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La Guerra en Filipinas y el Sitio de Baler

May 22, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog, Historeando  //  Comentarios desactivados en La Guerra en Filipinas y el Sitio de Baler

Artículo aparecido en "La Opinión de Tenerife"
del domingo 22 de mayo de 2016



Al otro lado del planeta, en el borde occidental del Pacífico, España mantenía a finales del XIX una serie de territorios isleños cuya pérdida de jurisdicción, junto a la de Puerto Rico y Cuba, formaría parte del conocido como “Desastre del 98”, punto y final a un aciago e infausto siglo. El conjunto archipielágico que constituía Filipinas por un lado y la Isla de Guam por otro formaban parte pues de los últimos territorios españoles de ultramar. Testigos históricos de lo que antaño fue un océano considerado como “el lago español” y reminiscencias de exploraciones y conquistas en las antípodas.

Como ya ocurriera en otras provincias españolas americanas, en Filipinas comenzaron a lo largo del XIX una serie de revueltas y conflictos entre la administración y ejército españoles y los insurgentes locales. A lo largo de la última década de ese siglo la disputa por esas miles de islas se fue acrecentando, hasta que a finales de 1897 el Pacto de Biak-na-Bató llegó a apaciguar las aguas. Este tratado trajo consigo la reducción considerable de las rebeliones y, con ello, la salida de tropas españolas del archipiélago.

Por esa razón, las labores defensivas militares se fueron relajando en los meses siguientes y los cuatro centenares de hombres que custodiaban Baler, un pequeño poblado cercano a la costa oriental de la Isla de Luzón, fueran relevados por una guarnición de apenas unas decenas de efectivos. Pero con el paso de los primeros meses del 98 la situación se complica. España entra en guerra contra los EEUU y estos, que luchaban en el Caribe por la toma de Cuba y Puerto Rico, rearman y financian a los insurrectos filipinos, cuyos cabecillas habían exiliado a Hong-Kong, volviendo estos a actuar contra el destacamento español.

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Mientras todo esto sucedía, a mediados de febrero de ese renombrado año 1898, una guarnición de unas pocas decenas de hombres, pertenecientes al Batallón de Cazadores nº2 y bajo el mando del Capitán de Infantería Enrique de las Morenas y Fossi, llegaba a Baler, a bordo del vapor “Compañía de Filipinas”. A finales de junio, sumidos en el pleno desconocimiento de la nueva situación política y bélica en las islas, los tagalos comienzan a atacar a la cincuentena de militares que allí se asientan, la defensa del sitio se hacía cada vez más necesaria. Así, el 30 de ese mes, tras una dura emboscada, la guarnición del Capitán de las Morenas decide refugiarse en la Iglesia de San Luis de Tolosa, el edificio más fortalecido de todos los que existían en el poblado en ese momento. (había sido construido con gruesos muros exteriores ya que la anterior parroquia llegó a ser destruida por un tsunami años antes)

De esta manera, ajenos a la realidad, con Filipinas ya independizada desde varios días antes, el 12 de junio, comenzaron una defensa numantina de su modesto fuerte durante 337 largos y tediosos días, hasta el 2 de junio de 1899. Racionaron las municiones y, por supuesto, la comida. Tenían una relativa buena despensa de garbanzos, arroz y latas de sardinas, pero a medida que fueron pasando los meses tuvieron que basar su dieta en hierbas y matas cocidas, ratas, serpientes, lechuzas, perros y todo bicho viviente que discurriera por esos reducidos lares.
Durante esos 12 meses de asedio, concluyó la Guerra Hispano-Estadounidense al firmarse el Tratado de París el 10 de diciembre, comenzó otra en febrero siguiente entre los EEUU y Filipinas, que duraría hasta 1902, y España, mientras, trataba de liberar a aquellas decenas de compatriotas sitiados en una humilde iglesia, que pasarían a ser reconocidos popularmente en la historia como “Los últimos de Filipinas”. Durante esas 50 semanas de los 60 hombres, entre militares, sanitarios y religiosos que se refugiaban en Baler, 15 murieron de beriberi o disentería, 2 por heridas de combate, 6 desertaron y 2 fueron fusilados tras ser declarados culpables de intento de deserción.

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Dentro de la ilustre lista que componen los 35 supervivientes del sitio de Baler aparecen cuatro canarios. De Fuerteventura dos de ellos: Eustaquio Gopar, quien sobreviviría al asedio y llegaría años más tarde a ser alcalde de su pueblo, Tuineje, y Rafael Alonso Mederos, de La Oliva, que fallecería de beri-beri el 8 de diciembre de 1898. De Las Palmas era oriundo Manuel Navarro de León, que sucumbió igualmente a consecuencia del beri-beri el 9 de noviembre. Y de Tenerife, el lagunero José Hernández Arocha, quien, como Eustaquio, llegaría a resistir ese año de cerco y regresaría a su isla tras el asedio.

