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José Hernández Arocha, el héroe tinerfeño de “Los Últimos de Filipinas”

Abr 2, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en José Hernández Arocha, el héroe tinerfeño de “Los Últimos de Filipinas”

He de confesar mi pertenencia al clan de los “ministericos”. Esa masa de telespectadores que cada comienzo de semana se aferra al televisor, al monitor de su ordenador o a la tableta, ávidos de aventuras temporales a través de la historia de España. Hace poco más de un año comenzó mi enganche a una serie, “El Ministerio del Tiempo”, de guión ingenioso y relatos ocurrentes. El Empecinado, Cervantes, El Cid, Lope de Vega, Napoleón, Heinrich Himmler, Lorca, y muchos otros personajes de nuestra historia han llegado a las pantallas a lo largo de las dos temporadas de esta serie de culto, talento y personalidad. Y los que quedarán por llegar, porque el segundo ciclo de capítulos aún no ha acabado.

El pasado lunes 28 de marzo de 2016 “El Ministerio” se trasladaba, y nos llevaba con él, a la Filipinas de 1898 (Capítulo 15: ver aquí a la carta). En esa colonia española al otro lado del globo se llevó a cabo parte de aquel Desastre del 98 con el que (por fin) acababa un siglo, el XIX, que comenzaba con la derrota en Trafalgar y nos sumía en guerras, alternancias de gobernantes y jefes de estado y retraso en el camino a la modernidad que otros países europeos ya comenzaban a recorrer.

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A finales de 1897 el Pacto de Biak-na-Bató llegó a apaciguar el conflicto que España mantenía contra los rebeldes filipinos que luchaban por su independencia y eso trajo consigo la salida de tropas españolas del archipiélago. De ahí que se “relajaran” las labores defensivas militares y, entre otras cosas, los alrededor de 400 hombres que custodiaban Baler fueran relevados por una guarnición de unas decenas de efectivos. Iba avanzando el primer semestre de ese año 98 y se encadenarían una serie de episodios que llevarían a nuestro país a entrar en guerra contra los EEUU. Estos rearmaron y financiaron a los insurrectos filipinos que volverían a actuar contra el destacamento español. Los hombres que seguían en Baler, bajo el mando del Capitán de Infantería Enrique de las Morenas y Fossi, desconocían esta nueva situación y el 30 de junio de ese 1898, al verse atacados por los tagalos, decidieron refugiarse en la Iglesia de San Luis de Tolosa, el edificio más fortalecido de todos los que existían en el poblado en ese momento. (había sido construido con gruesos muros exteriores ya que la anterior parroquia había sido destruida por un tsunami años antes)

Así, ajenos a la realidad bélico-política (Filipinas ya estaba independizada desde varios días antes, el 12 de junio) comenzaron una defensa numantina de su modesto fuerte durante 337 largos y tediosos días, hasta el 2 de junio de 1899. Racionaron las municiones y, por supuesto, la comida. Tenían una relativa buena despensa de garbanzos, arroz, latas de sardinas, pero a medida que fueron pasando los meses tuvieron que basar su dieta en hierbas y matas cocidas, ratas, serpientes, lechuzas, perros y todo bicho viviente que discurriera por esos reducidos lares.

Durante esos 12 meses de asedio, concluyó la Guerra Hispano-Estadounidense al firmarse el Tratado de París el 10 de diciembre, comenzó otra en febrero siguiente entre los EEUU y Filipinas, que duraría hasta 1902, y España, mientras, trataba de liberar a aquellas decenas de compatriotas sitiados en una humilde iglesia, que pasarían a ser reconocidos popularmente en la historia como “Los últimos de Filipinas”.

Durante esas 50 semanas de los 60 hombres, entre militares, sanitarios y religiosos que se refugiaban en Baler, 15 murieron de beriberi o disentería, 2 por heridas de combate, 6 desertaron y 2 fueron fusilados tras ser declarados culpables de intento de deserción.

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Uno de los supervivientes, el entonces Teniente Martín Cerezo,
llegó a relatar aquellos días de asedio en "El sitio de Baler"
que en esta edición fue prologada por Azorín


Dentro de la ilustre lista que componen los 35 supervivientes del sitio de Baler aparecen dos canarios, uno de cada provincia (en aquel destacamento figuraban también los soldados Rafael Alonso Mederos, de La Oliva, y Manuel Navarro de León, de Las Palmas, pero ambos fallecieron de beri-beri el 8 de diciembre y el 9 de noviembre de 1898, respectivamente).

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Foto de 32 de los supervivientes del "Sitio de Baler"
(falta el médico Rogelio Vigil de Quiñones)

José Hernandez Arocha: nº 22
Eustaquio Gopar Hernández: nº23

Uno de ellos era Eustaquio Gopar Hernández, nacido en Tuineje el 2 de noviembre de 1876. Este joven labriego se embarca rumbo a Filipinas tras enrolarse en el ejército, regresando, tras su valiente actuación en el asedio, a su isla natal en donde moriría el 25 de octubre de 1963, habiendo llegado a ser alcalde de Tuineje en dos ocasiones e incluso juez de paz. El otro de los canarios que sobrevivió en Baler fue el tinerfeño José Hernández Arocha. Hijo de Eulogio Hernández y Antonia Arocha este joven campesino lagunero, nacido el 18 de septiembre de 1876, se enrola como quinto en 1895, formando parte más tarde de las tropas que marchan a Filipinas como soldado de 2ª.

José había llegado meses antes a Filipinas combatiendo, entre otros lugares, en Parañaque e Imús. Junto a sus ya célebres compañeros fue destinado a Baler saliendo hacia ese poblado el 7 de febrero de 1898, a donde llegarían seis días más tarde. Formaba parte de un destacamento de 54 hombres, bajo el mando de un capitán, dos segundos tenientes y un médico. Durante esos casi 12 meses, Hernández colaboró en la vida y defensa de una guarnición sitiada por los insurrectos filipinos y necesitada de víveres y agua. Precisamente él fue quien participó en la excavación de un pozo que se realizó en el patio de la casa del cura (que estaba adosada a la iglesia) logrando agua para todos los días de estancia en su refugio. Además, el joven soldado construyó un horno realizado con materiales del piso de la iglesia y tierra.

Ambos jóvenes canarios regresan a España junto al resto de supervivientes, llegando a Barcelona a bordo del vapor Alicante al mediodía del 1 de septiembre de 1899, retornando cada uno con sus familias en los días siguientes. José y Eustaquio tomaron en la ciudad condal el vapor correo Cataluña (de la Compañía Transatlántica) que hacía escala en Tenerife, en su viaje a Buenos Aires. Así, llegan a la isla el 9 de septiembre y José vuelve a ver por fin a su familia.

De nuevo en Tenerife, y desde recién llegado el joven soldado a su lugar de origen, comienza a prepararse un concierto en su honor, a iniciativa del Capitán General Aizpurua y Lucas Vega, Alcalde de La laguna. Además, la recaudación de este acto sería entregada a Hernández como premio a su heroísmo y valentía. El recital tuvo lugar el sábado 7 de octubre en el Teatro Viana, que estaba situado en la lagunera calle Juan de Vera. El soldado ocupó plaza en el privilegiado palco presidencial junto al Capitán General y el Alcalde y frente a ellos, el escenario coronado por una pancarta que decía: “A José Hernández Arocha, su pueblo natal”. A mitad del concierto el periodista Guillermo Perera leyó un escrito preparado para tan magno momento y así ensalzar la hazaña del joven lagunero en Filipinas. Gracias a este evento fueron recaudadas unas 2.500 pesetas que le fueron entregadas al joven militar. 

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Programa del concierto homenaje a Hernández Arocha
del 7 de octubre de 1899 (Teatro Viana, La Laguna)
("Diario de Tenerife", 7 de octubre de 1899)

Además de lo obtenido con el concierto, a José le fueron entregadas unas 1.000 pesetas, fruto de la colecta organizada por el Capitán General Aizpurua entre sus compañeros de armas en la isla. Sumado a esto, se añaden las 100 pesetas que le fueron dadas, a él y a Eustaquio Gopar, por la Comisión Provincial, así como un obsequio de 125 pesetas concedido por el Ayuntamiento de La Laguna (aprobado en pleno del 15 de noviembre de 1899).

