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Centenario del primer enterramiento en el Cementerio de Santa Lastenia

Ene 28, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog, Uncategorized  //  Comentarios desactivados en Centenario del primer enterramiento en el Cementerio de Santa Lastenia

Se acercaba el final del siglo XIX y el viejo Cementerio de San Rafael y San Roque, amenazaba con su saturación. Durante casi todo ese siglo este camposanto había ido acogiendo a numerosos difuntos y tras varias ampliaciones, fue clausurado en 1906, mediante Real Orden del 25 de junio. Años antes, en 1898 y previendo este cercano fin del cementerio capitalino, se autorizaba la creación de una nueva necrópolis que recibiría los finados futuros. Echaba a andar, de manera burocrática y administrativa, el futuro nuevo cementerio de Santa Cruz de Tenerife.

Antes de redactar proyectos y comenzar las obras, hubo de salvarse varios litigios, sobre todo con el Ministerio de la Guerra a cuenta del emplazamiento de las cercanas baterías militares ubicadas en esa zona suroeste de la ciudad, sobre todo la denominada como Alfonso XIII o Barranco del Hierro. Solventados estos contratiempos y ante la acuciante necesidad de un nuevo equipamiento mortuorio, en 1909 se decide la compra de unos terrenos, propiedad del entonces arquitecto municipal, el granadino Antonio Pintor, los cuales reunían las condiciones ideales en cuanto a características edáficas, de influencia de vientos dominantes (al igual que el de San Rafael y San Roque, estaría situado en el extremo opuesto a los alisios), de superficie (se disponían de más de 40.000 metros cuadrados) y, sobre todo, de lejanía a zona urbana (distaban en aquel momento unos dos kilómetros de la casa más cercana).

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Entrada actual al Cementerio, obra precisamente de Antonio Pintor

Pero hubo de esperar unos años a que por fin este nuevo camposanto albergara el reposo de nuevos fallecidos. Sin ver acabadas las obras y ante la inviabilidad de nuevos enterramientos en el viejo cementerio, el Alcalde Casariego ordenó la inhumación de una joven fallecida en la ciudad. Esta chica, de apenas 16 años, tenía por nombre María Lastenia del Pino Rodríguez, y en su honor se procedió, siguiendo la tradición, a bautizar la nueva necrópolis: Cementerio de Santa Lastenia. (en los otros cementerios de la ciudad se siguió con la misma práctica: Cementerio Santa Rosalía de Igueste de San Andrés, por Rosalía Lopez (enterrada en este en noviembre de 1893); Cementerio de Santa Modesta en la Punta de Anaga, por Modesta Álvarez (fallecida en 1937) y Cementerio de Santa Catalina del Sobradillo, por Catalina Díaz (inhumada en él en 1927))

¿Pero quién era esta infortunada muchacha? María Lastenia nació en el año 1900 y poco tiempo después fue recluida en la casa de maternidad de Santa Cruz. En octubre de 1903, con tres añitos, fue dada en adopción, tras solicitud de estos, al matrimonio compuesto por Francisco del Pino Cruz y Josefa Rodríguez. Desgraciadamente, la joven fallece en el invierno de 1916, un 27 de enero. Al día siguiente fue enterrada en la fosa común del estrenado, pero aún inacabado, nuevo cementerio chicharrero. Junto a ella, a lo largo de esa jornada del 28 de enero de 1916 recibieron sepulcro cuatro personas más.

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Placa que recuerda a la joven Lastenia del Pino como primer enterramiento 
del cementerio
(se dice en la placa que carecía de familiares, 
a pesar de que, como hemos visto,  fue adoptada y, por lo tanto, 
tenía padres en el momento de su fallecimiento)

Asistieron a esa luctuosa inauguración, además de los familiares y conocidos de la fallecida, el Alcalde Casariego, el Obispo de la Diócesis, que bendijo esa zona de la necrópolis, el Concejal inspector del Cementerio, el inspector provincial de Sanidad, Sr. Van Baunberghen, y el Secretario del Ayuntamiento, Luis Sarmiento y Carla, quien levantó acta. Además, del acto se dio buena cuenta en la prensa local del día siguiente:

Diario de Tenerife, 29 de enero de 1916

Ayer se efectuó la primera inhumación en el nuevo Cementerio de esta Capital. Muchos años hace que el antiguo Camposanto era insuficiente á pesar de sus sucesivas ampliaciones; pero dificultades de diversa índole que no son desconocidas por nuestros lectores, habían hecho imposible al Ayuntamiento, disponer de terreno adecuado para los enterramientos.