Todos los supervivientes y los desventurados que allí dejaron su vida fueron, son y deberán de seguir siendo valorados como héroes. Su fuerza, honor y servicio lo merecen. Gracias a ellos, considerados tras el sitio como “amigos” por parte de los gobernantes Filipinos, ondeó hasta el 2 de junio de 1899 la enseña española en Baler, la última bandera rojigualda que flameó en ultramar.



Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


Batería y atrincheramiento de Altura

Sep 20, 2015   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Anaga, Blog, Historeando  //  Comentarios desactivados en Batería y atrincheramiento de Altura

Apenas unos meses después de la segunda quincena de aquel caluroso mes de julio de 1797, sin duda alguna marcada para siempre en la isla por la Gesta frente a la escuadra inglesa de Nelson, se comenzaban las obras de construcción de una batería y otros elementos asociados a ella en lo alto de la Montaña de Altura de Santa Cruz de Tenerife. El General Antonio Gutierrez de Otero, Capitán General de Canarias en ese momento, ordenó levantar ese puesto militar en la cima del risco, como apoyo a las fortificaciones de San Miguel y Paso Alto, situadas al pie de esta montaña, en la línea de costa que cerraba a Santa Cruz por el norte. Y es que Gutiérrez apreció la enorme utilidad de la cumbre de esta montaña durante el día del 22 de julio de 1797, jornada durante la cual se produjeron los dos primeros desembarcos ingleses. Antes del amanecer el primero de ellos, cercano a Paso Alto, y el segundo, en el entorno de El Bufadero, frustrado este al ser repelido por las tropas españolas situadas precisamente en la cima de La Altura. Desde esta cumbre, varias decenas de hombres armados de mosquetes y 4 cañones calibre 40 mm, denominados “Violentos”, repelieron el ataque e intento de toma de Anaga y Santa Cruz por parte del más del millar de ingleses que se apostaban en las inmediaciones del barranco de Valleseco y las laderas y los riscos de la Mesa del Ramonal. En total ascendieron a esta montaña y se destacaron en este risco: 40 miembros del Batallón de Infantería de Canarias, 60 reclutas de las Banderas de La Habana y Cuba, 16 artilleros, 25 Cazadores libres al servicio de la Plaza, 30 milicianos y 40 franceses, pertenecientes a la corbeta gala “La Mutine”, que había sido robada semanas antes por los ingleses (al igual que hicieron con la fragata “Príncipe Fernando” en abril de ese mismo año).

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Mural dedicado al episodio acaecido el 22 de julio de 1797 en la Exposición sobre 
la Gesta del 25 de julio en el Museo Militar de Almeyda (verano de 2015)

Así, se crea esta batería fija, denominada como de “San Sebastián” y que según un documento fechado el 9 de enero de 1799, el General Gutiérrez le otorga el nombre de “Santa Cruz de Santiago” en conmemoración de la fecha de la Gesta, coincidente con la festividad de Santiago:

En memoria de la Victoria conseguida por las Armas del Rey contra sus enemigos el día 25 de Julio del año penúltimo, he dispuesto que la obra empezada en la altura de Paso Alto de resulta del desembarco de éstos se nombre desde ahora Fuerte de Santa Cruz de Santiago lo que se prevendrá en la orden de este día para su puntual cumplimiento. Santa Cruz de Santiago, 9 de Enero de 1799

(Fuente: Recuerdo de un bicentenario (1797-1997), página 91 (Pedro Ontoria))

“San Sebastián” o “Santa Cruz de Santiago”, esos fueron dos de los nombres de este emplazamiento situado en la cima de esta modesta montaña de Anaga, pero que, como gracias a un documento del Coronel Santiago Bethencourt fechado a principios del año 1900, podemos saber que también ha tenido los nombres de atrincheramiento de “La Altura” o “La Altura de los Ingleses”, esto último probablemente a raíz de lo acontecido frente a los hombres de Nelson, ya citado en líneas anteriores.

A finales de 1797, Gutiérrez encarga proyectar y dirigir la construcción de este nuevo puesto militar al Mariscal de Campo, perteneciente al Real Cuerpo de Ingenieros, Luis Marqueli Bontempo, a quien le encargó igualmente efectuar los reparos que fueran oportunos en el Castillo de Paso Alto. Marqueli es autor también del “Plano de la Altura de Paso-Alto y de las obras executadas en ellas” (1798) que aún se conserva en el Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias y del que ya hablé hace unos meses en esta misma web. En ese mapa podemos ver cómo era en esos primeros momentos la batería, compuesta de 5 emplazamientos y 7 explanadas, muralla, aljibes, alojamientos y depósitos. Además, mejorando el acceso a ella se construyó un camino de subida a la cima de metro y medio de ancho y unos 900 metros de longitud.