Pero no acaban aquí los donativos. El 16 de noviembre, ante el notario de Blas Cabrera Topham, procede a escriturar la casa que, como recompensa, se le dio como regalo de boda. Esta casa sigue aún en pie en el lagunero barrio de Taco, precisamente frente a la plaza que actualmente lleva el nombre de José Hernández Arocha. (ver plaza en Google Maps)

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Curiosamente, tres meses más tarde, se le obliga a abonar 365 pesetas como pago de los derechos de tales escrituras. Así publicaba la noticia la prensa del momento:

La Región Canaria, 22 de febrero de 1900
Según se nos dice, ha sido notificado, por el Agente Ejecutivo de esta Zona, el soldado perteneciente al heroico destacamento de Baler, José Hernández Arocha, para que inmediatamente satisfaga la cantidad de 365’01 . pesetas, importe de los derechos que le corresponden por la escritura de la casa que sus paisanos y la guarnición de Tenerife le han regalado en esta Ciudad. ¡¡365 pesetas! ¡Bonita recompensa para el infeliz repatriado que no posee otros recursos más que aquellos que le proporciona un mezquino sueldo en el Ayuntamiento, con el cual tiene que atender á la subsistencia de sus padres, pobres y desvalidos!
¡¡365 pesetas!!
¡Bien, Sr. Estremera! Merece V… escapulario.

Unos días más tarde de aquel suceso, el joven soldado, de 23 años en ese momento, contrajo matrimonio con la también lagunera (ambos de Taco), Juana González y Díaz, de 20 años. Ambos llegaron a tener cinco hijos, falleciendo ella en 1918, teniendo el más pequeño de los niños solo cuatro añitos en el momento de la muerte de Juana.

Los ingresos en esa casa eran escasos y se vieron mejorados gracias a la pensión vitalicia de 60 pesetas mensuales que les fue otorgada a los supervivientes de Baler que seguían vivos en ese momento. Así José y Eustaquio se beneficiaron de esta paga desde el 7 de marzo de 1908.

Ya con 43 años y viudo, en agosto de 1919, José Hernández pasa a trabajar de jardinero en Santa Cruz de Tenerife. Desempeñó sus labores en el parque de la Plaza Weyler, precisamente frente a la sede de Capitanía, sustituyendo al anterior en ese puesto, Plácido Pimienta.

A punto de ser septuagenario, en 1946, y debilitado de salud le fue concedido el título de Teniente Honorífico.

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De izquierda a derecha: Bauza, Hernández y Gopar

Y me gustaría concluir el artículo dedicado a estos héroes del Sitio de Baler, y en especial al lagunero Hernández Arocha, con una carta que este publicó en el periódico “La Gaceta de Tenerife” del 18 de octubre de 1919 en respuesta a otra aparecida en ese mismo medio siete días antes y redactada por otro superviviente de Filipinas, el mallorquín Antonio Bauza Fullana, que ese otoño del 19 se encontraba en Candelaria. Emotivas y cariñosas líneas de dos valientes héroes de guerra que, a pesar de que hacía dos décadas que no se veían, conservaban una estrecha amistad y unos recuerdos imborrables de aquellos meses de asedio y defensa.

Recuerdos de la campaña de Baler 

Contestando una carta

Sr. Director de Gaceta de Tenerife.

Respetable y distinguido Sr. mío:

Le ruego tenga a bien, favor que le agradecería muchísimo, insertar en las columnas de ese periódico la adjunta carta que le remito, como contestación a la que me ha sido dirigida por mi queridísimo amigo y compañero Antonio Bauza Fullana, publicada en ese diario el día 11 del actual.

Le dá por ello un millón de gracias y le vive agradecido su más atto. s. e.

q. e. s. m.

José Hernández Arocha.

Santa Cruz de Tenerife, 19 de Octubre de 1919.

      _______

Al valiente Mallorquín, al héroe del Sitio de Baler (Filipinas) al mártir de la Patria, a mi querido amigo Antonio Bauza Fullana.

Queridísimo amigo Fullana: si grandes sorpresas recibí cuando juntos peleábamos en Filipinas en la Iglesia del pueblo de Baler, donde sitiados por un numeroso enemigo en aquel heroico sitio juramos morir antes que rendirnos, más grande aún la recibí hace días al leer en el periódico Gaceta de esta benéfica mil veces para mí y humanitaria Capital de Santa Cruz de Tenerife, la carta que me has escrito, la cual te contesto, con bastante alegría en el día de hoy, sintiendo que no esté tan bien escrita como la tuya; pero debe conformarte, porque no sé hacerlo mejor.

¿Pero es verdad que aún vives?; veo que no has perdido nuestra antigua amistad, y el cariño que como compañero de aquellos inolvidables meses de calvario pasamos juntos en aquel inmortal y heroico sitio de Baler, donde cumpliendo aquel juramento que dimes cuando la patria nos llamó para defenderla, derramamos nuestra sangre, gota a gota en defensa de ella; poca me queda ya, pero si hiciera falta, estoy dispuesto, como tu también, a darla como buen Español.

Hace 21 años que no nos vemos, hace 21 años que nos separamos en Barcelona y recuerdo muy bien que me dijiste; ¡Adiós, José! salud y suerte; ya no nos volveremos a ver más; aquella despedida, amigo Fullana, fué para nosotros triste, muy triste; abrazados en el muelle en el momento de partir para mi tierra, nos despedimos para siempre, porque como peninsular que eres, no creí volverte a ver jamás, como así ha ocurrido con todos los demás compañeros del sitio.

Tu sabes muy bien que durante los 11 meses que duró nuestro martirio que es increíble, éramos los amigos inseparables, que nos contábamos nuestras penas, nuestras desdichas, nuestros sufrimientos, nuestras calamidades y nuestras amarguras ¡que eran muchas por desgracia!

Me dices en tu carta que soy un héroe y que debo estar entre laureles porque es la flor con que debo estar adorado; tú también, amigo Fullana, debes estar aún más que yo entre laureles, porque fuiste un héroe de verdad, un valiente y un mártir de nuestra patria.

Yo recuerdo, amigo Fullana aquél triste y amargo día en que hallándose el destacamento muerto de hambre, dispuso nuestro Jefe don Saturnino Martín Cerezo (dices muy bien en tu carta) el mil veces héroe y mártir de la Patria, una salida al bosque de uno de nosotros para ir en busca de unas hojas de calabacera para poder comer aquel día tan amargo y tú al oír que era menester que uno se separara (lo que nunca) de nuestro lado, para traernos que comer, dirigiéndote al Teniente te oí decir: mi Teniente, yo voy en busca de comida para V. y para el destamento; sí muero, bien está, es por mi patria, pero si escapo viviré satisfecho de haber salvado la vida de todos mis compañeros, pues como V. comprende es imposible seguir por más tiempo comiendo tantas cosas asquerosas (no quiero decirte en esta carta porque tu sabes tan bien como yo, lo que comíamos).

Me acuerdo, amigo Fullana, que antes de salir, estabas casi desnudo y qué té acercaste a mí en aquel rinconcito del Captisterio donde me encontraba malo de aquella perra enfermedad del «Beriberi», y abrazándote de mi me dijiste: adiós amigo Arocha, voy a buscar comida para el destacamento; sí caigo en poder del enemigo, ya sabed que muero, reza por mí, ya nos veremos arriba, donde se ven los buenos, en el Cielo…. porque tu también vas a morir, porque estás muy hinchado.

