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Encuentro Internacional sobre Patrimonio Militar Reciente

Jun 16, 2017   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en Encuentro Internacional sobre Patrimonio Militar Reciente

Encuentro Internacional sobre Patrimonio Militar Reciente

Santa Cruz de Tenerife, 23-24 de junio de 2017

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La ascensión al Teide del geógrafo francés Frédéric Weisgerber en 1901

Ene 28, 2017   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en La ascensión al Teide del geógrafo francés Frédéric Weisgerber en 1901

 

La ascensión al Teide del geógrafo francés Frédéric Weisgerber en 1901

Artículo aparecido en el suplemento "La Prensa" del 
periódico El Día del sábado 28 de enero de 2017


Desde tiempos remotos el Teide ha sido el gran símbolo del archipiélago canario, un referente para los marinos, la montaña mágica de los guanches, un enorme edificio volcánico objeto de estudio e investigaciones científicas. El padre Teide fue y es uno de los referentes de nuestra historia y tanto locales como foráneos venidos de todos los confines del planeta han querido ascenderlo y sentir esa fascinante sensación de coexistir por un momento con sus paisajes, con sus plantas, con sus caprichosas formas orográficas. Así el plantel de viajeros y científicos que han pisado sus laderas y hollado su cima es extenso: Humboldt, Berthelot, Edens, Feuillée, Verneau, Christy y un largo etc (1).

Frédéric Weisgerber nace en Sainte-Marie-aux-Mines (Alsacia, Francia) el 30 de marzo de 1868. Instalado en el Magreb desde finales del XIX, desarrollaba allí sus estudios y trabajos en medicina tras obtener el doctorado en 1892. Pero sus ojos y su mente buscaban también otras ramas del pensamiento y la investigación. Su vocación y pasión hacia la geografía le llevó a ser un gran conocedor de esa región norteafricana, examinando su relieve y cartografiando zonas hasta ese momento casi sin documentar. Weisgerber conocedor de la magnitud e importancia del Teide y las características ambientales y sociales de Tenerife, dedica unos días del mes de junio de 1901 a escalar el gran volcán. Aprovecha un retorno a Francia tras una de sus estancias en Marruecos, gracias a un navío que desde ahí le lleva a las Canarias.

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Retrato de Frédéric Weisgerber

Es en ese momento, durante su viaje a las islas, cuando arranca el relato que publica en 1905 en la “Revue générale des sciences pures et appliquées” (2) y que nos permite conocer hoy en día cómo fueron los ocho días en Tenerife de este geógrafo galo y que precisamente titula así: “Huit jours a Ténériffe” (3): “El halo poético de leyendas que coronan las Islas Afortunadas se ha desvanecido para siempre, los geólogos ni siquiera permiten ya que veamos en ellas los restos de una fabulosa Atlantida engullida por el mar, las Islas Canarias, con su belleza natural, su fertilidad y su clima delicioso, forman un archipiélago privilegiado, una de las regiones más atractivas del mundo. Regresando de Marruecos hacia Europa a través de las islas, decidí dedicar unos días a escalar este pico (el Teide) que podíamos divisar incluso a 200 kilómetros de distancia”.

Realiza una breve parada en la vecina isla de Gran Canaria, antes de llegar a Tenerife. Aquí tiene tiempo de conocer la capital, Las Palmas, e incluso de visitar la Caldera de Bandama. En el puerto grancanario toma el vapor frutero “Orotava” (4) que le llevará a Santa Cruz de Tenerife, a donde arriba el domingo 9 de junio de 1901. Pone pie en la capital canaria, en la que en ese momento residían unos 39.000 habitantes (5), y Weisgerber comienza a observar y detallar en su relato todo lo que allí se encuentra y le llama su atención. Así, describe Santa Cruz como una localidad “construida en terrazas entre el mar y una barrera de altas montañas de formas distorsionadas, con calles estrechas y casas con bonitos balcones rematados por aleros y miradores que imprimen un carácter pintoresco, capaz de satisfacer incluso a los trotamundos más experimentados”.

Le llama la atención que se conserven en la Iglesia de la Concepción la cruz de la conquista y dos banderas tomadas a las tropas de Nelson tras una “excelente defensa que Santa Cruz opuso al ataque de la escuadra británica en 1797, episodio que hizo que el héroe nacional británico perdiera un brazo, sufriendo su única derrota”. Igualmente, es consciente el geógrafo galo de la pervivencia de las costumbres de los lugareños, a pesar, según manifiesta en su relato, del enorme contacto que los chicharreros tienen con foráneos que recalan en su puerto.

Al día siguiente, Weisgerber sube a La Laguna “atravesando fincas de cereales y tuneras”. Es de suponer, ya que él no lo cita, que quizás toma el recién inaugurado tranvía (6) que desde hacía unas semanas recorría ya el trayecto entre Santa Cruz y Aguere. Le llama la atención que se trata de una ciudad que, salvo en verano, época en que residen aquí los ricos comerciantes de Santa Cruz, está muerta. Tanto es así, que le resulta curioso que crezca la hierba sobre el tapiz de tierra y piedra de sus calles. Aquí toma la diligencia que le llevará a La Orotava, desde donde comenzará su deseada ascensión al Teide.

A las diez de la mañana llega el carruaje (con una hora de retraso sobre el horario previsto), tirado por cinco viejos corceles y lleno hasta los topes. Narra nuestro protagonista en su relato que había pasajeros sentados junto al cochero e incluso en la parte superior, sobre las maletas. El motivo de tanta demanda por viajar al valle: dos días más tarde comenzaban las fiestas de La Orotava, que como cada año por esas fechas, se llevaban a cabo en honor de San Isidro y el Corpus Christi. Y es que las fiestas de la capital del valle de Taoro eran (y lo siguen siendo) todo un acontecimiento en la isla.

Weisgerber finalmente desechó el viaje en esa abarrotada diligencia y prefirió esperar la llegada de un coche de alquiler tirado por una pareja de caballos, que tomaría junto a otros dos pasajeros, por el precio de 13 pesetas el billete. El trayecto a través de la comarca de Acentejo y la posterior entrada en el valle lo relata de la siguiente manera: “La ruta atraviesa en primer lugar una hermosa avenida de eucaliptos entre campos de maíz, llegando a su punto más alto a 620 metros. Entonces comienza el descenso hacia el oeste, a lo largo del flanco norte de la cordillera que forma la espina dorsal de la isla. A ambos lados, campos, huertos, jardines salpicados de fincas y cabañas de paja; a la derecha, el mar. A medida que avanzamos, la vegetación toma un aspecto cada vez más meridional y con muchas palmeras. Vamos a través de una serie de bonitos pueblos, Tacoronte, Matanza, San Antonio, Victoria, y finalmente Santa Úrsula. Un poco más adelante, en una curva del camino, llegamos a un punto donde la vista abarca todo el hermoso valle de Orotava que el gran viajero Humboldt proclamó como el más bello del mundo: un primoroso jardín, entre el mar y las montañas, donde brotan las flores y maduran las frutas”.

