Entradas etiquetadas con " geografía"

Embalse del Cuchillo

Nov 27, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Anaga, Blog  //  Comentarios desactivados en Embalse del Cuchillo

En el curso medio del Barranco del Bufadero, en la vertiente sur del tinerfeño macizo de Anaga, se halla una modesta charca, pariente cercana, si me lo permiten, de la vecina de Tahodio, situada en el valle homónimo. Se trata del embalse del Cuchillo, encajada aguas abajo de la unión de los valles de Crispín y Brosque, en un lugar antes denominado como “Huerta del Cuchillo”, de ahí su nombre.

earthcuchillo

Situación de Embalse de Tahodio (marcado en amarillo) y del Cuchillo (en rojo),
sobre imagen de Google Earth

La historia de esta represa arranca en el primer tercio del siglo pasado. A comienzos del año 1922, varios peticionarios solicitan autorización para aprovecharse de las aguas que discurren por ese barranco mediante la construcción de una embalse con su necesaria presa. El proyecto, fechado el 25 de enero de 1922, obra del Ingeniero Juan Galán Herrera, preveía el almacenaje máximo de 106.203,570 metros cúbicos de agua, destinado por completo al riego de terrenos de estos solicitantes. Los demandantes eran: Sebastián Déniz Hernández, Felipe Poggi González, José Déniz Fernández, Luis Díaz Rodríguez, Pedro Pérez Hernández, Pedro Hernández Rodríguez, José Hernández y la viuda e hijos de Salvador Mederos.

Estos tuvieron que esperar casi tres años hasta tener noticias oficiales del estado del proyecto ligado a su solicitud. En sesión de la comisión permanente del Cabildo Insular de Tenerife de finales de septiembre de 1924 se aprueba el pase a la Comisión de Fomento del expediente. Y dos años y medio después el proyecto es al fin aprobado, en abril de 1927. A partir de ese momento se daría el pistoletazo de salida para el comienzo de las obras. En unos meses se completaría la construcción de esta nueva presa del macizo, que entraría en uso apenas dos años más tarde de la ya citada de Tahodio.

Sus principales características son:

DATOS HIDROLÓGICOS

– 6,25 Kilómetros cuadrados de superficie de la cuenca

MURO

– 17 metros de altura

– 69 metros de longitud en la parte alta

EMBALSE

– 12.004 metros cuadrados de superficie

A partir de ese momento, primeros meses de 1928, Anaga contaba con un nuevo embalse destinado al riego de fincas de cultivo, esta vez del barranco del Bufadero. Curiosamente, este charca sirvió, como era de esperar, para el disfrute y baño de los vecinos del lugar. Tal es así que en una ocasión llegó a morir un joven, Vicente Tejera Martín, quien se ahogó el 8 de julio de 1928 mientras se bañaba en estas aguas junto a su hermano y un amigo.

cuchillo1

cuchillo2

Imágenes actuales de la charca

Actualmente la charca se carga de agua tras las lluvias del otoño e invierno, gracias al aporte que le proporcionan los dos valles que se unen apenas unos 540 metros aguas arriba del embalse. Uno de ellos, el más occidental, es el Valle Crispín, con una cuenca que arranca desde la Hoya Guañaque, bajo las Casas de la Cumbre. El otro, de mayor superficie, es el Valle Brosque que desciende desde Mataborricos y el Majimial.

mapacuchillo

Cauces de los valles que surten a la charca (azul): Crispín, en amarillo, y Brosque, en rojo


Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Geógrafo y miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


Atalayas y atalayeros en las Islas Canarias

Oct 8, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en Atalayas y atalayeros en las Islas Canarias

 



ATALAYAS Y ATALAYEROS EN LAS ISLAS CANARIAS

El avistamiento desde las cumbres canarias clave en la defensa militar de las islas a lo largo de su historia

Artículo aparecido en el suplemento "La Prensa" del 
periódico El Día del sábado 8 de octubre de 2016

atalayas

Hasta hace algo más de un siglo, el avistamiento directo al horizonte o tierras visibles más lejanas suponía el primero de los episodios de la defensa de un territorio. Así, oteando a simple vista y/o por medio de catalejos, telescopios, gemelos o binoculares (según el lugar y la tecnología del momento) se tenía conocimiento de la llegada del enemigo a una región, fuera esta insular o continental. Durante varios milenios el ser humano utilizó, pues, la observación visual directa como principal medio receptor de información, siendo acompañada esta de la posterior transmisión de ese aviso o advertencia a un emplazamiento de mando o guardia a través de diversas maneras, fundamentalmente señales de humo, fuego, banderas/banderolas, silbos o espejos, según el momento del día. De esta manera, a lo largo de la historia en todas las regiones del planeta fueron establecidos vigías o centinelas en puntos estratégicos, dotados siempre de una gran cuenca visual, como garantes de defensa de ese territorio ante posibles ataques, invasiones o desembarcos de enemigos o adversarios. Estos emplazamientos solían estar ligados al relieve y, en la mayor parte de los casos, se trataban de cumbres, cerros, promontorios, cimas, crestas y lomos; atalayas, en definitiva, en donde desarrollaron su misión, durante interminables jornadas, los atalayeros que las ocupaban.

Nuestro país ha sido testigo de este hecho a lo largo de la historia. Durante la Reconquista cientos de atalayas, tanto de origen musulmán como cristiano, fueron establecidas por las montañas de la Península Ibérica. En la sierra de Guadarrama, en la cuenca soriana del Duero, en la pacense Tierra de Barros o en las montañas gaditanas, por citar alguna zonas. Muchas de estas atalayas siguen conservando hoy en día pequeñas fortificaciones que atestiguan la presencia de esos vigías y sus cometidos en aquellos siglos de batallas peninsulares. En las costas mediterráneas fueron numerosos los emplazamientos de guardia y centinela, por citar algunos: los establecidos en el litoral cartagenero o la modesta torre de vigía en la isla de Espalmador (Formentera). Lo mismo ocurrió en el Cantábrico, donde se sabe de la presencia de atalayeros en las cercanías costeras de puertos como Laredo, Llanes, Tazones, Orio, Castro-Urdiales, Luarca y Comillas, entre otros muchos. De estos últimos se tiene constancia de, además del uso militar de estos lugares, la observación de ballenas y otros cetáceos, para fines pesqueros.