A los pocos momentos te vi regresar, alegre, triunfante, con un saco de aquellas sabrosas hojas: venias andando de cuatro patas y tu cuerpo era un manantial de sangre porque traías en él, qué se yo cuantas astillas que te te habían clavado en el Bosque

Tú fuiste también uno, de los que en unión de 10 compañeros más, saliste a prender fuego al barracón donde estaba atrincherado el enemigo. ¡Que día más feliz aquél y más alegre para todos nosotros! Todo fué quemado y el enemigo corría sin saber a donde; tú fuiste también el que con tus certeros disparos inutilizaste el cañón que tenía éste para destruir la Iglesia donde estábamos sitiados, matando a los dos indios que lo manejaban. (Ese día me salvaste la vida).

Yo quisiera, amigo Fullana, contarte más hechos, pero no se explicarlos, porque como dices tú muy bien en tu carta, nosotros, pobres soldados, no hemos nacido para eso.

Me dices que tienes muchas ganas de llorar; yo también las tengo, ¿Pero como lloro, si no puedo? Moriré así sin poder llorar, sin poder desahogar este sufrimiento interior que a cada momento me entristece; sí te digo la verdad, no he tenido valor para leer tu carta; mi hija mayor me la ha leído, una, tres, cinco, que se yó cuantas veces, Antonio; si hubieses visto a estos cinco hijos desgraciados sin calor de madre porque hace un año la perdieron, ¡era lo único que me faltaba!, que apiñados a mi alrededor escuchaban con los ojos llenos de lágrimas lo que mi hija leía; yo me contentaba con mirarlos y con besarlos, pero no pude llorar, solamente cojí entre mis brazos al más pequeño que tiene 5 años y le dije; no se lo que lo dije, no me acuerdo, pero si sé que al siguiente día, cuando me dijo: padre, ¿qué me estabas diciendo anoche, dímelo? Entonces, una de mis hijas contestó. ¿Sabes lo que te dijo padre anoche? que te hicieras un hombre para que cuando fueras grande, des tu sangre y tu vida, como él, en defensa de la patria.

Ven lo antes posible a verme que quiero abrazarte. No sé si tendré fuerzas para ello porque estoy muy viejo pero me conformo con que tu me abraces y entonces los dos juntos, eso sí que tengo ánimo para hacerlo, daremos ese grito que tu dices quieres repetir y que mientras viva no lo olvidaré jamás y aún antes de morir si tengo alientos lo gritaré:

¡Viva España!

José Hernández Arocha.

Taco (Tenerife 19 Octubre 1919).

 



Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


Centenario del desgraciado fallecimiento del maestro Enrique Granados

Mar 20, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en Centenario del desgraciado fallecimiento del maestro Enrique Granados



Centenario del desgraciado fallecimiento del maestro Enrique Granados

Músico catalán que llegó a residir en Tenerife durante unos años de su infancia

Artículo aparecido en el suplemento "La Prensa" del 
periódico El Día del domingo 20 de marzo de 2016

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Diferentes campos artísticos han hecho de nuestro país una tierra plagada desde antaño de autores e intérpretes ilustres, de fama mundial, reconocido prestigio y obras colosales. La música clásica no podía ser menos en cuanto a virtuosismo, y Falla, Albéniz, Casals, Segovia, Chueca, Rodrigo y tantos otros, conforman una lista de grandes compositores españoles, que aún son recordados y alabados incluso fuera de nuestras fronteras. A este rosario de maestros del solfeo hay que añadir con orgullo al también pianista Enrique Granados Campiña, del que este año se cumple el centenario de su terrible fallecimiento en aguas del Canal de La Mancha.

Precisamente por este motivo escribo estas líneas, con el objetivo de alabar su figura y obra, traer a la palestra su dramática muerte y, sobre todo, recordar que unos años de su infancia los vivió en Tenerife. De esta manera este leridano, nacido en el verano de 1867, se une a una serie de notables músicos que han nacido, vivido y/o fallecido en este archipiélago. Así, cabe mencionar aquí a los canarios Teobaldo Power, Santiago Sabina, Eugenio Domínguez Guillén y nuestro contemporáneo Diego Navarro, así como a los foráneos pero fallecidos en nuestra tierra: el francés Carlos Esteban Guigou y Poujol, el cubano Ernesto Lecuona y la barcelonesa Esmeralda Cervantes.

Fueron apenas un par de años los que Enrique, acompañado de su familia, residió en Santa Cruz de Tenerife, de los que el pianista guardó siempre con buen recuerdo y añoranza a lo largo de toda su vida.

Pantaleón Enrique Joaquín Granados Campiña, nacido en el Carrer Tallada nº1 de Lérida el 27 de julio de 1867, hijo del cubano Calixto Granados Armenteros y de la santanderina Enriqueta Elvira Campiña, los cuales le dieron cuatro hermanos: Concepción, Calixto, José y Francisco. Todos ellos, menos este último, tras residir un tiempo en Cataluña trasladan su residencia a Tenerife, en el verano de 1870, apenas unos días antes de que Enrique cumpliera sus primeros tres años. Su padre, nacido en La Habana (Cuba) el 14 de octubre de 1824, siendo sus padres Manuel Granados e Irene Armenteros, era militar desde 1843 y pertenecía, en aquel año de 1870, al Regimiento de Infantería Navarra nº 25 en Barcelona, con el empleo de Teniente Coronel. Gracias a documentación de la época, custodiada en el Archivo Militar del Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias (CHCMC), ubicado en el Fuerte de Almeyda de Santa Cruz de Tenerife, podemos saber que fue destinado el 23 de junio de ese año al mando de la Sección Ligera Provincial de Abona, tras el fallecimiento del anterior en ese puesto, Ramón Martín y Romero.

De esta manera la familia Granados-Campiña partió de Cádiz hacia Tenerife el 2 de julio de 1870 (1), y doce días más tarde, Calixto llega a la Comandancia Militar del Cantón de Abona, desempeñando el cargo de Teniente Coronel Jefe de la Sección Ligera Provincial del Cantón de Abona (ocupaba hasta ese momento el mando de manera accidental el Capitán Antonio Domínguez y Villareal) (2). Pero unos meses más tarde de su establecimiento en la isla, el militar y cabeza de familia sufre un accidente al caerse de un caballo, lo que provocó su retiro del puesto en varias ocasiones, ocupando el mando accidentalmente durante esos periodos el Capitán Miguel Alfonso y Feo.

Finalmente, el 15 de enero de 1872 es destinado al Tercer Batallón del Regimiento de Infantería Navarra nº 25 en Barcelona y a finales del mes siguiente Calixto pide el pasaporte para incorporarse al destino obtenido junto a su mujer y sus hijos (3). Unos días más tarde, la familia, en donde figura el pequeño Enrique, pone rumbo a la Península, estableciéndose definitivamente en Cataluña.

Varias biografías del maestro Granados describen esos escasos 20 meses de estancia en Santa Cruz de Tenerife como de un extraordinario recuerdo de su niñez, en una ciudad que fue un auténtico paraíso para el joven Enrique, en donde disfrutaba de sus calles y plazas y de su puerto, siempre nutrido de veleros y otros buques. Además, la isla fue el lugar de nacimiento de su hermano Francisco, quien fue bautizado el 8 de diciembre de 1870, actuando como padrinos el político y militar José García Torres y su esposa (4).

A la vuelta a la península, la prole se instala en Barcelona y al año siguiente su padre participa en 1873 en la tercera guerra carlista en Vilafranca del Penedés y en Gerona. Dos años más tarde fue forzado al retiro definitivo tras el agravamiento de los problemas de salud: sufría mielitis (inflamación de la médula espinal) a consecuencia del citado accidente con un caballo en Tenerife (5). Unos meses antes, el 26 de junio de 1874, uno de sus hijos, llamado igualmente Calixto, ingresa en el ejército, siguiendo pues la estela de su padre y de abuelo. Este hermano de Enrique nació en La Habana el 9 de mayo de 1858 y con el empleo de Capitán formó parte del Batallón Mérida nº13, posteriormente sirvió en el Cuartel General de Tarragona, actuando de ayudante de campo del general Carlos Denis y Trueba, para, a comienzos de 1896, volver a Barcelona en donde ocuparía el puesto de ayudante de campo del General Enrique Zapino. Pero a finales de ese año su vida cambia radicalmente al ser destinado a Filipinas, donde asciende a Comandante el 9 de enero de 1897, año en que vuelve de nuevo a la capital catalana. Al año siguiente, el 30 de julio, Calixto, hijo, muere debido a unas fiebres que contrajo durante una operación, dejando una joven viuda, María Carlota Carreras y Caiguet, y un hijo. Poco más de dos meses más tarde, el Día de la festividad del Pilar le fue concedida a título póstumo la Cruz de Segunda Clase de María Cristina.