Recuerda el intelectual galo en la crónica de su viaje, a su paso por esta comarca norteña, que en esa zona se fraguaron tremendas batallas entre los castellanos, liderados por Fernández de Lugo, y los guanches, antiguos pobladores de Tenerife. De estos aborígenes destaca su estrecha relación con los de los pueblos del norte africano, existiendo muchas similitudes entre costumbres, vocablos y ritos bereberes y guanches.

Algo más de una hora después de haber partido de la “ciudad de los Adelantados” el vehículo entra en la villa, quizás recorriendo la Calle del Calvario, que estaba siempre primorosamente adornada de arcos engalanados durante esas jornadas festivas. Ese año además de las tradicionales alfombras que cubren las vetustas calles de la villa, una de ellas diseñada en esa ocasión por Felipe Machado, tuvo lugar una magnífica exposición de flores en los jardines del Marquesado de la Quinta Roja (7). El programa de fiestas de ese año 1901 contaba también con unos animados Juegos Florales (8) la tarde del 15 de junio (9), una concurrida exposición de ganado (con 105 reses nada menos), un baile infantil en el Liceo de Taoro e incluso carreras de cintas en bicicleta y a caballo, además de los tradicionales actos religiosos.

Weisgerber se hospedó en La Orotava en la Fonda de Doña María Antonia, desde donde partió hacia las cumbres el 12 de junio a las ocho de la mañana, acompañado de un guía, un arriero y dos mulas. Portaban como equipaje: varios panes, mantas, vino y leña, además de víveres y otros enseres. Como ya hiciera algo más de un siglo antes Alexander von Humboldt, la ruta de subida desde la villa hasta las cañadas no fue otra que el histórico y tradicional Camino de Chasna. A lo largo de ese itinerario de ascensión a la cumbre isleña Weisgerber, al igual que hiciera el geógrafo germano, pone su mirada en los cambios que va sufriendo la vegetación a medida que se va ganando altitud. Así, le llama la atención primero la diversidad de cultivos en las zonas bajas del valle, con plátano, caña de azúcar, tabaco, papas, viñas, mangos, cereales, aguacate y guayaba, entre otras plantaciones. Dejando cada vez más abajo los barrios y caseríos a mayor altitud del valle, la expedición penetra en el bosque húmedo de la isla. Enumera Weisgerber la variedad de especies vegetales del monteverde con las que se van encontrando en la subida: laurel, faya, brezo, acebiño, viñátigo, til, etc. Efectúan su primera parada en la fuente de la Cruz del Dornajito, habiendo rebasado pues la cota de los 1.000 metros, y tras dos horas de marcha llegan a los Llanos de Gaspar, a unos 1.400 metros de altitud. A partir de aquí, relata, el pino es el auténtico dominador del monte, al que fielmente le acompañan el codeso y el escobón. Tras el último tramo de la subida, atravesados los barrancos de los Charquitos y de la Reina, ya en el Portillo, así describe el geógrafo francés lo que brota ante sus ojos: “El llano que se nos presenta es de una belleza incomparable. En el centro del gran circo de Cañadas, desierto salpicado de piedra pómez y flujos de lava y arbustos de retama, el Teide se alza majestuoso en una atmósfera de una claridad maravillosa. Su cúpula gigante, tiene franjas verticales de color amarillo y negro, y el cono terminal blanco se destaca del cielo azul con un claror que permite distinguir todos los detalles. Así entendemos, a la vista de esta imponente masa de 20.000 millones de metros cúbicos, porque los antiguos eran capaces de imaginar que este era el pilar de la bóveda celeste, y que los guanches, aterrorizados por sus erupciones, lo veían como la vía de escape del infierno, montando guardia allí para evitar que el espíritu maligno escape de las entrañas de la Tierra”.

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Gráfico de altitud y pisos de vegetación del Valle de la Orotava y Teide
realizado por F. Borremans e incluido en el artículo de Weisgerber

La expedición busca sombra al cobijo de una retama donde tomar unos tragos de vino y viandas y echar una breve siesta. Emprenden rumbo de nuevo a las tres de la tarde, tras esta “parada técnica” y el grupo se va acercando cada vez más al gran cono del Teide, entre retamas y sobre “piedras pómez en movimiento y grandes coladas de lava”. Superados ya los 2.700 metros de altitud alcanzan la cima de Montaña Blanca, a la que Weisgerber pone el calificativo de “contrafuerte del Teide”. Aquí descansan unos minutos y tras ello atacan la subida al pico por el Lomo Tieso, caminando rodeados de lavas negras y bloques de traquitas y obsidiana. Cada cuarto de hora se ven obligados a parar dejando así que tanto ellos como las mulas tomen aliento y energías. “¡Anda, mulo! ¡Anda, mulito!” les vocean los arrieros. Por fin, a las seis de la tarde llegan al refugio de Altavista, a 3.260 metros sobre el nivel del mar. Describe el albergue como “una sólida construcción de mampostería, compuesta por dos habitaciones grandes con colchones, mesas, taburetes y pequeñas estufas de hierro; una cocina y un granero que puede llegar a albergar hasta una docena de animales”.

Mientras sus acompañantes preparan la cena él disfruta de la panorámica desde el exterior del refugio. Weisgerber, al igual que muchos que hemos subimos al padre Teide pernoctando en esas alturas, disfrutó de lo lindo del diario espectáculo del atardecer, en la que la luz y las sombras adquieren los papeles de actores principales sobre el fascinante escenario del techo de la isla: “El astro no es visible, porque nuestra casa está colgada sobre el flanco oriental de la montaña. Lo que veo desde aquí es la sombra del pico, un triángulo achaparrado, que inicialmente cubre sólo una parte de las Cañadas. Gradualmente, a medida que el sol se hunde en el horizonte, el triángulo crece hasta llegar a la pared de basalto iluminada por el sol poniente, para extenderse después sobre las nubes, llegando a fusionarse con las sombras de la noche”.

Tras cena y charla entre los componentes de la expedición se envuelven en sus mantas y duermen unas horas, antesala de lo que al día siguiente será el ataque a la cumbre. De buena mañana el grupo inicia de nuevo la marcha abordando los algo más de 400 de desnivel que los separan de la cima. Nuestro protagonista relata los fuertes dolores de cabeza y oídos que sufre debido al mal de altura, lo que no le impide llegar hasta la Rambleta. Desde ahí el último tramo hasta la cúspide, trepando sobre un terreno rocoso difícil, en los que Weisgerber prácticamente destroza sus botas. Con el sol ya emergido sobre el horizonte y bajo un fuerte y gélido viento llegan a la cumbre del Teide, en el borde del cráter humeante de vapores sulfurosos. A sus pies las faldas del volcán y las Cañadas, y aún en sombra los pinares, el monteverde y los pueblos y villas del norte de la isla. A lo lejos las islas de Gran Canaria a un lado y La Gomera, La Palma y El Hierro al otro, allí donde “el azul del cielo se funde con el azul del mar”.

Durante el descenso visitan la Cueva del Hielo: “(…) una profunda cavidad, donde la nieve y el hielo consiguen conservarse todo el año. Según los aborígenes se comunica con una de Icod y fue utilizada como necrópolis por los guanches”. Tras ello y posterior parada en Altavista para entrar en calor con un café, emprenden desde aquí el regreso a La Orotava a las siete y media de la mañana, tomando el mismo recorrido que de subida. A las once y media cruzan el barranco de los Charquitos, en donde almuerzan, arribando a la villa sobre las dos de la tarde.

