Entradas de "Blog"

La estancia en Tenerife del aviador cántabro Eloy Fernández Navamuel

Nov 12, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en La estancia en Tenerife del aviador cántabro Eloy Fernández Navamuel


 

La estancia en Tenerife del aviador cántabro Eloy Fernández Navamuel

Sus vuelos, gestiones y formación de nuevos pilotos, claves en el impulso del Aeródromo de Los Rodeos y la aeronáutica en Canarias

 

Artículo aparecido en el suplemento "La Prensa" del 
periódico El Día del sábado 12 de noviembre de 2016



Permítanme que hable de mí al comienzo de este artículo, dedicado, como bien nos señala el título, a otra persona que como veremos me supera en méritos y atractivo. Para un cántabro como yo, torrelaveguense, para más señas, hablar de un paisano es siempre motivo de satisfacción y orgullo, pero más aún lo es cuando este tiene una vida tan intensa e interesante. Es por ello que dedico este artículo a alguien que dejó atrás su tierruca y permaneció durante un tiempo de su vida en Tenerife como un isleño más, sintiéndose querido y respetado. Y es que fueron sólo veinticuatro meses los que estuvo en Tenerife. Apenas dos años en los que pisó nuestra isla pero, sobre todo, voló nuestro cielo. A mediados de los 30 del pasado siglo recaló por estos lares el aviador cántabro Eloy Fernández Navamuel, figura clave en el impulso y desarrollo de lo que hoy es el moderno Aeropuerto de Los Rodeos y que en esos años luchaba por ser un aeródromo digno y pieza fundamental de las comunicaciones y el transporte de Tenerife. Navamuel pese, como ya hemos visto, a su corta estancia en la isla, merece ser recordado, ligando su figura al desarrollo de la aeronáutica en Canarias.

Eloy Fernández Navamuel llega al mundo en pleno centro de Torrelavega, el día de San Valentín de 1899. Él y sus cinco hermanos (Antonio, Valentín, Matías, Julia y José) son fruto de la unión matrimonial de Matías Fernández y Modesta Navamuel, oriundos de Bárcena de Pie de Concha, pero que residían en esta ciudad a la ribera del Besaya en donde regentaban un negocio de librería y papelería (1). De niño fue un estudiante talentoso para el dibujo y otras materias. Durante la adolescencia su actividad y viveza no cesa. A punto de cumplir 18 años recibe una condecoración como recompensa a diversas labores altruistas y unos meses más tarde marcha a París regresando de nuevo a Torrelavega hablando fluidamente francés y “acompañado” de una moderna motocicleta. Una vez de nuevo en su tierra escribe una obra de teatro costumbrista, “Flor de la Aldea”, estrenada en el Teatro Principal de su ciudad.

Arranca la década de los veinte y la vida de Eloy toma un nuevo rumbo que le marcará para el resto de su vida. En 1921 ingresa como voluntario en el Ejército, siendo destinado al Regimiento de Lanceros del Rey en Burgos, como Suboficial. Pero su sueño era volar y decide ingresar en el arma de aviación, obteniendo el título de piloto en febrero del año siguiente. Tras un breve paso por el aeródromo sevillano de Tablada, pasa a la campaña de Marruecos. Los años que combatió en África le sirven para llegar a ser el aviador más laureado del país en ese momento, llegando a recibir siete cruces al mérito militar, treinta condecoraciones y la Medalla al Sufrimiento por la Patria, debido a un accidente en junio del 26 en donde resulta herido tras tener que amerizar después de diez kilómetros de planeo. En 1928 regresa a España y es nombrado Jefe de la Escuadrilla de trimotores Junkers de Getafe y más tarde lo será de la Primera Escuadrilla de Caza Nieuport de Tablada, en Sevilla.

Al año siguiente, ascendido ya a Alférez, se instala en Madrid junto a su mujer, Dolores Mateos, e hijos (2). Residen en la calle Rodríguez San Pedro del barrio de Chamberí (3), junto a Atussa-ben-Al-lal, una niña, huérfana de padre y madre, que Navamuel recoge en el frente de Marruecos, tras un asedio (4). En 1930 emprende un apasionado proyecto de divulgación de España, su cultura y economía por varios países americanos. Junto al aviador vasco Lázaro Echevarría llega a La Habana en la primavera de 1930 y allí comenzarán un periplo de varios meses, a bordo de una avioneta estadounidense, por México, Ecuador, Bolivia, Brasil y Venezuela, entre otros estados. En Cuba, al comienzo de su viaje, le es realizada una entrevista en la prensa. En ella deja claro cuál es su objetivo con esta expedición: “A raíz de las tendenciosas campañas de la prensa extranjera, que no recataba en publicar: “No vayáis a España, porque os robarán”. Esta afirmación me indignó, y entonces pensé hacer algo para contrarrestar los efectos de tan perniciosa campaña”. Como curiosidad cabe decir que Navamuel fue el primer militar español en llegar al campamento Monteagudo de Santa Clara, desde 1898 (5).

navamuelesposa

Fernández Navamuel, como suboficial aviador, 
junto a su esposa Dolores Mateos (1929)

Ya de nuevo en España y recién comenzada la Segunda República, obtiene el título de piloto aviador de 1ª categoría. A finales del 32 y comienzos del año siguiente realiza varios viajes de avistamiento y localización de prisioneros españoles retenidos varios años antes en el Sáhara francés. Realizaba estos trabajos habiéndose acogido a la llamada “Ley Azaña”, gracias a la cual pasaba a la reserva conservando, eso sí, la paga militar.

Y finalmente llegaría el mes de mayo de 1934, momento en el cual el entonces Teniente Fdez. Navamuel llega a Tenerife. Tras presentarse en la Comandancia Militar de la plaza, en los pocos días que permanece en la isla tiene tiempo de visitar el aeródromo de Los Rodeos y conocer la organización y estructura del Aero Club Tenerife. En ese momento era Jefe de Vuelos del Aeropuerto de Madrid y su propósito pasaba por averiguar de primera mano todo lo relacionado con la aviación en Tenerife (6). Regresó a la península el 18 de ese mes y hasta comienzos del año siguiente no volvería de nuevo al archipiélago.

Así, en enero del 35 realiza otro fugaz viaje a Tenerife, gracias a un permiso. Y al mes siguiente otro más, esta vez dispuesto a quedarse en la isla durante más tiempo y echar a andar en ella sus trabajos aeronáuticos ligados al aeródromo de Los Rodeos. El 20 de febrero llega, procedente de Cádiz, al Puerto de la Luz a bordo del buque “Villa de Madrid” (7). En la nave trae consigo una avioneta. Una vez en tierra telegrafía al Aero Club tinerfeño informando de su intención de aterrizar unos días más tarde en Los Rodeos. Tras varias jornadas de arreglos de unas averías en las alas y puesta a punto de la aeronave, parte de Gando tras el amanecer del lunes 25 de febrero y a las diez y media de esa mañana sobrevuela Santa Cruz de Tenerife. Después de unos minutos surcando los cielos de la isla, primero por el sur y después por la vertiente norte, aterriza finalmente en el aeródromo lagunero a las once menos diez. Navamuel y su acompañante de aeronave, el periodista de “La Prensa” Domingo Navarro y Navarro, fueron recibidos por el presidente del Aero Club así como por varios miembros y representantes de diversas entidades isleñas (8).

Apenas unos días después de su llegada de Tenerife, Navamuel comienza a ofrecer su aeronave y su experiencia de piloto a todo aquel que quisiera disfrutar de unos vuelos sobrevolando varias zonas de la isla. A lo largo del mes de marzo del 35 incluso varias veces sale anunciado en prensa esa posibilidad. Los socios del Aero Club tenían preferencia, pero la posibilidad de poder volar con él estaba abierta a todos, fueran estos hombres o mujeres, adultos o jóvenes (a veces la acompañaban sus hijos Eloy y Pepe, de 6 y 4 años de edad). Por ejemplo, el periódico “La Gaceta de Tenerife” del día 10 de marzo lo anunciaba así: “Desde las nueve de la mañana de hoy estará en el campo de Los Rodeos a disposición de las personas que quieran hacer vuelos por la isla Eloy Fernández Navamuel. Hoy tiene previsto volar sobre El Teide, La Orotava, La Laguna y Santa Cruz”. En total durante ese mes de marzo realiza 189 vuelos, surcando los cielos tinerfeños todos los días, salvo cuatro (7, 10, 19 y 23) (9). Incluso en una ocasión uno de esos días llegó a organizar un festival, patrocinado por el Aero Club, a beneficio del Asilo Victoria (10).