Según una de las varias biografías (6) del genial músico y pianista, Enrique sentía una verdadera admiración por todo lo relacionado con el ejército. Nieto, hijo y hermano de militares, como acabamos de ver en párrafos anteriores, nunca entró a filas, siendo leal a la corona durante toda su vida, no cuestionando nunca su legitimidad, y manteniendo una fascinación de por vida con todo lo relacionado con el mundo castrense.

Y es ya en Barcelona, apenas unos años después de su vuelta de Tenerife, cuando el jovencito Enrique, en plena preadolescencia, comienza a mostrar gusto y sensibilidad por la música. Sus padres consiguen que pueda ser alumno, destacado, de varias academias de piano de Barcelona, y ya en la década de los 80 del siglo XIX empieza a despuntar su arte y virtuosismo, gracias a su gran talento y capacidad de trabajo. Pero la muerte de su padre supone una profunda impresión en el casi veinteañero pianista quien debe de ponerse a tocar el piano en cafés barceloneses y de esta manera colaborar económicamente con la familia compuesta en esos años por más de una decena de miembros, entre madre, hermanos e hijos y cónyuges de algunos de estos.

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Granados al piano


En 1887 comienza una etapa de dos años de estancia, estudio y trabajo musical en París, volviendo a España al empezar la última década del XIX. A partir de ese momento, Granados comienza una nueva e intensa vida artística y personal a caballo entre Barcelona y Madrid, casándose en 1893 con Amparo Gal y Lloberas, con quien tendría seis hijos: el mayor, Eduardo, nacido en 1894, y a quien le siguieron Soledad, Enrique, que vino al mundo el 12 de julio de 1898 y del que hablaremos más adelante, Víctor, Natalia y Francisco (Paquito), el más joven, quien nació en 1901.

A partir de estos años últimos de siglo da comienzo su etapa más fructífera como compositor. De sus partituras surgen zarzuelas, obras pianísticas, óperas, danzas, etc, siendo además un extraordinario pedagogo musical y un notable intérprete al piano. De entre las muchas obras del maestro Granados destaca “Goyescas”, una obra inicialmente para piano, adaptada a ópera tras el éxito que supuso su representación en París en abril de 1914, y por el que le fue concedida la Legión de Honor. Pero apenas unos meses más tarde estalla la I Guerra Mundial y el estreno de esta ópera no puede realizarse en la capital gala como estaba previsto.

En consecuencia, la obra es propuesta a estrenar en el neoyorkino Metropolitan Opera House, motivo por el cual, Enrique y Amparo ponen rumbo a los Estados Unidos a mediados de noviembre de 1915, a bordo del buque español “Montevideo”. El 15 de diciembre arriban a Nueva York y finalmente se produce el estreno el 26 de enero siguiente. Tras varias representaciones y haber cosechado un destacado éxito entre el público asistente, la pareja tenía previsto regresar a España el 8 de marzo. Pero una invitación de última hora por parte del Presidente Woodrow Wilson a tocar en la Casa Blanca el día antes de su partida, hace que tengan que cambiar el pasaje y tomar buques no españoles, el “SS Rotterdam”, de bandera holandesa, de Nueva York a Falmouth, para, tras un recorrido en tren por el sur de Inglaterra, con visita a Londres incluida, embarcarse en el vapor “Sussex”, de bandera francesa, cruzando el Canal de La Mancha desde Folkestone a Dieppe, en donde un tren les llevaría hasta Barcelona. El entonces embajador de España en los EE.UU., el diplomático Juan Riaño y Gayangos, les invitó a comer al día siguiente y durante el almuerzo les alertó del peligro que suponía navegar en buques de países contendientes en la Gran Guerra.

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Ultima fotografía del músico, en los salones de "The Aeolian" de Nueva York

A su pesar, la pareja Granados-Campiña se sube al “SS Roterdam” que parte de Nueva York el 11 de marzo, y tras 8 días de navegación por el Atlántico arriban a Falmouth, en la costa sur de Inglaterra. Toman el tren y llegan a Londres en donde pasarían varios días alojados en el Hotel Savoy (7), para posteriormente llegar de nuevo al litoral y en la ciudad costera de Folkestone, tal y como estaba previsto, embarcarse en el “Sussex”. Pasados unos minutos de la una de la tarde el barco zarpa y se dispone a cruzar los 130 kilómetros del Canal que lo separan de Dieppe. Pero, una hora más tarde un submarino de guerra alemán UB-29 avista el buque francés y lo confunde con un barco minador. Pasan los minutos y a las 14:50 horas de ese fatídico viernes 24 de marzo de 1916 el sumergible germano torpedea al “Sussex” rompiendo el casco en dos mitades. La proa se hunde inmediatamente y la popa queda a la deriva en las gélidas aguas de La Mancha. El matrimonio disponía de camarote en popa, pero en ese momento se encontraba en la parte delantera del navío.

El músico, que estaba flotando como podía en el mar, pudo ser rescatado y ya fuera de peligro en una de las lanchas de salvamento divisa entre las olas a su mujer, con grandes dificultades para poder mantenerse a flote. Enrique, al que no le gustaba especialmente el mar y que no sabía nadar, no lo duda y se lanza a salvar a Amparo. Una de las supervivientes de aquel fatídico naufragio relataba unos meses más tarde al periódico “La Esfera” (8) aquel terrible momento: “Granados se agarró a una balsa: vio que su mujer desfallecía; y él soltóse, se arrojó hacia ella y abrazados se hundieron; asomaron un instante … y yo tuve que volverme de espaldas para no ver su agonía”. Pasaron los días y ninguno de los dos pasajeros se encontraban entre los supervivientes, ambos fallecieron y, de hecho, sus cuerpos nunca fueron encontrados.

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El buque "Sussex" en el Puerto de Boulogne (Francia),
a donde fue remolcado tras ser torpedeado

Paradojas de la vida, un hijo y un nieto del ilustre pianista y su esposa, ambos llamados Enrique al igual que el protagonista de nuestra historia, quedarían para siempre ligados al mundo de la natación. Enrique Granados Gal, el tercero de los seis hijos de la pareja ha sido sin duda uno de los pilares del waterpolo español, de hecho figura entre la plantilla del primer equipo nacional olímpico en unos Juegos, los de Amberes 1920. Además, fue quien introdujo el estilo crol en nuestro país, siendo Campeón de España de natación de 100 metros libres en 1923. Un año más tarde volvería a ser olímpico, esta vez en los JJ.OO. de París 1924. Tras varios años de competición, pasa a dedicarse a la enseñanza y entrenamiento de nadadores, llegando a dirigir el Club Natació Barcelona y el madrileño Real Canoe Natación Club. Se une en matrimonio con la también nadadora María Aumacellas, una de las pioneras de la natación sincronizada en España, con quien tiene dos hijos, ambos también ligados al mundo del deporte acuático: Jorge y Enrique, falleciendo en 1953 a la edad de 55 años.

Seguiría pues la saga con un nuevo y talentoso Enrique Granados. El nieto del malogrado pianista llegará a superar el currículum deportivo de su padre. Así, fue varias veces Campeón de España y plusmarquista nacional en 400 y 1.500 metros libres, participó en dos Juegos Mediterráneos (9), consiguiendo en ellos tres medallas de bronce, en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952 (10) y en el Campeonato de Europa de 1954 en Turín. Una vez retirado pasa a ocupar cargos directivos y organizativos dentro de la Federación Española y la Balear. Actualmente tiene 76 años.

