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La Guerra en Filipinas y el Sitio de Baler

May 22, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog, Historeando  //  Comentarios desactivados en La Guerra en Filipinas y el Sitio de Baler

Artículo aparecido en "La Opinión de Tenerife"
del domingo 22 de mayo de 2016

FILIPINASLAOPINION


Al otro lado del planeta, en el borde occidental del Pacífico, España mantenía a finales del XIX una serie de territorios isleños cuya pérdida de jurisdicción, junto a la de Puerto Rico y Cuba, formaría parte del conocido como “Desastre del 98”, punto y final a un aciago e infausto siglo. El conjunto archipielágico que constituía Filipinas por un lado y la Isla de Guam por otro formaban parte pues de los últimos territorios españoles de ultramar. Testigos históricos de lo que antaño fue un océano considerado como “el lago español” y reminiscencias de exploraciones y conquistas en las antípodas.

Como ya ocurriera en otras provincias españolas americanas, en Filipinas comenzaron a lo largo del XIX una serie de revueltas y conflictos entre la administración y ejército españoles y los insurgentes locales. A lo largo de la última década de ese siglo la disputa por esas miles de islas se fue acrecentando, hasta que a finales de 1897 el Pacto de Biak-na-Bató llegó a apaciguar las aguas. Este tratado trajo consigo la reducción considerable de las rebeliones y, con ello, la salida de tropas españolas del archipiélago.

Por esa razón, las labores defensivas militares se fueron relajando en los meses siguientes y los cuatro centenares de hombres que custodiaban Baler, un pequeño poblado cercano a la costa oriental de la Isla de Luzón, fueran relevados por una guarnición de apenas unas decenas de efectivos. Pero con el paso de los primeros meses del 98 la situación se complica. España entra en guerra contra los EEUU y estos, que luchaban en el Caribe por la toma de Cuba y Puerto Rico, rearman y financian a los insurrectos filipinos, cuyos cabecillas habían exiliado a Hong-Kong, volviendo estos a actuar contra el destacamento español.

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Mientras todo esto sucedía, a mediados de febrero de ese renombrado año 1898, una guarnición de unas pocas decenas de hombres, pertenecientes al Batallón de Cazadores nº2 y bajo el mando del Capitán de Infantería Enrique de las Morenas y Fossi, llegaba a Baler, a bordo del vapor “Compañía de Filipinas”. A finales de junio, sumidos en el pleno desconocimiento de la nueva situación política y bélica en las islas, los tagalos comienzan a atacar a la cincuentena de militares que allí se asientan, la defensa del sitio se hacía cada vez más necesaria. Así, el 30 de ese mes, tras una dura emboscada, la guarnición del Capitán de las Morenas decide refugiarse en la Iglesia de San Luis de Tolosa, el edificio más fortalecido de todos los que existían en el poblado en ese momento. (había sido construido con gruesos muros exteriores ya que la anterior parroquia llegó a ser destruida por un tsunami años antes)

De esta manera, ajenos a la realidad, con Filipinas ya independizada desde varios días antes, el 12 de junio, comenzaron una defensa numantina de su modesto fuerte durante 337 largos y tediosos días, hasta el 2 de junio de 1899. Racionaron las municiones y, por supuesto, la comida. Tenían una relativa buena despensa de garbanzos, arroz y latas de sardinas, pero a medida que fueron pasando los meses tuvieron que basar su dieta en hierbas y matas cocidas, ratas, serpientes, lechuzas, perros y todo bicho viviente que discurriera por esos reducidos lares.
Durante esos 12 meses de asedio, concluyó la Guerra Hispano-Estadounidense al firmarse el Tratado de París el 10 de diciembre, comenzó otra en febrero siguiente entre los EEUU y Filipinas, que duraría hasta 1902, y España, mientras, trataba de liberar a aquellas decenas de compatriotas sitiados en una humilde iglesia, que pasarían a ser reconocidos popularmente en la historia como “Los últimos de Filipinas”. Durante esas 50 semanas de los 60 hombres, entre militares, sanitarios y religiosos que se refugiaban en Baler, 15 murieron de beriberi o disentería, 2 por heridas de combate, 6 desertaron y 2 fueron fusilados tras ser declarados culpables de intento de deserción.