El mes de abril comienza con un accidente. En uno de sus varios vuelos diarios se ve obligado a tomar tierra por falta de combustible. Su aterrizaje inesperado le provoca ligeras magulladuras y varios desperfectos en la hélice de la nave (11). La avioneta en cuestión tenía un motor Cirrus de 110 caballos, con capacidad para 4 pasajeros (incluyendo al piloto) y ofrecía una permanencia máxima en vuelo (con el depósito completamente lleno) de tres horas. Eloy la guardaba en un primer momento en el hangar que Conrado Rodríguez López tenía en el aeródromo, pero el Cabildo intervino más tarde y sufragó el gasto de un nuevo depósito bajo la dirección de Ricardo González (con rampa de cemento y capacidad para dos aparatos).

Tal fue el éxito de sus vuelos y la huella que Navamuel había marcado en la vida de la isla, a pesar de llevar en ella poco más de un mes, que a comienzos de ese mes de abril le es realizada una entrevista en el diario “La Prensa”, a cargo del periodista José Rial. En ella se deshace en elogios hacia el aeródromo lagunero declarando que es “simplemente magnífico”. Avala, razonadamente, las ventajas del campo de Los Rodeos de la siguiente manera: “Es de tierra y de una tierra bien afelpada de esta hierba corta y fuerte, que se puede segar y convertirla en alfombra. Está admirablemente delimitado por barreras naturales perfectamente visibles de día y puede quedar señalado por una instalación de luces rojas, en cadena, con un reflector fuerte contra el viento, que se establezca el punto de aterrizaje y un faro ordinario de aviación para las grandes rutas.” Considera, eso sí, que es necesario disponer de “vallas de alambre (en su perímetro) y de un edificio para que sea sede del “Club-Avión de Tenerife””. No se muerde la lengua y respecto del asunto que más alas ofrece a los detractores de este aeródromo opina que “la barra de la bruma que se forma en Los Rodeos, está, generalmente, a sesenta metros de altura sobre el campo, y por debajo de esa barra se puede volar cómodamente para aterrizar hasta un avión de diez motores”. Y es que Navamuel se enfrenta desde el primer momento que puso el pie en la isla a la “resistencia pasiva” y el afán de descrédito que se lanza desde la Dirección General de la Aeronáutica (12) hacia Los Rodeos. Llega a defender al aeródromo tinerfeño, al que lo define como “el hito hacia América”. En la conversación con el periodista este pone sobre la mesa la posibilidad de poder utilizar como aeródromo el Llano de Maja, enclave situado entre Izaña y El Portillo. El piloto opina que tiene un defecto, la altitud (está a más de 2.200 metros sobre el nivel del mar), en donde el aire es “más delgado” lo que hace que el aparato necesite mayor espacio para despegar y tomar tierra. Sí lo ve útil para fines turísticos y estratégicos, teniendo en cuenta, eso sí, la enorme distancia por carretera que lo separaría de Santa Cruz. Navamuel considera más práctico y estratégicamente más importante disponer de estaciones de hidroaviones en Santa Cruz y Los Cristianos.

navamuel

Retrato de Fdez. Navamuel aparecido en "La Prensa" del 4 de abril de 1935

Al siguiente mes, mayo de 1935, realiza un vuelo a La Palma, acompañado del periodista Antonio de las Casas Casaseca. Sobrevoló la capital de la isla, tomando varias fotografías y llegando a lanzar una saca de correo sobre La Explanada (13). Y mientras tanto, continúa con sus vuelos y exhibiciones en Los Rodeos. Llegaban a organizarse excursiones de escolares para disfrutar de las piruetas, despegues y aterrizajes que el piloto cántabro realizaba casi a diario (14). Y es que Eloy Fernández participaba intensamente en la vida social de la isla. Tal es así que llegaba a realizar los saques de honor de partidos de fútbol lanzando la pelota desde su avioneta, lo cual era todo un atractivo para los asistentes a esos encuentros (15). La prensa insular se desvive en elogios al heroico piloto. “Un día y otro día cruza el aparato sobre la ciudad. Diez, veinte veces, a cualquier hora, se eleva y aterriza en Los Rodeos. Y ni una sola vez la niebla le ha impedido volar. Es preciso que esto se sepa donde debe saberse. Y es necesario, imprescindible, que lo sepamos agradecer y demostrar a Navamuel, que tanto, queriendo o sin querer, está haciendo por nosotros, nuestra simpatía y nuestra gratitud”. Son palabras del periodista Juan de la Isla que llega a publicar en el diario “Hoy” del 17 de mayo. Pero hubo más halagos. Los que dejaban claro lo hondo que había calado el buen hacer de Navamuel en defensa de Los Rodeos y la aeronáutica en la isla.

El 14 de junio regresa a la península. Zarpó rumbo a Cádiz en el “Villa de Madrid” de la compañía Transmediterránea, con idea de llegar a la capital. Allí estuvo varios días gestionando la creación de la “Escuela de Pilotos Aviadores de Tenerife”. En julio vuelve de nuevo (el día 17) trayendo consigo una nueva avioneta, con la cual comenzaría más tarde sus clases de pilotaje. Esta formación estaba incluida dentro de las actividades que desarrollaba el “Aero Club Popular Tenerife”, entidad fundada por él y de la que era presidente Heliodoro Rodríguez López (16).
Pero ese verano del año 35 seguía deparando novedades. El 12 de agosto a las diez y veinticinco de la mañana Navamuel despega de Los Rodeos acompañado de su mecánico. Ponen rumbo al sur de la isla y veinte minutos después toman tierra en el aeródromo de Llanos de Roja, entre La Tejita y El Médano. Se inauguraba así el segundo campo de aviación de Tenerife a iniciativa de Martín Rodríguez Díaz-Llanos, y que serviría para evitar desvíos a Gando en el caso de que la niebla en Los Rodeos no permita los aterrizajes. Recibieron a la avioneta el Alcalde de Granadilla, Manuel Batista Rojas, y otras autoridades, junto a numerosos habitantes de la zona. Por la tarde, Navamuel realizó un vuelo sobre el municipio, acompañado del alcalde. A continuación regresó al aeródromo lagunero, tras un vuelo de 28 minutos. Cabe decir que esta pista fue muy poco utilizada durante las dos décadas posteriores, hasta que en 1962, renombrada como “Aeródromo Tomás Zerolo” volvería a ser puesta en uso. Con la inauguración a finales de los setenta (17) del cercano Aeropuerto Reina Sofía, esta pista fue definitivamente clausurada (18).

navamuelllanosroja

Izquierda, Navamuel con Batista Rojas, alcalde de Granadilla;
derecha, aterrizando en el aeródromo de Llanos de Roja

Siguen pasando las semanas y nuestro protagonista no cesa sus labores en ningún momento. Encabeza las actividades formativas del Aero Club Popular gracias a dos aparatos “Havilland” de doble mando con los que cuenta (19). De entre los jóvenes pilotos que disfrutan de esa formación estaban Ángel Rodríguez López, Dionisio Díaz Pérez, José Cabrera Zapata y dos chicas, una de ellas Olga Navarro Cambronero, de 22 años y hermana de Alicia, Miss Europa 1935 y quien acompañaría a Navamuel el 24 de septiembre de ese año en uno de sus vuelos en Los Rodeos.

Un puñado de meses había bastado para que la sociedad tinerfeña ofreciera a este piloto, que superaba ya el millar de vuelos en la isla, el mejor de sus homenajes. El sábado 5 de octubre, a las ocho y media de la tarde, comenzaba una cena (20) en su honor en la sede del Aero Popular (21), a la que acudieron algo más de un centenar de invitados. Presidió la mesa el homenajeado y su esposa, flanqueados por el presidente del Aero Popular, Adolfo Renshaw, y el vocal, Martín Rodríguez Díaz-Llanos. Tras el refrigerio tomó la palabra Luis Álvarez Núñez, quien fue el designado por la Comisión Organizadora del acto para llevar a cabo las labores de presentación del evento y exposición de motivos del homenajeado. Resaltó la biografía de Navamuel, sus heroicos actos en África y los servicios prestados a la aviación española y especialmente en Tenerife. De entre las líneas de su discurso se pueden destacar: “La convivencia entre nosotros, como todos sabemos, es recientísima. Pero esa brevedad, y como algo milagroso le ha permitido granjearse la estimación de todo Tenerife y conquistarse innumerables simpatías. (…) El hecho de que un hombre extraño al país, forastero, supiera compenetrarse tan rápida y acertadamente con los sentimientos de Tenerife, confundiéndolos con su propia alma, puede considerarse como un caso nada común, como una coincidencia excepcional.” (22) Además, tomaron la palabra, entre otros: Fernando Barajas; José Clavijo Torres y José Butragueño, quien pronunció unos versos que el poeta Manuel Verdugo había dedicado al piloto y que decían: “¿Un banquete a Navamuel en Santa Cruz se le ofrece? ¡De sobra se lo merece! No puedo asistir a él; lo siento de corazón. ¡Volando va esta tarjeta, cual minúscula avioneta en que envío mi adhesión!” (23).