Así de intensos fueron los casi 49 años de vida del músico catalán Enrique Granados Campiña; nieto, hijo y hermano de militares; padre, suegro y abuelo de nadadores. Un notabilísimo artista fallecido en la cima de su carrera, hace ahora cien años, como consecuencia de un error en la mar durante una terrible guerra, abrazado a su mujer y también enamorado de la música. Un maestro del piano que de muy joven vivió una pequeña parte de su vida en nuestra isla, esa que él guardó siempre en su memoria, como nosotros recordaremos eternamente su obra y su legado.


  1. Walter Aaron Clark: “Enrique Granados: Poet of the Piano”
  2. CHCMC
  3. CHCMC
  4. Octavio Rodríguez Delgado: “Don José García Torres (1816-1903). Comandante Graduado de milicias, Sargento Mayor interino, Alcalde constitucional, Juez municipal y Presidente del Comité Local del Partido Liberal Conservador de Granadilla”
  5. Walter Aaron Clark: “Enrique Granados: Poet of the Piano”
  6. Walter Aaron Clark: “Enrique Granados: Poet of the Piano”
  7. Walter Aaron Clark: “The death of Enrique Granados: context and controversy”
  8. “La Esfera”, 1 de julio de 1916
  9. JJ.MM. Alejandría 1951 (Medalla de bronce en 400 metros libres y medalla de bronce en 1.500 metros libres) y JJ.MM. Barcelona 1955 (Medalla de bronce en relevos 4 x 200 metros libres).
  10. En los JJ.OO. de Helsinki 1952 consigue ser semifinalista en 400 metros libres y cuarto en la prueba de los 1.500 metros libres.


 

Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


 

 

El Barranco de La Leña

Mar 1, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en El Barranco de La Leña

Santa Cruz de Tenerife y sus habitantes han tenido siempre muy presente la existencia de barrancos dentro de la morfología urbana de la ciudad y sus barrios. La disposición en ladera de la parte baja del área metropolitana Santa Cruz-La Laguna, acrecentado con la cercanía del macizo de Anaga, que cierra la urbe por el noreste, hacen que esta zona de la isla se encuentre atravesada por las cortaduras y tajos de varios cauces, encontrándose en la actualidad algunos de ellos soterrados e invisibles a la mirada del ciudadano que transita por las calles y plazas de la ciudad. Así tenemos, los “ocultos” San Francisco y San Antonio que desembocaban en el entorno entre la Alameda y el comienzo de la Avenida Francisco La Roche, respectivamente. Semisoterrados tenemos al de El Hierro, que desde Ofra serpentea entre barrios chicharreros de Camino del Hierro, Tío Pino y Somosierra, para desembocar en La Hondura, después de atravesar la refinería, y El Barranquillo o del Aceite, que nace en las faldas de Las Mesas y junto al Camino Óliver pasa a estar oculto descendiendo por el subsuelo chicharrero por las calles Horacio Nelson, Costa y Grijalba y Robayna y ya en Weyler, pasa a desviarse hacia el Barranco de Santos. Hasta los años 30 del pasado siglo este bajaba por Imeldo Serís hacia el mar, de ahí que esa calle sea conocida aún por su antiguo nombre «calle del Barranquillo». Pero sin duda el Barranco de Santos es el que adquiere mayor importancia para la vida diaria del santacrucero. Sus profundas hendiduras y notable anchura han supuesto desde la conquista de la isla un obstáculo, a veces infranqueable, que ha dividido en dos la ciudad y ha ocasionado la construcción de varios puentes (Zurita, Galcerán, del Cabo, etc).

Yendo más hacia el norte, teniendo mayor influencia pues el agreste relieve de Anaga, sin rebasar al de Tahodio, sin duda uno de los más destacados del macizo, se encuentran dos modestos cauces que se unen antes de desembocar en el mar. Uno de ellos, el de Ancheta o de Almeyda, como es conocido en su curso bajo, nace en el entorno de Las Casillas-Los Campitos para descender bruscamente bajo los barrios de Ifara, Pino de Oro y Los Lavaderos, soterrándose junto a la trasera del Colegio de Arquitectos. Unas decenas de metros aguas abajo este cauce se une al de La Leña, bajo la calle Carlos JR Hamilton, para juntos desembocar ocultos, atravesando la avenida y puerto, en el entorno de Almeyda.

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Lugar en donde el barranco de Ancheta pasa a soterrarse
(al fondo Finca Fumero y Residencial Anaga)

De entre ambos barrancos, el de La Leña es quizás el más desconocido. Su desembocadura, como hemos visto, se encuentra soterrada bajo las dársenas y calles de esta zona de la ciudad y únicamente es visible dentro del entorno urbano a su paso junto a Residencial Anaga, frente a la Finca Fumero. Pero la cuenca hidrográfica de este cauce se extiende hacia arriba en altitud llegando a formar un singular y humilde valle totalmente ignorado y desconocido para el chicharrero medio.

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Cauce y cuenca del Barranco de La Leña, sobre ortofoto
(Fuente: GRAFCAN)

La longitud del cauce (exceptuando la parte soterrada) es de 1,88 Km, naciendo en la Degollada de La Asomada, bajo el Roque de las Cabezadas, a 370 metros sobre el nivel del mar. Así, flanqueado al noreste por el cordal del Risco de los Perros y la Cortadura Chica y al suroeste por la cresta que une la Meseta con la Montaña de la Leña y continuando esta hasta el mencionado Roque de las Cabezadas, se conforma un valle de 56 ha de superficie (salvando de nuevo la parte soterrada del barranco).

Hoy en día, como todos podremos ver al visitar la zona, la desembocadura de La Leña y Ancheta se encuentra soterrada bajo la Explanada Anaga del Puerto de Santa Cruz de Tenerife. Antaño a esta zona del litoral se la denominaba “El Varadero” debido a que en ese lugar se construían y arreglaban barcos durante varios siglos. Ambos barrancos (La Leña y Ancheta) eran conocidos en este último tramo como Barranco del Varadero, hasta que arraigó el topónimo “Almeyda” para esta zona de la villa, desde que una serie de terrenos en este lugar fueron propiedad de un hombre de origen portugués apellidado de esa manera.

Continuando con la toponimia el de “Ancheta” quizás tenga un origen guanche, viniendo del término Areheta, como era conocido este valle por los aborígenes. Respecto al de La Leña, como bien apunta Luis Cola en uno de sus “Retales de la historia“, este topónimo podría tener relación con la bajada de madera desde las cumbres hacia el ya citada Varadero, y así embarcarla con destino a otras islas. Y es que la explotación maderera de los montes de Anaga, bien sea legal o ilegal, se ha realizado desde recién conquistada la isla, y esa leña, arquetas, varas y demás solían tener como destino las tres islas orientales canarias.

Este topónimo de La Leña, si bien está muy arraigado en la zona, es raro verlo reflejado en referencias documentales y cartográficas históricas. Tras consultar varios planos antiguos de la ciudad, en los que en su mayoría sí bien nombrados los de Ancheta y sobre todo Almeyda, solo uno de los años 30 hace referencia al “Barranquillo de La Leña”.

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El valle de La Leña podríamos dividirlo en tres tramos. Por un lado, la parte alta, que aún mantiene restos de la actividad agrícola, ligada al cultivo de cereales, que antaño se desarrolló en la cabecera de este barranco. Prueba de ello son los numerosos muros de bancales que aún persisten a pesar del paso del tiempo y el abandono y, sobre todo, la existencia de una era junto a la degollada. Esta se encuentra hoy en día colonizada de vegetación (inciensos, verodes, tabaibas y herbáceas) y solo es visible in situ si se presta atención y se encuentran entre el matorral el empedrado y los muretes perimetrales.