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(ver en grande)
Plano de la Altura de Paso-Alto y de las obras executadas en ellas (Luis Marqueli, 1798)
(Archivo Histórico Militar de Almeyda, Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias)

Ya comenzado el siglo XIX, en 1808, esta batería es desartillada, al igual que lo sería en esos años la de Santiago o de los Melones. Este emplazamiento de Altura volvió a ser artillado con 6 morteros de bronce en 1898, dispuestos en 4 explanadas, a raíz del conflicto originado entre España y los EEUU a causa de Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Guam. Así mismo, en ese momento se repara una caseta de madera construida años antes en la cima, destinándola al alojamiento de los 8 artilleros que conformaban ese puesto.

Comenzado el siglo XX, la cima de La Altura es utilizada como punto de observación y estación telemétrica entre las baterías de la ciudad. En 1913 se mejora ese emplazamiento reformando las instalaciones (destruidas por un temporal en el otoño de 1910) con una nueva caseta de madera de 6,50 x 3,25 metros dedicada a albergar en dos departamentos los aparatos telemétricos y telefónicos y servir de alojamiento al personal destinado en ese lugar. En ella estaba instalado el telémetro “Zaragoza”, que era utilizado gracias a un ventanal corrido hacia el lado mar, que permitía una visibilidad de 160º, desde el Bufadero, al norte, hasta la batería de Taco nº1, viéndose en esa perspectiva la estación telemétrica de Las Tiñosas, al sur. Anexo a esta se construyó, además, un tinglado, de 3,25 x 3,25 metros, para cocina, con depósito y aljibe.

Años más tarde, una vez estallada la II Guerra Mundial, la cima de La Altura sirvió de ubicación para la construcción de nuevas instalaciones, destinadas a puesto de mando, observación y telémetro, ligadas a la batería de Paso Alto, encuadradas en el Plan de Defensa de Canarias, proyectado por el Teniente General Serrador.

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En la actualidad, la cima de La Altura de Paso Alto alberga varias antenas de comunicaciones y otras instalaciones ligadas a ellas, accediéndose a la cumbre mediante una pista que sube desde el Barrio de la Alegría, denominada aún “Pista Militar”. Además, se conservan en relativo buen estado la red de túneles y salas que albergaron el puesto de mando y telémetros establecidos en los años 40 del pasado siglo. De la primera batería de finales del XVIII y la segunda de 1898 poco queda en hoy en día. Únicamente permanecen en pie dos auténticas joyas (reliquias) construidas por Marqueli en 1798 y probablemente reformadas en décadas posteriores, ligadas a las mejoras realizadas para los siguientes emplazamientos militares ya comentados. Se trata de un tramo de casi 200 metros de la muralla que discurría por la cresta de la montaña y de un aljibe, situado por encima de la actual pista de acceso, y como complemento a este, un pequeño murete con atarjea que suministraba el agua de escorrentía que se deslizaba por esta parte alta de la ladera sureste de la montaña.

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Restos de muralla por la cresta de la Montaña de Altura

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Aljibe y atarjea

La antigua vereda de acceso a la cumbre se perdió por completo en su tramo bajo y medio, como consecuencia de la urbanización del barrio de la Alegría y la construcción de la pista militar. Únicamente en su tramo más alto, se intuye entre rabos de gato, balos, verodes y tabaibas el recorrido de esta vía y permanecen a la vista dos pequeños e insignificantes tramos de muros de contención del viejo camino de subida a La Altura. Alineando esos tramos de pared el camino llegaba a la cumbre, tras la última curva, en el lugar en donde hoy asciende por el talud de la actual pista una serie de escalones, construidos, quizás, para tener salida a ella. Esto me lleva a pensar que probablemente en el momento de construirse la pista militar (años 40 del pasado siglo) el vetusto camino de subida a la montaña aún se conservaba relativamente mucho mejor que ahora.

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(ver en grande)
Tramo del muro de contención en la ladera ligado
al antiguo camino de subida a la Montaña

Les invito a que asciendan a lo alto de la Montaña de Altura de Paso Alto y, además de disfrutar de sus formidables vistas, conozcan los restos de túneles y salas subterráneas del telémetro y, sobre todo, presten atención a los restos del camino de subida a la cima, la muralla, el aljibe y la atarjea, auténticas reliquias de las viejas baterías de los últimos años de los siglos XVIII y XIX.