Canarias no fue menos. El archipiélago, situado estratégicamente en el borde oriental del Atlántico, pero de paso obligado hacia o desde el Nuevo Mundo, el sur de África y el Índico, necesitó de este tipo de tareas de vigía, y bien que sirvieron. Veamos, isla a isla, algunas de las atalayas más destacadas de nuestra historia, marcadas por un nexo común: la presencia en ellas de atalayeros, que solían ser vecinos de la zona, además de milicianos, capaces y con buena vista y guarnecidos con casetas de madera o goros de piedra. Allí, cientos de canarios llevaron a cabo horas y horas de vigilancia de su tierra, sufriendo los fríos de la noche, la lluvia y el viento de los meses más gélidos, el sol justiciero del verano y, más aún, la melancólica y temida soledad del centinela. A todos ellos y a sus familias van dedicadas estas líneas.

Lanzarote

Si bien, es a partir del XVIII de cuando se disponen de referencias documentales de establecimientos de vigía más o menos fijos en diversas montañas de la isla, que son los que citaré en líneas posteriores, podemos asegurar que gran parte de ellos, si no todos, fueron utilizados también en los siglos XVI y XVII. Estos lugares (1) son: Montaña de Femés, Montaña Blanca (entre Tías y San Bartolomé), Montaña de Tinamala (junto al núcleo de Guatiza), Montaña de Haría (conocida hoy en día como “La Atalaya”) y en lo alto del volcán de Guanapay, lugar donde se encuentra el castillo de Santa Bárbara, el principal de la isla, al que debían de llegar los avisos provenientes de cada atalaya (2).

En 1793, el Teniente Coronel Juan Creagh, Gobernador Militar de Lanzarote, realiza un informe sobre la defensa de la isla para el entonces Comandante General de Canarias, el célebre General Antonio Gutiérrez. Respecto de las atalayas cita las ya comentadas e incluye dos nuevas: Peñas de Charche (Riscos de Famara) y Montaña Chiquita (Nazaret) (3). En 1805, el Ayudante Mayor del Regimiento de Milicias de Lanzarote, José Francisco de Armas y Betencourt, elabora el “Plan de Ataque y Defensa para la Isla de Lanzarote”, recordemos que esos momentos España estaba en guerra frente a Inglaterra. Se mencionan en él gran parte de las atalayas ya citadas, a las que se le añade la “Atalaya Grande”, situada en el hoy Mirador del Río. Se establece en ese Plan que los vigías han de ser vecinos de la zona, tras designación por parte de los Jueces Reales o Comandantes Militares de cada Regimiento, debiendo de guardar obediencia al personal militar, incluidos soldados y cabos. Se establecen como señales de alerta las llamaradas, luciendo tantas como buques fueran avistados. El aviso debía de llegar al Castillo de Santa Bárbara desde donde se lanzarían tres cañonazos y un fogonazo.

En la isla, al igual que en otras, como ya veremos más adelante, fueron desplegados una serie de atalayeros en zonas de costa, sobre todo las playas, como lugares más propicios para posibles desembarcos. Entre ellas: Órzola, Arrieta, Ancones, Tiñosa, Famara, Berrugo y Papagayo.

Fuerteventura

La llegada de berberiscos, piratas, corsarios y flotas extranjeras enemigas a la isla majorera obligó a levantar una serie de fortificaciones diseminadas por la costa, siempre protegiendo lugares estratégicos y de interés: Tostón y San Buenaventura, por ejemplo; además de los anteriores castillos “betancurianos” como fueron las torres de Lara, de Riche Roche y del Barranco de la Torre. Además, fueron distribuidos por diversos puntos elevados de la isla una serie de lugares de vigía. Pinto de la Rosa, autor de la que es sin duda la mayor y más maravillosa publicación versada en arquitectura defensiva militar en Canarias (4), nos cita algunos: Morro Juan Martín (costa meridional de Tarajalejo), Montaña Mantinga (Gran Tarajal), Montaña de la Torre (Caleta de Fuste), Montaña Tamanaire (Puerto Cabras), Montaña de Tertir (Tabladillo), Montaña Escanfangra (Corralejo) y Montaña Vitagora (Puerto de la Peña).

Incluso en el vecino Islote de Lobos llegó a haber vigías temporales. El italiano Leonardo Torriani nos relata que “(…) los corsarios se detienen aquí muchos días, poniendo vigías encima de la montaña, y dejando las naves al ancla cerca de esta montaña, por no servir el puerto más que para lanchas y naves pequeñas” (5).

Otra fuente extraordinaria que aporta información de atalayas y otros usos del territorio es la toponimia. Así, aún hoy en día permanecen vigentes nombres de varios enclaves que quizás pudieron ser igualmente establecimiento de centinelas. Así, tenemos la Atalaya Caracol (en Tarajalejo), la Atalaya del Risco Blanco (en la costa oeste de la isla), la Punta de la Atalaya (junto a Puerto del Rosario), la Montaña de la Atalaya de Hurianem (cercana a las dunas de Corralejo), la Atalaya del Risco Negro (al oeste de Tefía) y La Atalayita (aguas arriba de Pozo Negro).

Gran Canaria

De la isla grancanaria se tienen referencias documentales y cartográficas de atalayas repartidas por diversas zonas. Se sabe de ellas en las montañas de: Guía, Taliarte (entre las playas del Hombre y Melenara), Tirma, Veneguera, Gáldar y Santa Brígida. La toponimia aún lo recuerda con: el Pico de La Atalaya, como se denomina a la citada en Gáldar, y el barrio satauteño de “La Atalaya”. Pero las más célebres y documentadas son las que se emplazaron en La Isleta, fundamentales en la protección de la capital insular.

isleta

La Isleta y, en la cumbre, su atalaya, del plano:
"Ataque del Corsario Drake a la Isla de Gran Canaria. Próspero Casola. 1595"

Existen referencias de estos puntos de vigía en diversos planos históricos de Las Palmas (6), además de en varias publicaciones ligadas a relatos de ataques enemigos a la isla. Así se sabe, gracias a ello, que al amanecer del 6 de octubre del año 1595 la atalaya de La Isleta anunció mediante hogueras y humo la llegada a la isla de varios galeones bajo el mando de Francis Drake (7). Al poco tiempo se transmitió el aviso de la atalaya al resto de la villa mediante un cañonazo (8). Unas horas más tarde, ya con los ingleses frente a la costa, se repelió el ataque, con cuatro decenas de bajas británicas y varias barcazas destrozadas. Drake dejó la isla, tomando rumbo al Caribe. Igualmente fueron avistadas por la atalaya de La Isleta las flotas del corsario francés Francois Leclerc, “Pata de Palo”, en su embestida a Las Palmas en 1553 (9) e igualmente las naves holandesas de Pieter van der Does, al comienzo del estío de 1599. Rumeu de Armas nos lo relata de la siguiente manera (10): “El sábado 26 de junio de 1599, al amanecer, los vigías de la atalaya de las Isletas divisaron la poderosa formación, que navegaba lentamente en dirección al puerto. Pocos minutos más tarde, de la montaña se elevaba una espesa columna de humo, que servía de aviso a los demás vigías y atalayas de la isla para prevenir a sus moradores del riesgo que la amenazaba y de la necesidad de empuñar las armas en su defensa.” Tres días después los holandeses tomarían la villa capitalina pero el 8 de julio siguiente dejan la isla, incapaces de poder tomarla en su totalidad.