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Captura de ortofoto de la cabecera de La Leña, en el entorno de La Asomada
(marcada con flecha roja, la era; en azul, el cauce)
(Fuente: GRAFCAN)

Toda esta zona, dominada por restos de bancales, se halla invadida por vegetación potencial de la zona, en donde destacan la tabaiba, el cornical, el incienso y varias especies de herbáceas. Junto al cauce llama la atención un rodal de piteras y en la ladera izquierda de este, de mayor pendiente que la diestra y más rocosa, sobresalen los cardones. El aspecto de esta parte alta de La Leña, debió de ser muy diferente tiempo atrás, debido al uso agrícola de la zona. Probablemente el acceso a la misma fuera principalmente por Los Campitos, hacia donde se sacarían las cosechas, ya que se dispone de mejor salida del valle hacia a ahí que aguas abajo hasta la costa. Vemos por lo tanto vestigios de actividad agraria en zonas altas (cabeceras de valles o cumbres) como ya ocurre en enclaves similares de esta zona del macizo de Anaga, por ejemplo el Roque Chiguel, la Mesa del Cautivo o la Mesa del Ramonal.

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Cabecera del valle, con el Roque de Las Cabezadas en el centro
y degollada de La Asomada a la derecha

El curso medio del barranco se caracteriza por una mayor pendiente de las laderas y con ello en encajonamiento del cauce, siempre rocoso y sin grandes saltos. Aquí ya la vegetación cambia ligeramente, siendo cada vez más predominante, según se desciende por el valle, la presencia del balo, junto a la tabaiba, el cornical y, sobre todo, el invasor y foráneo rabo de gato. La huella humana destaca en este tramo por la aparición de diferentes infraestructuras ligadas a la actividad hidráulica. Así, el valle es cruzado por varios canales, entre ellos el de Catalanes, que llega a este desde el vecino de Tahodio por la Cortadura Chica y continua hacia el de Ancheta por la Cortadura Grande. Además, en este lugar se adentra al valle mediante túnel una tubería de gran tamaño, y finaliza aquí una pista que permite el acceso con vehículo hasta este lugar desde el inicio de la calle Carlos JR Hamilton, tras la Comandancia de Obras. Esa pista fue construida en el año 2003 y fue mejorada en cuanto a anchura y firme (en la actualidad está hormigonada) en 2010.

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Tramos de canales a su paso por laderas y cauce de La Leña

Hasta hace algo más de una década en el cauce existía la Presa Fumero que surtía a la finca homónima cercana para el riego de las plataneras que poblaban sus bancales hasta hace unas décadas. Además, en la ladera noreste, bajo un pequeño bosquete de eucaliptos y una pequeña cantera puede verse aún un almacén de agua techado y en ruinas. En cambio, siguen en uso tres depósitos en la cumbre y faldas de la montaña de La Meseta. El de la cima y uno de los dos de la ladera son para abastecimiento urbano, y el tercero, el más bajo, es propiedad de la Autoridad Portuaria.

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Tramo central del valle, con pista junto al cauce y depósitos sobre la ladera
(aguas abajo, la zona de Rambla y Residencial Anaga)

El fondo del barranco comienza aquí a verse modificado y alterado de su morfología natural. A la ya citada presa, en la actualidad convertida en dique, se le une otro compuesto por una malla metálica dinámica levantado en 2011, y el encauzamiento hormigonado y escalonado del cauce de este desde su paso entre la Finca Fumero y Residencial Anaga y hasta su soterramiento, obras estas realizadas en 2003.

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Tramo escalonado del cauce, entre Finca Fumero (a derecha) 
y Residencial Anaga (a izquierda)

Por último tenemos el curso bajo, soterrado como ya hemos visto en líneas anteriores. Al haberse urbanizado esta zona y desarrollado el puerto mediante dársenas y explanadas, es más que necesario, como es lógico, este enterramiento del cauce. Eso sí, ante fenómenos atmosféricos adversos extraordinarios, este punto de la ciudad se nos presenta como de alto riesgo de avenidas e inundaciones. Un ejemplo de ello es todo lo ocurrido en la fatídica jornada del 31 de marzo de 2002. Esta fue una de las zonas de Santa Cruz que más sufrió los embates de las fuertes lluvias y las consecuentes riadas que acaecieron en esa tarde de Domingo de Resurrección. A la crecida desmedida del cauce de La leña y Ancheta se unió, además, el peligro de rotura de la citada Presa de Fumero. Los varios miles de metros cúbicos que almacenaba tuvieron que ser drenados y la presa suprimida.

Centenares de viviendas de la zona tuvieron que ser desalojadas, entre ellas todas las pertenecientes al Edificio Barlovento, y garajes, bajos y locales sufrieron las consecuencias del agua y el barro. Incluso la parte baja de la Comandancia de Marina sufrió aquella tarde los efectos del temporal. Pero lo peor de aquel día y los posteriores fue sin duda el fallecimiento de 8 vecinos de la ciudad a consecuencia de las lluvias.

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Comienzo de la calle Carlos JR Hamilton, 
dos días después de las lluvias del 31 de marzo de 2002
(bajo este tramo de la calle transita parte del soterramiento de 
La Leña y Ancheta)

Estoy seguro que son muchos los miles de chicharreros que a diario transitan junto o sobre este barranco sin conocer de su existencia. Sirva este atril, que la red de redes me ofrece, para dar a conocer este modesto valle de Anaga, que nace en la cumbre y muere bajo nuestros pies. Les invito a que se adentren en él, bien sea desde la degollada que lo separa de Los Campitos o aguas arriba, desde Residencial Anaga (en la curva confluencia de las calles Fernando H. Guzmán con Profesor Peraza Ayala). Podrán tener esa agradable percepción de estar aislado en el macizo a apenas unos minutos de la urbe. Además, con esas recompensas que la naturaleza nos ofrece. Unas extraordinarias vistas de las cumbres de Anaga (Montes de Aguirre, Pico del Inglés, Cabezo del Viento, La Fortaleza, La Muela, la Mesa del Cautivo, el Roque Chiguel, la Mesa del Ramonal y La Altura) y de Santa Cruz de Tenerife dirigiendo la vista hacia el mar.

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Vistas hacia la cumbre desde la degollada de la Asomada

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Santa Cruz de Tenerife, desde los restos de la era de La Asomada


Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


La breve escala en Tenerife de la Comisión Científica destinada a Panamá, a bordo del vapor Magallanes, en 1886

Feb 12, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en La breve escala en Tenerife de la Comisión Científica destinada a Panamá, a bordo del vapor Magallanes, en 1886

Arrancaba el año 1886 y el empresario francés Ferdinand de Lesseps, quien había sido el promotor del Canal de Suez dos décadas antes, anunciaba a bombo y platillo la llegada de nuevos y grandes inversores a su flamante y magna obra: el Canal de Panamá. Se busca así capital que permita acelerar y finalizar la construcción de tal proyecto. De Lesseps necesitaba imperiosamente ayuda económica y no cejó en su empeño. Para ello, el galo invitó a gobiernos y empresas de varias naciones (Francia, Inglaterra, Alemania, Holanda y EEUU) dejando de lado a nuestro país. España, país al que pertenecieron antaño esas tierras centroamericanas, la cuna de Vasco Núñez de Balboa, era dejada de lado en las inversiones y negocios ligados al futuro canal.

Poco hizo el gobierno de turno y demás clases dirigentes de la nación, a pesar del martilleo con el que la prensa del momento mostraba su pesar y ofensa por tal desconsideración. Únicamente un valenciano, un influyente banquero, político y ex alcalde de la capital del Turia, José Campo Pérez, primer Marqués de Campo, logra hacer frente a tal agravio nacional ofreciendo su dinero, empeño y uno de sus buques para la organización de una expedición a Panamá que represente a nuestro país y vele por nuestros interés, además de para conocer la idoneidad o no de la inversión en tal empeño. De hecho se llega a publicar en los periódicos de inicios de 1886 la carta que este envía el 27 de enero a Práxedes Mateo Sagasta, entonces Presidente del Consejo de Ministros.