Como cierre del acto tomó la palabra Navamuel agradeciendo los honores hacia su persona y mostrando su opinión acerca de la conveniencia de hacer un aeródromo en Santa Cruz. Reiteró lo publicado en el periódico “La Prensa” dos días antes de esa cena, en donde el piloto detalló pormenorizadamente las razones de construir un aeródromo en el sur de la capital. Barajaba dos opciones. Una, la más sólida a su entender, entre el Cuartel de San Carlos y La Hondura, encajado por la línea de costa y la vía de enlace proyectada, que hoy sería la conocida Avda. Tres de Mayo. La otra, ligeramente a mayor altitud, quedaría enmarcada entre la actual Avda. Benito Pérez Armas y el Barrio de Buenos Aires, comprendiendo en su interior un tramo del Barranco del Hierro y la hoy existente barriada de Somosierra. Pretendía Navamuel que la isla tuviera el aeródromo principal lo más cercano posible a la capital, como así lo tenían otros grandes ciudades europeas (Berlín, Dresden, Ámsterdam, etc). Apenas unos días más tarde de este artículo y la cena en cuestión, el entonces presidente del Cabildo Insular, Maximino Acea Perdomo, dejaba claro en prensa que esa administración ya había encargado proyecto para construcción de un aeródromo en El Socorro (Güímar) al conocido arquitecto Marrero Regalado. Al final, como hoy sabemos, ninguno de los proyectos se llevaron a cabo.

navamuelsc

Proyecto diseñado por Navamuel para construcción de aeródromo en Santa Cruz

Pero los honores hacia nuestro protagonista no cesaban. El Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna acordó en Pleno del 9 de octubre dejar constancia de la satisfacción de la corporación municipal hacia los trabajos que Navamuel está llevando a cabo en pro del aeródromo de Los Rodeos. La propuesta fue llevada a la sesión por el concejal Ildefonso Rodríguez, siendo aprobada por unanimidad (24).

El mes de noviembre lo pasó en Madrid a donde viajó para obtener los permisos para poner en marcha un servicio de taxis aéreos entre las Islas Canarias y la Península. Desgraciadamente, el entonces Director General de Aeronáutica, Manuel Goded, le denegó esa licencia, el 31 de diciembre de 1935.
El nuevo año le seguiría trayendo malas noticias. A finales de enero un fuerte temporal destrozó el hangar en donde guardaba las avionetas. La fuerza del viento llegó a arrancar paredes y techo del depósito (algunas planchas llegaron al pie de la Montaña del Púlpito). Las dos avionetas del Aero Popular sufrieron algunos desperfectos, pero la de Navamuel quedó completamente destrozada. Al inicio de la llegada del temporal a la zona, el propio piloto, que vivía en una casa cerca del aeródromo, llegó a acudir al hangar, pero el fortísimo viento hizo añicos el cobertizo, obligándole a permanecer varias horas allí, sin poder regresar a su casa (25). Ante este hecho se pretende desarrollar un acto benéfico para recaudar dinero destinado a la reparación de su aeronave. La idea era escenificar una obra teatral (“Otra vez el diablo”) en el Guimerá, a cargo de la entidad “Escuela de arte”. El evento finalmente no se llega a realizar. Incluso Navamuel llega a solicitar al Cabildo una subvención de 7.000 pesetas para reparar las avionetas destrozadas por el temporal. El piloto, como veremos, dejaría la isla esa primavera, sin ver arreglada su avioneta.

Los meses de marzo y abril del 36 tuvo dos extraordinarias visitas de colegas deseosos de conocer la isla y sus trabajos desarrollados en ella. En primer lugar llegó a Tenerife el aviador cubano Antonio Menéndez Peláez. Navamuel estuvo con él realizando excursiones por la isla y en Los Rodeos. Más tarde, recalaría el piloto alemán Federico Grohe. Traía consigo, a bordo del crucero “Nuremberg”, un hidroavión. Igualmente llega a conocer a Eloy Fernández y este le muestra al campo de Los Rodeos.

Semanas más tarde, la noche del miércoles 27 de mayo, Navamuel y su familia parten hacia la península. Dejaban atrás una isla que los había acogido con cariño todos estos meses y que nunca más volverían a pisar. Quizás en la mente del piloto estaba, estoy seguro, regresar a las islas de nuevo pero, como todos sabemos, en el verano del 36 estalla la cruenta y terrible Guerra Civil. Navamuel se ve sorprendido por la sublevación militar estando en Llanes visitando a su hermano José. Desde ese mismo momento se pone de parte del gobierno republicano, regresando a Torrelavega para dirigir el Comité de Defensa. Allí consigue aplacar el ataque que civiles armados pretendían realizar al Cuartel de la Guardia Civil, en donde el Capitán estaba acuartelado con el resto de miembros y sus familias. Poco pudo hacer días más tarde en Reinosa a donde acude a resolver una revuelta similar (después de que un Teniente de la Guardia Civil matara a tiros al alcalde de la localidad) que se salda con dieciocho guardias fallecidos.

La guerra continuaba y Navamuel acude al frente de batalla. Gracias a un bimotor C/N 54 derriba varias aeronaves enemigas combatiendo en Asturias, Cantabria, Palencia y Madrid. Tal es el mérito ganado por él en esos primeros meses de contienda que es ascendido a Capitán y más tarde, en noviembre, a Comandante Jefe, estando al frente de la 54 División del Norte. Pero el 24 de agosto de 1937 las tropas franquistas toman Torrelavega, como paso previo a la llegada a Santander. Ese día despega con su aeronave, acompañado de su hermano José, de la playa de Oyambre (26), esa que vio aterrizar años antes al “Pájaro Amarillo” (27). Tras dos horas de vuelo y ya sin combustible logran aterrizar en el aeródromo de Biscarrosse. El propósito, cruzar a Cataluña desde Francia y seguir luchando en el frente. Le es impedido el paso a España, acusado de deserción, a pesar de que había demostrado que su idea era la contraria. Ante esto se instala con su mujer e hijos cerca de Burdeos, en donde llegaría a trabajar de chófer y pescadero, hasta que tras el fin de la guerra, en 1939, pone rumbo junto a su familia a República Dominicana. Allí colaborará con la revista de aviación “Cosmopolita” y obtiene el título de Ingeniería Civil. En 1947 pasa a Venezuela, siendo Jefe de Construcción del Estado de Aragua y ejecutando obras ligadas a carreteras, viviendas e incluso una iglesia, la de Tanaguarena, por la que llega a obtener el Premio Nacional de Arquitectura (28).

Su deseo de regreso a España, a su querida Torrelavega, siempre permaneció en su mente, pero se le denegó en varias ocasiones la entrada en el país. Finalmente, en 1963 vuelve a Madrid, aquejado de un cáncer de pulmón. Un año más tarde, el 11 de marzo de 1964, fallece en la capital de España, a la edad de 65 años (20). Sus restos reposan hoy en día en el cementerio torrelaveguense de Geloria.