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Este artículo ha sido colgado también en la página de la Tertulia de Amigos del 25 de Julio:

enlace a artículo

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La Expedición Malaspina y su paso por Tenerife

Sep 1, 2015   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog, Historeando  //  Comentarios desactivados en La Expedición Malaspina y su paso por Tenerife

Apenas un par de semanas después de que en la villa de Paris se hubiera producido la toma de la Bastilla, sin lugar a dudas uno de los hechos históricos más destacados de la historia Europea (y mundial), dos corbetas españolas, la Descubierta y la Atrevida, partían de Cádiz rumbo a tierras y mares lejanos. Comenzaba el 30 de julio de ese señalado año de 1789 el “Viaje científico y recreativo alrededor del mundo”, así conocido en ese momento; es decir, la “Expedición vuelta al mundo”, llamada de esta manera durante los cinco años que duró la travesía. Estamos hablando de la “Expedición ultramarina iniciada el 30 de julio de 1789” como se la denominó a su regreso y presentación a la corte y que seis años más tarde sería conocida como el “Viaje político-científico alrededor del mundo por las corbetas gemelas Descubierta y Atrevida, al mando de los Capitanes de navío don Alejandro Malaspina y don José de Bustamante y Guerra desde 1789 a 1794″ tras la publicación de la obra del teniente de navío Pedro Novo y Colson, en 1885. Como ustedes ya imaginarán, se trata de la “Expedición Malaspina”.

Durante el reinado de Carlos III las expediciones científicas españolas en América, Asía, Oceanía y los océanos Atlántico y Pacífico comienzan a plantar a cara a las realizadas por franceses e ingleses por esos lugares del globo. Así, 270 años más tarde de aquel glorioso y heroico viaje de Magallanes y Elcano, se encomendaba a los marinos Malaspina, italiano, nacido en la localidad toscana de Mulazzo, y al cántabro Bustamante y Guerra, para más señas pasiego, de Ontaneda, la circunvalación del planeta en una expedición multidisciplinar. Entre los cometidos: realizar un reconocimiento de las posesiones españolas en América y Asia, efectuar observaciones astronómicas que sean de utilidad para la elaborar nuevas cartas de navegación, mejorar el conocimiento botánico, geológico y zoológico de esos territorios, comprobar la existencia de un posible paso del océano Atlántico al Pacífico al norte de Canadá y cartografiar el Estrecho de Juan de Fuca.

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Alejandro Malaspina y José de Bustamante y Guerra

Malaspina y Bustamante, en la primavera de 1789, reciben la aprobación por parte del rey Carlos III del proyecto expedicionario que habían presentado a la corte meses antes (el rey moriría apenas unos días más tarde de que zarparan las dos corbetas de la expedición). Estas dos naves, bautizadas como Atrevida y Descubierta por Malaspina, en honor a los navíos de James Cook en su malogrado tercer viaje (Resolution y Discovery), llevaban a bordo una tripulación de 102 hombres cada una, portando un extraordinario plantel de astrónomos, botánicos, naturalistas, hidrógrafos, dibujantes y marinos: los españoles Juan Gutiérrez de la Concha, Ciriaco de Zeballos y Dionisio Alcalá Galiano, el italiano Fernando Brambila, el franco español Luis Neé, el checo Tadeo Haenke (entre Neé y Haenke llegaron a recolectar más de 30.000 plantas durante la expedición) y el guatemalteco Antonio Pineda, por citar a algunos.

Curiosa es la historia ligada a este viaje del botánico Haenke. Salió de Viena y tras pasar por Paris y Madrid llegó a Cádiz dos días después de la salida de las corbetas. Así, tuvo que zarpar hacia América en el navío Nuestra Señora del Buen Suceso, la cual naufragaría unas semanas más tarde en Montevideo. Segundo retraso, este mucho más desagradable, pues la Atrevida y la Descubierta habían dejado atrás el Río de la Plata solo 8 días antes. De tal forma que Tadeo puso rumbo a Chile a pie, atravesando la pampa y la Cordillera de los Andes por el famoso paso del Inca. Finalmente, el 2 de abril de 1790 parte de la tripulación de ambas naves no sale de su asombro al encontrarse con Haenke en Santiago, y más aún, tras conocer cómo había su viaje desde Cádiz. Sin lugar a dudas, una auténtica hazaña.

Pero no acaba aquí la cosa para el botánico checo. Unas semanas más tarde, en la ascensión al volcán nicaragüense El Viejo fue mordido por una serpiente cascabel, salvando la vida milagrosamente. Sin duda, peculiar la vida de este científico checho quien, paradójicamente, fue a morir años más tarde, en 1817, en su casa a causa de un simple accidente doméstico.

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Descubierta y atrevida en el Puerto de Palapa, isla de Samar (Filipinas) 
autor: Fernando Brambila

El paso de las corbetas y sus tripulaciones por aguas canarias fue rápido y sin excesivos contratiempos. Cuatro días más tarde de enfilar proa en Cádiz, Malaspina, Bustamante y compañía avistan tierras tinerfeñas. La Punta de Anaga, en el extremo nororiental de la isla es lo primero que ven sus ojos. Durante unas horas pudieron hacer mediciones gracias a las referencias geográficas de esta Punta y el Teide. A la mañana del siguiente día, ponen rumbo a Cabo Verde y tras varias semanas, finalmente llegarían a la costa de Montevideo el 20 de septiembre de ese año 1789.