Tenerife

Tenerife contó con numerosos enclaves destinados a la vigilancia costera, repartidos por todas las zonas de isla. En el sur y sureste fueron utilizadas como atalayas algunos de los más singulares conos y roques volcánicos de la costa y las medianías (11): Guaza (ligada a la defensa de Adeje), Montaña Centinela y Montaña Gorda (en la comarca de Abona), la Montaña de Fasnia y la Montaña Grande o de Güímar. En la costa norte llegaron a existir dos atalayas, sitas en San Juan del Reparo e Icod, ligadas a la defensa de los puertos de Garachico y San Marcos respectivamente. En Acentejo hubo centinelas temporales en la Montaña de La Atalaya, sobre el barrio tacorontero de San Juan de Perales, y en las cumbres del cierre septentrional de la vega lagunera en La Atalaya, El Púlpito y La Bandera. Existen fuentes documentales que desde recién finalizada la conquista de la isla hacen mención a la necesidad de guardia y vigilancia costera, estableciéndose planes que determinaban los lugares, cometidos y tareas a llevar a cabo por esos centinelas. Así, por ejemplo se determinan las guardias de salud (destinadas a la vigilancia de la costa ante la llegada y desembarco de naves con tripulación portadora de fiebres, pestes y otras enfermedades infecciosas). Se conservan actas del Cabildo fechadas en marzo de 1523 que fijan la presencia de estos vigías en enclaves del litoral tinerfeño, como por ejemplo: Bufadero, Igueste de San Andrés, Las Galletas, Punta de Teno, Caleta de San Marcos, Roque Bermejo, etc.

Pero si hubo una zona de mayor presencia de vigías esa es la península de Anaga, destinados a la defensa de La Laguna y Santa Cruz de Tenerife, pero también con fines protectores del monte (frente a incendios y extracción ilegal de madera dedicada al contrabando) (12). Llegó a haber atalayeros de manera más o menos permanente en el tiempo en cumbres como la Mesa de Tejina (precisamente conocida de manera popular como “La Atalaya”), Tafada, El Sabinar e Igueste de San Andrés. Entre estas tres últimas se estableció una particular red de comunicación que conseguía llevar un aviso, mediante hogueras y banderas, desde Tafada (en lo alto de Chamorga y con visibilidad hacia el norte), hasta Santa Cruz, sirviendo las otras dos de “repetidoras”. Este hecho determinó que la atalaya iguestera (13) fuera considerada como la principal de la isla, estando en uso y manteniendo comunicación directa con el Castillo de San Cristóbal hasta mediados del XIX.

Precisamente esta atalaya jugó un papel clave en la defensa de la isla frente a dos de los ataques ingleses más célebres y recordados de la historia tinerfeña. La tarde del 5 noviembre de 1706, fue el vigía de esta quien alertó de la llegada de la flota de John Jennings (14) y el 19 de julio de 1797, Domingo Izquierdo, atalayero de igueste, dió aviso del avistamiento de la escuadra de Nelson que unos días más tarde pretendiera sin éxito tomar la isla y cayendo derrotado a consecuencia de la Gesta del 25 de julio de 1797, liderada por el General Gutiérrez y protagonizada por cientos de isleños, tanto civiles como militares.

A finales del XIX este enclave cambio de uso y fue utilizado por la consignataria Hamilton & Cía. como posicionamiento de atalayeros para dar aviso al personal de esta empresa en el puerto de la próxima llegada de naves necesitadas de labores de carga y descarga de fletes. En lo alto de esta atalaya (hoy llamada “de los Ingleses”) trabajaron como vigías los vecinos de Igueste Agustín Gil y su hijo José, quienes residieron en esta cumbre, refugiados en una modesta caseta de madera, la friolera de 12 años (del 20 de septiembre de 1886 hasta finales de 1898), con una salario anual de 2.200 pesetas.

Mientras este uso comercial de la atalaya de Igueste se efectuaba en los últimos años del siglo XIX, comenzó a funcionar en esa misma montaña, pero a menor altitud, sobre el acantilado que cae al “Roquete”, el Semáforo de Anaga. Tras estudios para la localización del mismo comenzados a mediados de 1883, se empezó su construcción tres años después, entrando en uso el 4 de diciembre de 1895. En él desarrollaron sus tareas decenas de semaforistas (pertenecientes al Cuerpo de Suboficiales de la Armada) quienes hasta el año 1970, momento en que cesó su actividad y el edificio fue desalojado, residían allí con sus familias. Disponían de cable telegráfico, estación meteorológica y un enorme mástil que con un juego de bolas y banderas servía para comunicarse con los buques que transitaban frente a la costa sur de Anaga. Hoy en día, el edificio se encuentra en ruinas, vallado y con serio peligro de derrumbe. Lo que antaño fue una infraestructura puntera, única en Canarias a lo largo de la historia, actualmente presenta un triste aspecto de abandono y olvido.

semaforoanaga

Semáforo de Anaga en funcionamiento

Santa Cruz contó, además, con otras tres atalayas, estas ya más cercanas a la villa y el puerto. La de San Andrés (que efectuaba tareas de repetición de lo transmitido desde la de Igueste) y las de Ofra y Taco, situadas en lo alto de los conos volcánicos que forman ambas montañas. Estas dos tenían además la posibilidad de comunicarse con zonas del interior, principalmente La Laguna.

La Gomera

La principal atalaya gomera estuvo establecida durante varios siglos en la Punta de San Cristóbal, en el entorno de donde hoy precisamente se encuentra el faro homónimo. Así lo atestigua cartografía histórica de la isla (15). Desde este enclave se tenía una excelente panorámica hacia las aguas al noreste, principal zona de llegada de buques enemigos, dando aviso a las guarniciones establecidas en la villa de San Sebastián y, con ello, protegiendo el puerto principal de la isla. Pero además se tiene constancia de otros puntos de vigía con centinelas establecidos en ellos en determinados momentos, como por ejemplo en la Montaña del Calvario (16), junto al núcleo de Alajeró, y en la Fortaleza de Chipude.