  1. Gutiérrez Flores, J. y Gudín de la Lama, E.: “Cuatro derroteros militares de la guerra civil en Cantabria”. Monte Buciero, nº11. 2005
  2. El matrimonio tuvo tres hijos: José Luis, Eloy y Fernando.
  3. “Heraldo de Madrid”, 1 de enero de 1929.
  4. El hermano de la niña, quien pasaría a llamarse Luisa tras convertirse al cristianismo, fue recogido por el Teniente Casado.
  5. “La Nación”, 10 de enero de 1931
  6. “La Prensa”, 15 de mayo de 1934
  7. “La Prensa”, 20 de febrero de 1935
  8. “La Gaceta de Tenerife”, 26 de febrero de 1935
  9. “La Prensa”, 4 de abril de 1935
  10. “La Prensa”, 3 de marzo de 1935
  11. “La Gaceta de Tenerife”, 3 de abril de 1935
  12. Entidad que meses antes emitió informe negativo para un servicio planteado por una empresa privada con idea de realizar viajes interinsulares utilizando Los Rodeos
  13. “Diario de Avisos”, 27 de octubre de 2002
  14. El 30 de mayo de 1935, por ejemplo, fueron al aeródromo un centenar de alumnas de las escuelas municipales de La Cuesta, junto a sus profesoras. Era el sexto grupo escolar que acudía hasta esa fecha al campo de Los Rodeos.
  15. El domingo 9 de junio realizó uno de estos saques, antes del partido de fútbol entre los equipos Manchester y Furia Roja que se celebró tras la colocación de la primera piedra del Pabellón de la Plaza de San Francisco (La Laguna). Pero hubo más casos, como, por ejemplo, en los momentos previos al encuentro entre el Furia Roja y el CD Español, celebrado en el Campo Hespérides de La laguna (partido a beneficio de los huérfanos del malogrado jugador Ángel Expósito).
  16. Navamuel formaría parte de su directiva como vocal de aeronáutica, hasta el momento de su partida definitiva a la península.
  17. Fue inaugurado el 6 de noviembre de 1978.
  18. Los terrenos que ocupó hasta ese momento el aeródromo hoy están incluidos dentro de la Reserva Natural Especial de Montaña Roja y aún puede verse en pie la antigua torre de control.
  19. Aeronaves con motores Hispano-Suiza de 8 cilindros en V, potencia de 180 caballos y una velocidad máxima de 130 km/h.
  20. Servida por el Restaurant “La Peña”.
  21. Situada en la plaza de la República nº1 (actual plaza de la Candelaria).
  22. Fondo Eloy Fernández Navamuel, Universidad de Cantabria.
  23. Fondo Eloy Fernández Navamuel, Universidad de Cantabria.
  24. Fondo Eloy Fernández Navamuel, Universidad de Cantabria.
  25. “La Prensa”, 24 de enero de 1935
  26. Gutiérrez Flores, J. y Gudín de la Lama, E.: “Cuatro derroteros militares de la guerra civil en Cantabria”. Monte Buciero, nº11. 2005
  27. Aeronave que protagonizó el primer vuelo transoceánico entre EEUU y España, en 1929, en donde iba a bordo el primer polizón conocido de la historia de la aviación.
  28. Gutiérrez Llano, J. y Reyero, C.: “Eloy Fernández Navamuel, leyenda de la aviación” (“El Diario Montañés”, 28 de agosto de 2016)
  29. Gutiérrez Flores, J. y Gudín de la Lama, E.: “Cuatro derroteros militares de la guerra civil en Cantabria”. Monte Buciero, nº11. 2005


Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


Agradecimientos: Maxi Agüero Pruneda, Miguel A. Noriega Ingelmo y Jesús Gutiérrez Llano



Catas con historia

Oct 25, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en Catas con historia

cata_con_historia

Atalayas y atalayeros en las Islas Canarias

Oct 8, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en Atalayas y atalayeros en las Islas Canarias

 



ATALAYAS Y ATALAYEROS EN LAS ISLAS CANARIAS

El avistamiento desde las cumbres canarias clave en la defensa militar de las islas a lo largo de su historia

Artículo aparecido en el suplemento "La Prensa" del 
periódico El Día del sábado 8 de octubre de 2016

atalayas

Hasta hace algo más de un siglo, el avistamiento directo al horizonte o tierras visibles más lejanas suponía el primero de los episodios de la defensa de un territorio. Así, oteando a simple vista y/o por medio de catalejos, telescopios, gemelos o binoculares (según el lugar y la tecnología del momento) se tenía conocimiento de la llegada del enemigo a una región, fuera esta insular o continental. Durante varios milenios el ser humano utilizó, pues, la observación visual directa como principal medio receptor de información, siendo acompañada esta de la posterior transmisión de ese aviso o advertencia a un emplazamiento de mando o guardia a través de diversas maneras, fundamentalmente señales de humo, fuego, banderas/banderolas, silbos o espejos, según el momento del día. De esta manera, a lo largo de la historia en todas las regiones del planeta fueron establecidos vigías o centinelas en puntos estratégicos, dotados siempre de una gran cuenca visual, como garantes de defensa de ese territorio ante posibles ataques, invasiones o desembarcos de enemigos o adversarios. Estos emplazamientos solían estar ligados al relieve y, en la mayor parte de los casos, se trataban de cumbres, cerros, promontorios, cimas, crestas y lomos; atalayas, en definitiva, en donde desarrollaron su misión, durante interminables jornadas, los atalayeros que las ocupaban.

Nuestro país ha sido testigo de este hecho a lo largo de la historia. Durante la Reconquista cientos de atalayas, tanto de origen musulmán como cristiano, fueron establecidas por las montañas de la Península Ibérica. En la sierra de Guadarrama, en la cuenca soriana del Duero, en la pacense Tierra de Barros o en las montañas gaditanas, por citar alguna zonas. Muchas de estas atalayas siguen conservando hoy en día pequeñas fortificaciones que atestiguan la presencia de esos vigías y sus cometidos en aquellos siglos de batallas peninsulares. En las costas mediterráneas fueron numerosos los emplazamientos de guardia y centinela, por citar algunos: los establecidos en el litoral cartagenero o la modesta torre de vigía en la isla de Espalmador (Formentera). Lo mismo ocurrió en el Cantábrico, donde se sabe de la presencia de atalayeros en las cercanías costeras de puertos como Laredo, Llanes, Tazones, Orio, Castro-Urdiales, Luarca y Comillas, entre otros muchos. De estos últimos se tiene constancia de, además del uso militar de estos lugares, la observación de ballenas y otros cetáceos, para fines pesqueros.

Canarias no fue menos. El archipiélago, situado estratégicamente en el borde oriental del Atlántico, pero de paso obligado hacia o desde el Nuevo Mundo, el sur de África y el Índico, necesitó de este tipo de tareas de vigía, y bien que sirvieron. Veamos, isla a isla, algunas de las atalayas más destacadas de nuestra historia, marcadas por un nexo común: la presencia en ellas de atalayeros, que solían ser vecinos de la zona, además de milicianos, capaces y con buena vista y guarnecidos con casetas de madera o goros de piedra. Allí, cientos de canarios llevaron a cabo horas y horas de vigilancia de su tierra, sufriendo los fríos de la noche, la lluvia y el viento de los meses más gélidos, el sol justiciero del verano y, más aún, la melancólica y temida soledad del centinela. A todos ellos y a sus familias van dedicadas estas líneas.

Lanzarote

Si bien, es a partir del XVIII de cuando se disponen de referencias documentales de establecimientos de vigía más o menos fijos en diversas montañas de la isla, que son los que citaré en líneas posteriores, podemos asegurar que gran parte de ellos, si no todos, fueron utilizados también en los siglos XVI y XVII. Estos lugares (1) son: Montaña de Femés, Montaña Blanca (entre Tías y San Bartolomé), Montaña de Tinamala (junto al núcleo de Guatiza), Montaña de Haría (conocida hoy en día como “La Atalaya”) y en lo alto del volcán de Guanapay, lugar donde se encuentra el castillo de Santa Bárbara, el principal de la isla, al que debían de llegar los avisos provenientes de cada atalaya (2).

En 1793, el Teniente Coronel Juan Creagh, Gobernador Militar de Lanzarote, realiza un informe sobre la defensa de la isla para el entonces Comandante General de Canarias, el célebre General Antonio Gutiérrez. Respecto de las atalayas cita las ya comentadas e incluye dos nuevas: Peñas de Charche (Riscos de Famara) y Montaña Chiquita (Nazaret) (3). En 1805, el Ayudante Mayor del Regimiento de Milicias de Lanzarote, José Francisco de Armas y Betencourt, elabora el “Plan de Ataque y Defensa para la Isla de Lanzarote”, recordemos que esos momentos España estaba en guerra frente a Inglaterra. Se mencionan en él gran parte de las atalayas ya citadas, a las que se le añade la “Atalaya Grande”, situada en el hoy Mirador del Río. Se establece en ese Plan que los vigías han de ser vecinos de la zona, tras designación por parte de los Jueces Reales o Comandantes Militares de cada Regimiento, debiendo de guardar obediencia al personal militar, incluidos soldados y cabos. Se establecen como señales de alerta las llamaradas, luciendo tantas como buques fueran avistados. El aviso debía de llegar al Castillo de Santa Bárbara desde donde se lanzarían tres cañonazos y un fogonazo.