UltimosFilipinas

Dentro de la ilustre lista que componen los 35 supervivientes del sitio de Baler aparecen cuatro canarios. De Fuerteventura dos de ellos: Eustaquio Gopar, quien sobreviviría al asedio y llegaría años más tarde a ser alcalde de su pueblo, Tuineje, y Rafael Alonso Mederos, de La Oliva, que fallecería de beri-beri el 8 de diciembre de 1898. De Las Palmas era oriundo Manuel Navarro de León, que sucumbió igualmente a consecuencia del beri-beri el 9 de noviembre. Y de Tenerife, el lagunero José Hernández Arocha, quien, como Eustaquio, llegaría a resistir ese año de cerco y regresaría a su isla tras el asedio.

Todos los supervivientes y los desventurados que allí dejaron su vida fueron, son y deberán de seguir siendo valorados como héroes. Su fuerza, honor y servicio lo merecen. Gracias a ellos, considerados tras el sitio como “amigos” por parte de los gobernantes Filipinos, ondeó hasta el 2 de junio de 1899 la enseña española en Baler, la última bandera rojigualda que flameó en ultramar.



Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


I Curso de Fortificación y Poliorcética “General Gutiérrez”

Oct 19, 2015   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog, Historeando  //  Comentarios desactivados en I Curso de Fortificación y Poliorcética “General Gutiérrez”

En el arranque del mes de noviembre próximo tendrá lugar en Santa Cruz de Tenerife el I Curso de Fortificación y Poliorcética “General Gutiérrez”, dentro del cual participaré como ponente.

Les invito a que conozcan más información acerca de este interesante curso:

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I Curso de Fortificación y Poliorcética “General Gutiérrez”

LUGAR

  • Fuerte de Almeyda, salón de actos del Museo Histórico Militar

FECHA

  • 3-6 de noviembre de 2015

INSCRIPCION (hasta el 30 de octubre)

PRECIO

  • 20€

ORGANIZA

  • Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias

 

PROGRAMA

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Batería y atrincheramiento de Altura

Sep 20, 2015   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Anaga, Blog, Historeando  //  Comentarios desactivados en Batería y atrincheramiento de Altura

Apenas unos meses después de la segunda quincena de aquel caluroso mes de julio de 1797, sin duda alguna marcada para siempre en la isla por la Gesta frente a la escuadra inglesa de Nelson, se comenzaban las obras de construcción de una batería y otros elementos asociados a ella en lo alto de la Montaña de Altura de Santa Cruz de Tenerife. El General Antonio Gutierrez de Otero, Capitán General de Canarias en ese momento, ordenó levantar ese puesto militar en la cima del risco, como apoyo a las fortificaciones de San Miguel y Paso Alto, situadas al pie de esta montaña, en la línea de costa que cerraba a Santa Cruz por el norte. Y es que Gutiérrez apreció la enorme utilidad de la cumbre de esta montaña durante el día del 22 de julio de 1797, jornada durante la cual se produjeron los dos primeros desembarcos ingleses. Antes del amanecer el primero de ellos, cercano a Paso Alto, y el segundo, en el entorno de El Bufadero, frustrado este al ser repelido por las tropas españolas situadas precisamente en la cima de La Altura. Desde esta cumbre, varias decenas de hombres armados de mosquetes y 4 cañones calibre 40 mm, denominados “Violentos”, repelieron el ataque e intento de toma de Anaga y Santa Cruz por parte del más del millar de ingleses que se apostaban en las inmediaciones del barranco de Valleseco y las laderas y los riscos de la Mesa del Ramonal. En total ascendieron a esta montaña y se destacaron en este risco: 40 miembros del Batallón de Infantería de Canarias, 60 reclutas de las Banderas de La Habana y Cuba, 16 artilleros, 25 Cazadores libres al servicio de la Plaza, 30 milicianos y 40 franceses, pertenecientes a la corbeta gala “La Mutine”, que había sido robada semanas antes por los ingleses (al igual que hicieron con la fragata “Príncipe Fernando” en abril de ese mismo año).