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Mapa del Teide y norte de la isla, por Borremans,
y que aparece en el relato de Weisgerber

Pagada la estancia y manutención en la fonda y despedido del guía y el arriero toma el coche de caballos rumbo a Santa Cruz. Esta vez el regreso lo hace cómodamente, sin el bullicio de la ida, gracias a que ese día, 14 de junio, la villa de La Orotava gozaba ya de las tan ansiadas fiestas locales. Regresa a la capital a las nueve de la tarde, sin tiempo para poder tomar el vapor “Ville de Manhao” (10), proveniente de Dakar y con destino a Burdeos y Le Havre. Eso le permite poder pasar tres días más en la isla, conociendo con mayor detalle la ciudad y sus alrededores. Finalmente la tarde del lunes 17 de junio se embarca en el vapor “Satrústegui” (11) que llegado de Buenos Aires y Montevideo pone rumbo a Europa, haciendo escalas en Cádiz, Barcelona y Génova (12).

Se da la curiosidad que de este buque desembarcan en el puerto gaditano varios centenares de emigrantes retornados de Argentina. Diversos diarios canarios e incluso de otras provincias dan cuenta del hecho. Por ejemplo, “La región extremeña” detalla (13): “Telegrafían de Cádiz, manifestando que llegó a aquel puerto el vapor Satrústegui, procedente de Buenos Aires. Trae 300 emigrantes españoles, rodeados de sus esposas e hijos. Vienen harapientos y hambrientos y cuentan que es horrible la miseria que sufren los españoles que han ido a la república argentina creyendo que allí mejoraría su posición social. Muchos miles de compatriotas nuestros, que están pereciendo, piden al Gobierno que los traiga a España”. Unos días más tarde el cónsul argentino en Cádiz desmentía en prensa esa noticia, alegando ni él ni las autoridades del puerto han tenido noticia de tal desembarco.

Ya de nuevo en Francia, en donde permanece por unos meses, se embarca como médico en buques ingleses recalando en varios países asiáticos. Años más tarde, en 1909, vuelve a Marruecos en donde, tras un breve paréntesis debido a la Gran Guerra, en la que participa como voluntario en el frente, vivirá la mayor parte del resto de su vida, como corresponsal de prensa, diplomático, político, empleado de banca y escritor. En 1926 finaliza una prolífica actividad tras una decena de libros publicados, innumerables artículos en prensa y revistas científicas y técnicas, destacados estudios sobre la medicina tradicional y otras costumbres de los pueblos marroquíes, investigaciones geológicas y patrimoniales de esa región norafricana y varios mapas de algunas regiones del Magreb (14). Frédéric Weisgerber fallece el 28 de diciembre de 1946 en Rabat, en cuyo cementerio europeo está enterrado.


  1. Respecto a este tema, recomiendo la lectura de la última obra de Juan Tous Meliá: “La medida del Teide” (2015)
  2. “Revue générale des sciences pures et appliquées”. 1905. Doin (Paris)
  3. Páginas 1038-1045.
  4. De la compañía “Forwood Brothers & Co’s. (Line of Steamers). Agente HY Wolfson, Marina 1.
  5. Tous, J.: “Santa Cruz de Tenerife a través de la Cartografía [1588-1899]”. 1994.
  6. La inauguración oficial tuvo lugar el 7 de abril de 1901, concretamente a las dos de la tarde de esa jornada.
  7. “La Orotava. Revista decenal literaria y de intereses generales”, 10 de Junio de 1901
  8. Presidió el jurado el arcipreste de la Catedral de Las Palmas, José López Martín y formó parte también del mismo Patricio Estévanez Murphy, director del “Diario de Tenerife”.
  9. “La Opinión”, 10 de junio de 1901.
  10. Despachado por “Hardisson Hermanos”.
  11. Buque de “Vapores Correos de la Compañía Transatlántica”, que fue despachado por la consignataria “Hijos de Juan Larroche”
  12. Formaban parte del listado de pasajeros, además de Weisgerber, el comerciante chicharrero Andrés Saavedra y el entonces Director de Sanidad del puerto santacrucero Joaquín Estarriol.
  13. “La región extremeña”, 22 de junio de 1901.
  14. Pouillon, F.: “Dictionnaire des orientalistes de langue française”. Karthala. 2008


 

Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Geógrafo, investigador y miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


 

ORTEGA Y GASSET EN TENERIFE

Dic 31, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en ORTEGA Y GASSET EN TENERIFE

ORTEGA Y GASSET EN TENERIFE

Las dos visitas que el filósofo realizó a la isla en 1916 y 1928 en sus viajes de ida y regreso a Sudamérica.

Artículo aparecido en el suplemento "La Prensa" del 
periódico El Día del sábado 31 de diciembre de 2016


 

De Ortega y Gasset se ha dicho, escrito, analizado y valorado mucho y muy bien antes y tras su fallecimiento en 1955. Por todos es sabido que don José fue durante el pasado siglo uno de los filósofos ya no más importantes de España, en eso no hay dudas para afirmar que ha sido la mente más lúcida del pensamiento en nuestro país, sino de toda Europa y del mundo.

Viajó y extendió su palabra por todos los rincones de España, gran parte de Europa y también en América. Precisamente en los dos primeros periplos que Ortega realiza por Sudamérica, hizo escala en las Canarias, cumpliéndose precisamente este año que está a punto de finalizar el centenario de su primera visita a Tenerife, allá por el verano de 1916. Tres viajes realizó a la Argentina (visitando además otros estados limítrofes, como Chile y Uruguay), dos en 1916 y 1928, de apenas unos meses cada uno, y otro, el tercero, desde agosto de 1939 a febrero del 42. Veamos con detalle las escalas en la isla de los dos primeros, comenzando por el que ahora hace un siglo realizó junto a su padre, el escritor y periodista José Ortega Munilla.

Padre e hijo embarcan en Cádiz el 7 de julio de 1916 en el vapor “Reina Victoria Eugenia” (1), de la Compañía Trasatlántica. Este buque, que había sido botado casi cuatro años antes (el 26 de septiembre de 1912) realizaba en esos años la mensual travesía Barcelona-Cádiz-Montevideo-Buenos Aires y regreso. Precisamente su ruta inaugural en la primavera de 1913 fue también esa, recalando en Santa Cruz de Tenerife el 17 de marzo de 1913 (2). Le acompañaba en esa línea su “hermano gemelo” el vapor “Infanta Isabel de Borbón” (3), que, como veremos más adelante, traerá a Ortega y Gasset de regreso de Sudamérica unos meses más tarde (4).