En la isla, al igual que en otras, como ya veremos más adelante, fueron desplegados una serie de atalayeros en zonas de costa, sobre todo las playas, como lugares más propicios para posibles desembarcos. Entre ellas: Órzola, Arrieta, Ancones, Tiñosa, Famara, Berrugo y Papagayo.

Fuerteventura

La llegada de berberiscos, piratas, corsarios y flotas extranjeras enemigas a la isla majorera obligó a levantar una serie de fortificaciones diseminadas por la costa, siempre protegiendo lugares estratégicos y de interés: Tostón y San Buenaventura, por ejemplo; además de los anteriores castillos “betancurianos” como fueron las torres de Lara, de Riche Roche y del Barranco de la Torre. Además, fueron distribuidos por diversos puntos elevados de la isla una serie de lugares de vigía. Pinto de la Rosa, autor de la que es sin duda la mayor y más maravillosa publicación versada en arquitectura defensiva militar en Canarias (4), nos cita algunos: Morro Juan Martín (costa meridional de Tarajalejo), Montaña Mantinga (Gran Tarajal), Montaña de la Torre (Caleta de Fuste), Montaña Tamanaire (Puerto Cabras), Montaña de Tertir (Tabladillo), Montaña Escanfangra (Corralejo) y Montaña Vitagora (Puerto de la Peña).

Incluso en el vecino Islote de Lobos llegó a haber vigías temporales. El italiano Leonardo Torriani nos relata que “(…) los corsarios se detienen aquí muchos días, poniendo vigías encima de la montaña, y dejando las naves al ancla cerca de esta montaña, por no servir el puerto más que para lanchas y naves pequeñas” (5).

Otra fuente extraordinaria que aporta información de atalayas y otros usos del territorio es la toponimia. Así, aún hoy en día permanecen vigentes nombres de varios enclaves que quizás pudieron ser igualmente establecimiento de centinelas. Así, tenemos la Atalaya Caracol (en Tarajalejo), la Atalaya del Risco Blanco (en la costa oeste de la isla), la Punta de la Atalaya (junto a Puerto del Rosario), la Montaña de la Atalaya de Hurianem (cercana a las dunas de Corralejo), la Atalaya del Risco Negro (al oeste de Tefía) y La Atalayita (aguas arriba de Pozo Negro).

Gran Canaria

De la isla grancanaria se tienen referencias documentales y cartográficas de atalayas repartidas por diversas zonas. Se sabe de ellas en las montañas de: Guía, Taliarte (entre las playas del Hombre y Melenara), Tirma, Veneguera, Gáldar y Santa Brígida. La toponimia aún lo recuerda con: el Pico de La Atalaya, como se denomina a la citada en Gáldar, y el barrio satauteño de “La Atalaya”. Pero las más célebres y documentadas son las que se emplazaron en La Isleta, fundamentales en la protección de la capital insular.

isleta

La Isleta y, en la cumbre, su atalaya, del plano:
"Ataque del Corsario Drake a la Isla de Gran Canaria. Próspero Casola. 1595"

Existen referencias de estos puntos de vigía en diversos planos históricos de Las Palmas (6), además de en varias publicaciones ligadas a relatos de ataques enemigos a la isla. Así se sabe, gracias a ello, que al amanecer del 6 de octubre del año 1595 la atalaya de La Isleta anunció mediante hogueras y humo la llegada a la isla de varios galeones bajo el mando de Francis Drake (7). Al poco tiempo se transmitió el aviso de la atalaya al resto de la villa mediante un cañonazo (8). Unas horas más tarde, ya con los ingleses frente a la costa, se repelió el ataque, con cuatro decenas de bajas británicas y varias barcazas destrozadas. Drake dejó la isla, tomando rumbo al Caribe. Igualmente fueron avistadas por la atalaya de La Isleta las flotas del corsario francés Francois Leclerc, “Pata de Palo”, en su embestida a Las Palmas en 1553 (9) e igualmente las naves holandesas de Pieter van der Does, al comienzo del estío de 1599. Rumeu de Armas nos lo relata de la siguiente manera (10): “El sábado 26 de junio de 1599, al amanecer, los vigías de la atalaya de las Isletas divisaron la poderosa formación, que navegaba lentamente en dirección al puerto. Pocos minutos más tarde, de la montaña se elevaba una espesa columna de humo, que servía de aviso a los demás vigías y atalayas de la isla para prevenir a sus moradores del riesgo que la amenazaba y de la necesidad de empuñar las armas en su defensa.” Tres días después los holandeses tomarían la villa capitalina pero el 8 de julio siguiente dejan la isla, incapaces de poder tomarla en su totalidad.

Tenerife

Tenerife contó con numerosos enclaves destinados a la vigilancia costera, repartidos por todas las zonas de isla. En el sur y sureste fueron utilizadas como atalayas algunos de los más singulares conos y roques volcánicos de la costa y las medianías (11): Guaza (ligada a la defensa de Adeje), Montaña Centinela y Montaña Gorda (en la comarca de Abona), la Montaña de Fasnia y la Montaña Grande o de Güímar. En la costa norte llegaron a existir dos atalayas, sitas en San Juan del Reparo e Icod, ligadas a la defensa de los puertos de Garachico y San Marcos respectivamente. En Acentejo hubo centinelas temporales en la Montaña de La Atalaya, sobre el barrio tacorontero de San Juan de Perales, y en las cumbres del cierre septentrional de la vega lagunera en La Atalaya, El Púlpito y La Bandera. Existen fuentes documentales que desde recién finalizada la conquista de la isla hacen mención a la necesidad de guardia y vigilancia costera, estableciéndose planes que determinaban los lugares, cometidos y tareas a llevar a cabo por esos centinelas. Así, por ejemplo se determinan las guardias de salud (destinadas a la vigilancia de la costa ante la llegada y desembarco de naves con tripulación portadora de fiebres, pestes y otras enfermedades infecciosas). Se conservan actas del Cabildo fechadas en marzo de 1523 que fijan la presencia de estos vigías en enclaves del litoral tinerfeño, como por ejemplo: Bufadero, Igueste de San Andrés, Las Galletas, Punta de Teno, Caleta de San Marcos, Roque Bermejo, etc.

Pero si hubo una zona de mayor presencia de vigías esa es la península de Anaga, destinados a la defensa de La Laguna y Santa Cruz de Tenerife, pero también con fines protectores del monte (frente a incendios y extracción ilegal de madera dedicada al contrabando) (12). Llegó a haber atalayeros de manera más o menos permanente en el tiempo en cumbres como la Mesa de Tejina (precisamente conocida de manera popular como “La Atalaya”), Tafada, El Sabinar e Igueste de San Andrés. Entre estas tres últimas se estableció una particular red de comunicación que conseguía llevar un aviso, mediante hogueras y banderas, desde Tafada (en lo alto de Chamorga y con visibilidad hacia el norte), hasta Santa Cruz, sirviendo las otras dos de “repetidoras”. Este hecho determinó que la atalaya iguestera (13) fuera considerada como la principal de la isla, estando en uso y manteniendo comunicación directa con el Castillo de San Cristóbal hasta mediados del XIX.

Precisamente esta atalaya jugó un papel clave en la defensa de la isla frente a dos de los ataques ingleses más célebres y recordados de la historia tinerfeña. La tarde del 5 noviembre de 1706, fue el vigía de esta quien alertó de la llegada de la flota de John Jennings (14) y el 19 de julio de 1797, Domingo Izquierdo, atalayero de igueste, dió aviso del avistamiento de la escuadra de Nelson que unos días más tarde pretendiera sin éxito tomar la isla y cayendo derrotado a consecuencia de la Gesta del 25 de julio de 1797, liderada por el General Gutiérrez y protagonizada por cientos de isleños, tanto civiles como militares.

A finales del XIX este enclave cambio de uso y fue utilizado por la consignataria Hamilton & Cía. como posicionamiento de atalayeros para dar aviso al personal de esta empresa en el puerto de la próxima llegada de naves necesitadas de labores de carga y descarga de fletes. En lo alto de esta atalaya (hoy llamada “de los Ingleses”) trabajaron como vigías los vecinos de Igueste Agustín Gil y su hijo José, quienes residieron en esta cumbre, refugiados en una modesta caseta de madera, la friolera de 12 años (del 20 de septiembre de 1886 hasta finales de 1898), con una salario anual de 2.200 pesetas.