De entre las referencias que destacan las labores ejercidas por las atalayas gomeras ante ataques enemigos podemos citar la llegada de la escuadra de Franco-portuguesa de Saint-Pasteur-Serrada: “(…) 28 de febrero de 1583, divisóse al amanecer desde las atalayas de la isla la escuadra enemiga, que se dirigía derecha al puerto, y no hubo tiempo sino el preciso para tocar alarma, concentrar las milicias con su artillería de campo y disponer la torre (…) para responder a la probable agresión con los certeros disparos de su artillería” (17). Décadas más tarde, los vigías de la villa gomera darían señal de alarma ante la llegada de la escuadra inglesa de Walter Raleigh, el día 28 de septiembre de 1617, y a mediados del siguiente siglo hicieron lo propio frente al ataque perpetrado por la flota de Charles Windham cuando este arribó frente a la isla colombina con dos navíos de línea y una fragata de guerra (18). Fue durante la noche del 29 de mayo de 1743 cuando las atalayas de Chipude y Vallehermoso avistaron los buques ingleses capitaneados por Windham, y al amanecer siguiente los vigías de la villa corroboraron la llegada, dando aviso al Castillo de los Remedios, desde donde se disparó un cañonazo como señal de rebato para las milicias. Tras ello vendrían horas de incesante cañoneo, que obligó a recular y huir a las tres naves de la Royal Navy inglesa (19).

La Palma

La importancia comercial y marítima que La Palma ha tenido a lo largo de la historia es por todos conocida. Desde ya arrancado el siglo XVI era necesario proteger la isla frente a los ataques, saqueos y desembarcos enemigos, de los que la historia palmera, por desgracia, puede presumir. Así, se establecieron como atalayas dos enclaves con buena visibilidad y cercanos a Santa Cruz de la Palma: la Montaña de Tenagua (Puntallana), al norte y la del Risco de la Concepción (20), al sur. Más tarde se unieron a estas otras dos: en El Rosario (Barlovento) y en la Montaña de Siete Ojos (Puntallana) (21). En todas ellas “había tres guardas fijos a sueldo del Cabildo, y estaban obligados, siempre que fuesen divisadas más de tres velas juntas, a dar cuenta personal, por medio de uno de ellos, de sus pesquisas, así como a encender las hogueras acostumbradas para conocimiento de toda la isla” (22).

Fundamentalmente era vital la defensa de la costa este en donde se encuentra Santa Cruz y su puerto, pero también otras zonas litorales, como la Caleta de Izcaguan, la Punta de Santo Domingo, la Caleta de la Manga y el Porís de Don Pedro, en Garafía; El Ancón, en Puntallana; y Tazacorte y Puerto Naos, en la costa del valle de Aridane, por citar algunas otros fondeaderos y embarcaderos. Para el avistamiento de aguas septentrionales se tienen referencias de atalayas en las montañas de: Matos (Puntagorda), Fernando Porto y la Centinela (Garafía), así como en las de La Galga y el Loral (Puntallana) (23).

sclapalma

Santa Cruz de La Palma desde el Risco de la Concepción, 
al fondo la Montaña de Tenegua

Relacionadas con algunas de las varias ofensivas que sufrió la isla, existen referencias de participación de los vigías dando aviso de la llegada de flotas no deseadas. Así, uno de los ataques más célebres y recordados que sufrió “la isla bonita” fue el perpetrado por el corsario Francis Drake en el otoño de 1585. De la llegada del “Bonaventure”, buque insignia de Drake, y el resto de naves que este comandaba (29 en total) fue dado aviso por varias atalayas palmeras el 7 de noviembre primero y más tarde al amanecer del 13. La meteorología, la mar y el buen hacer de las guarniciones de las fortalezas palmeras repelieron el ataque y pasadas unas horas de conflicto, Drake y los suyos pusieron proa hacia otros lares, orejas gachas y con destrozos en varias de las naves y unas 30 bajas estimadas. Finalizaba así el primero de los ataques ingleses sobre las Canarias.

El Hierro

La más occidental de nuestras islas no fue tan codiciada por parte de piratas y corsarios como sí lo fueron las otras seis del archipiélago. El abrupto relieve, la escasez de recursos y el hecho de que su capital y otros núcleos estuviesen en el interior y a una considerable altitud fue determinante para ello. Luis de la Cueva, nombrado en 1589 primer Capitán General de Canarias, consideró innecesario el establecimiento edificado de defensas en la isla. En palabras suyas, redactadas en un informe oficial, llega a decir que “lo de allí es cosa sin sustancia porque las casas son cuevas esparcidas y la tierra es tan pobre, (…) con lo cual está más segura de corsarios que las demás con mucha artillería” (24). De todas formas, se crean milicias avanzado ya el siglo XVI, teniendo los vecinos del lugar, entre otros cometidos, el de realizar guardias mediante tareas de vigía, fundamentalmente en zonas costeras propicias a posibles desembarcos: Las Playas, Naos, La Estaca, La Caleta, etc. Uno de estos lugares elevados con buena cuenca visual sobre el litoral el cual tuvo vigías apostados en su cima es la Montaña de Vidacaque, que con 300 metros de altitud domina la costa noreste de la isla, estando a sus pies el embarcadero de La Caleta (25).

Uno de los episodios documentados de avistamiento y aviso por parte de vigías herreños ante la llegada de flotas extranjeras se produjo en abril de 1762, ante el desembarco que unos corsarios ingleses efectuaron en la costa sur de la isla, en la pequeña bahía de Naos, entre La Restinga y Tacorón. Uno de los centinelas dio la señal de alarma, llegando el aviso a la Compañía de Milicias de El Pinar, quienes se desplazaron hasta la costa, inutilizando la barcaza británica con la que habían tomado tierra y tomando como prisioneros a los ingleses (26).