Hallóse este al fin, y se comenzaron las obras; pero como antes de estar terminadas se presentó el conflicto de no ser ya posible efectuar ni un enterramiento en la fosa común del antiguo cementerio, el Alcalde señor Casariego, allanando dificultades y precipitando trámites solucionó ayer el conflicto.

Un lustro más tarde del fallecimiento de Lastenia, el 1 de febrero de 1921, el ayuntamiento capitalino, bajo el mando del Alcalde Mandillo Tejera, acordó por unanimidad la concesión a perpetuidad y de manera gratuita de los terrenos en donde reposaban los restos de la joven a su padre Francisco del Pino, en atención a haber sido el primer cadáver inhumado en ese cementerio.

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Cementerio de Santa Lastenia en la actualidad

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Los Semáforos marítimos de Santander

Ene 22, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   asotavento.com, Blog  //  Comentarios desactivados en Los Semáforos marítimos de Santander

Cuando otros países cercanos (Francia, Italia, Inglaterra…)  podían presumir en esos momentos de contar ya con varias decenas, en España se iniciaba, allá por los años 70 del siglo XIX, la instalación de estaciones semafóricas costeras, adaptándose con ello al devenir de los tiempos. La invención del telégrafo, a mediados de ese siglo, fue sin duda uno de los causantes del surgimiento y desarrollo de estas nuevas infraestructuras, que uniendo esa comunicación por cable con la utilización de banderas, adaptándose al Código Internacional de Señales, complementaban las labores marítimas y militares que ya venían ejerciendo los faros y fortificaciones defensivas costeras. De esta manera, surge la necesidad de establecer Semáforos en nuestro litoral, al igual que ya ocurría en otras costas europeas y americanas.

Apenas dos meses después de la Revolución de 1868, La Gloriosa, que inició el llamado Sexenio Democrático, el entonces Ministro de la Gobernación, el ingeniero y político liberal Práxedes Mateo Sagasta, firma un decreto de fecha 28 de noviembre que afectaría al servicio telegráfico en el país. Esta figura legal menciona a los semáforos, al estar muy relacionados con el servicio telegráfico que en esos momentos estaba en expansión y desarrollo por toda España. El preámbulo dice:

Otra aplicación, no menos importante quizás, es la que en otros países se hace a las señales marítimas que anticipan al comercio datos y noticias convenientes a sus cálculos, al par que tranquilidad o consuelo a las familias. Todos los Estados de Europa cuentan ya en sus costas un número considerable de estaciones semafóricas, y España no tiene ninguna. Sin embargo, por su situación en los confines occidentales de esta parte del mundo, centinela avanzado sobre ambas Américas, debería haberse adelantado, en bien del comercio universal, a adoptar este progreso científico y material de nuestros tiempos.

Como vemos, se deja claro que España no posee ninguna estación de este tipo en ese año y sonroja a los políticos del momento ver como naciones vecinas, sobre todo Francia, ya tenían diseñada e implantada una red de estaciones semafóricas a lo largo de costas. En este Decreto solo un punto del articulado hace referencia a estas instalaciones. Se trata del nº5, punto 2, en el que:

Se autoriza a la Dirección General de Telégrafos. Para situar estaciones semafóricas en los puntos más oportuno de nuestras costas, principiando por las de Tarifa y Cabo de Finisterre o Estaca de Vares.

Unos años más tarde, el día de San Fermín de 1872, el Rey Amadeo I de Saboya firma un decreto, redactado por los ministros de Gobernación, Ruiz Zorrilla, de Marina, Beránguer, y de Ultramar, Gasset y Aitime. Esta figura normativa fue redactada y aprobada tras la creación de una Comisión Mixta compuesta por funcionarios de los tres ministerios que se encargaría de organizar, situar y reglamentar las estaciones electro-semafóricas a instalar por nuestras costas. En este momento Francia ya contaba con 127 y más de 30 Italia. España, como vemos, estaba pues a la cola en cuanto al desarrollo de este servicio de entre los países de nuestro entorno.

Y por fin, de manera articulada comienza a organizarse y reglamentarse la implantación y uso de los semáforos en el litoral español. De hecho, el primero de los 12 artículos del Decreto dice: El Gobierno establecerá en el litoral de las costas de la Península é islas adyacentes los semáforos necesarios para las atenciones de este servicio y, además, se procurará unir telegráficamente, siempre que sea posible, las estaciones semafóricas con la red telegráfica de la Nación (artículo 2º).