Mientras este uso comercial de la atalaya de Igueste se efectuaba en los últimos años del siglo XIX, comenzó a funcionar en esa misma montaña, pero a menor altitud, sobre el acantilado que cae al “Roquete”, el Semáforo de Anaga. Tras estudios para la localización del mismo comenzados a mediados de 1883, se empezó su construcción tres años después, entrando en uso el 4 de diciembre de 1895. En él desarrollaron sus tareas decenas de semaforistas (pertenecientes al Cuerpo de Suboficiales de la Armada) quienes hasta el año 1970, momento en que cesó su actividad y el edificio fue desalojado, residían allí con sus familias. Disponían de cable telegráfico, estación meteorológica y un enorme mástil que con un juego de bolas y banderas servía para comunicarse con los buques que transitaban frente a la costa sur de Anaga. Hoy en día, el edificio se encuentra en ruinas, vallado y con serio peligro de derrumbe. Lo que antaño fue una infraestructura puntera, única en Canarias a lo largo de la historia, actualmente presenta un triste aspecto de abandono y olvido.

semaforoanaga

Semáforo de Anaga en funcionamiento

Santa Cruz contó, además, con otras tres atalayas, estas ya más cercanas a la villa y el puerto. La de San Andrés (que efectuaba tareas de repetición de lo transmitido desde la de Igueste) y las de Ofra y Taco, situadas en lo alto de los conos volcánicos que forman ambas montañas. Estas dos tenían además la posibilidad de comunicarse con zonas del interior, principalmente La Laguna.

La Gomera

La principal atalaya gomera estuvo establecida durante varios siglos en la Punta de San Cristóbal, en el entorno de donde hoy precisamente se encuentra el faro homónimo. Así lo atestigua cartografía histórica de la isla (15). Desde este enclave se tenía una excelente panorámica hacia las aguas al noreste, principal zona de llegada de buques enemigos, dando aviso a las guarniciones establecidas en la villa de San Sebastián y, con ello, protegiendo el puerto principal de la isla. Pero además se tiene constancia de otros puntos de vigía con centinelas establecidos en ellos en determinados momentos, como por ejemplo en la Montaña del Calvario (16), junto al núcleo de Alajeró, y en la Fortaleza de Chipude.

De entre las referencias que destacan las labores ejercidas por las atalayas gomeras ante ataques enemigos podemos citar la llegada de la escuadra de Franco-portuguesa de Saint-Pasteur-Serrada: “(…) 28 de febrero de 1583, divisóse al amanecer desde las atalayas de la isla la escuadra enemiga, que se dirigía derecha al puerto, y no hubo tiempo sino el preciso para tocar alarma, concentrar las milicias con su artillería de campo y disponer la torre (…) para responder a la probable agresión con los certeros disparos de su artillería” (17). Décadas más tarde, los vigías de la villa gomera darían señal de alarma ante la llegada de la escuadra inglesa de Walter Raleigh, el día 28 de septiembre de 1617, y a mediados del siguiente siglo hicieron lo propio frente al ataque perpetrado por la flota de Charles Windham cuando este arribó frente a la isla colombina con dos navíos de línea y una fragata de guerra (18). Fue durante la noche del 29 de mayo de 1743 cuando las atalayas de Chipude y Vallehermoso avistaron los buques ingleses capitaneados por Windham, y al amanecer siguiente los vigías de la villa corroboraron la llegada, dando aviso al Castillo de los Remedios, desde donde se disparó un cañonazo como señal de rebato para las milicias. Tras ello vendrían horas de incesante cañoneo, que obligó a recular y huir a las tres naves de la Royal Navy inglesa (19).

La Palma

La importancia comercial y marítima que La Palma ha tenido a lo largo de la historia es por todos conocida. Desde ya arrancado el siglo XVI era necesario proteger la isla frente a los ataques, saqueos y desembarcos enemigos, de los que la historia palmera, por desgracia, puede presumir. Así, se establecieron como atalayas dos enclaves con buena visibilidad y cercanos a Santa Cruz de la Palma: la Montaña de Tenagua (Puntallana), al norte y la del Risco de la Concepción (20), al sur. Más tarde se unieron a estas otras dos: en El Rosario (Barlovento) y en la Montaña de Siete Ojos (Puntallana) (21). En todas ellas “había tres guardas fijos a sueldo del Cabildo, y estaban obligados, siempre que fuesen divisadas más de tres velas juntas, a dar cuenta personal, por medio de uno de ellos, de sus pesquisas, así como a encender las hogueras acostumbradas para conocimiento de toda la isla” (22).

Fundamentalmente era vital la defensa de la costa este en donde se encuentra Santa Cruz y su puerto, pero también otras zonas litorales, como la Caleta de Izcaguan, la Punta de Santo Domingo, la Caleta de la Manga y el Porís de Don Pedro, en Garafía; El Ancón, en Puntallana; y Tazacorte y Puerto Naos, en la costa del valle de Aridane, por citar algunas otros fondeaderos y embarcaderos. Para el avistamiento de aguas septentrionales se tienen referencias de atalayas en las montañas de: Matos (Puntagorda), Fernando Porto y la Centinela (Garafía), así como en las de La Galga y el Loral (Puntallana) (23).

sclapalma

Santa Cruz de La Palma desde el Risco de la Concepción, 
al fondo la Montaña de Tenegua

Relacionadas con algunas de las varias ofensivas que sufrió la isla, existen referencias de participación de los vigías dando aviso de la llegada de flotas no deseadas. Así, uno de los ataques más célebres y recordados que sufrió “la isla bonita” fue el perpetrado por el corsario Francis Drake en el otoño de 1585. De la llegada del “Bonaventure”, buque insignia de Drake, y el resto de naves que este comandaba (29 en total) fue dado aviso por varias atalayas palmeras el 7 de noviembre primero y más tarde al amanecer del 13. La meteorología, la mar y el buen hacer de las guarniciones de las fortalezas palmeras repelieron el ataque y pasadas unas horas de conflicto, Drake y los suyos pusieron proa hacia otros lares, orejas gachas y con destrozos en varias de las naves y unas 30 bajas estimadas. Finalizaba así el primero de los ataques ingleses sobre las Canarias.

El Hierro

La más occidental de nuestras islas no fue tan codiciada por parte de piratas y corsarios como sí lo fueron las otras seis del archipiélago. El abrupto relieve, la escasez de recursos y el hecho de que su capital y otros núcleos estuviesen en el interior y a una considerable altitud fue determinante para ello. Luis de la Cueva, nombrado en 1589 primer Capitán General de Canarias, consideró innecesario el establecimiento edificado de defensas en la isla. En palabras suyas, redactadas en un informe oficial, llega a decir que “lo de allí es cosa sin sustancia porque las casas son cuevas esparcidas y la tierra es tan pobre, (…) con lo cual está más segura de corsarios que las demás con mucha artillería” (24). De todas formas, se crean milicias avanzado ya el siglo XVI, teniendo los vecinos del lugar, entre otros cometidos, el de realizar guardias mediante tareas de vigía, fundamentalmente en zonas costeras propicias a posibles desembarcos: Las Playas, Naos, La Estaca, La Caleta, etc. Uno de estos lugares elevados con buena cuenca visual sobre el litoral el cual tuvo vigías apostados en su cima es la Montaña de Vidacaque, que con 300 metros de altitud domina la costa noreste de la isla, estando a sus pies el embarcadero de La Caleta (25).

Uno de los episodios documentados de avistamiento y aviso por parte de vigías herreños ante la llegada de flotas extranjeras se produjo en abril de 1762, ante el desembarco que unos corsarios ingleses efectuaron en la costa sur de la isla, en la pequeña bahía de Naos, entre La Restinga y Tacorón. Uno de los centinelas dio la señal de alarma, llegando el aviso a la Compañía de Milicias de El Pinar, quienes se desplazaron hasta la costa, inutilizando la barcaza británica con la que habían tomado tierra y tomando como prisioneros a los ingleses (26).