  1. Antonio Riviére (1741)
  2. Precisamente en el mismo lugar donde a mediados del siglo XIV el genovés Lancelotto Malocello levanta una modesta fortaleza.
  3. Clar Fernández, J.M.: “Arquitectura militar de Lanzarote”. 2007
  4. Pinto de la Rosa, J.M.: “Apuntes para la Historia de las Antiguas Fortificaciones de Canarias”. 1996
  5. Torriani L.: “Descripción e historia del reino de las Islas Canarias antes Afortunadas, con el parecer de sus fortificaciones”
  6. Por citar algunos: “Planta de la ciudad de Canaria. Por un soldado anónimo” (1659), “Planta de la ciudad de Las Palmas de la Islas de Canarias” (Antonio Riviere, 1742), “Planta de la ciudad y plaza de Las Palmas de la Ysla de Gran Canaria” (Luis Marqueli. 1792) y “Plano de la Bahía de Las Palmas y del Puerto de La Luz en la Isla de Gran Canaria” (Capitán Perry y oficiales de la Corbeta de Guerra Norteamericana “Macedonia”. 1844).
  7. Era costumbre de la Atalaya hacer fuegos siempre que se acercaban a tierra más de “cinco velas”.
  8. Carta del Ingeniero Próspero Casasola dirigida a Felipe II (de 8 de octubre de 1595): “Señor: Viernes al amanecer, dia de Santa Fee, a seys de este, dio fuego el atalaia de la montaña de las Ysletas y tiró una piega el castillo y se reconocieron veynte y ocho naos, que después se supo que venían con ella seys galeones de la Reyna de Inglaterra, (…)”.
  9. “Descubiertos por la atalaya de las Isletas y dadas las señales de rebato, las compañías de la isla, con sus capitanes, se congregaron en la caleta de Santa Catalina (…).” (Rumeu de Armas, A.: “Piraterías y ataques navales contra las islas Canarias”)
  10. Rumeu de Armas, A.: “Piraterías y ataques navales contra las islas Canarias”
  11. “Mapa de la Isla de Tenerife” Antonio Riviere (1740)
  12. Cola Benítez, L.: “Los montes de Santa Cruz (y 2)” (La Opinión de Tenerife, 12 de octubre de 2014)
  13. “Plano de Santa Cruz de Tenerife” Joseph Ruiz (1771)
  14. Gazeta de Madrid, del martes 4 de enero de 1707.
  15. “El Puerto Principal de la Isla La Gomera”, fechado en 1662 y a cargo de Lope de Mendoza; “Mapa de la Ysla de La Gomera”, de Antonio Riviere (1743) e “Islas Canarias. Detalle de la Isla de La Gomera”, realizado por Francisco Coello, en 1849.
  16. Escribano Cobo, G. y Mederos Martín, A.: “Fondeaderos y Puertos de La Gomera y El Hierro”
  17. Rumeu de Armas, A.: “Piraterías y ataques navales contra las islas Canarias”
  18. Viera y Clavijo, J.: “Noticias de la historia general de las islas de Canaria” (volumen 3)
  19. Para conocer más de este valeroso episodio de la historia de La Gomera les recomiendo la obra “1743. La Royal Navy en Canarias. La derrota de Charles Windham en La Gomera y otras acciones en el Archipiélago.”, de Carlos F. Hernández Bento.
  20. Precisamente este promontorio palmero, debido a su excelente cuenca visual y cercanía a Santa Cruz, fue utilizado para situar varias pequeñas fortificaciones militares durante los años 40 del pasado siglo, destinadas a puesto de mando y telémetro.
  21. Sesión del Cabildo de La Palma de 23 de agosto de 1568
  22. Rumeu de Armas, A.: “Piraterías y ataques navales contra las islas Canarias”
  23. “Mapa General de la Ysla de La Palma. Levantado por ingenieros militares”. 1742
  24. Quintero Reboso, Carlos: “El Hierro. Una isla singular”. 1997
  25. Escribano Cobo, G. y Mederos Martín, A.: “Fondeaderos y Puertos de La Gomera y El Hierro”
  26. Quintero Reboso, Carlos: “El Hierro. Una isla singular”. 1997


Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio



 

El Barranco de La Leña

Mar 1, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en El Barranco de La Leña

Santa Cruz de Tenerife y sus habitantes han tenido siempre muy presente la existencia de barrancos dentro de la morfología urbana de la ciudad y sus barrios. La disposición en ladera de la parte baja del área metropolitana Santa Cruz-La Laguna, acrecentado con la cercanía del macizo de Anaga, que cierra la urbe por el noreste, hacen que esta zona de la isla se encuentre atravesada por las cortaduras y tajos de varios cauces, encontrándose en la actualidad algunos de ellos soterrados e invisibles a la mirada del ciudadano que transita por las calles y plazas de la ciudad. Así tenemos, los “ocultos” San Francisco y San Antonio que desembocaban en el entorno entre la Alameda y el comienzo de la Avenida Francisco La Roche, respectivamente. Semisoterrados tenemos al de El Hierro, que desde Ofra serpentea entre barrios chicharreros de Camino del Hierro, Tío Pino y Somosierra, para desembocar en La Hondura, después de atravesar la refinería, y El Barranquillo o del Aceite, que nace en las faldas de Las Mesas y junto al Camino Óliver pasa a estar oculto descendiendo por el subsuelo chicharrero por las calles Horacio Nelson, Costa y Grijalba y Robayna y ya en Weyler, pasa a desviarse hacia el Barranco de Santos. Hasta los años 30 del pasado siglo este bajaba por Imeldo Serís hacia el mar, de ahí que esa calle sea conocida aún por su antiguo nombre «calle del Barranquillo». Pero sin duda el Barranco de Santos es el que adquiere mayor importancia para la vida diaria del santacrucero. Sus profundas hendiduras y notable anchura han supuesto desde la conquista de la isla un obstáculo, a veces infranqueable, que ha dividido en dos la ciudad y ha ocasionado la construcción de varios puentes (Zurita, Galcerán, del Cabo, etc).