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Mural dedicado al episodio acaecido el 22 de julio de 1797 en la Exposición sobre 
la Gesta del 25 de julio en el Museo Militar de Almeyda (verano de 2015)

Así, se crea esta batería fija, denominada como de “San Sebastián” y que según un documento fechado el 9 de enero de 1799, el General Gutiérrez le otorga el nombre de “Santa Cruz de Santiago” en conmemoración de la fecha de la Gesta, coincidente con la festividad de Santiago:

En memoria de la Victoria conseguida por las Armas del Rey contra sus enemigos el día 25 de Julio del año penúltimo, he dispuesto que la obra empezada en la altura de Paso Alto de resulta del desembarco de éstos se nombre desde ahora Fuerte de Santa Cruz de Santiago lo que se prevendrá en la orden de este día para su puntual cumplimiento. Santa Cruz de Santiago, 9 de Enero de 1799

(Fuente: Recuerdo de un bicentenario (1797-1997), página 91 (Pedro Ontoria))

“San Sebastián” o “Santa Cruz de Santiago”, esos fueron dos de los nombres de este emplazamiento situado en la cima de esta modesta montaña de Anaga, pero que, como gracias a un documento del Coronel Santiago Bethencourt fechado a principios del año 1900, podemos saber que también ha tenido los nombres de atrincheramiento de “La Altura” o “La Altura de los Ingleses”, esto último probablemente a raíz de lo acontecido frente a los hombres de Nelson, ya citado en líneas anteriores.

A finales de 1797, Gutiérrez encarga proyectar y dirigir la construcción de este nuevo puesto militar al Mariscal de Campo, perteneciente al Real Cuerpo de Ingenieros, Luis Marqueli Bontempo, a quien le encargó igualmente efectuar los reparos que fueran oportunos en el Castillo de Paso Alto. Marqueli es autor también del “Plano de la Altura de Paso-Alto y de las obras executadas en ellas” (1798) que aún se conserva en el Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias y del que ya hablé hace unos meses en esta misma web. En ese mapa podemos ver cómo era en esos primeros momentos la batería, compuesta de 5 emplazamientos y 7 explanadas, muralla, aljibes, alojamientos y depósitos. Además, mejorando el acceso a ella se construyó un camino de subida a la cima de metro y medio de ancho y unos 900 metros de longitud.

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(ver en grande)
Plano de la Altura de Paso-Alto y de las obras executadas en ellas (Luis Marqueli, 1798)
(Archivo Histórico Militar de Almeyda, Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias)

Ya comenzado el siglo XIX, en 1808, esta batería es desartillada, al igual que lo sería en esos años la de Santiago o de los Melones. Este emplazamiento de Altura volvió a ser artillado con 6 morteros de bronce en 1898, dispuestos en 4 explanadas, a raíz del conflicto originado entre España y los EEUU a causa de Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Guam. Así mismo, en ese momento se repara una caseta de madera construida años antes en la cima, destinándola al alojamiento de los 8 artilleros que conformaban ese puesto.

Comenzado el siglo XX, la cima de La Altura es utilizada como punto de observación y estación telemétrica entre las baterías de la ciudad. En 1913 se mejora ese emplazamiento reformando las instalaciones (destruidas por un temporal en el otoño de 1910) con una nueva caseta de madera de 6,50 x 3,25 metros dedicada a albergar en dos departamentos los aparatos telemétricos y telefónicos y servir de alojamiento al personal destinado en ese lugar. En ella estaba instalado el telémetro “Zaragoza”, que era utilizado gracias a un ventanal corrido hacia el lado mar, que permitía una visibilidad de 160º, desde el Bufadero, al norte, hasta la batería de Taco nº1, viéndose en esa perspectiva la estación telemétrica de Las Tiñosas, al sur. Anexo a esta se construyó, además, un tinglado, de 3,25 x 3,25 metros, para cocina, con depósito y aljibe.

Años más tarde, una vez estallada la II Guerra Mundial, la cima de La Altura sirvió de ubicación para la construcción de nuevas instalaciones, destinadas a puesto de mando, observación y telémetro, ligadas a la batería de Paso Alto, encuadradas en el Plan de Defensa de Canarias, proyectado por el Teniente General Serrador.

