medio de vapores ingleses que salían cada semana desde Liverpool, haciendo escala en muchas ocasiones en Madeira y/o Canarias.
  11. La llegada del cable telegráfico submarino a Tenerife se produjo el 6 de diciembre de 1883.
  12. Falleció en Madrid el 18 de septiembre de 1958.
  13. Se dedica, además, a realizar inventos muy útiles y prácticos, pero con diferentes resultados comerciales (un nuevo procedimiento tipográfico destinado a reducir los tiempos de imprenta, un avisador de incendios, un contador automático de agua y un fototaquímetro, entre otros).
  14. Uno de sus tíos también se había suicidado de la misma manera años antes.
  15. Falleció en 1880 debido a las fiebres contraídas en África.
  16. El 19 de agosto de 1911, muere Manuel Iradier (en Balsaín, Segovia), siendo enterrado en La Granja para posteriormente trasladar sus restos a Vitoria, y el 15 de septiembre de 1911, fallece Isabel de Urquiola, quien está enterrada en Madrid.


Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


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