Yendo más hacia el norte, teniendo mayor influencia pues el agreste relieve de Anaga, sin rebasar al de Tahodio, sin duda uno de los más destacados del macizo, se encuentran dos modestos cauces que se unen antes de desembocar en el mar. Uno de ellos, el de Ancheta o de Almeyda, como es conocido en su curso bajo, nace en el entorno de Las Casillas-Los Campitos para descender bruscamente bajo los barrios de Ifara, Pino de Oro y Los Lavaderos, soterrándose junto a la trasera del Colegio de Arquitectos. Unas decenas de metros aguas abajo este cauce se une al de La Leña, bajo la calle Carlos JR Hamilton, para juntos desembocar ocultos, atravesando la avenida y puerto, en el entorno de Almeyda.

ancheta

Lugar en donde el barranco de Ancheta pasa a soterrarse
(al fondo Finca Fumero y Residencial Anaga)

De entre ambos barrancos, el de La Leña es quizás el más desconocido. Su desembocadura, como hemos visto, se encuentra soterrada bajo las dársenas y calles de esta zona de la ciudad y únicamente es visible dentro del entorno urbano a su paso junto a Residencial Anaga, frente a la Finca Fumero. Pero la cuenca hidrográfica de este cauce se extiende hacia arriba en altitud llegando a formar un singular y humilde valle totalmente ignorado y desconocido para el chicharrero medio.

lenaortos

Cauce y cuenca del Barranco de La Leña, sobre ortofoto
(Fuente: GRAFCAN)

La longitud del cauce (exceptuando la parte soterrada) es de 1,88 Km, naciendo en la Degollada de La Asomada, bajo el Roque de las Cabezadas, a 370 metros sobre el nivel del mar. Así, flanqueado al noreste por el cordal del Risco de los Perros y la Cortadura Chica y al suroeste por la cresta que une la Meseta con la Montaña de la Leña y continuando esta hasta el mencionado Roque de las Cabezadas, se conforma un valle de 56 ha de superficie (salvando de nuevo la parte soterrada del barranco).

Hoy en día, como todos podremos ver al visitar la zona, la desembocadura de La Leña y Ancheta se encuentra soterrada bajo la Explanada Anaga del Puerto de Santa Cruz de Tenerife. Antaño a esta zona del litoral se la denominaba “El Varadero” debido a que en ese lugar se construían y arreglaban barcos durante varios siglos. Ambos barrancos (La Leña y Ancheta) eran conocidos en este último tramo como Barranco del Varadero, hasta que arraigó el topónimo “Almeyda” para esta zona de la villa, desde que una serie de terrenos en este lugar fueron propiedad de un hombre de origen portugués apellidado de esa manera.

Continuando con la toponimia el de “Ancheta” quizás tenga un origen guanche, viniendo del término Areheta, como era conocido este valle por los aborígenes. Respecto al de La Leña, como bien apunta Luis Cola en uno de sus “Retales de la historia“, este topónimo podría tener relación con la bajada de madera desde las cumbres hacia el ya citada Varadero, y así embarcarla con destino a otras islas. Y es que la explotación maderera de los montes de Anaga, bien sea legal o ilegal, se ha realizado desde recién conquistada la isla, y esa leña, arquetas, varas y demás solían tener como destino las tres islas orientales canarias.

Este topónimo de La Leña, si bien está muy arraigado en la zona, es raro verlo reflejado en referencias documentales y cartográficas históricas. Tras consultar varios planos antiguos de la ciudad, en los que en su mayoría sí bien nombrados los de Ancheta y sobre todo Almeyda, solo uno de los años 30 hace referencia al “Barranquillo de La Leña”.

mapa2

El valle de La Leña podríamos dividirlo en tres tramos. Por un lado, la parte alta, que aún mantiene restos de la actividad agrícola, ligada al cultivo de cereales, que antaño se desarrolló en la cabecera de este barranco. Prueba de ello son los numerosos muros de bancales que aún persisten a pesar del paso del tiempo y el abandono y, sobre todo, la existencia de una era junto a la degollada. Esta se encuentra hoy en día colonizada de vegetación (inciensos, verodes, tabaibas y herbáceas) y solo es visible in situ si se presta atención y se encuentran entre el matorral el empedrado y los muretes perimetrales.

eraasomada

Captura de ortofoto de la cabecera de La Leña, en el entorno de La Asomada
(marcada con flecha roja, la era; en azul, el cauce)
(Fuente: GRAFCAN)

Toda esta zona, dominada por restos de bancales, se halla invadida por vegetación potencial de la zona, en donde destacan la tabaiba, el cornical, el incienso y varias especies de herbáceas. Junto al cauce llama la atención un rodal de piteras y en la ladera izquierda de este, de mayor pendiente que la diestra y más rocosa, sobresalen los cardones. El aspecto de esta parte alta de La Leña, debió de ser muy diferente tiempo atrás, debido al uso agrícola de la zona. Probablemente el acceso a la misma fuera principalmente por Los Campitos, hacia donde se sacarían las cosechas, ya que se dispone de mejor salida del valle hacia a ahí que aguas abajo hasta la costa. Vemos por lo tanto vestigios de actividad agraria en zonas altas (cabeceras de valles o cumbres) como ya ocurre en enclaves similares de esta zona del macizo de Anaga, por ejemplo el Roque Chiguel, la Mesa del Cautivo o la Mesa del Ramonal.

leñaalta1

Cabecera del valle, con el Roque de Las Cabezadas en el centro
y degollada de La Asomada a la derecha

El curso medio del barranco se caracteriza por una mayor pendiente de las laderas y con ello en encajonamiento del cauce, siempre rocoso y sin grandes saltos. Aquí ya la vegetación cambia ligeramente, siendo cada vez más predominante, según se desciende por el valle, la presencia del balo, junto a la tabaiba, el cornical y, sobre todo, el invasor y foráneo rabo de gato. La huella humana destaca en este tramo por la aparición de diferentes infraestructuras ligadas a la actividad hidráulica. Así, el valle es cruzado por varios canales, entre ellos el de Catalanes, que llega a este desde el vecino de Tahodio por la Cortadura Chica y continua hacia el de Ancheta por la Cortadura Grande. Además, en este lugar se adentra al valle mediante túnel una tubería de gran tamaño, y finaliza aquí una pista que permite el acceso con vehículo hasta este lugar desde el inicio de la calle Carlos JR Hamilton, tras la Comandancia de Obras. Esa pista fue construida en el año 2003 y fue mejorada en cuanto a anchura y firme (en la actualidad está hormigonada) en 2010.

leñamedio1

leñamedio2

Tramos de canales a su paso por laderas y cauce de La Leña

Hasta hace algo más de una década en el cauce existía la Presa Fumero que surtía a la finca homónima cercana para el riego de las plataneras que poblaban sus bancales hasta hace unas décadas. Además, en la ladera noreste, bajo un pequeño bosquete de eucaliptos y una pequeña cantera puede verse aún un almacén de agua techado y en ruinas. En cambio, siguen en uso tres depósitos en la cumbre y faldas de la montaña de La Meseta. El de la cima y uno de los dos de la ladera son para abastecimiento urbano, y el tercero, el más bajo, es propiedad de la Autoridad Portuaria.

leñamedio3

Tramo central del valle, con pista junto al cauce y depósitos sobre la ladera
(aguas abajo, la zona de Rambla y Residencial Anaga)