La prensa del momento no ceja en halagos hacia el Marqués de Campo, valorando su patriotismo y aporte de capital y medios con el objetivo de sufragar una expedición que cruce el océano para representar a España y sus intereses y regrese después aportando valiosa información.

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Tras unas semanas de organización logística, de personal y burocrática, finalmente se crea una comisión científica compuesta por civiles y militares de gran valía. De entre los nombres de los hombres que formaban parte de ella destacan: Eliseo Sanchís y Bessada, brigadier de la Armada que actúa como jefe; Guillermo Brokman, Ingeniero de caminos, canales y puertos; Mariano Dusmet y Aspirós, capitán de artillería; José Luis Retortillo, abogado; Federico Aramburu, ingeniero; Francisco Javier Betegón, periodista; Manuel Cano y León, capitán de Ingenieros; Juan de Madariaga, capitán de infantería; Pedro Sánchez de Toca, capitán de navío; Nemesio Vicente Sancho, Ingeniero de la Armada; Fco. María Rivero, Cónsul de Guayaquil; Tomás Campuzano, dibujante; Luis Hugelmann, Secretario; y Francisco Peris Mencheta, Cronista. (José campo no participa de este viaje ya que tenía en esos momentos 76 años de edad)

Ya un mes antes a la partida hacia América, la expedición estaba preparada y el programa del viaje detallado. Se presupuestaron unas 200.000 pesetas del momento para costear todos los gastos; todo ello salió del bolsillo del levantino Campo Pérez. Este dispuso para efectuar el trayecto uno de sus buques, el Magallanes, un vapor de fabricación escocesa, de 2638 toneladas, que hasta su compra por el Marqués de Campo en 1875, era conocido como China. (José Campo lo tendría hasta 1889 año en que lo vende a un naviero alemán)

Gran parte de los miembros de la comisión científica acudieron a Vigo, lugar de partida, en tren desde Madrid. Allí estaba el vapor en cuestión que acababa de llegar de Santander, en donde se encontraba previamente. La salida estaba prevista para el 9 de marzo, pero un fuerte temporal retrasa una jornada la partida, saliendo finalmente al amanecer del miércoles 10.

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Vapor "Magallanes", cuando portaba bandera estadounidense y se llamaba "China"

La mañana del 14 de marzo el Magallanes fondea en la rada santacrucera siendo utilizados, durante las pocas horas en que estuvo en este puerto, los servicios de la consignataria Ghirlanda Hermanos. Así relata la prensa local la parada en la isla de casi media jornada del vapor y la comisión que lleva a bordo.

La Opinión (15 de marzo de 1886)

Ayer por la mañana dió fondo en nuestro puerto el vapor español Magallanes, propiedad del Sr. Marqués de Campo, cuyo buque conduce la Comisión científica española que lleva la misión de visitar las obras del istmo de Panamá, en donde actualmente se halla su ilustre Director Mr. de Lesseps.

(…) Deseamos á todos un rápido y feliz viaje y tendríamos la mayor satisfacción en que la honrosa misión que se les ha confiado resulte beneficiosa para los intereses de la ciencia y el comercio español.

Como vimos en líneas anteriores, uno de los miembros de la comisión era Francisco Peris Mencheta, quien actuaba como cronista oficial de la expedición. Este periodista valenciano, de muy buena confianza del Marqués de Campo y considerado uno de los mejores reporteros del momento (él precisamente es uno de los precursores de tal disciplina periodística), tenía por encargo la anotación de todo lo que aconteciera en el viaje, siendo, además, quien enviaba telegramas que informaban del transcurso del periplo. Por ejemplo, desde Tenerife envía este que fue publicado en prensa:

La Correspondencia de España (15 de marzo de 1886)

Santa Cruz de Tenerife, 14

El “Magallanes” sigue su viaje en escelentes condiciones.

La salud es inmejorable á bordo.

Los individuos de la comisión científica al Panamá saludan, por mi conducto, á sus familias y amigos.
Merncheta

Gracias a su buen hacer de este cronista vió la luz ese mismo año de 1886, poco tiempo después del regreso de la comisión, un libro que detalla los pormenores del viaje, desde su salida, incluidos preparativos previos, hasta su vuelta a España. Esta obra es: De Madrid a Panamá : Vigo, Tuy, Tenerife, Puerto-Rico, Cuba, Colón y Panamá : crónica de la expedición enviada por el Excmo. Sr. Marqués de Campo / escrita por D. F. Peris Mencheta ; ilustrada por T. Campuzano ; con un prólogo del Sr. D. J. Navarro Reverter (Editori Antonio de San Martín, Madrid, 1886) (obra digitalizada en Biblioteca Digital de la Comunidad de Madrid: ver publicación)

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Y es en esta obra de Peris Mencheta en la que se detalla la llegada la isla, las horas que pasan en la ciudad de Santa Cruz de Tenerife y su puerto y la salida del buque rumbo a Puerto Rico. Así, en la noche del 13 de marzo ya el vapor se acerca a la isla y, como ya ocurriera con otros cuadernos de a bordo o diarios de otros viajeros y expediciones, se hace mención a la agreste costa de Anaga como indicador de la pronta llegada a puerto:

A las diez de la noche se vislumbró la luz de la punta Nordeste de la isla de Santa Cruz de Tenerife y á la una de la madrugada el faro del puerto, moderándose el andar del buque á fin de aguantar frente á la rada hasta el amanecer, que llegó el práctico. Fondeamos á un tercio de milla del muelle á las seis y cuarto de la mañana, y á las siete nos encontrábamos recorriendo las calles de la capital de las islas Canarias.

Santa Cruz de Tenerife es la más importante de las islas Canaria, tanto por su situación geográfica y estratégica y el desarrollo de su comercio, como por residir en ella el Capitán general, el Gobernador civil, el Delegado de Hacienda y cuanto constituye la vida oficial, si se exceptúa la Audiencia del territorio, que radica en las Palmas (Gran-Canaria).

Tras encuadrarla histórica y geográficamente dentro del contexto físico y político-administrativo, prosigue su descripción de Santa Cruz y su puerto, explayando sus comentarios sobre el castillo de San Cristóbal y el papel jugado por esta y otras fortificaciones durante la Gesta del 25 de Julio de 1797:

La ciudad se parece en conjunto á Gibraltar, si bien tiene varias particularidades que recuerdan á Mahón.

El aspecto del muelle es agradable; son espaciosos y están bien conservados sus almacenes y oficinas, algunas de las cuales lindan con el castillo de San Cristóbal, fortaleza artillada con piezas que deberían haber sido reemplazadas algunos años há con otras que respondan á la importancia de la plaza y á los adelantos modernos. ¡Increible parece que se mire con tal indiferencia la defensa de nuestras costas y de nuestros puertos! También en Tenerife se notó la tendencia del Gobierno á aumentar la artillería que la defiende, cuando hubo temores de que no se resolviera tan acertada como felizmente se resolvió la prioridad de la ocupación de Yap; pero después no ha vuelto á hablarse del asunto. Siempre lo mismo!

Posible es que desde el periodo de nuestras contiendas con la Gran-Bretaña, cuando despues del frustrado bombardeo de Cádiz envió el gobierno inglés la escuadra que mandaba Nelson con instrucciones de ocupar á Santa Cruz de Tenerife, ninguno de nuestros gobernantes haya pensado en que el hecho podria repetirse por la misma nación ó por otra tan audaz y tan poderosa como ella, y que convenia estar prevenidos para cualquier acontecimiento que pudiera ocurrir en el transcurso del tiempo.