  1. Antonio Riviére (1741)
  2. Precisamente en el mismo lugar donde a mediados del siglo XIV el genovés Lancelotto Malocello levanta una modesta fortaleza.
  3. Clar Fernández, J.M.: “Arquitectura militar de Lanzarote”. 2007
  4. Pinto de la Rosa, J.M.: “Apuntes para la Historia de las Antiguas Fortificaciones de Canarias”. 1996
  5. Torriani L.: “Descripción e historia del reino de las Islas Canarias antes Afortunadas, con el parecer de sus fortificaciones”
  6. Por citar algunos: “Planta de la ciudad de Canaria. Por un soldado anónimo” (1659), “Planta de la ciudad de Las Palmas de la Islas de Canarias” (Antonio Riviere, 1742), “Planta de la ciudad y plaza de Las Palmas de la Ysla de Gran Canaria” (Luis Marqueli. 1792) y “Plano de la Bahía de Las Palmas y del Puerto de La Luz en la Isla de Gran Canaria” (Capitán Perry y oficiales de la Corbeta de Guerra Norteamericana “Macedonia”. 1844).
  7. Era costumbre de la Atalaya hacer fuegos siempre que se acercaban a tierra más de “cinco velas”.
  8. Carta del Ingeniero Próspero Casasola dirigida a Felipe II (de 8 de octubre de 1595): “Señor: Viernes al amanecer, dia de Santa Fee, a seys de este, dio fuego el atalaia de la montaña de las Ysletas y tiró una piega el castillo y se reconocieron veynte y ocho naos, que después se supo que venían con ella seys galeones de la Reyna de Inglaterra, (…)”.
  9. “Descubiertos por la atalaya de las Isletas y dadas las señales de rebato, las compañías de la isla, con sus capitanes, se congregaron en la caleta de Santa Catalina (…).” (Rumeu de Armas, A.: “Piraterías y ataques navales contra las islas Canarias”)
  10. Rumeu de Armas, A.: “Piraterías y ataques navales contra las islas Canarias”
  11. “Mapa de la Isla de Tenerife” Antonio Riviere (1740)
  12. Cola Benítez, L.: “Los montes de Santa Cruz (y 2)” (La Opinión de Tenerife, 12 de octubre de 2014)
  13. “Plano de Santa Cruz de Tenerife” Joseph Ruiz (1771)
  14. Gazeta de Madrid, del martes 4 de enero de 1707.
  15. “El Puerto Principal de la Isla La Gomera”, fechado en 1662 y a cargo de Lope de Mendoza; “Mapa de la Ysla de La Gomera”, de Antonio Riviere (1743) e “Islas Canarias. Detalle de la Isla de La Gomera”, realizado por Francisco Coello, en 1849.
  16. Escribano Cobo, G. y Mederos Martín, A.: “Fondeaderos y Puertos de La Gomera y El Hierro”
  17. Rumeu de Armas, A.: “Piraterías y ataques navales contra las islas Canarias”
  18. Viera y Clavijo, J.: “Noticias de la historia general de las islas de Canaria” (volumen 3)
  19. Para conocer más de este valeroso episodio de la historia de La Gomera les recomiendo la obra “1743. La Royal Navy en Canarias. La derrota de Charles Windham en La Gomera y otras acciones en el Archipiélago.”, de Carlos F. Hernández Bento.
  20. Precisamente este promontorio palmero, debido a su excelente cuenca visual y cercanía a Santa Cruz, fue utilizado para situar varias pequeñas fortificaciones militares durante los años 40 del pasado siglo, destinadas a puesto de mando y telémetro.
  21. Sesión del Cabildo de La Palma de 23 de agosto de 1568
  22. Rumeu de Armas, A.: “Piraterías y ataques navales contra las islas Canarias”
  23. “Mapa General de la Ysla de La Palma. Levantado por ingenieros militares”. 1742
  24. Quintero Reboso, Carlos: “El Hierro. Una isla singular”. 1997
  25. Escribano Cobo, G. y Mederos Martín, A.: “Fondeaderos y Puertos de La Gomera y El Hierro”
  26. Quintero Reboso, Carlos: “El Hierro. Una isla singular”. 1997


Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio



 

El hoy anhelado y entonces detestado Castillo de San Cristóbal

Sep 11, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en El hoy anhelado y entonces detestado Castillo de San Cristóbal


EL HOY ANHELADO Y ENTONCES DETESTADO CASTILLO DE SAN CRISTÓBAL

Se cumplen noventa años del acuerdo del Consejo de Ministros por el que se aprobó la demolición de esta legendaria fortaleza santacrucera

(artículo publicado en "Diario de Avisos" del domingo 11 de septiembre de 2016)

periodicoCASTILLO


Lunes 13 de septiembre de 1926. El Consejo de Ministros, bajo la Presidencia de Miguel Primo de Rivera, acuerda la cesión al Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife de varios inmuebles militares de la ciudad, entre ellos el Castillo de San Cristóbal. Se afianzaba y tenía virtud legal el proceso de transformación urbana del frente marítimo (centro) de la capital tinerfeña promovido por el consistorio años antes, pasando pues a ser derribada dos años más tarde esta honorable fortaleza, partícipe de las mejores páginas de la historia del archipiélago.

Los diarios locales del momento mostraban en sus páginas la alegría que tal noticia producía en el Santa Cruz de aquellos años, al “verse realizada en nuestra ciudad una de sus mayores aspiraciones”. El sentir del momento entre los chicharreros era que “la mejora que la demolición del vetusto castillo representará para el ornato público, bien merece que nos resignemos a ver desaparecer sus murallones” (La Prensa, 15 de septiembre de 1926).

Y es que el consistorio capitalino, bajo la alcaldía de Santiago García Sanabria, tenía un pretencioso proyecto en marcha para ese frente litoral santacrucero que tanto había visto en siglos y que desde finales del XVI estaba presidido y custodiado por la fortaleza que se ansiaba derribar. Años antes ya habían comenzado los trámites oportunos, siendo alcalde Francisco La Roche y Aguilar, cuando este inició un oficio dirigido al entonces Capitán General de Canarias Heredia Delgado. El Ministerio de la Guerra fue receptivo con la petición que se le hacía llegar desde la corporación municipal (cesión de solar en la Avenida 25 de Julio para construcción de edificio militar, a cambio del derribo de la fortificación y posterior uso municipal de los terrenos resultantes). La Roche dimite más tarde (en septiembre de 1925) y es Don Santiago quien continúa con las gestiones y culmina el anhelo chicharrero de la época, tras instancia del 25 de junio de ese año 26. Tan involucrado estaba este en el asunto que se encontraba en Madrid en el momento del acuerdo gubernamental, siendo el mismo quien envía personalmente un telegrama al alcalde accidental Rodríguez Febles dándole la buena nueva, que, además, incorporaba en la cesión otras dependencias militares en la ciudad.

Lo que una década antes ya intentó llevarse a cabo, se conseguía en plena mitad de la década de los veinte. Y es que ya en 1908, el ayuntamiento capitalino promovió la permuta del castillo por el hoy añorado Hotel Battenberg, antaño situado, hasta los años 70 del pasado siglo, en el Barrio de los Hoteles (entre las calles Viera y Clavijo y Jesús y María con la Rambla). Este intercambio no se lleva a efecto, como tampoco se cumplirá otro intento 11 años más tarde, esta vez con la Casa Elder (sita actualmente en el arranque de la calle Robayna desde la del Castillo). Ese mismo año de 1919, tampoco llegaron a término las gestiones que pretendían demoler el castillo y construir en su lugar una nueva Casa de Correos. Ninguna de estas tres permutas o cesiones se llegaron a realizar, y eso que la prensa del momento una y otra vez dejaba caer los deseos de “quitar del medio” el viejo castillo “anticuado y feo cuyo derribo es necesario, no solo estéticamente considerado, sino también bajo el punto de vista de los fines prácticos y beneficiosos que, (…) se podrían obtener para la población con cualquier construcción destinada a prestar más útiles servicios en consonancia con los intereses del puerto” (La Gaceta de Tenerife, 26 de septiembre de 1919). Incluso ilustres personalidades de comienzos del XX, como Nicolás Estévanez, se atrevían a decir en prensa lo que en aquellos momentos era el sentir de muchos santacruceros. Este militar y político canario, un año antes de su muerte en Paris, expuso en las páginas del “Diario de Tenerife” del 13 de septiembre de 1913 que era necesario “el derribo del castillo para hacer allí un jardín con bancos entoldados, kioscos de cambistas y pabellón de intérpretes (algo parecido al Malecón de La Habana)”. Como nota discordante de aquel momento cabe citar a Emilio Serra y Fernández de Moratín. Este prestigioso farmacéutico, periodista y político fue una de las voces que más oposición mostró al proyecto de derribo de San Cristóbal. Sus encontronazos en prensa con otros ilustres de aquellos años fueron muy sonados, convirtiéndose con ello en uno de los pocos  isleños contrarios a la decisión del derribo.