El fondo del barranco comienza aquí a verse modificado y alterado de su morfología natural. A la ya citada presa, en la actualidad convertida en dique, se le une otro compuesto por una malla metálica dinámica levantado en 2011, y el encauzamiento hormigonado y escalonado del cauce de este desde su paso entre la Finca Fumero y Residencial Anaga y hasta su soterramiento, obras estas realizadas en 2003.

leñamedio4

Tramo escalonado del cauce, entre Finca Fumero (a derecha) 
y Residencial Anaga (a izquierda)

Por último tenemos el curso bajo, soterrado como ya hemos visto en líneas anteriores. Al haberse urbanizado esta zona y desarrollado el puerto mediante dársenas y explanadas, es más que necesario, como es lógico, este enterramiento del cauce. Eso sí, ante fenómenos atmosféricos adversos extraordinarios, este punto de la ciudad se nos presenta como de alto riesgo de avenidas e inundaciones. Un ejemplo de ello es todo lo ocurrido en la fatídica jornada del 31 de marzo de 2002. Esta fue una de las zonas de Santa Cruz que más sufrió los embates de las fuertes lluvias y las consecuentes riadas que acaecieron en esa tarde de Domingo de Resurrección. A la crecida desmedida del cauce de La leña y Ancheta se unió, además, el peligro de rotura de la citada Presa de Fumero. Los varios miles de metros cúbicos que almacenaba tuvieron que ser drenados y la presa suprimida.

Centenares de viviendas de la zona tuvieron que ser desalojadas, entre ellas todas las pertenecientes al Edificio Barlovento, y garajes, bajos y locales sufrieron las consecuencias del agua y el barro. Incluso la parte baja de la Comandancia de Marina sufrió aquella tarde los efectos del temporal. Pero lo peor de aquel día y los posteriores fue sin duda el fallecimiento de 8 vecinos de la ciudad a consecuencia de las lluvias.

31marzoleña

Comienzo de la calle Carlos JR Hamilton, 
dos días después de las lluvias del 31 de marzo de 2002
(bajo este tramo de la calle transita parte del soterramiento de 
La Leña y Ancheta)

Estoy seguro que son muchos los miles de chicharreros que a diario transitan junto o sobre este barranco sin conocer de su existencia. Sirva este atril, que la red de redes me ofrece, para dar a conocer este modesto valle de Anaga, que nace en la cumbre y muere bajo nuestros pies. Les invito a que se adentren en él, bien sea desde la degollada que lo separa de Los Campitos o aguas arriba, desde Residencial Anaga (en la curva confluencia de las calles Fernando H. Guzmán con Profesor Peraza Ayala). Podrán tener esa agradable percepción de estar aislado en el macizo a apenas unos minutos de la urbe. Además, con esas recompensas que la naturaleza nos ofrece. Unas extraordinarias vistas de las cumbres de Anaga (Montes de Aguirre, Pico del Inglés, Cabezo del Viento, La Fortaleza, La Muela, la Mesa del Cautivo, el Roque Chiguel, la Mesa del Ramonal y La Altura) y de Santa Cruz de Tenerife dirigiendo la vista hacia el mar.

leñafinal1

Vistas hacia la cumbre desde la degollada de la Asomada

leñafinal2

Santa Cruz de Tenerife, desde los restos de la era de La Asomada


Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


La Expedición Malaspina y su paso por Tenerife

Sep 1, 2015   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog, Historeando  //  Comentarios desactivados en La Expedición Malaspina y su paso por Tenerife

Apenas un par de semanas después de que en la villa de Paris se hubiera producido la toma de la Bastilla, sin lugar a dudas uno de los hechos históricos más destacados de la historia Europea (y mundial), dos corbetas españolas, la Descubierta y la Atrevida, partían de Cádiz rumbo a tierras y mares lejanos. Comenzaba el 30 de julio de ese señalado año de 1789 el “Viaje científico y recreativo alrededor del mundo”, así conocido en ese momento; es decir, la “Expedición vuelta al mundo”, llamada de esta manera durante los cinco años que duró la travesía. Estamos hablando de la “Expedición ultramarina iniciada el 30 de julio de 1789” como se la denominó a su regreso y presentación a la corte y que seis años más tarde sería conocida como el “Viaje político-científico alrededor del mundo por las corbetas gemelas Descubierta y Atrevida, al mando de los Capitanes de navío don Alejandro Malaspina y don José de Bustamante y Guerra desde 1789 a 1794″ tras la publicación de la obra del teniente de navío Pedro Novo y Colson, en 1885. Como ustedes ya imaginarán, se trata de la “Expedición Malaspina”.

Durante el reinado de Carlos III las expediciones científicas españolas en América, Asía, Oceanía y los océanos Atlántico y Pacífico comienzan a plantar a cara a las realizadas por franceses e ingleses por esos lugares del globo. Así, 270 años más tarde de aquel glorioso y heroico viaje de Magallanes y Elcano, se encomendaba a los marinos Malaspina, italiano, nacido en la localidad toscana de Mulazzo, y al cántabro Bustamante y Guerra, para más señas pasiego, de Ontaneda, la circunvalación del planeta en una expedición multidisciplinar. Entre los cometidos: realizar un reconocimiento de las posesiones españolas en América y Asia, efectuar observaciones astronómicas que sean de utilidad para la elaborar nuevas cartas de navegación, mejorar el conocimiento botánico, geológico y zoológico de esos territorios, comprobar la existencia de un posible paso del océano Atlántico al Pacífico al norte de Canadá y cartografiar el Estrecho de Juan de Fuca.

malaspinabustamante

Alejandro Malaspina y José de Bustamante y Guerra

Malaspina y Bustamante, en la primavera de 1789, reciben la aprobación por parte del rey Carlos III del proyecto expedicionario que habían presentado a la corte meses antes (el rey moriría apenas unos días más tarde de que zarparan las dos corbetas de la expedición). Estas dos naves, bautizadas como Atrevida y Descubierta por Malaspina, en honor a los navíos de James Cook en su malogrado tercer viaje (Resolution y Discovery), llevaban a bordo una tripulación de 102 hombres cada una, portando un extraordinario plantel de astrónomos, botánicos, naturalistas, hidrógrafos, dibujantes y marinos: los españoles Juan Gutiérrez de la Concha, Ciriaco de Zeballos y Dionisio Alcalá Galiano, el italiano Fernando Brambila, el franco español Luis Neé, el checo Tadeo Haenke (entre Neé y Haenke llegaron a recolectar más de 30.000 plantas durante la expedición) y el guatemalteco Antonio Pineda, por citar a algunos.