Se daba el pistoletazo de salida a la puesta en marcha de una red de Semáforos que llegaría a vivir casi un siglo y que llegó a contar con más de una decena de estaciones. Así, el 12 de junio de 1873 entraba en servicio el Semáforo de Tarifa, emplazado en lo alto del Castillo de Guzmán el Bueno, al que seguirían otros más en los años siguientes, por citar algunos: Cabo de San Antonio (Alicante), Estaca de Bares (La Coruña), Finisterre (La Coruña), Llobregat (Barcelona), Cabo Begur (Gerona), Cabo Bajolí (Menorca) e Igueste de San Andrés (Tenerife), del que ya hablé en un artículo anterior.

Pero fue precisamente la costa santanderina la que vería funcionar la segunda de las estaciones semafóricas del litoral español. Así, el miércoles 30 de septiembre de 1874, poco más de un año después del de Tarifa, comenzaba a funcionar el Semáforo de Santander. Se le buscó emplazamiento en la entrada a la bahía, con amplia visión a esta (en donde está el puerto) y al Cantábrico. El lugar, el extremo de la Península de la Magdalena, que eran terrenos militares en aquella época, sobre el solar en donde estaban los restos del Castillo de Hano, situado en el cabo del mismo nombre (término de origen pagano). Esta fortificación, tomada en ese momento por los franceses, al igual que el resto de la ciudad, fue derribada por  los ingleses en julio de 1812 durante la toma de Santander, debido a un certero y continuado bombardeo desde la isla de Mouro, en donde habían desembarcado previamente, estableciendo en ella una batería temporal.

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Semáforo y al fondo la Isla de Mouro
(Fuente: La ilustración artística, 25 de diciembre de 1893)

Así, este Semáforo iniciaba sus avistamientos y comunicaciones, siendo desde ese momento una infraestructura más de las distribuidas en esa península, junto al Faro de la Cerda, la Estación de Salvamento de Náufragos, la estación Meteorológica y el Mareógrafo, y pasando inmediatamente a ser un elemento más de la ciudad y su puerto.

La inauguración fue precisamente ese último día de septiembre, por la tarde. Los asistentes al acto fueron en coches desde el centro de la ciudad, cruzando el Sardinero y llegando a pie hasta el Semáforo desde el Polvorín. La idea inicial era que estos fueran en un vapor destinado a tal fin, pero el fuerte viento de sur que azotaba esos días impidió el traslado en barco hasta la zona. Algunos de estos ilustres invitados fueron: el Gobernador Civil y el Militar; el Jefe de Marina de la provincia; Pablo Larrinaga, en representación del Ayuntamiento; varios Oficiales del cuerpo Administrativo de la Armada; Juan López del Rivero, Ingeniero Jefe de caminos de la provincia; Juan Orense, Director facultativo de las Obras del puerto y José Redonet, Subinspector de telégrafos; además de representantes de la prensa local y la vida social y cultural de Santander.

Comenzó el acto con una comunicación efectuada con el buque “Portugalete”, que había salido a la mar, ex profeso, a una distancia de seis millas de la costa. Además y como broche final tras discursos y solemnidades, el Gobernador Civil dirigió telegramas al Presidente del Gobierno y a los ministros de Gobernación, Guerra y Marina, dando fe del acto y certificando con ello la conexión de esta estación con la red telegráfica.

El edificio del Semáforo, pintado con rayas negras y blancas, contaba con varias salas y habitaciones destinadas al trabajo y residencia del funcionario del cuerpo de telégrafos destinado en él. Además, en el exterior se disponía de un conjunto de mástil, cruceta, verga, drizas, jarcias, etc, indispensables para efectuar la comunicación con señales de banderas con los buques.

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Vista del Semáforo de Santander, en la costa NE de la Península de la Magdalena 
(a la izquierda la Isla de Mouro)
(Fuente: La Ilustración Española y Americana, 8 de octubre de 1874)

Además, desde este estratégico punto de formidable panorámica hacia el mar, se llegaba a ver el Cuartel de María Cristina en donde estaba situada la Atalaya desde donde se daba aviso a Capitanía del Puerto y la Comandancia de Marina de la llegada de buques. Ese antiguo cuartel hoy lo ocupa en parte el Parque María Cristina y cercano a él queda en la toponimia callejera de la ciudad la “Cuesta de la Atalaya”.