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Vapor "Reina Victoria Eugenia" 
que traería a Ortega por dos veces a Tenerife

En el citado trayecto de julio del 16 iban más de 800 pasajeros. Además de Ortega y Gasset y su padre, viajaban a bordo destacadas personalidades tinerfeñas del momento: el Alcalde de Santa Cruz de Tenerife, el liberal Jacinto Casariego y Ghirlanda (5); el juez municipal Miguel Díaz-Llanos, acompañado de su mujer; el Inspector de Sanidad Municipal y Subdelegado de Medicina Agustín Pisaca y el Director del Instituto Canarias de La Laguna, Adolfo Cabrera-Pinto y Pérez (6). Además visitaban la isla durante un tiempo, de ahí su viaje a Tenerife en ese buque: el Inspector General de Obras Públicas Antonio Cruzado Martínez (7) y el geólogo y Catedrático de Cristalografía de la Universidad Central (actual Complutense de Madrid) Lucas Fernández Navarro (8), junto a su hijo Rafael. Rumbo a América se encontraban también como pasajeros el embajador mejicano Isidro Fabela, además del poeta, novelista y dramaturgo catalán Eduardo Marquina Angulo, acompañado de su esposa e hijo. Junto a Marquina viaja también, de gira por América, la Compañía “Guerrero-Mendoza”, de la que formaban parte el reparto y demás trabajadores, además de la pareja que le da nombre: la actriz María Guerrero y su esposo, el empresario teatral y director Fernando Díaz de Mendoza y Aguado, acompañados de los dos hijos de ambos (Fernando y Carlos).

Gracias al relato de este viaje a Argentina que Ortega Munilla publica en la revista “La Semana” (9) y que pasaría a ser años más tarde un capítulo de la obra “Tenerife, visto por los grandes escritores: (crónicas e impresiones de viaje)” podemos conocer algunos datos de esta escala tinerfeña de la pareja. El transatlántico va dejando a un lado la montañosa Punta de Anaga. Entra en la rada santacrucera, tras haber visto el lugar de hundimiento del “Westburn” unos meses antes, detalle que les hace recordar por un momento la guerra fratricida que en esos años asolaba muchos rincones de Europa. Munilla describe así su primera impresión de Santa Cruz de Tenerife vista desde la mar, aún sin haber puesto pie en tierra: Ya se divisa la población bajo el cielo azul sin nubes, al pie del Teide que hunde en la altura su cono pétreo salpicado de manchas níveas. Hemos dejado atrás las otras islas Canarias, que con sus montañas ingentes, sus valles floridos nos llaman invitándonos a detenernos. Por momentos va surgiendo el caserío de Santa Cruz, la perspectiva de sus palmeras, de sus terrazas orientales, de las cúpulas de los templos. Por la derecha descubrimos los bravíos Roquetes, una serie de sirtes, éste parecido un pilón de azúcar, aquel aplastado y largo, el otro dentellado como una sierra.

Tras oficiarse misa en cubierta a cargo del capellán del buque, ayudado por un marinero, que ejercía las labores de monaguillo, el transatlántico entró en el puerto santacrucero el domingo 9 de julio a las ocho y media de la mañana, siendo despachado por los Sres. Viuda e hijos de Juan La-Roche (consignataria de la Compañía Trasatlántica Española). Se encontraban en el puerto en ese momento los vapores alemanes: «Cap Ortegal”, el «Prince Regent» y otros cuatro más (10). Dejaron el trayecto, quedándose en la isla, 9 pasajeros procedentes de Barcelona y 35 de Cádiz, otros 795 siguieron tránsito para Montevideo y Buenos Aires.

Los Ortega tuvieron tiempo para descender del buque y conocer la ciudad en automóvil, aunque fuese con escaso tiempo y de manera apresurada. Esas escasas cinco horas les sirvieron para recorrer buena parte del Santa Cruz del momento, que Ortega Munilla describe de la siguiente manera: Los paseos están llenos de gente. Una música militar toca en el centro de alegre glorieta. Pasan por centenares las mujeres del pueblo con un redondo sombrerito, de paja, que es el más gentil adorno que ha inventado el genio de la indumentaria. Este sombrerito cae con la misma gracia sobre la cabeza de la anciana que sobre la de la muchacha. Y Ortega Munilla sigue con el relato de su breve estancia santacrucera diciendo: A la sombra de floridas arboledas, en grata compañía, dejamos pasar las horas envueltos en la dulce atmósfera que tiene algo de caricia femenina. Pero ya nos llama el vapor con su ronca sirena. Hay que partir. Todavía no nos resolvemos a levantarnos del asiento en que descansamos. Nos retiene el hechizo de esta tierra bienhechora atractiva.

De su breve periplo por las calles de Santa Cruz se sabe esto que cuenta el progenitor y que llegaron a probar los cigarros “La flor isleña” (11). Quizás la pareja acudiera, como sí lo hicieron seguro otros muchos pasajeros del trasatlántico, al consulado argentino, que dirigía en ese momento Conrado A. Martínez Déniz, y que esa mañana organizó un acto de conmemoración del centenario de la proclamación de independencia de esa república sudamericana (12).

Padre e hijo vuelven de nuevo al navío, a bordo de las lanchas que los transportan al “Reina Victoria Eugenia”. Comparten chalupa con dos indios que acuden al trasatlántico a vender telas. Ya instalados de nuevo en su “hotel flotante” dejan pasar los minutos que faltan para la partida disfrutando de las vistas y del divertimento de algunos pasajeros. Desde el barco se lanzaban monedas para que jóvenes chicharreros bucearan entre las aguas que circundan el buque en busca del brillante y redondo metal, que se ganaban en caso de encontrarlo.

Y la nave pone rumbo a América zarpando de Santa Cruz a la una y media de la tarde, tras aprovisionarse de víveres y cargar la correspondencia (13). Ambos pasajeros van dejando atrás la isla con el deseo de volver de nuevo a ella. Dice Munilla: Aún no hemos salido de la bahía y ya sentimos la impaciencia de regresar la sombra del Teide. (…) Pronto se habrá desvanecido el perfil de las cordilleras. Y de todo este momento de dicha no restará en mi sino esa huella dolorosa que se llama recuerdo.

Antes de arribar a Buenos Aires el vapor hace escala en Montevideo. En la capital uruguaya Gasset envía una carta a su esposa Rosa Spottorno relatando curiosidades y vivencias durante el viaje. En una parte del mensaje le dice: (…) Anoche vi un fenómeno meteorológico interesante. Es el arco iris de noche, producido sobre la llovizna por la luz de la luna. (…) No se ve barco ni nada. Algunos peces voladores, algunas golondrinas de mar. Ayer, muy lejos, la silueta de las islas de Cabo Verde. Tanto él como su padre pasan los días del trayecto en compañía de otros pasajeros conocidos (José Santiago y Hermenegildo García Verde), así como de María Guerrero. Relata en la citada carta los coqueteos de las chicas de la compañía teatral con otros pasajeros del navío: Las señoritas de la compañía son guapas, pero de una ñoñería de damiselas provincianas inaceptable. (…) Las jóvenes se entregan al flirteo con los más estúpidos del barco (14).

El 22 de julio llegan por fin a la capital argentina, comenzaba en ese momento un intenso periplo de varias semanas por una serie de ciudades a donde Ortega y Gasset llega con un objetivo claro, que dice públicamente nada más llegar: Vengo a aprender más que a enseñar. Me interesa sobremanera conocer en todos sus pormenores la labor intelectual argentina, el grado de influencia que aquí ejercen los distintos países europeos y las necesidades y aspiraciones intelectuales de este país (15).