Conocemos hoy en día algunas de las pesquisas acaecidas en ese periplo por aguas canarias de las dos corbetas expedicionarias, gracias a la obra, ya citada anteriormente, “Viaje político-científico alrededor del mundo por las corbetas gemelas Descubierta y Atrevida, al mando de los Capitanes de navío don Alejandro Malaspina y don José de Bustamante y Guerra desde 1789 a 1794”, publicada casi un siglo más tarde por el teniente de navío Pedro Novo y Colson. Son estas líneas:

LIBRO PRIMERO

Capítulo primero

Navegación desde Cádiz a Montevideo

Recibidas las últimas instrucciones para verificar la salida, dimos la vela en la mañana del 30 de julio, y el viento, ya declarado del Nordeste desde el día anterior, nos fué tan favorable, que pudimos alcanzar la Punta de Naga, en la Isla de Tenerife, al medio día del 3 de agosto. La longitud determinada a esta Punta nos dió lugar á comparar los relojes marinos, entre los cuales manifestaron mucha exactitud el cronómetro 61 de Arnold, y el número 10 de Berthoud.

En la corbeta ATREVIDA disipóse de nuevo con marcaciones al Pico de Teide, la sospecha del Capitán Cook sobre el error de las longitudes determinadas de D. José Varela (1) ;(…).

A este tiempo se habían ya manifestado en la DESCUBIERTA cuatro polizones, y otros dos en la ATREVIDA, los cuales habían podido frustrar nuestras pesquisas bien eficaces para evitar este desorden. La esperanza de una fácil subsistencia en América, y el no inclinarse con esta misma esperanza la educación plebeya á un trabajo asíduo y uniforme, son el verdadero principio de esta emigración constante que hemos visto ascender en muchos buques, particularmente mercantiles, á un número no menor de 50 y 60 individuos.

En la misma tarde desembocamos con viento favorable entre la Gran Canaria y Tenerife; eludiéronse después á la media noche las apariencias de huracán, que indicaban probable, así el plenilunio como el descenso excesivo del mercurio en el barómetro marino; antes del amanecer navegábamos de nuevo con fuerza de vela para dirigirnos á pasar entre la costa y las islas de Cabo Verde. (…)

Ver este texto en la página de la obra original.

Como curiosidad, y ligando esta obra de nuevo con Tenerife y más concretamente con uno de sus más ilustres militares y políticos, cabe decir que Pedro Novo y Colson la dedicó, con carta de ofrecimiento incluida al inicio, al marino lagunero Juan Bautista Antequera y Bobadilla, quien en el momento de la publicación era Ministro de Marina. (ver: carta)

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Fueron unas pocas horas dentro de un viaje de cinco años, pero una vez más, las Islas Canarias vieron pasar, fondear o atracar a naves y tripulaciones integrantes de una de aquellas expediciones científicas de los siglos XVIII y XIX. Esta de Malaspina y Bustamante sin duda es una de las más conocidas y reconocidas de nuestra historia. Y eso que nunca llegaron a circunvalar el globo, como era el propósito inicial. De todas formas, el legado que nos queda hoy en día gracias a los trabajos efectuados por estos aventureros es inmenso: se recopilaron y coleccionaron multitud de especies botánicas y minerales; se llegaron a trazar setenta nuevas cartas náuticas; se realizaron numerosos dibujos, croquis, bocetos y pinturas; se catalogaron minerales; y así un largo etcétera.

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Ya en años muchos más recientes, diversas instituciones españolas llevaron a cabo  una gran expedición científica de circunnavegación que recibe el nombre del marino italiano en reconocimiento a su aportación a la ciencia, la historia, la cultura y la navegación: la Expedición Malaspina. Sin duda un gran homenaje a un aventurero que vio como al regreso de esta expedición el valido del rey, Manuel Godoy, lo encarceló en el Castillo de San Antón de La Coruña por conspirar contra él. Este hecho y su huida a Italia años más tarde provocaron que durante casi un siglo su vida y obra cayeran en el olvido, hasta que el citado Pedro Novo y Colson escribiera su mencionada obra.

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(1): se trata del teniente de navío, astrónomo y cartógrafo gallego José Varela Ulloa (1739-1794) quien años antes, en 1776, había participado en las mediciones altitudinales al Teide efectuadas por el francés Jean-Charles Borda.

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La escala en Tenerife en 1837 de la fragata francesa “La Vénus” en su viaje alrededor del mundo

May 5, 2015   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog, Historeando  //  Comentarios desactivados en La escala en Tenerife en 1837 de la fragata francesa “La Vénus” en su viaje alrededor del mundo

De las muchas expediciones científicas que recalaron en los puertos canarios durante los siglos XVIII y XIX, quisiera hablar esta vez de una, poco conocida, que fondeó en la rada santacrucera allá por los inicios del año 1837. Una sola nave, la fragata francesa La Vénus, y al mando de esta el capitán Abel Aubert du Petit-Thouars. La misión no era fácil. Las varias decenas de tripulantes, entre los que se encontraban el ingeniero hidrógrafo Urbain Dortet de Tessan, el naturalista Adolphe Simon Neboux y el cirujano marino Charles René Augustin Léclancher, debían llegar hasta las aguas del Pacífico norte y analizar el posible interés económico ligado a la caza de ballenas que para Francia pudiera tener esa zona del océano. Así, la fragata partió del puerto bretón de Brest el 31 de diciembre de 1836 y llegó a esa misma bahía el 24 de junio de 1839, tras dar la vuelta al globo, navegando miles de millas por el Atlántico, el Índico y, por supuesto, el Pacífico.