Pero antes de que acabara el siglo XIX, en pleno conflicto hispano-estadounidense en batalla por las españolas islas de Cuba, Puerto Rico, Flipinas y Guam, surge la necesidad de emplazar un nuevo Semáforo en otro punto del litoral santanderino. El lugar elegido: a unos 120 metros tierra adentro de los acantilados de Cueto, entre el Faro de Cabo Mayor, que llevaba en servicio desde 1839, y La Maruca. A escasos 250 metros del “Puente del Diablo” (desaparecido hace unos años). De esta manera a las 12 de la mañana del 1 de julio de 1898 se celebró en la Alcaldía del Ayuntamiento de Santander la subasta para la construcción de esta nueva estación electro-semafórica, con un prepuesto de salida de 13.473,32 pesetas (anuncio oficial publicado en el BOP del 24 de junio de 1898). Y un año después, entraba en funcionamiento este otro Semáforo. El 15 de julio de 1899 dejaba de funcionar el de la Magdalena y unos días más tarde comenzaba a utilizarse el de Cueto, que ya estaba construido y dispuesto a desempeñar sus tareas.

El originario Semáforo de la Magdalena desapareció, desconozco la fecha exacta, lo que sí está claro es que en su entorno se llegó a construir en 1898 una batería defensiva para la protección de la ciudad durante el ya citado conflicto entre España y los EEUU y ya en el siglo XX, en 1909, comenzaban en ese mismo lugar las obras del hermoso Palacio de la Magdalena.

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Punta de Ano, en la Península de la Magdalena, 
primero con el Semáforo y después con el Palacio en ese mismo lugar
(Fotos extraídas de eltomavistasdesantander.com)

Es de suponer pues que entre esas fechas, 1899, en que dejó de prestar servicio, y 1909, el edificio y su mástil fueron retirados. Una prueba de que recién comenzado el siglo XX siguiera en ese lugar es un mapa impreso en 1901 y que sitúa en la Magdalena, en la Punta de Ano, el castillo homónimo y el Semáforo.

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Mapa de Santander y detalle de la península de la Magdalena
(Fuente: España y Portugal 1901. Manual para viajeros por Karl Baedeker)

Como vemos, durante el siglo XX, por lo tanto, ejerció sus faenas el Semáforo de Cueto, precisamente hasta finales de la década de los años 60. Entre los cometidos de los semaforistas (que figuraban dentro del Cuerpo de Suboficiales de la Armada) estaban, además del avistamiento de navíos y la comunicación con estos y la Comandancia, dar aviso de cualquier incidencia que se produjera a su vista así como la observación periódica (varias veces al día) de la mar y la meteorología. De esta manera se tienen referencias según la prensa de la época de los partes que se emitían desde esta estación, al igual que hacían las otras situadas por el litoral español, y todas ellas destinadando este cometido oficialmente al Real Instituto y Observatorio de la Armada de San Fernando, Cádiz. Veamos dos de estos partes que se llegaban a publicar en la prensa escrita de los años 30

La Región, 15 de febrero de 1933

Semáforo de Santander: Bar. 757. Ter. 9. Ventolina Sur. Marejada Nordeste. Horizonte cubierto. Lluvioso.

La Región, 27 de abril de 1934

Semáforo de Cabo Mayor: Barómetro, 755; ter., 11. Fresquito, gruesa, N. O., cubierto, chubascoso

Este edificio, en el que probablemente vivirían los semaforistas acompañados de sus familias como ya ocurría en otras estaciones litorales “hermanas”, fue reformado en varias ocasiones. Por citar algunas de ellas en 1916, que se revocaron los muros Norte y Oeste, y en 1936. Actualmente de él solo queda su mástil, hoy situado en los jardines frente a la fachada principal de la Escuela Técnica Superior de Náutica de Santander. En el solar  que antaño ocupó el Semáforo de Cueto hoy está emplazada el edificio de la Sede Territorial de Cantabria de la Agencia Estatal de Meteorología. (ver ubicación: en google maps)

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Sede Territorial de la AEMET, situada sobre el solar que ocupó el Semáforo de Cueto

Curiosidades de la vida, a medio kilómetro de este lugar hoy llama la atención de todo aquel caminante que discurra por el sendero litoral de esta costa cántabra un solitario panteón vacío, rodeado de prados y al filo del acantilado. Se trata del popularmente conocido como “el Panteón del Inglés“. (ver ubicación: en google maps)

Este panteón, que no alberga restos humanos, fue construido en 1892 por encargo del telegrafista y autor teatral y poeta gaditano José Jackson Veyán en memoria de su amigo, el inglés William Rowland, nieto del profesor Robert Rowland Hill, autor del primer sello postal de la historia, fallecido en ese mismo lugar en septiembre de 1889. La escritora Aurora Matilde Gómez Camus, más conocida como Matilde Camus, en su obra “Historia del Lugar de Cueto” nos reproduce parte de un libro de notas de Jackson Veyán, “Breves apuntes”, que relata el accidente:

Mi estimado amigo de la infancia, William Rowland, nieto del famoso profesor inglés Sir Robert Rowland Hill, coterráneo y gran amigo, éste, de mi abuelo paterno, era uno de mis más asiduos visitantes durante los meses de estío e incluso en el otoño. Lamentablemente, en septiembre de 1889, cuando Rowland y yo cabalgábamos tranquilamente cerca del acantilado, mientras el mar, con mayor furia que de costumbre rompía con estruendo sobre las rocas, el caballo que montaba mi amigo se asustó de tal forma que le derribó. A consecuencia de la fuerte caída sufrió un duro golpe en la cabeza, con rotura craneana, que le produjo la muerte instantánea. En tanto el caballo, por su propio peso, rodaba despeñándose contra las rocas. A petición de la familia, ocupándome de todo y en resistente caja mortuoria, el cadáver de Rowland fue trasladado prontamente a Inglaterra.

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Prados junto a la costa de Cueto, al fondo el Panteón

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Panteón del Inglés

Este panteón hoy solitario y enigmático nos recuerda este trágico y mortal accidente del verano de 1889, si bien no ha sido el único en esa zona. Estos acantilados, tan frecuentados por pescadores y mariscadores, han visto como el mar se tragaba a estos valientes enriscados en esas verticales rocas calizas. Uno de ellos fue un vecino de Cueto, el 24 de julio de 1918. Así nos lo relata el periódico “El Debate” del día siguiente, festividad de Santiago, patrón de la ciudad de Santander.

Castilla la Vieja

Santander 24.   En el vecino pueblo de Cueto hallábase pescando percebes en las peñas del Semáforo un vecino de dicho pueblo, cuando una ola lo arrastró, desapareciendo en el mar.

Vemos, por lo tanto, como Santander puede presumir, de entre las ciudades y puertos de nuestras costas, de haber disfrutado de dos Semáforos Marítimos, en la Magdalena y en Cueto. Nada queda hoy de ellos (salvo el ya mencionado mástil), ni apenas es hoy conocida su existencia en la historia de Santander. Sirva este artículo para rendir homenaje a todos aquellos que trabajaron de una u otra manera en la implantación de ambas estaciones, pero sobre todo, a esas decenas de semaforistas que durante horas y horas cada día, ejercieron su trabajo en el interior de ambos edificios y sus aledaños. Especialmente a todos ellos y a sus acompañantes familias, va dedicado, como digo, este artículo.


Fruto de este artículo fue publicado el siguiente reportaje en “El Diario Montañés” del domingo 18 de septiembre de 2016:

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Semáforos marítimos en mitad de la capital

La mayoría de los semáforos están en ruinas o desaparecidos


El viejo camino a Igueste desde San Andrés

Dic 23, 2015   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Anaga, Blog  //  Comentarios desactivados en El viejo camino a Igueste desde San Andrés

El macizo de Anaga se nos presenta a la vista como una agreste península situada en el noreste de la isla de Tenerife, dominada por un rosario de intercalados barrancos y crestas y limitada por verticales acantilados, pintorescas playas de arena negra y roquedos sinuosos. Con estas condiciones del relieve no es de extrañar las deficientes comunicaciones con el resto de la isla padecidas por la población local durante varios siglos. Igueste de San Andrés es uno de esos núcleos que ha sufrido la lejanía que suponen las restricciones y dificultades de esta majestuosa orografía, pese a estar cerca e incluso viendo desde él a la villa y puerto de Santa Cruz de Tenerife.

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Igueste de San Andrés y costa sur del macizo de Anaga
(al fondo Santa Cruz de Tenerife)

Esto ha supuesto que la comunicación con Santa Cruz se haya realizado principalmente durante varios siglos por vía marítima. Era, sin lugar a dudas, la manera más rápida y segura de ir y venir desde la villa chicharrera, pudiendo ya en la plaza establecer comunicación con otras zonas de la isla ya por caminos o carreteras. De este modo, personas y mercancías (plátanos, tomates, mangos, etc) partían desde Igueste en modestas naves a vela, remo y motor, según la época y el buque, claro está.

Fue clave para Igueste la mejora de la comunicación por mar que propició la construcción del embarcadero levantado por el Ministerio de Fomento a mediados de 1888 (comenzaron las obras en agosto del año anterior). Este pequeño muelle formaba parte de las infraestructuras necesarias para la instalación en la atalaya iguestera del Semáforo de la Armada, que entró en funcionamiento unos años más tarde, concretamente el 4 de diciembre de 1895. Así, se edificó este dique y desde él una nueva vereda que ascendía hasta el edificio militar, de un metro de anchura (en algunos tramos se llega a superar esta medida) y con canal de desagüe de aguas de escorrentía en el lateral interior del camino. Tan extraordinario era (y es) este sendero en comparación con el que llegaba desde San Andrés por la costa y otros de la zona que los vecinos de Igueste lo apodaron (y continúan llamando) “la carretera”.