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Ortega y Gasset recién desembarcado en Buenos Aires, 1916

Ortega acudía a la invitación hecha meses antes por la “Institución Cultural Española” (16), quien ya hiciera lo propio en 1914 convocando al historiador Ramón Menéndez Pidal para que este difundiera su opinión y sapiencia entre los ambientes culturales y académicos argentinos del momento (17). Con Ortega no cesó el objetivo y fundamento de este organismo que perseguía la divulgación de los nuevos valores del pensamiento, la ciencia, la historia y la educación española de esos inicios del siglo XX. Tal es así, que le siguieron años más tarde otros célebres pensadores e investigadores españoles, como Ramiro de Maeztu, Eugenio d’Ors, Américo Castro, Julio Rey Pastor y Pío del Río Hortega, entre otros (18).

Durante el semestre que Ortega y Gasset estuvo en Sudamérica pronunció conferencias en Buenos Aires, Tucumán, Rosario, Córdoba, Mendoza, además de en Montevideo. Todas ellas se encuadraban dentro de la serie “Introducción a los problemas de la filosofía actual” y tuvieron un notabilísimo seguimiento y aceptación. Precisamente durante esa estancia americana Ortega deja la redacción del diario “El Imparcial” (en el mes de septiembre) y nace su hijo José Ortega Spottorno, el 13 de noviembre de 1916, fallecido en 2002 y quien fuera fundador del diario “El País”.

Cabe decir que hace unas semanas, en septiembre de 2016, se ha realizado en Buenos Aires el “Congreso Internacional. Ortega y América 1916-2016”, organizado por la Fundación Ortega y Gasset de Argentina y el Centro de Estudios Orteguianos (Fundación Ortega y Gasset-Gregorio Marañón), conmemorando el primer centenario de la visita del filósofo a ese país latinoamericano.

Mediados de enero del nuevo año 1917 y Ortega y Gasset regresa a España. Esta vez viajará solo, ya que su padre había hecho lo propio un mes antes (19). El filósofo tomó el 2 de enero, como ya hemos dicho en los primeros párrafos de este artículo, el vapor “Infanta Isabel de Borbón” que hizo escala esta vez en la isla de Gran Canaria. Tras unas horas de atraque en el puerto de Las Palmas, el 17 de enero pone rumbo hacia Cádiz. Esta partida tuvo un trágico accidente ya que a consecuencia de un escape de vapor murieron un fogonero y una niña (20). En ese mismo trayecto hacia Europa viajaba como pasajero del trasatlántico el tenor José Palet Bartomeu.

Al día siguiente el “Infanta Isabel de Borbón” atraca en Cádiz, portando varias toneladas de carga (fundamentalmente harina, además de cuero y maíz) y llevando a bordo 1222 pasajeros, de los cuales 195 ponen pie en Cádiz y 1027 siguen tránsito para Barcelona. Ortega y Gasset, a quien le esperaban en el puerto varios familiares, toma el tren hacia Madrid, quedándose varios días en Sevilla antes de llegar a la capital (21). Finaliza así el primero de los viajes del Catedrático de Metafísica a Sudamérica.

En 1928 es invitado de nuevo a la Argentina, esta vez a cargo de la “Asociación Amigos del Arte”. De nuevo será el vapor “Reina Victoria Eugenia” quien lleve al filósofo al continente americano, y al igual que en 1916, el navío hace escala en Santa Cruz de Tenerife. Arriba al puerto chicharrero en la mañana del viernes 10 de agosto y esta vez, gracias a que la escala duraría más tiempo, Ortega pudo disfrutar y visitar rincones tinerfeños fuera de Santa Cruz. Ejerce como cicerone el abogado Guillermo Cabrera Felipe, visitando ambos La Laguna y el Valle de La Orotava. Antes de regresar de nuevo al vapor surto en el puerto y zarpar rumbo a Buenos Aires, tiene tiempo de saludar a Francisco La-Roche Aguilar, presidente del Cabildo Insular de Tenerife en esos finales años 20 del pasado siglo (22).

Tras varias semanas en Argentina y Chile impartiendo una serie de conferencias, Ortega regresa a España de nuevo, ya comenzado el año 1929. Esta vez subirá a bordo del trasatlántico alemán “Cap Polonio”, haciendo escalas en Buenos Aires, Montevideo, Santos y Río de Janeiro, antes de arribar a Santa Cruz de Tenerife. Este navío germano fue muy célebre durante esos años dentro de la vida social y portuaria de Santa Cruz de Tenerife. Botado en 1914, llegó por primera vez a nuestro puerto el 24 de febrero de 1922, atracando en el Muelle Sur (23). Como comodoro del navío figuraba Ernest Rolín, personaje muy querido en esta ciudad al cual le fue otorgado el título de Hijo Adoptivo y que cuenta con una calle dedicada en su honor (cerrando por el oeste el Parque de la Granja).

Quizás a algún lector este vapor alemán le traiga a la mente la novela de Arturo Pérez-Reverte “El tango de la guardia vieja” (Alfaguara, 2012) y que en parte se desarrolla dentro de este buque, de camino a Buenos Aires, curiosamente en fechas muy cercanas a las del regreso de Ortega a España, en noviembre de 1928.

cap polonio

Transtlántico "Cap Polonio"
durante su primer atraque en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, 1922

Gracias a una curiosa entrevista, denominada “charla” por su autor, el periodista Luis Francisco, publicada en “La Prensa” del 18 de enero de 1929, podemos conocer varias cosas de aquel viaje de regreso a Europa del pensador madrileño. Viajaba en el camarote H de la tercera cubierta y lo hacía sin el característico bigote que llevaba en los primeros años de su vida. El buque llegó al puerto santacrucero durante la madrugada del 17 de enero y apenas estuvo atracado en él durante unas horas, tomando rumbo a Lisboa, para posteriormente hacer escalas en Vigo, Boulogne sur Mer y Hamburgo. Ortega revela en esa citada entrevista que tiene unas ganas locas de hacerse isleño permanente, como Robinson y recuerda su anterior visita a la isla, junto a su padre, diciendo: Estuve hace doce años. Aquella impresión me fue tan grata, que me espolea para visitarlo nuevamente.

Estas fueron pues las dos visitas que el pensador, escritor, ensayista y político español realizó a Tenerife en 1916 y 1928. Se une, por lo tanto, Ortega a la notable lista de afamados y reputados personajes que durante los últimos cinco siglos han visitado la isla, recalando en ella a bordo de navíos que han atracado o fondeado en nuestro puerto. Bien merece, en caso de que se amplíe el Paseo de los Visitantes Ilustres, inaugurado la pasada primavera en el Muelle de Enlace del Puerto de Santa Cruz de Tenerife a iniciativa de la Tertulia de Amigos del 25 de Julio y con la colaboración de la Autoridad Portuaria, que Ortega y Gasset disfrute de uno de los nuevos hitos que atestigüen su paso por esta ciudad. Sirva para fundamentar ese hecho este modesto artículo, escrito con el objetivo de dar a conocer el par de escalas en esta isla de uno de nuestros pensadores más reconocidos del pasado siglo.