Mucho puede la lealtad, el amor pátrio y el valor de un pueblo unido á las fuerzas que lo guarnecen; mas dadas las condiciones de la actual Marina de guerra, no lograría la plaza que nos ocupa hacer llegar sus proyectiles á los buques enemigos, que con los suyos reducirian á escombros la población en poco tiempo. Póngase la plaza en condiciones de defensa iguales á las que tenia en 1797, comparadas con las de la escuadra mandada por Nelson, y podrá repetirse, si desgraciadamente llega el caso, aquella brillante y heróica jornada que tanto enaltece á Santa Cruz de Tenerife y que tan dolorosa fué para el citado almirante, su segundo Andrews, el capitán Bowen y las fuerzas a su mando.

Y pasa a explicar la trama urbana de una ciudad que tenía casi veinte mil habitantes (según censo de 1877, 16.689 habitantes) y en la que según Perís Mencheta posee un clima tan templado y benigno, que en los meses de diciembre y enero, los peninsulares sienten calor y no pueden usar trajes ni abrigos de invierno.

Junto al baluarte de San Cristóbal está la plaza del Gobierno, y en ella el palacio del Gobernador civil, la casa donde nació el ilustre caudillo de la gloriosa campaña de Africa, don Leopoldo O’Donnell, y el monumento que representa la Aparición de la Virgen de la Candelaria á los menceyes; es de mármol de Carrara y mide unos diez metros de altura.

El comercio ocupa casi todas las casas de dicha plaza, así como las de la calle del Castillo que en ella desemboca y conduce á la Capitanía general.

Esta calle es la mejor de la ciudad y la única que está bien empedrada. La plaza de la Capitanía la forma un cuadrilátero de más de 60 metros de frente, embellecida con plantaciones de pinos, sauces y plátanos. El palacio del Capitán general es un edificio nuevo, espacioso y elegante.

Las calles son rectas y limpias, y se ven en algunas de ellas edificios excelentes. Los paseos son muy lindos, especialmente el de la plaza del Príncipe, punto de reunión en los días festivos y los jueves de hermosas niñas y de apasionados galanes, que allí concurren con motivo de amenizarle una banda de música. En él vimos á varias familias distinguidas, al Gobernador civil á la sazón, nuestro amigo D. Rafael Sarthou, á quien habíamos tenido el gusto de saludar anteriormente en su despacho; al Secretario del Gobierno Sr. Carreras, al Delegado de Hacienda y á otros funcionarios.

También estaba en el paseo el coronel de caballería Sr. Bermejo, desterrado por sus opiniones políticas.

Los templos son poco notables y no reunen ningún mérito artístico; el Hospital es bastante regular; el Casino bueno y elegante; el teatro no responde á la importancia de la localidad; los mercados dejan mucho que desear, y las fondas, si no son de primera, es esmerado el servicio y los precios baratísimos.

Se adentra Perís en los aspectos socio económicos de la vida en la isla de esta manera:

La vida es baratísima en la capital de las islas Canarias. (…) La franquicia mercantil que disfruta favorece el desarrollo de su comercio.

La industria del pais hace algunos años estaba circunscrita á la cochinilla., que alcanzó precios fabulosos y que puso el estado económico de las islas en situación próspera y brillante; pero el descubrimiento de procedimientos químicos que la suplen abarató el producto, llegando á hacer casi nula la demanda, y de ahí el empobrecimiento de aquellas islas.

Ahora se cultiva el tabaco con bastante éxito, y hay fundadas esperanzas para creer que dentro de poco tiempo renacerá con la nueva industria la prosperidad y la riqueza de la provincia.

Se cultiva además las caña de azúcar, y como el suelo es feracísimo, vá dando bastante buenos resultados y constituye también una esperanza para el porvenir.

Tras estas líneas dedicadas a la descripción urbana, social y económica de Santa Cruz de Tenerife, pasa a relatar algunos aspectos ligados a las villas de La Laguna, en la que residen las familias más ilustres del país, la aristocracia canaria, casi toda arruinada, La Orotava, al pie del Teide, y Garachico, localidad y puerto que no han recobrado, a pesar del tiempo transcurrido (desde la erupción que asoló la villa en 1706), su antiguo esplendor.

Finaliza la breve estancia en la ciudad de esta expedición con un buen sabor de boca, interpretado por las palabras que dedica a ello Perís Mencheta:

Los expedicionarios nos ausentamos de Tenerife altamente satisfechos, sintiendo que el itinerario de nuestro viaje no nos permitiera aceptar los agasajos que se proponían dispensarnos el Gobernador civil Sr. Sarthóu, el presidente del Casino y los de otras corporaciones.

Y el Magallanes leva anclas a las cinco de la tarde del domingo 14 de marzo y enfila proa hacia Puerto Rico, a donde llegarían diez días más tarde. Durante esa semana y media en la que el Magallanes cruza el Atlántico se viven momentos de alegría, debido a los festejos que se hacen a bordo en honor de la festividad de San José, santo del propietario de la nave y mecenas de la expedición.

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Francisco Peris Mencheta

Pero, tres días más tarde de aquella festiva jornada de banquetes y brindis, durante la madrugada del 22 de marzo, uno de los camareros del buque, Segundo Vázquez Baliño, rompió el silencio de la noche con unos terribles gritos de dolor y angustia ante la imposibilidad de poder respirar. Ni la ayuda del médico de Comisión, Luis Vidal, ni las atenciones que también le dieron el practicante, el mayordomo y otros tripulantes pudieron salvar la vida del malogrado Segundo que muere minutos más tarde, justo antes de que llegara el curo a darle la extremaunción.

Toda esa jornada fue inundada por una profunda tristeza que llegaba desde el Capitán de la nave hasta el último marinero. A la noche siguiente se procede a honrar al difunto con un responso y un entierro en el mar que Perís Mencheta describe así:

Hallábase éste colocado sobre una tabla y tenia fuertemente atados á las piernas dos gruesos lingotes de hierro, á fin de que al ser echado al agua se precipitara en la profundidad del mar, que en aquellas latitudes no bajará de 2.500 metros.

(…) La oficialidad del buque y a Comisión expedicionaria se colocaron en el puente, y la marinería en los sitios designados por el capitán.

Al empezar el responso, el contramaestre Jaime, marinero viejo, muy apreciado por lo inteligente é infatigable, avisó con una campanada que era llegado el momento de orar por aquél cuyo cuerpo iba á ser sepultado.

Terminada la oración, mandó el capitán que parase la máquina, en señal de respeto, y enfrenado el andar, dió comienzo el fúnebre acto.

Cuatro fornidos marineros levantaron el cadáver y le pusieron sobre la mura de babor; un segundo después se oyó el choque del cuerpo inerte arrojado al agua, y desapareció con la velocidad que lanzan sus proyectiles las piezas de cien toneladas.

La sepultura no puede ser más majestuosa. ¡Pero qué triste debe ser morir en tales circunstancias!

La expedición llegó al día siguiente a Puerto Rico. Después vendrían otros destinos como La Habana (Cuba) y Colón (Panamá) y tras ello la visita a la zona del istmo en donde se proyectaba la construcción del canal. En el regreso de la Comisión se pasó de nuevo por la capital cubana para volver a España, al puerto desde el cual se zarpó (Vigo), el 16 de mayo. En total más de dos meses de un viaje que recorrió alrededor de 11.000 millas náuticas. Al día siguiente, 17 de mayo de 1886, histórica jornada en la que vino al mundo Alfonso XIII, buena parte de la Comisión llega a Madrid en donde son recibidos y felicitados por el Marqués de Campo.

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Trabajos en las comisiones científicas en el Canal de Panamá
La Ilustración Nacional : revista literaria, científica y artística 
Tomo IV Año VII Número 12 - 1886 abril 30

Por cierto, el honorable francés de Lesseps dejaría de portar esa noble distinción sólo tres años más tarde, cuando salta a la luz el conocido como “el Escándalo de Panamá”. El proyecto del canal había entrado en barrena. La corrupción, la pésima administración de los trabajos, los gastos excesivos y las dificultades de financiación provocaron una tremenda crisis a esta obra, originando la quiebra de la compañía, la ruina para decenas de miles de accionistas y la toma del proyecto por parte de EEUU, finalizándose la construcción del canal en 1914.


Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


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