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Restos del embarcadero ligado al Semáforo de Igueste

Pero existía de manera paralela una comunicación vía terrestre con el resto del macizo y La Laguna, a través de la cumbre, y con Santa Cruz, gracias a una estrecha, sinuosa y peligrosa vereda costera, literalmente colgada en el acantilado, y que llegaba a San Andrés para allí tomar el camino del litoral que conducía a la villa. Este sendero fue utilizado desde la conquista y supuso hasta el primer tercio del siglo XX la única manera de conexión terrestre de Igueste con su vecino San Andrés y, por ende, con Santa Cruz de Tenerife.

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Postal antigua con una imagen del camino a su paso por la Punta de Los Órganos
(Las Teresitas, San Andrés)

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Estado actual de esta misma zona de la Punta, 
aún con restos del sendero en la ladera

Tras atravesar la Punta de los Órganos, superaba a media altura la ladera que desciende a la playa de Las Gaviotas para, más adelante, atravesar el barranco de Valleseco, la Hoya del Agua, sobre la playa de la Fuente de la Cueva, y con ello llegar hasta el barranco del Balayo. Una vez ahí, superada la mitad del recorrido, continuaba sobre el acantilado, cruzaba el barranco de Tagarga y llegaba por fin, tras unos cinco kilómetros de itinerario, hasta Igueste.

Así nos relatan algunos de los muchos viajeros que se adentraron antaño en el macizo de Anaga, su paso por este escabroso sendero:

Dos años en las Canarias (Charles F. Barker)

El viajero y vendedor de biblias británico Charles F. Barker recaló en Canarias allá por el mes de septiembre de 1885, vía Tánger. Tras una estancia en Gran Canaria, visita también La Palma y Tenerife. En uno de sus viajes por estas tres islas vendiendo biblias en castellano y bilingües, se adentra en Anaga, partiendo de Santa Cruz, lo que le permite visitar varios núcleos, entre ellos Igueste, tras su paso por San Andrés. Así nos relata:

Después de comprar pan, seguimos adelante por el borde del mar y por unos agrestes acantilados cortados a pico, llegando al Valle de Igueste alrededor de las 5:30.

Revista “Artes y letras” (Pedro Maffiotte) 31 enero 1903

En esta revista, el cchicharrero Pedro Maffiotte llega hasta Igueste, con el objetivo de ascender a la atalaya y visitar el Semáforo y el “bujero del Robado”. Nos relata así su paso por el camino en cuestión:

Subidas, bajadas, pedruscos, tropezones, todo eso hay que pasar, faldeando unas tremendas montañas acantiladas para llegar a Igueste, donde no me detuve más que un momento para tomar un vaso de agua y vino en un ventucho y adelante siempre por la orilla del mar, sobre piedras resbaladizas y musgosas, hasta llegar a cien metros casi del tal Roquete …. alto! De aquí no se pasa, sino nadando o volando.

 La isla de Tenerife: su descripción general y geografía (Juan López Soler)

En 1906 sale a la luz la obra “Descripción de Tenerife”, sin duda la más destacada del militar ferrolano Juan López Soler. Tras ser destinado a la Capitanía General de Canarias en 1898, con empleo de capitán, permaneció en las islas un año y medio aproximadamente, dedicando especialmente sus labores a tareas topográficas. Esto le sirvió para recorrer multitud de caminos y carreteras visitando con ello el amplio número de núcleos y barrios que salpican Tenerife, isla en donde pasó la mayor parte de su estancia canaria. A Igueste llega desde el vecino barrio de San Andrés por un camino costero, relatado de la siguiente manera:

El camino que por la costa se dirige a Igueste, es sumamente accidentado, teniendo pasos muy difíciles; cruza el Barranquillo de Tras de la Arena, el de Las Yeguas, Barranquillo de Herradores, hasta llegar al de Igueste en donde se encuentra el caserío del mismo nombre, pasando por la parte baja de Los Órganos, abruptas rocas que cortadas a pico se encuentran a la izquierda del camino.