  1. Nombrado así en honor a Victoria Eugenia de Battenberg, reina de España y esposa del rey Alfonso XIII.
  2. Procedente de Barcelona, dejando 14 pasajeros en Tenerife y siguiendo ruta 635.
  3. Toma el nombre de la Infanta Isabel de Borbón y Borbón, más conocida como La Chata, hija de la reina Isabel II.
  4. Ambos buques cambiaron de nombre durante la Segunda República, en 1933, pasando a denominarse (debido a las escalas que solían hacer en sus rutas) “Argentina” el “Reina Victoria Eugenia” y “Uruguay” el “Infanta Isabel de Borbón”.
  5. Nombrado alcalde de la ciudad el 31 de diciembre anterior, procedía de Madrid, desde donde partió hacia Cádiz para tomar este barco, tres días antes acompañado de su esposa e hija. Se había desplazado a la capital del país para tratar diversas gestiones relacionadas con la casa de Correos y Telégrafos y la cesión de los terrenos que ocupaba en ese momento el Castillo de San Cristóbal.
  6. Quien, tras varios años dirigiendo el Instituto, daría posteriormente nombre al centro.
  7. Que fue designado para inspeccionar las jefaturas del ramo en Tenerife y Gran Canaria por el ministro de Fomento Rafael Gasset Chinchilla, a la sazón tío de José Ortega y Gasset. Regresó de nuevo a la Península en el vapor español «Montevideo», el 3 de septiembre de ese año.
  8. Ya había estado en la isla en ocasiones anteriores, entre ellas durante la erupción del Chinyero en 1909. Se hospedó en el Hotel Colón y aprovechó sus estancia en la isla para realizar visitas de estudio a La Gomera (el 19 de julio daría una conferencia en Vallehermoso), al Teide y a La Laguna, entre otros lugares. El 29 de agosto ofreció una célebre conferencia en el Casino de Tenerife titulada “El Teide. Geología de Canarias” y que fue publicada el periódico local “El Progreso” el 2 de septiembre de 1916. Al día siguiente, el Catedrático y su hijo regresaron a la península. Por sus trabajos y estudios sobre la geología canaria y sus varias visitas a la isla le fue dedicada una calle en Santa Cruz de Tenerife, que aún conserva su nombre.
  9. “Un viaje a las tierras del Plata. A bordo del Reina Victoria Eugenia”. Revista “La Semana”, 21 de octubre de 1916. Gran parte del artículo fue publicado también en el diario “La Prensa” del 31 de octubre de 1916.
  10. Revista “La Semana”, 21 de octubre de 1916.
  11. “La Prensa”, 11 de julio de 1916.
  12. “La Opinión”, 10 de julio de 1916.
  13. “La Gaceta de Tenerife”, 10 de julio de 1916.
  14. Anales de la Institución Cultural Española. Buenos Aires, 1941.
  15. “Ortega y Gasset 1885-1955. Imágenes de una vida”. Madrid, 1983.
  16. Entidad fundada en junio de 1912 para honrar la memoria de Marcelino Menéndez y Pelayo.
  17. José Ortega y Gasset ocupará la cátedra creada por la Institución Cultural Española en la Universidad de Buenos Aires, del 7 de julio de 1916 al 16 de febrero de 1917. Ramón Menéndez Pidal ocupó precisamente la primera de esas cátedras.
  18. Martínez de Codes, Rosa M.: “Ortega y la Argentina”. Universidad Complutense de Madrid.
  19. Ortega Munilla llegó a Cádiz, y ese mismo día salió en tren hacia Madrid, el 19 de diciembre de 1916. El vapor “Reina Victoria Eugenia” que lo trajo de vuelta no pudo hacer escala en Canarias debido un temporal, lo que obligó a que los pasajeros tuvieran que llegar a las islas unos días más tarde en el vapor “Cataluña”. (“La correspondencia de España”, 20 de diciembre de 1916).
  20. “La información”, 19 de enero de 1917.
  21. “El Día”, 19 de enero de 1917.
  22. ”El Progreso”, 11 de agosto de 1928.
  23. Padrón Albornoz, J. A.: “La primera escala del Cap Polonio”. “El Día”, 9 de enero de 1983.


 

Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


 

Presentación en Tenerife del libro “Diego Martel Alemán (1872-1912): Un baritono grancanario en la guerra de Filipinas”

Dic 16, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en Presentación en Tenerife del libro “Diego Martel Alemán (1872-1912): Un baritono grancanario en la guerra de Filipinas”

Presentación en Tenerife del libro “Diego Martel Alemán (1872-1912): Un baritono grancanario en la guerra de Filipinas”

 Miguel A. Noriega Agüero

14 de diciembre de 2016
Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias, Santa Cruz de Tenerife

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General González Arteaga, resto del personal militar y civil de este Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias, familiares de Diego Martel Alemán que me acompañan en esta mesa, Armando y Alfredo Cabrera Martel (quienes se han desplazado desde Las Palmas de Gran Canaria para poder participar en este acto), compañeros de la Tertulia Amigos del 25 de Julio, amigos, amigas. Buenas tardes y gracias por su asistencia e interés hacia este acto.

Hace ocho meses escribí un artículo en mi web personal (asotavento.com) y en la de la Tertulia Amigos del 25 de Julio (amigos25julio.com) dedicado a la vida de José Hernández Arocha, lagunero que participó en la guerra de Filipinas y formó parte del glorioso plantel de militares españoles considerados como “Los últimos de Filipinas”. Quise centrar mi escrito en su persona al ser de esta isla, pero, por los motivos que todos ustedes saben, esta cincuentena de hombres bien merecen muchas más líneas, homenajes, recuerdos y vanaglorias.

La redacción y posterior divulgación de mi artículo vino seguida de una aparición, el 7 de abril de 2016, en el programa radiofónico “Secuencias de la historia” (en la emisora ESRadio Canarias) de mi amigo y compañero de la Tertulia Amigos del 25 de Julio, Jesús Villanueva. Esa emisión fue emitida, como todas las de aquel programa, para todo el archipiélago. Tal es así que días más tarde, recibo una llamada telefónica de uno de sus escuchantes grancanarios. Su nombre, Alfredo Cabrera, corresponsable, en el mejor sentido de la palabra, de que hoy estemos todos nosotros aquí esta tarde de diciembre.

Alfredo se me presentó y tras ello me habló, con entusiasmo desde el primer segundo de la conversación, sobre la figura de su abuelo y el libro que hoy presentamos en Tenerife. Fue en ese momento cuando oí hablar por primera vez de Diego Martel, figura más conocida en la vecina y hermana Gran Canaria, que en el resto de las islas. A los pocos días de aquella conversación telefónica recibo en mi casa un ejemplar de este libro, el cual devoré desde que lo tuve entre mis manos. Agradezco de nuevo, hoy públicamente, a Alfredo Cabrera el envío de esta obra, que vino, además, con dedicatoria a mi persona y a los miembros de la Tertulia Amigos del 25 de Julio, de la cual tengo el honor de formar parte.