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El navegante, científico y oficial de marina francés Abel Aubert du Petit-Thouars

Además, durante todo el viaje realizarían mediciones de presión atmosférica, mareas, temperaturas del aire y el mar, humedad y salinidad. Y así lo hicieron a cada hora, de cada día, durante los dos años y medio que duró el trayecto. También a raíz de este viaje se realizaron planos de algunos de los puertos en donde arribaron (por citar algunos: Valparaiso, Callao, Acapulco y Honolulu), así como mapas de archipiélagos o islas solitarias (como por ejemplo: las Galápagos, Las Marquesas, Guadalupe, Juan Fernández, etc). Igualmente, cada llegada a puerto fue utilizada por la tripulación para la recolección y observación de aves, plantas, minerales y otros elementos naturales de interés científico.

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En total, se realizaron, gracias a toda la información recopilada durante la expedición, y tras estudios y trabajos científicos posteriores, un total de 11 volúmenes de una magnífica obra que lleva por título Voyage autour du Monde sur la frégate “La Vénus”, pendant les années 1836-1839, dirigida por el propio Aubert du Petit-Thouars y publicada en su primera edición en 1840, en París. Una buena parte de estos ejemplares se encuentran digitalizados en el catálogo en abierto de la Bibliothèque National de France: tomo 1, tomo 2, tomo 3, tomo 4, tomo 5, tomo 6, tomo 7, tomo 8, tomo 9, tomo 10 y tomo 11.

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Precisamente del primero de los tomos he obtenido los pasajes de la obra que narran la llegada y escala en Tenerife. 10 días después de zarpar de Brest, La Vénus llega a Santa Cruz de Tenerife. El buque únicamente estuvo un día fondeado en esta rada, lo justo y necesario para tomar provisiones, afinar los instrumentos de medición y hacer las visitas de rigor a las personalidades ilustres de la villa. Después, levaron ancla y enfilaron proa hacia decenas de puertos y bahías. Tras esta escala tinerfeña navegarían junto al archipiélago de Cabo Verde para llegar a Río de Janiero. Después vendrían, por este orden y citando solo algunos de los muy numerosos lugares de atraque: Río de la Plata, Islas de los Estados, Valparaiso, Callao, Hawái, Kamtschatk, Monterrey, Acapulco, Isla de Pascua, Islas de Juan Fernández, las Galápagos, Tahití, Nueva Zelanda, Cabo de Buena Esperanza, Isla de Santa Elena y, por último, Brest.


Veamos que nos describe Abel Aubert du Petit-Thouars de su llegada a Tenerife (ver texto original en Tomo 1, páginas de 16 a 24):

Después de tres días frustrados por el mal tiempo, La Vénus reanudó rumbo a las Islas Afortunadas, y a las 9 de la mañana, vimos la isla de Tenerife; estaba cubierta de niebla: el pico estuvo visible durante todo el día.

Tras el frío que habíamos sufrido y la humedad causada por el mal tiempo, treinta y siete hombres sufrían de catarro y fiebres. Esta circunstancia me convenció de llegar a Tenerife para suministrarnos de refrescos. Yo estaba contento, también, de aprovechar esta escala para hacer observaciones y determinar el estado de los cronómetros que nos daban resultados poco acordes al tiempo transcurrido desde nuestra partida.

A las seis de la tarde no estábamos a más de dos millas al este, de la punta NE de la isla. A este punta se la llama de Naga, nombre que toma de una vecina roca aislada con forma de pan de azúcar. Este punta es muy escarpada y está desprovista de vegetación; ofrece un aspecto triste y totalmente salvaje. Antes de oscurecer, pude distinguir la villa de Santa Cruz, y guiados por las luces de las casas, fuimos preparándonos para fondear.

Tras pasar junto a la Punta de Anaga, un macizo montañoso que visto desde el mar Aubert du Petit-Thouars lo pinta tan agreste e indómito, se van acercando al puerto chicharrero. Fondean el 9 de enero (de 1837) pero no es hasta el día siguiente cuando desembarcan.

A las ocho ya estábamos anclados en este puerto. El viento amainó por completo; la niebla aún cubría la parte superior de las montañas de la isla, y el día era oscuro y de lluvia. No tuvimos ninguna comunicación con tierra hasta el día siguiente, y nadie de la isla trató de averiguar quiénes éramos.