Las islas Canarias: descripción de Tenerife (Louis Proust y Joseph Pitard)

Louis Proust y Joseph Pitard fueron dos viajeros e intelectuales franceses que visitaron el archipiélago en los años 1905 y 1906. Louis era botánico y docente, además de reputado investigador. Joseph estudió derecho y desempeñó varios cargos políticos en el país galo. Ambos caminaron varias jornadas por el macizo de Anaga y llegan a Igueste desde la cumbre, tras visitar el Faro, en lo alto de Roque Bermejo. Nos relatan su paso por este rincón de la isla de la siguiente manera:

Hay que echar cinco o seis horas de marcha a través de estos parajes, que desafían cualquier descripción, antes de llegar a Igueste, pequeño valle verde en cuyo fondo se agrupan algunas casitas de pescadores. Más allá de Igueste no dejamos de bordear el mar, tanto por una playa de arena negra que nos quema los pies como por unas elevadas cornisas, siempre atravesando hondonadas y barrancos, y no tardamos en bajar a San Andrés, desde donde una excelente carretera conduce rápidamente a Santa Cruz.

Viaje a las Islas Afortunadas: Cartas desde las Canarias en 1879 (Jules Leclercq)

El viajero belga Jules Leclercq realiza un recorrido por varias islas del archipiélago centrándose en Tenerife. De esta manera recorre el macizo de Anaga y en su relato entre el Faro de la Punta de Anaga y San Andrés nos cuenta:

(…) pasado Igueste, vamos siguiendo la orilla del mar, unas veces, por la playa; otras, por cornisas suspendidas en el aire, yendo de valle en valle y de barranco en barranco.

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Mapa en el que se encuentra representado el sendero entre San Andrés e Igueste,
que aparece en la obra: Wanderungen im canarischen Hoch und Tiefland  (1896)

Pero, al igual que a otras zonas de la isla, tarde o temprano la carretera y con ello los automóviles habrían de llegar hasta este apartado rincón de Anaga. Primero el necesario tramo Santa Cruz-San Andrés, que en 1886 llegaba hasta El Bufadero y unos años más tarde completaría recorrido en San Andrés (después se construiría la vía hasta Taganana, a donde llega en 1939).

Arranca el siglo XX y en 1911 se inician los trámites de construcción de un camino vecinal de San Andrés a Igueste. Así ese año se publica en el Boletín Oficial de la Provincia la declaración de utilidad pública de esa vía. Pero el proyecto no sale adelante. Un par de años más tarde, incluso desde Igueste se solicita que la carretera proyectada a Taganana cambie su recorrido. Así, se insta a que esta vía llegue a Igueste, suba hasta la cumbre para después descender hasta Benijo, atravesar Almáciga y así llegar a su destino. Este proyecto, como todos sabemos no se llegaría a culminar. Finalmente en 1921 se aprueba un proyecto de carretera a Igueste con un presupuesto de 242.777 pesetas. Al año siguiente se inician las obras. Se abre, pues, una pista en los años 20, que sería asfaltada en los 40. Llegaba así, por fin, la carretera al núcleo iguestero y con ello la vieja vereda que partía desde San Andrés por Los Órganos y El Balayo comenzaría su fallecimiento y desaparición.

En la actualidad algunos tramos de elle resisten al paso de tiempo, los derrumbes, la vegetación y las lluvias. Desde la carretera pueden verse aún pequeñas secciones del camino, dándonos la idea de cual peligroso era el tránsito por él y lo colgado que iba a través de esta accidentada costa, plagada de acantilados y escarpes verticales. Veamos algunas imágenes actuales tomadas desde la carretera (TF-121) todas ellas repetidas al llevar representados con lineas de puntos los tramos que aún hoy se pueden encontrar, afinando la vista y con algo de intuición, claro está.

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Solitario raíl

Dic 17, 2015   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   asotavento.com, Blog  //  Comentarios desactivados en Solitario raíl

Inoperativo, inútil e ineficaz. Así es un solo raíl sin su paralela pareja.

Los márgenes del litoral de los puertos siempre han estado ligados al ferrocarril y la costa chicharrera no podía ser menos. Entre el barranco de Santos y San Andrés varios kilómetros de lineas férreas fueron utilizadas como necesarias herramientas de transporte de las miles de toneladas de piedra y tierra arrancadas de las laderas bajas de las montañas del sur del macizo de Anaga. El objetivo, realizar las labores de relleno y construcción de dársenas y muelles del puerto de Santa Cruz de Tenerife. Este material era originario de las entrañas de las montañas de Altura, La Jurada y Los Pasitos (Jagua), horadadas una vez concluida la extracción de piedra bajo el Toscal frente a lo que hoy es la Avenida Francisco La Roche, en el enclave conocido como San Pedro, junto al castillo de igual nombre.