En las sucesivas conversaciones telefónicas con él a lo largo de los días siguientes me propuso la idea de hacer llegar la figura de su abuelo fuera de Gran Canaria. Uno de los siguientes pasos a dar, del cual hoy formamos parte, era llevar la vida y obra de Martel a la isla de Tenerife mediante la presentación del libro en cuestión. Desde un primer momento me sumé a esa propuesta y fuimos definiendo fecha y lugar en las semanas siguientes. Mi idea inicial fue, y así ha sido desde el inicio, que la presentación del libro se hiciera en este Fuerte de Almeyda y así se lo hice llegar a Alfredo. Este lo vio con muy buenos ojos y tras su conformidad le trasladé la propuesta al General Ruiz de Oña, anterior director de este Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias, en el cual hoy nos encontramos. Mi paisano y artillero, Ruiz de Oña, quedó entusiasmado con la idea y dejamos que pasara el verano, en vistas a encontrar fecha llegado el otoño.

Hace tres meses me puse de nuevo en contacto con el equipo de dirección de este Centro y fuimos cuadrando agendas hasta llegar a la fecha de hoy, 14 de diciembre, como momento idóneo para el acto que hoy nos ocupa. Agradezco pues por ello a los Generales Ruiz de Oña y González Arteaga, anterior y actual directores respectivamente de este Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias, así como al resto del personal civil y militar que hacen posible este evento: Coroneles Iglesias y Castillo, Cabo Primero Yagüe, etc.

Es necesario decir que este libro lleva en las librerías canarias desde hace dos años. Ya fue presentado en su momento en Las Palmas de Gran Canaria. Así, el día 17 de noviembre de 2014, se presentó la obra en el Museo Poeta Domingo Rivero, situado en la calle Torres, en pleno Barrio de Triana. El acto contó con la presencia del autor, Pedro Schlueter, Armando Cabrera Martel, colaborador y copromotor de la obra junto a su hermano Alfredo, así como de Fernando Redondo Rodríguez.

Como ya dije anteriormente, tanto los nietos de Martel como yo mismo, sabiendo que el libro ya fue presentado en Gran Canaria, convenimos que podría ser interesante hacer lo propio también en Tenerife, con el objetivo de hacer llegar a más canarios la figura de Diego Martel. De ahí que hoy se vuelva a presentar esta publicación de nuevo, esta vez en un marco y frente a un público diferentes al de 2014. Estoy seguro que tanto Alfredo como Armando, asistentes a aquel evento en el Museo Poeta Domingo Rivero podrán contarnos a continuación cómo fue ese acto de estreno y muestra pública de esta tan interesante obra.

Unos meses más tarde y ya con el libro en la calle se celebró un nuevo evento en homenaje a Diego Martel. El 12 de junio de 2015 se llevó a cabo un modesto, pero no menos importante acto en la calle Cano de Las Palmas de Gran Canaria, con la colocación de una placa conmemorativa en la última casa donde vivió el que fuera barítono y militar grancanario. Se da la casualidad que esta antigua edificación canaria alberga actualmente la sede del Diputado del Común en la capital grancanaria. Cabe destacar aquí la figura del expresidente Jerónimo Saavedra, hoy Diputado del Común, clave en la realización y culminación de ese evento. De nuevo, emplazo a los nietos de Martel para que, tras mis palabras, nos trasladen con su relato a ese día de junio de 2015 y lo que eso supuso para la familia.

Y paso a hablar del autor, como preludio de mis palabras acerca de la obra. Pedro Schlueter Caballero, nacido en la capital grancanaria en 1942, es perito, profesor, librero y escritor. Además de todo esto, Schlueter es un gran amante de la música y su divulgación. Así, ha pertenecido varios años a la Directiva de la Sociedad Filarmónica de Las Palmas de Gran Canaria, ha regentado una tienda de venta de discos, ha participado en numerosos programas de televisión y radio dando a conocer aspectos de la música clásica y tiene en su haber un nutrido rosario de publicaciones, además de esta que hoy presentamos. Paso a citarles algunas de ellas: Las obras de teatro “Sombras” (1965) y “Leyenda de una sonata: estampa romántica en un acto, dividido en dos cuadros, “Nueve relatos en negro y rojo” (1978), “Cuentos tímidos” (1983), “Agustín Millares Carló y la colección Arcón Canario” (en Boletín Millares Carló, nº19, año 2000), “Conquista de la isla de Gran Canaria” (2001), “Dos piezas teatrales canarias en un acto. La isla de Marcialito. Al furunto le faltaba un hervor”. (2015) y su última obra, de este mismo año “Pérez Galdós y la música” (2016). Tras mis palabras, los hermanos Cabrera Martel podrán contarnos porqué pensaron en él para escribir esta obra y, al mismo tiempo, excusar su no presencia en este acto.

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Diego Martel, vestido de oficial y portando sus condecoraciones

Y paso ya a hablar de la obra, por este orden: su apariencia, su estructura y, lo mejor de todo, como es natural, su contenido. El libro, editado por Beinbook Ediciones, se presenta en formato A5 (15x21cm) y consta de 268 páginas. En gran parte de estas, pertenecientes a la segunda parte de la obra se reproducen extractos del diario que el propio Martel escribió desde el mismo momento de zarpar de su isla rumbo a Filipinas. Este hecho, unido a la muestra completa o por secciones de cartas personales entre él y su familia, hacen que esta obra sea tremendamente interesante. Leyendo esas líneas redactadas por el propio protagonista, que como digo son numerosas, el lector cree tener la sensación de que el mismo Diego Martel le está relatando sus días en el barco y en el archipiélago filipino. Aquí es clave, lógicamente el buen hacer de Schlueter, quien logra hilar todos esos documentos y darle forma a la obra, sin perder el hilo ni el relato cronológico. Posee 46 fotografías, una de ellas es una imagen del diario de Diego Martel. Aparecen además 2 dibujos, 1 de ellos obra del propio Martel y pintado en su diario.

La estructura es sencilla. Pivotando sobre el viaje y estancia filipina que Martel realiza entre el 9 de marzo de 1897 y el 21 de marzo de 1899, tenemos el antes, el durante y el después. Su estancia en la isla en dos tramos de su vida rotos por la mitad por su periplo en el archipiélago asiático.

Así, la primera parte transcurre en Gran Canaria, son sus años de infancia y juventud. Diego Martel Alemán nace el 10 de noviembre de 1872 en la Vega de San Mateo y es bautizado con el nombre de Diego José Avelino del Patrocinio. Es hijo de Diego Martel, quien muere en 1875, cuando nuestro protagonista tenía solo tres añitos, y María Belén Alemán. La muerte de su padre hace que Diego esté durante toda su vida muy ligado a la figura de su madre y su hermano José Ignacio. Las cartas intercambiadas entre ellos bien lo atestiguan, y nos muestran el amor que se tenían.

Comienzan a consolidarse en plena adolescencia la tres patas que van a sustentar la vida de Diego Martel. Por un lado su religiosidad. En 1884 (con solo 12 años) marcha a la capital al Seminario Conciliar de Canarias, y en 1894 (con 21) ya era profesor suplente en el Seminario. Por otro el mundo militar. En 1891 (con 19 años) ingresa como mozo en la Caja Sucursal de Reclutamiento de Las Palmas. Comienza en ese momento una carrera militar que seguirá hasta 1907 pasando por los empleos de soldado, cabo, sargento y segundo teniente de infantería. Y en tercer lugar la música. Ya desde chico apuntaba maneras y talento para la canción, ingresando en la Sociedad Filarmónica en 1895.