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En la actualidad, la cima de La Altura de Paso Alto alberga varias antenas de comunicaciones y otras instalaciones ligadas a ellas, accediéndose a la cumbre mediante una pista que sube desde el Barrio de la Alegría, denominada aún “Pista Militar”. Además, se conservan en relativo buen estado la red de túneles y salas que albergaron el puesto de mando y telémetros establecidos en los años 40 del pasado siglo. De la primera batería de finales del XVIII y la segunda de 1898 poco queda en hoy en día. Únicamente permanecen en pie dos auténticas joyas (reliquias) construidas por Marqueli en 1798 y probablemente reformadas en décadas posteriores, ligadas a las mejoras realizadas para los siguientes emplazamientos militares ya comentados. Se trata de un tramo de casi 200 metros de la muralla que discurría por la cresta de la montaña y de un aljibe, situado por encima de la actual pista de acceso, y como complemento a este, un pequeño murete con atarjea que suministraba el agua de escorrentía que se deslizaba por esta parte alta de la ladera sureste de la montaña.

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Restos de muralla por la cresta de la Montaña de Altura

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Aljibe y atarjea

La antigua vereda de acceso a la cumbre se perdió por completo en su tramo bajo y medio, como consecuencia de la urbanización del barrio de la Alegría y la construcción de la pista militar. Únicamente en su tramo más alto, se intuye entre rabos de gato, balos, verodes y tabaibas el recorrido de esta vía y permanecen a la vista dos pequeños e insignificantes tramos de muros de contención del viejo camino de subida a La Altura. Alineando esos tramos de pared el camino llegaba a la cumbre, tras la última curva, en el lugar en donde hoy asciende por el talud de la actual pista una serie de escalones, construidos, quizás, para tener salida a ella. Esto me lleva a pensar que probablemente en el momento de construirse la pista militar (años 40 del pasado siglo) el vetusto camino de subida a la montaña aún se conservaba relativamente mucho mejor que ahora.

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Tramo del muro de contención en la ladera ligado
al antiguo camino de subida a la Montaña

Les invito a que asciendan a lo alto de la Montaña de Altura de Paso Alto y, además de disfrutar de sus formidables vistas, conozcan los restos de túneles y salas subterráneas del telémetro y, sobre todo, presten atención a los restos del camino de subida a la cima, la muralla, el aljibe y la atarjea, auténticas reliquias de las viejas baterías de los últimos años de los siglos XVIII y XIX.

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Este artículo ha sido colgado también en la página de la Tertulia de Amigos del 25 de Julio:

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La Expedición Malaspina y su paso por Tenerife

Sep 1, 2015   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog, Historeando  //  Comentarios desactivados en La Expedición Malaspina y su paso por Tenerife

Apenas un par de semanas después de que en la villa de Paris se hubiera producido la toma de la Bastilla, sin lugar a dudas uno de los hechos históricos más destacados de la historia Europea (y mundial), dos corbetas españolas, la Descubierta y la Atrevida, partían de Cádiz rumbo a tierras y mares lejanos. Comenzaba el 30 de julio de ese señalado año de 1789 el “Viaje científico y recreativo alrededor del mundo”, así conocido en ese momento; es decir, la “Expedición vuelta al mundo”, llamada de esta manera durante los cinco años que duró la travesía. Estamos hablando de la “Expedición ultramarina iniciada el 30 de julio de 1789” como se la denominó a su regreso y presentación a la corte y que seis años más tarde sería conocida como el “Viaje político-científico alrededor del mundo por las corbetas gemelas Descubierta y Atrevida, al mando de los Capitanes de navío don Alejandro Malaspina y don José de Bustamante y Guerra desde 1789 a 1794″ tras la publicación de la obra del teniente de navío Pedro Novo y Colson, en 1885. Como ustedes ya imaginarán, se trata de la “Expedición Malaspina”.