El Capitán Aubert du Petit-Thouars realiza una visita el Gobernador del archipiélago. En ese momento el cargo estaba desempeñado por el Mariscal de Campo Juan Manuel Pereyra y Soto-Sánchez, marqués de la Concordia Española del Perú. Además, la tripulación aprovechó la jornada para realizar los aprovisionamientos y trabajos científicos necesarios.

El día 10, después de los saludos de rigor, me fui a visitar al Gobernador General de las Islas Canarias, además de ir en busca de refrescos para la tripulación. M. Tessan, ingeniero hidrográfico de la expedición desembarcó conmigo; inmediatamente fue a instalarse en la casa del señor Brétillard, cónsul de Francia, donde observó la inclinación de la aguja y la intensidad magnética. El tiempo, siempre nublado, no nos permitió hacer las observaciones astronómicas necesarias para poder ajustar los relojes.

Sin embargo el viento que ese día se había levantado del este noreste parecía variar al este y además tomando fuerza, mientras que el mar, en la rada, tenía cada vez más oleaje. Era necesario que lo más pronto posible retomáramos nuestro viaje. Además, a las dos de la tarde, las observaciones ya se habían completado y teníamos los refrescos a bordo, estábamos preparados para continuar nuestro viaje, sin ni siquiera ver el Pico, frente al cual habíamos pasado casi veinticuatro horas antes.

Realizaron compras en las ventas y almacenes de la villa con el fin de llenar las despensas del buque con vistas al largo trayecto hasta Río de Janeiro, próxima escala, que tenían por delante. En total se gastaron 484,33 francos, según las detalladas anotaciones plasmadas en uno de los ejemplares de la obra que narra el viaje.

Esta escala, a pesar de lo corta que fue, nos ofreció varias ventajas; los enfermos se encontraban mejor y la tripulación fue capaz de adquirir, a precios moderados, naranjas y plátanos de excelente calidad. (…)

Una vez estos comentarios pasa a describir la villa santacrucera. De nuevo, y al igual que ya hicieran otros viajeros, describe una ciudad de casas bajas en su mayoría, entorno a la costa, salpicada de molinos y con abundante miseria por sus calles.

Es a los Cartagineses a quienes se les atribuye el primer descubrimiento de las Canarias. Estas islas fueron el límite occidental del mundo conocido en la antigüedad. El Pico del Teide, hoy Tenerife, famoso por su altitud, ha sido visto durante siglos como la montaña más alta de la Tierra. Se le calcula 3.710 metros de altitud a nivel del océano, y se le puede llegar a divisar, con buen tiempo, desde treinta a cuarenta leguas. (…)

Como se sabe las Canarias pertenecen a España. La villa de Santa Cruz, residencia del Gobernador General, puede ser vista como la capital y centro del comercio del archipiélago.

El aspecto de Santa Cruz desde la rada es agradable; la villa se extiende a lo largo de la playa más que hacia el interior; está situada sobre una ladera de pendiente suave al pie de unas montañas muy elevadas de color sombrío. Todas sus casas blancas, en medio de las cuales sobresalen molinos, campanarios y palmeras, ofrecen un panorama agradable  y con encanto.

Desembarcamos en un muelle construido en una buena zona llana. Estaba, en el momento de nuestro escala, en bastante mal estado. El extremo de este embarcadero, cuya dirección principal es este oeste,  está acodado hacia el norte permitiendo así el desembarco al abrigo del mar abierto.  Sin embargo, en días de mal tiempo, ofrece mucha resaca. Solo con buen tiempo es posible el desembarco al sur del muelle, entre las rocas, cerca de la aduana; en cualquier otro lugar esto no es posible a causa del oleaje, que rompe sin cesar.

La villa se encuentra defendida en la costa por varios fuertes y baterías. El Almirante Nelson encontró estas fortificaciones tan imponentes que no pudo vencerlas en su ataque, a pesar de que tenía una buena escuadra. Habiendo ya desembarcado, a la cabeza de un destacamento con la idea de asaltar uno de los castillos, fue repelido y, además, gravemente herido en su brazo derecho que hubo que amputar.

Desde la costa hacia el interior, Santa Cruz se encuentra abierta, sin defensa y dominada desde varios puntos. Las calles, que se cruzan entre ellas en ángulo recto, son estrechas. Hay una bella plaza rodeada de bancos esculpidos para los habitantes que vienen a ella a tomar el fresco. Algunas casas están bien edificadas, revelando opulencia, pero en general las viviendas son pequeñas y de planta baja. Privada de todo carácter distintivo, Santa Cruz se asemeja a cualquier pequeña villa española, con alrededor de siete u ocho mil almas. Una población escasa, muy mísera, con formas y costumbres españolas, repartida por las calles. Lo que más impresiona es la miseria, el principal habitante de este grupo de islas, a pesar de su afortunado nombre.