La segunda parte de la obra se desarrolla durante el viaje de ida y vuelta y estancia en el archipiélago de Filipinas, a donde llega en los últimos años de la presencia española en esas islas. El 13 de diciembre de 1896 entra en sorteo de clases con destino a Filipinas y embarca, como sargento, el 9 de marzo de 1897, rumbo a Cádiz a bordo del “Dominic”. Es en ese preciso momento cuando comienza su diario, una de las joyas del legado de Martel y que se conserva aún en la actualidad. Relata en la primera página del diario:

“Su nombre es “Dominic”; ya están en las operaciones de desatracar el vapor. Pronto saldremos, dia 9 de marzo de 1897… Es la primera vez que me alejo de mi patria, sabe Dios hasta cuando. …”

Hace la primera escala del trayecto en Santa Cruz de Tenerife. Tras salir de su puerto relata Martel:

“Ya no se ve Tenerife; mar y cielo nada más. Qué imponente es esto, la inmensidad arriba y la inmensidad abajo…”.

A partir de aquí será el diario y las cartas las que relaten el viaje: las duras condiciones del pasaje, la llegada a Filipinas, la guerra, la añoranza por su familia y su tierra, el regreso, … El lector, como ya dije anteriormente, tiene la sensación de que el propio Diego le está contando en directo sus aventuras. El barco a Cádiz, después en tren a Barcelona. Allí toma el vapor “Montevideo”, zarpando el 26 de marzo de 1897. Dice en el diario, anotado para esa jornada:

“Llevamos unos 300 y pico soldados de la reclutada voluntaria. ¡Qué cara tienen! Muchos parecen presidiarios y asesinos de profesión”.

En el Mediterráneo avistan Cerdeña, Sicilia y Creta, llegan a Port-Said y la nave atraviesa el Canal de Suez. Navega por el Mar Rojo y el Índico (frente a Sri Lanka, Sumatra, Singapur …) para llegar a Manila el 23 de abril del año 1897. 45 días después de salir de Gran Canaria y tras más diez mil millas de navegación. Pocos días después es ascendido a oficial.

A partir de aquí el libro nos regala numerosos detalles de la vida de Martel en aquella campaña militar: qué comía, qué le dolía, la morriña por su isla, lo que le costó el uniforme de oficial, cómo llueve o mejor dicho diluvia, las vestimentas de los filipinos (de ellas y de ellos), los momentos más duros y tensos del conflicto, su encuentro con Emilio Aguinaldo (quien fuera uno de los líderes del movimiento independentista y presidente del primer gobierno de la República de Filipinas), su regreso a casa, etc, etc, etc.

Y como tercera y última parte de la obra, su vuelta a Gran Canaria y, tras ello, los últimos 13 años de su vida. Sigue la carrera militar unos años más, cerrando su hoja de servicios como 2º Teniente de Infantería con las condecoraciones de la Orden del Mérito Militar de 1ª clase, medalla obtenida por su presencia en la campaña de Filipinas, y la Orden de María Cristina de 1ª clase.

Conservará el resto de su vida su ferviente religiosidad y retomará sus actividades artísticas. Es aquí en donde el autor de la obra nos ofrece su conocimiento musical detallándonos las actuaciones líricas de Martel que lo confirman como un gran barítono. Uno de esos actos musicales en los que Martel participa tiene lugar en octubre de 1899, al actuar en el concierto homenaje que se brindó en Las Palmas de Gran Canaria a Eustaquio Gopar, majorero y segundo canario de los “últimos de Filipinas” (junto a Hernández Arocha, antes citado) en sobrevivir al sitio de Baler.

Continúa en esos primeros años del siglo XX la estrecha relación de Diego Martel con la Sociedad Filarmónica de Las Palmas de Gran Canaria, llegando a estar varias veces en su Directiva. Apunta, además, Schlueter la relación más o menos directa, según cada caso, de Martel con Camile Saint-Saëns compositor francés que recaló varias veces por la isla, y Nestor de la Torre, barítino grancanario, contemporáneo del protagonista de la publicación que hoy nos ocupa.

Mientras tanto Martel forma una familia al casarse con Aurelia Perdomo Olivar, con quien llegaría a tener seis hijos, tres de ellos caídos en desgracia bien chiquititos por temas de salud. Como es lógico, ha de trabajar, ya que al haber abandonado la carrera militar y no poder vivir de la música, tiene que mantener a la familia. Esto hace que, por motivos laborales recale dos veces en la isla de Fernando Poo (la actual Bioko, perteneciente hoy en día a Guinea Ecuatorial).

De manera trágica, Diego Martel Alemán fallece casi a punto de cumplir los 40 años en la casa antes citada de la Calle Cano. Se apaga con ello la vida de un hombre bueno, que este libro tan bien saca a la luz. El autor de esta obra y sus descendientes, dos de ellos hoy presentes con nosotros, realizando una encomiable labor de custodia e investigación de documentos y enseres de Martel, son los responsables de ello. Gracias a ustedes y a Pedro Schlueter por ello. Mi más sincera felicitación por el resultado.

Y para finalizar quisiera traer a esta palestra las últimas líneas del libro, que el autor nos ofrece a modo de “breve epílogo”. Las comparto plenamente y estoy seguro que muchos de ustedes también.

… Tras varios años de trabajo nos alegra haber rescatado la vida de un ser casi anónimo, que hubiese seguido así si no hubiera sido por los objetos y escritos conservados por sus familiares, y en donde, como se ha podido comprobar, el diario de su viaje a Filipinas ha jugado el papel más importante.
Y aquí, como siempre, la misma pregunta: ¿cuántas familias no guardarán papeles de un antepasado que, como en el caso presente, permitiría estudiar aspectos de la vida de una ciudad como lo hemos hecho? O lo que es peor, ¿cuántos papeles no se habrán tirado a la basura por viejos, inservibles o por pertenecer a un antepasado del que sólo se sabe que destacó en algo por encima de los de su época, pero del que esas características se veían más como un defecto que como algo valioso?
No nos cansaremos de decir que la vida y los acontecimientos que distinguen a una ciudad no surgen porque sí, sino que provienen de la forma de ser de sus antepasados que se esforzaron en legarnos su saber. Un tesoro que hoy tenemos la obligación de proteger para continuar alimentando tanto la memoria histórica de la isla como de su capital.

Muchas gracias a todos por su asistencia hoy aquí. Gracias también al equipo humano que dirige, gestiona y administra este Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias por permitirnos dar a conocer la figura de Diego Martel al cobijo de estos vetustos pero siempre robustos muros de Almeyda. Gracias al autor de la obra, Pedro Schlueter Caballero, por el amor, la pasión y el saber que ha puesto en la redacción de esta publicación. Y gracias a Armando y Alfredo Cabrera Martel por pensar en mi para la presentación de este libro que me ha permitido conocer la vida y obra de su protagonista, Diego Martel Alemán, un noble, culto y fraternal ser humano que estoy seguro que estaría muy orgulloso de la labor y esmero que sus nietos han llevado a cabo en la defensa de su figura y la custodia y puesta en valor de su legado. Lo dicho, muchas gracias.


Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Geógrafo y miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


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