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Cantera de La Jurada y raíles junto al litoral

De esta manera, al expandirse el puerto hacia el norte y la necesidad de perforar laderas rocosas cada vez más alejadas del centro, se llevó una línea de ferrocarril hasta el Bufadero y así poder repartir por el litoral las toneladas de piedra extraídas de La Jurada, bajo la Mesa del Ramonal. Así en la última década del siglo XIX comienzan los trabajos en esta cantera al norte de la desembocadura del barranco de Valleseco, llevándose a cabo la primera voladura el 28 de noviembre de 1899.  Es en esos años cuando se lleva hasta esa zona el indispensable ferrocarril.

A mediados del siglo XX surge la necesidad de mejorar la carretera de acceso a San Andrés y el litoral de Santa Cruz comienza a cambiar. Son derribadas las fortificaciones de San Pedro, San Miguel, San Antonio, así como diversas edificaciones e infraestructuras hasta ese momento ligadas al puerto. Surgen pues nuevas necesidades y, además, la extracción de piedra en La Jurada se fue aminorando con el paso de los años. De esta manera fueron desapareciendo los muchos rieles que se tendían a lo largo de la ribera marítima chicharrera.

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Líneas de ferrocarril junto al Puerto de Santa Cruz
(actual tramo frente al Edificio de Junta Obras del Puerto)

Pero a veces, paradojas de la vida, surge el milagro. Junto a la carretera de San Andrés, actual TF-11, frente a los viejos y ruinosos Balneario y batería del Bufadero, se encuentra hoy en día, arrinconado en la cuneta, un tramo de apenas 20 metros de aquellos viejos raíles de oxidado hierro. Se nos presenta como lo que es, un vestigio de lo que antaño fue una zona de inmenso trajín de piedras, vagonetas y canteros. El pobre riel, hoy solitario y olvidado, nos mira desde el suelo, y nos cuenta, sin decirnos nada, como de útil fue hace un siglo, cuando, unido junto a sus hermanos, propició la expansión portuaria y el desarrollo económico de una ciudad, Santa Cruz de Santiago de Tenerife, ligada a su costa y a su puerto.

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Estado actual del raíl que aún permanece en el borde de la TF-11, frente Balneario

Y gracias a fotografía antigua podemos ver o al menos situar en imágenes pasadas a este desamparado raíl. Así, en la siguiente figura podemos hacernos a la idea de como era esa zona del Bufadero, ligada a la cercana cantera de La Jurada. Quizás nuestro amigo sea uno de esos rieles sobre los que una locomotora sale del oscuro interior de un edificio. Quizás.

Poco queda de esa imagen además del raíl motivo de este artículo. Sí podemos ver a la derecha, detrás de unos arboles, a la centenaria batería del Bufadero. Además, si hoy en día observamos in situ la zona con detenimiento podemos encontrarnos con el edificio que aparece a la izquierda de la fotografía. Actualmente está muy cambiado. Pintado de blanco y rodeado de tuberías, pero sigue conservando la puerta y los ventanales del pasado, tal cual se nos muestra en la imagen.

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El Bufadero y las líneas de ferrocarril que discurrían por esa zona

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Detalle de la imagen de la zona en donde está situado el raíl en cuestión

En esta zona precisamente tuvo lugar un fatal accidente en el verano de 1928. Un muchacho de 24 años, residente en Villa Benítez y de nombre Nicolás Hernández, sufrió la amputación del pie izquierdo al ser atropellado en una de estas vías. Y es que Nicolás, dedicado a la extracción de arena en las playas de la zona, tras el almuerzo se echó una siesta, seguro que merecida, a la sombra de un árbol, como solía hacer cada día. La mala suerte vino cuando el chico ya dormido dejó una de sus piernas sobre uno de los muchos raíles que por allí había, con la mala suerte que, sin darse cuenta ni él ni el maquinista, una de las ruedas traseras del último vagón arrolló ambas extremidades inferiores. Los gritos del fatídico despertar del bueno de Nicolás frenaron la marcha del tren y tras ello fue llevado a la Casa de Socorro primero y al Hospital Civil después. Los doctores García Ramos y Robayna le realizaron la amputación del pie izquierdo y practicaron curas en el derecho, que tenía varios huesos fracturados. El suceso, como es lógico, fue puesto en conocimiento de la Justicia.

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Extracto del periódico "El Progreso" del 5 de julio de 1928

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Les propongo pues que hagan una visita a este solitario raíl, situado a apenas 250 metros de la locomotora F-6 (de la cual ya hablé en un artículo anterior), expuesta junto al litoral de Valleseco y que seguro discurrió sobre él en innumerables ocasiones.

Si no, al menos lo podrán ver cómodamente desde su pantalla de esta manera:

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