Curiosa es la historia ligada a este viaje del botánico Haenke. Salió de Viena y tras pasar por Paris y Madrid llegó a Cádiz dos días después de la salida de las corbetas. Así, tuvo que zarpar hacia América en el navío Nuestra Señora del Buen Suceso, la cual naufragaría unas semanas más tarde en Montevideo. Segundo retraso, este mucho más desagradable, pues la Atrevida y la Descubierta habían dejado atrás el Río de la Plata solo 8 días antes. De tal forma que Tadeo puso rumbo a Chile a pie, atravesando la pampa y la Cordillera de los Andes por el famoso paso del Inca. Finalmente, el 2 de abril de 1790 parte de la tripulación de ambas naves no sale de su asombro al encontrarse con Haenke en Santiago, y más aún, tras conocer cómo había su viaje desde Cádiz. Sin lugar a dudas, una auténtica hazaña.

Pero no acaba aquí la cosa para el botánico checo. Unas semanas más tarde, en la ascensión al volcán nicaragüense El Viejo fue mordido por una serpiente cascabel, salvando la vida milagrosamente. Sin duda, peculiar la vida de este científico checho quien, paradójicamente, fue a morir años más tarde, en 1817, en su casa a causa de un simple accidente doméstico.

Descubiertaatrevida

Descubierta y atrevida en el Puerto de Palapa, isla de Samar (Filipinas) 
autor: Fernando Brambila

El paso de las corbetas y sus tripulaciones por aguas canarias fue rápido y sin excesivos contratiempos. Cuatro días más tarde de enfilar proa en Cádiz, Malaspina, Bustamante y compañía avistan tierras tinerfeñas. La Punta de Anaga, en el extremo nororiental de la isla es lo primero que ven sus ojos. Durante unas horas pudieron hacer mediciones gracias a las referencias geográficas de esta Punta y el Teide. A la mañana del siguiente día, ponen rumbo a Cabo Verde y tras varias semanas, finalmente llegarían a la costa de Montevideo el 20 de septiembre de ese año 1789.

Conocemos hoy en día algunas de las pesquisas acaecidas en ese periplo por aguas canarias de las dos corbetas expedicionarias, gracias a la obra, ya citada anteriormente, “Viaje político-científico alrededor del mundo por las corbetas gemelas Descubierta y Atrevida, al mando de los Capitanes de navío don Alejandro Malaspina y don José de Bustamante y Guerra desde 1789 a 1794”, publicada casi un siglo más tarde por el teniente de navío Pedro Novo y Colson. Son estas líneas:

LIBRO PRIMERO

Capítulo primero

Navegación desde Cádiz a Montevideo

Recibidas las últimas instrucciones para verificar la salida, dimos la vela en la mañana del 30 de julio, y el viento, ya declarado del Nordeste desde el día anterior, nos fué tan favorable, que pudimos alcanzar la Punta de Naga, en la Isla de Tenerife, al medio día del 3 de agosto. La longitud determinada a esta Punta nos dió lugar á comparar los relojes marinos, entre los cuales manifestaron mucha exactitud el cronómetro 61 de Arnold, y el número 10 de Berthoud.

En la corbeta ATREVIDA disipóse de nuevo con marcaciones al Pico de Teide, la sospecha del Capitán Cook sobre el error de las longitudes determinadas de D. José Varela (1) ;(…).

A este tiempo se habían ya manifestado en la DESCUBIERTA cuatro polizones, y otros dos en la ATREVIDA, los cuales habían podido frustrar nuestras pesquisas bien eficaces para evitar este desorden. La esperanza de una fácil subsistencia en América, y el no inclinarse con esta misma esperanza la educación plebeya á un trabajo asíduo y uniforme, son el verdadero principio de esta emigración constante que hemos visto ascender en muchos buques, particularmente mercantiles, á un número no menor de 50 y 60 individuos.

En la misma tarde desembocamos con viento favorable entre la Gran Canaria y Tenerife; eludiéronse después á la media noche las apariencias de huracán, que indicaban probable, así el plenilunio como el descenso excesivo del mercurio en el barómetro marino; antes del amanecer navegábamos de nuevo con fuerza de vela para dirigirnos á pasar entre la costa y las islas de Cabo Verde. (…)

Ver este texto en la página de la obra original.

Como curiosidad, y ligando esta obra de nuevo con Tenerife y más concretamente con uno de sus más ilustres militares y políticos, cabe decir que Pedro Novo y Colson la dedicó, con carta de ofrecimiento incluida al inicio, al marino lagunero Juan Bautista Antequera y Bobadilla, quien en el momento de la publicación era Ministro de Marina. (ver: carta)

novocolson

Fueron unas pocas horas dentro de un viaje de cinco años, pero una vez más, las Islas Canarias vieron pasar, fondear o atracar a naves y tripulaciones integrantes de una de aquellas expediciones científicas de los siglos XVIII y XIX. Esta de Malaspina y Bustamante sin duda es una de las más conocidas y reconocidas de nuestra historia. Y eso que nunca llegaron a circunvalar el globo, como era el propósito inicial. De todas formas, el legado que nos queda hoy en día gracias a los trabajos efectuados por estos aventureros es inmenso: se recopilaron y coleccionaron multitud de especies botánicas y minerales; se llegaron a trazar setenta nuevas cartas náuticas; se realizaron numerosos dibujos, croquis, bocetos y pinturas; se catalogaron minerales; y así un largo etcétera.

mapamalaspina

Ya en años muchos más recientes, diversas instituciones españolas llevaron a cabo  una gran expedición científica de circunnavegación que recibe el nombre del marino italiano en reconocimiento a su aportación a la ciencia, la historia, la cultura y la navegación: la Expedición Malaspina. Sin duda un gran homenaje a un aventurero que vio como al regreso de esta expedición el valido del rey, Manuel Godoy, lo encarceló en el Castillo de San Antón de La Coruña por conspirar contra él. Este hecho y su huida a Italia años más tarde provocaron que durante casi un siglo su vida y obra cayeran en el olvido, hasta que el citado Pedro Novo y Colson escribiera su mencionada obra.

________________________

________________________

(1): se trata del teniente de navío, astrónomo y cartógrafo gallego José Varela Ulloa (1739-1794) quien años antes, en 1776, había participado en las mediciones altitudinales al Teide efectuadas por el francés Jean-Charles Borda.

________________________

Páginas:123»