sancristobal1

El ya citado acuerdo gubernamental objeto de este artículo fue publicado, y con ello entraba en vigor, en la Gaceta de Madrid del 24 de septiembre de 1926, en donde se hace mención al objeto de la cesión y posterior derribo, como paso necesario para ”los planes de urbanización ha realizarse, con la unión de la calle de Alfonso XIII, importante vía de comunicación de la antigua población con la barriada que, apoyada sobre la Avenida Marítima, trata de establecerse”. Se buscaba, además, por parte del ayuntamiento, motivo que fue entendido por el Gobierno: “la mejora de una capital situada sobre importantísimas vías marítimas, visitada por numerosos viajeros, en su mayoría extranjeros, y por no pocos que pasan en la isla algunas temporadas atraídos por la dulzura de su clima y las bellezas que encierra”. De esta manera, mediante este Real Decreto, firmado por el entonces Ministro de la Guerra Juan O’Donell Vargas y refrendado por el Rey Alfonso XIII, se autorizaba a la permuta del castillo en cuestión, y, además, de las baterías de Isabel II y de la Concepción (que sería desalojada en noviembre de 1927), un solar en el barrio de Duggi (con el que se pudo prolongar la calle la Noria-alta (actual Ramón y Cajal) y sobre el que actualmente se asienta el Colegio San Fernando) y el polvorín de la Regla (que sería entregado al consistorio en noviembre de 1928), por edificios que habría de construir el ayuntamiento en la calle Veinticinco de Julio y que fueron levantados años más tarde. Primeramente el que albergó el Gobierno Militar, entregado al Ministerio de la Guerra el 10 de noviembre de 1931, y que posteriormente acogió el Cuartel General de la Jefatura de Tropas de Tenerife, desde los años 60. Y por otro lado su inmueble colindante, que pasaría a ser Caja de Reclutas, Jefatura de Ingenieros y otras dependencias. Actualmente en ambas construcciones se encuentran la Subinspección General del Ejército y la Subdelegación de Defensa, respectivamente los números 1 y 3 de esa calle.

Pasado un año de aquel final de verano del 26 en el que se aprobaba la permuta, se hacía efectiva la cesión del fortín al consistorio capitalino. El martes 25 de octubre de 1927 el alcalde García Sanabria y el Gobernador Militar Cullén Verdugo, entre otros, firmaban la escritura de traspaso de todas dependencias militares ya citadas, entre ellas San Cristóbal. Acompañó a este formal acto la entrega de un cheque del ayuntamiento por valor de 500.000 pesetas que irían destinadas a sufragar los gastos oportunos de los nuevos edificios militares a construir. Se veía ya más cerca el ansiado derribo de unos paredones que, como decía el rotativo “La Prensa” del 27 de octubre de ese año, “cuyo valor histórico no podrán nunca compensarnos del triste espectáculo de su fealdad y del lamentable aspecto que da a la parte de Santa Cruz más visible y próxima al puerto”. Días más tarde de aquella jornada el alcalde chicharrero aprovecha el escaparate de la prensa local para dejar caer que lo próximo sería el Castillo de San Pedro. Tanto Ayuntamiento como Cabildo tenían pues muy claros sus propósitos: urbanización del frente litoral, construcción de la avenida marítima y dotar de mayor amplitud y espacio al puerto. Y, claro, frente a ese plan el rosario de baterías y castillos que jalonaban el litoral de la ciudad no eran más que un estorbo.

Comenzaba el año 28 con proyecto de construcción de Avenida Marítima aprobado por parte del Cabildo Insular. Firmaba el documento el técnico Luis Díaz de Losada, quien incluía en él la demolición de la fortaleza. A finales de enero salía a subasta pública el derribo de San Cristóbal, la cual quedó desierta. Dos meses más tarde se anunciaba un nuevo concurso y esta vez sí tuvo adjudicatario: el contratista Francisco Bujosa, bajo la cantidad de 16.000 pesetas. Para las obras de derribamiento del recinto fortificado se emplearon a más de 300 obreros, comenzando en el mes de junio siguiente, una vez quedaron instaladas las dependencias del Gobierno Militar en el nº3 de la calle Alfonso XIII (actual calle del Castillo), edificio alquilado por el consistorio para ese fin.

Y así de esta manera, el verano de aquel año 1928 comenzaba con la llegada de las piquetas y los barrenos. El 21 de junio se procedía al acto de entrega del vetusto fortín al Ayuntamiento y cinco días más tarde se empezaba a derruir, previa desratización del castillo y alrededores y trasplante de algunos de los árboles que se encontraban en su interior al nuevo parque capitalino, hoy, como todos sabemos, denominado precisamente García Sanabria. La demolición comenzó por las paredes del lado del mar, consumando el derribo total cinco meses más tarde, finalizando por los muros de poniente. Tras estas tareas destructivas se pasó al rellano de la zona, una vez las obras fueron recibidas por parte del Cabildo Insular a mediados de diciembre.

sancristobal2

Durante estos trabajos hubo accidentes, como el que casi les cuesta la vida a tres jóvenes obreros (José Pacheco, Juan Delgado y Francisco Ávila); incidentes debido a las piedras que saltaban a las calles cercanas a causa los barrenos; e incluso se llegaron a poner en venta toda clase de mobiliario y otros útiles procedentes del interior de la fortaleza. Los diarios locales del momento anunciaban: “Gran ocasión solo por 8 días: procedente del derribo del castillo de San Cristóbal se venden gran número de puertas, ventanas, vigas de tea, tejas del país y francesa, mosaicos, cornisas de piedra labrada y otros materiales todo en buen estado y precios económicos. Pueden verse en el mismo castillo, donde se darán razón de los precios”.

Y, como ya sabemos, las décadas siguientes vinieron a transformar este particular enclave de nuestra ciudad con una plaza, la Plaza de España, y sus varias reformas, monumentos, avenida marítima y su reciente soterramiento, lago artificial, reconstrucción del pórtico de la Alameda, levantamiento en sus márgenes de edificios singulares (Cabildo, Olimpo, Casino, …), jardineras y parterres, aparcamientos, temporales montajes de escenarios para actos carnavaleros, etc. Ahora, tras la última de las reformas de la plaza podemos ver bajo su suelo los únicos vestigios de aquel castillo. Aquella, añorada hoy y detestada entonces, fortaleza de San Cristóbal, que desde 1575, año en que por resolución de Felipe II comenzó su construcción, ha presidido la entrada marítima de nuestra ciudad. De esa Santa Cruz que derrotó a Nelson, con el General Gutiérrez capitaneando esa victoria desde dentro de sus paredes; de esa Santa Cruz que recibió  a Alfonso XIII junto a sus muros; de esa Santa Cruz que puede presumir de haber sido plaza fuerte, gracias a San Cristóbal; de esa Santa Cruz de tres siglos y medio de historia dominada por un castillo echado abajo en apenas unas semanas.

sancristobal3

Hoy sin las pretensiones urbanizadoras destructivas de antaño y con una mayor valoración por nuestra historia, hemos de conocer lo que fue nuestra isla, nuestras islas, qué nos queda de lo que antaño fuimos y protegerlo con ansia, empeño y valor. Han de recuperarse esas vetustas fortalezas que aún (milagrosamente) nos quedan, ponerlas en valor y, si se puede, darles uso. Me refiero a las baterías del Bufadero y San Francisco, a la Torre de San Andrés y a los castillos de San Joaquín, Paso Alto y San Juan (sin olvidarse de su cercana Casa de la Pólvora). Y, porqué no decirlo, también de las decenas de nidos de ametralladora, baterías, telémetros y puestos de mando realizados durante la Segunda Guerra Mundial y que ruinosamente sobreviven en nuestro litoral asolados por el olvido y la desidia.

Recordemos esas palabras que el citado Serra y Fernández de Moratín lanzaba al aire en la prensa local de aquellos años 20 del pasado siglo en defensa del castillo, y que hoy siguen teniendo vigencia: “Que la piqueta y la dinamita hagan su oficio; enterrad el oro a manos llenas entre los sagrados despojos de la antigua fortaleza; pero pensad al mismo tiempo que entre ellos podrá estar enterrado algo que vale más, mucho más que el oro … ¡el alma, el alma de la ciudad … y acaso también de la isla! Un pueblo puede perder muchas cosas, experimentar catástrofes y elevarse; pero lo ha perdido todo y no se levantará jamás cuando ha perdido su alma colectiva”.


Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio



 

Páginas:«1234567...28»