Durante el reinado de Carlos III las expediciones científicas españolas en América, Asía, Oceanía y los océanos Atlántico y Pacífico comienzan a plantar a cara a las realizadas por franceses e ingleses por esos lugares del globo. Así, 270 años más tarde de aquel glorioso y heroico viaje de Magallanes y Elcano, se encomendaba a los marinos Malaspina, italiano, nacido en la localidad toscana de Mulazzo, y al cántabro Bustamante y Guerra, para más señas pasiego, de Ontaneda, la circunvalación del planeta en una expedición multidisciplinar. Entre los cometidos: realizar un reconocimiento de las posesiones españolas en América y Asia, efectuar observaciones astronómicas que sean de utilidad para la elaborar nuevas cartas de navegación, mejorar el conocimiento botánico, geológico y zoológico de esos territorios, comprobar la existencia de un posible paso del océano Atlántico al Pacífico al norte de Canadá y cartografiar el Estrecho de Juan de Fuca.

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Alejandro Malaspina y José de Bustamante y Guerra

Malaspina y Bustamante, en la primavera de 1789, reciben la aprobación por parte del rey Carlos III del proyecto expedicionario que habían presentado a la corte meses antes (el rey moriría apenas unos días más tarde de que zarparan las dos corbetas de la expedición). Estas dos naves, bautizadas como Atrevida y Descubierta por Malaspina, en honor a los navíos de James Cook en su malogrado tercer viaje (Resolution y Discovery), llevaban a bordo una tripulación de 102 hombres cada una, portando un extraordinario plantel de astrónomos, botánicos, naturalistas, hidrógrafos, dibujantes y marinos: los españoles Juan Gutiérrez de la Concha, Ciriaco de Zeballos y Dionisio Alcalá Galiano, el italiano Fernando Brambila, el franco español Luis Neé, el checo Tadeo Haenke (entre Neé y Haenke llegaron a recolectar más de 30.000 plantas durante la expedición) y el guatemalteco Antonio Pineda, por citar a algunos.

Curiosa es la historia ligada a este viaje del botánico Haenke. Salió de Viena y tras pasar por Paris y Madrid llegó a Cádiz dos días después de la salida de las corbetas. Así, tuvo que zarpar hacia América en el navío Nuestra Señora del Buen Suceso, la cual naufragaría unas semanas más tarde en Montevideo. Segundo retraso, este mucho más desagradable, pues la Atrevida y la Descubierta habían dejado atrás el Río de la Plata solo 8 días antes. De tal forma que Tadeo puso rumbo a Chile a pie, atravesando la pampa y la Cordillera de los Andes por el famoso paso del Inca. Finalmente, el 2 de abril de 1790 parte de la tripulación de ambas naves no sale de su asombro al encontrarse con Haenke en Santiago, y más aún, tras conocer cómo había su viaje desde Cádiz. Sin lugar a dudas, una auténtica hazaña.

Pero no acaba aquí la cosa para el botánico checo. Unas semanas más tarde, en la ascensión al volcán nicaragüense El Viejo fue mordido por una serpiente cascabel, salvando la vida milagrosamente. Sin duda, peculiar la vida de este científico checho quien, paradójicamente, fue a morir años más tarde, en 1817, en su casa a causa de un simple accidente doméstico.

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Descubierta y atrevida en el Puerto de Palapa, isla de Samar (Filipinas) 
autor: Fernando Brambila

El paso de las corbetas y sus tripulaciones por aguas canarias fue rápido y sin excesivos contratiempos. Cuatro días más tarde de enfilar proa en Cádiz, Malaspina, Bustamante y compañía avistan tierras tinerfeñas. La Punta de Anaga, en el extremo nororiental de la isla es lo primero que ven sus ojos. Durante unas horas pudieron hacer mediciones gracias a las referencias geográficas de esta Punta y el Teide. A la mañana del siguiente día, ponen rumbo a Cabo Verde y tras varias semanas, finalmente llegarían a la costa de Montevideo el 20 de septiembre de ese año 1789.