Comenta tras esto, cómo era el comercio en la localidad y en manos de quién estaba principalmente.

Casi todo el comercio en Canarias está en manos de ingleses  que se llevan la mayor parte de los vinos, algunos de los cuales tan afamados como los de Madeira. Ha habido años en donde la exportación para Inglaterra y la India a llegado a ser de 800 toneladas. Los ingleses despachan, como intercambio, productos manufacturados, cereales y aguardientes.  Este movimiento comercial puede ser tasado en dos millones de francos. (…)

En ese momento España estaba enfrascada en su Primera Guerra Carlista y este hecho es comentado por Aubert du Petit-Thouars, quien deja claro como en la isla no existía ningún tipo de conflicto bélico.

Durante nuestra llegada,  estábamos altamente preocupados por los acontecimiento políticos de España, sin embargo la tranquilidad no fue nunca perturbada.

Cita a la mujer del Gobernador, regalándole halagos y comentado su origen familiar.

Fui recibido de manera muy cortes por el señor Gobernador General Marques de la Concordia, persona de buenas modales. Su mujer, muy bella, es la hija del penúltimo virrey del Perú, Don Abascal; ella es según la expresión de cortesía castellana: una gran dama. (…)

Detalla cómo es la escala y fondeo en la isla según la época del año, así como el suministro de víveres y otros enseres.

La escala en Tenerife no siempre es segura en verano; en invierno más aún; pueden aparecer vientos en alta mar llegando a ser crítica, sin embargo, a partir del mes de enero, los vientos en esta zona son más raros. Los habitantes de Santa Cruz dicen que cuando el viento sopla de alta mar la isla de Canaria se ve más clara y evidente. Estos consejos son aprovechados por los navegantes que frecuentan esta rada, siendo posible hacer escala sin fondear. Están tan acostumbrados al paso de buques, que en dos o tres horas se puede obtener todos los víveres que se puedan desear.

En Santa Cruz se encuentra el mejor agua de las Canarias, es fácil aprovisionarse de ella y en poco tiempo. Solo cuesta una medida de España “la pipa”, incluyendo el precio del transporte. Los bueyes que embarcamos estaban excelentes y la ración nos salió al mismo precio que en Bretaña. Muchos navegantes sufren la escasez y la carestía de las provisiones, sin duda eso pasa aquí como en ningún otro lugar: el precio depende de la abundancia o la falta de los productos, así como de la época del año en la cual se arribe a puerto.

Si bien no considero esta escala como indispensable, la veo al menos como buena para la tripulación y sus beneficios más inmediatos. Estábamos ya por las costas de Brasil y aún teníamos legumbres, naranjas y plátanos de Santa Cruz. Este fondeo ha roto la monotonía de nuestra navegación de una manera útil y agradable.

En la rada santacrucera hay dos navíos fondeados junto a La Vénus que le llaman la atención al Capitán Aubert du Petit-Thouars. Uno de ellos ocupa un lugar destacado en las llegadas históricas a este puerto. Se trata del primer buque de vapor en llegar a Tenerife, el inglés Atlanta, que arribó dos días antes que La Vénus para aprovisionarse de carbón (unas 100 toneladas) durante su viaje al Índico. El segundo de ellos es de nacionalidad francesa y tiene como objetivo llegar a las costas chilenas y peruanas.

Nos encontramos en la bahía de Santa Cruz un vapor inglés armado con destino a la India y el Mar de china, en donde protegerá la navegación comercial de los numerosos piratas que infestan los canales de las Islas Molucas, las de Sonda y otras. Este buque deberá de hacer escala, en caso necesario, en Santa Elena, el Cabo de Buena Esperanza, la Isla Mauricio o en Madrás, para tomar provisiones de carbón.

El navío francés La Delphine, que partió de Burdeos el mismo día que nosotros de Brest, estaba igualmente fondeado en Santa Cruz. Este buque tenía que reparar o cambiar su timón, el cual sufrió una avería durante la tormenta que nosotros acabábamos de sufrir. Tiene como destino Chile y Perú, a donde lleva una abundante carga compuesta de productos de la tierra y bellas manufacturas de Lyon. Lleva además pasajeros, varios de ellos misioneros apostólicos, enviados a la Polinesia por la sociedad de misiones extranjeras de París.

Finalmente, y menos de 24 horas en la bahía de Santa Cruz de Tenerife, La Vénus sigue rumbo hacia el sur. Unos 30 meses de trayecto por delante les restaban a estos marinos y viajeros franceses para poder completar su viaje y misión.

El 10 de enero, a las dos horas, todos los preparativos estaban realizados, zarpamos; se había levantado viento y la mar estaba más gruesa. (…)


 

Si quieren saber más del viaje de estos marinos y científicos franceses en su largo viaje alrededor del planeta no dejen de echar un ojo a los ejemplares de Voyage autour du Monde sur la frégate “La Vénus”.

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