Conocemos hoy en día algunas de las pesquisas acaecidas en ese periplo por aguas canarias de las dos corbetas expedicionarias, gracias a la obra, ya citada anteriormente, “Viaje político-científico alrededor del mundo por las corbetas gemelas Descubierta y Atrevida, al mando de los Capitanes de navío don Alejandro Malaspina y don José de Bustamante y Guerra desde 1789 a 1794”, publicada casi un siglo más tarde por el teniente de navío Pedro Novo y Colson. Son estas líneas:

LIBRO PRIMERO

Capítulo primero

Navegación desde Cádiz a Montevideo

Recibidas las últimas instrucciones para verificar la salida, dimos la vela en la mañana del 30 de julio, y el viento, ya declarado del Nordeste desde el día anterior, nos fué tan favorable, que pudimos alcanzar la Punta de Naga, en la Isla de Tenerife, al medio día del 3 de agosto. La longitud determinada a esta Punta nos dió lugar á comparar los relojes marinos, entre los cuales manifestaron mucha exactitud el cronómetro 61 de Arnold, y el número 10 de Berthoud.

En la corbeta ATREVIDA disipóse de nuevo con marcaciones al Pico de Teide, la sospecha del Capitán Cook sobre el error de las longitudes determinadas de D. José Varela (1) ;(…).

A este tiempo se habían ya manifestado en la DESCUBIERTA cuatro polizones, y otros dos en la ATREVIDA, los cuales habían podido frustrar nuestras pesquisas bien eficaces para evitar este desorden. La esperanza de una fácil subsistencia en América, y el no inclinarse con esta misma esperanza la educación plebeya á un trabajo asíduo y uniforme, son el verdadero principio de esta emigración constante que hemos visto ascender en muchos buques, particularmente mercantiles, á un número no menor de 50 y 60 individuos.

En la misma tarde desembocamos con viento favorable entre la Gran Canaria y Tenerife; eludiéronse después á la media noche las apariencias de huracán, que indicaban probable, así el plenilunio como el descenso excesivo del mercurio en el barómetro marino; antes del amanecer navegábamos de nuevo con fuerza de vela para dirigirnos á pasar entre la costa y las islas de Cabo Verde. (…)

Ver este texto en la página de la obra original.

Como curiosidad, y ligando esta obra de nuevo con Tenerife y más concretamente con uno de sus más ilustres militares y políticos, cabe decir que Pedro Novo y Colson la dedicó, con carta de ofrecimiento incluida al inicio, al marino lagunero Juan Bautista Antequera y Bobadilla, quien en el momento de la publicación era Ministro de Marina. (ver: carta)

novocolson

Fueron unas pocas horas dentro de un viaje de cinco años, pero una vez más, las Islas Canarias vieron pasar, fondear o atracar a naves y tripulaciones integrantes de una de aquellas expediciones científicas de los siglos XVIII y XIX. Esta de Malaspina y Bustamante sin duda es una de las más conocidas y reconocidas de nuestra historia. Y eso que nunca llegaron a circunvalar el globo, como era el propósito inicial. De todas formas, el legado que nos queda hoy en día gracias a los trabajos efectuados por estos aventureros es inmenso: se recopilaron y coleccionaron multitud de especies botánicas y minerales; se llegaron a trazar setenta nuevas cartas náuticas; se realizaron numerosos dibujos, croquis, bocetos y pinturas; se catalogaron minerales; y así un largo etcétera.

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Ya en años muchos más recientes, diversas instituciones españolas llevaron a cabo  una gran expedición científica de circunnavegación que recibe el nombre del marino italiano en reconocimiento a su aportación a la ciencia, la historia, la cultura y la navegación: la Expedición Malaspina. Sin duda un gran homenaje a un aventurero que vio como al regreso de esta expedición el valido del rey, Manuel Godoy, lo encarceló en el Castillo de San Antón de La Coruña por conspirar contra él. Este hecho y su huida a Italia años más tarde provocaron que durante casi un siglo su vida y obra cayeran en el olvido, hasta que el citado Pedro Novo y Colson escribiera su mencionada obra.

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(1): se trata del teniente de navío, astrónomo y cartógrafo gallego José Varela Ulloa (1739-1794) quien años antes, en 1776, había participado en las mediciones altitudinales al Teide efectuadas por el francés Jean-Charles Borda.

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