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Las cuevas del Barranco de Santos

Oct 21, 2017   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en Las cuevas del Barranco de Santos

Las cuevas del Barranco de Santos

Cavidades utilizadas como necrópolis y residencias por los guanches y posteriormente, incluso en la actualidad, refugio marginal de personas sin hogar

Artículo aparecido en el suplemento "La Prensa" del 
periódico El Día del sábado 21 de octubre de 2017

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Artículo dedicado a Don Luis Cola Benítez, fallecido en agosto de 2016, gran conocedor de los barrancos de Añazo y quien fuera miembro fundador de la Tertulia Amigos del 25 de Julio y Cronista Oficial de la ciudad.


La disposición en ladera de la vertiente oriental del área metropolitana Santa Cruz de Tenerife-La Laguna, así como la cercanía del macizo de Anaga, que cierra estas urbes por el norte, hacen que esta zona de la isla se encuentre atravesada por las cortaduras y tajos de varios cauces, secos en la mayoría del tiempo, pero con una agreste topografía, esta sí permanente, reflejo y síntoma de la erosión que los caudales de estos han producido a lo largo de milenios. Los santacruceros de anteriores centurias han tenido siempre muy presente la existencia de estos barrancos, barranqueras y barranquillos dentro de la morfología urbana de su ciudad. En la actualidad algunos de ellos perviven soterrados e invisibles a la mirada del ciudadano y solo unos pocos se hacen notar tanto en el paisaje como con los fuertes caudales de sus ocasionales avenidas.

La ciudad de Santa Cruz de Santiago de Tenerife tiene y ha tenido así varios valles y barrancos que la cortan a través de los necesarios recorridos que la escorrentía superficial realiza en búsqueda de salida al mar. De norte a sur: Tahodio, formando una de las cuencas más grandes del macizo de Anaga que desde el Monte de Aguirre desciende hasta el Muelle Norte; La Leña, que desemboca en el de Ancheta, que baja desde Los Campitos, tras unirse a él el de Aguaite en La Ninfa, todos ellos ya fusionados en uno solo llegan al mar denominándose Almeyda; San Antonio, que desciende desde las Mesas de Jiménez y se adentraba en Santa Cruz en el barrio de Pino de Oro, discurriendo en el pasado siguiendo el trazado de la toscalera calle que lleva su nombre; San Francisco, que nace igualmente bajo las Mesas para llegar antaño a la costa santacrucera ejerciendo de divisoria entre el Toscal y el centro de la ciudad, por las actuales Plaza del Patriotismo y calle Ruiz de Padrón (antes conocida como del Barranco Cubierto); El Barranquillo o del Aceite, que se origina también en las faldas de las Mesas y junto al Camino Oliver pasa a estar oculto descendiendo por el subsuelo chicharrero (dio nombre a la calle del Barranquillo o Imeldo Serís ya que discurría por ese lugar); y el del Hierro (1) en el extremo sur de la ciudad, desembocando en La Hondura tras discurrir entre los barrios chicharreros de Camino del Hierro, Tío Pino y Somosierra. Verá el lector que aposta he dejado sin mencionar el más importante de los cauces de esta zona de la isla. Y digo bien, ya que el barranco de Santos no es solo de Santa Cruz de Tenerife sino de este y de su vecino municipio de San Cristóbal de La Laguna.

Nace bajo la Cruz del Carmen, en las cumbres de Anaga, en el enclave conocido como Llano de los Viejos, y discurre por la vega lagunera atravesando Las Mercedes hasta llegar a la ciudad de Aguere. Aquí se le une por la izquierda el barranco de Jardina, que igualmente entra en la ciudad encajado en un canal hormigonado que serpentea entre fincas y casas. Toma el nombre de Barranco de Gonzaliánez y va dejando al oeste la ciudad de los adelantados, entre esta y las laderas que cierran la vega por el este. Soterrado discurre bajo los aparcamientos del antiguo mercado y los que se ubican junto a los juzgados, para asomar de nuevo tras el Rectorado. Aquí, tramo donde toma el nombre de la Carnicería, cruza la Vía de Ronda y de nuevo desciende oculto, entre Barrio Nuevo y La Verdellada, hasta llegar a La Hinojosa en donde sale de nuevo a la luz, para no volver a estar cubierto hasta su desembocadura, esa que queda camuflada bajo la Plaza de Europa y la santacrucera Avenida Marítima. Pero no nos adelantemos y volvamos aguas arriba a seguir fluyendo por el cauce del barranco en cuestión.

Se le irán uniendo a ambos lados ya desde este momento una serie de barranqueras y barrancos algunos ellos soterrados y completamente transformados debido a la intensa urbanización de esta zona de la isla, plena área metropolitana. La Verdellada, El Gomero, El Charcón, Valle Colino, Valle Tabares, Valle Carmona, Las Goteras, Molina y ya por último el del Aceite, que antes bajaba paralelo al de Santos, por la antigua calle del Barranquillo, como ya hemos visto en anteriores líneas, y hoy está encauzado bajo el Barrio Salamanca para desaguar en el de Santos. En total llega a formar una cuenca hidrológica de 39,826 Km2 (la cuarta en superficie de todas las de la isla) (2).

Ya antes de la conquista castellana, sus paredes y cortados fueron utilizados por los guanches como necrópolis para sus muertos. Un buen ejemplo de esto último viene certificado por la localización en cuevas situadas en taludes bajo el barrio de La Candelaria, antes denominado El Becerril, de multitud de restos humanos, se habla de más de 50 momias (3) y varios útiles y otros objetos: 3 punzones de hueso, 4 tahonas y 85 cuentas de collar (20 anulares y 50 cilíndricas) (4). Actualmente algunos de estos restos arqueológicos, siguen curiosamente junto al barranco, pero ya en su curso bajo, concretamente en el interior del Museo de la Naturaleza y el Hombre.

Pero además estas cavernas fueron utilizadas por los guanches como residencias (5) y para cuadras de sus ganados. Y es que esta hendidura suponía para los aborígenes tinerfeños más que un mero barranco. No era como cualquier otro de la isla, significaba además el límite natural entre los menceyatos de Anaga, al norte y Güímar, al sur, siendo poblado por los aborígenes tinerfeños hasta el momento de la conquista y tras esta por colonos y descendientes de guanches, lo cual hizo que nunca se perdiera la habitabilidad de estos agrestes parajes.

Con la llegada de los castellanos este barranco toma el nombre de uno de los primeros habitantes de lo que antaño era una pequeña villa costera al pie de la Laguna, Diego Santos, de quien se tiene constancia en la isla desde 1516 y era persona muy allegada al Adelantado. Este tenía una casa cerca de su desembocadura y con su apellido pasará a denominarse hasta la actualidad (6).

Y es aquí, en los márgenes del último tramo del barranco, en donde se funda la localidad Santa Cruz de Tenerife. De esta manera ya desde recién iniciado el siglo XVI va a ir creciendo poco a poco un entramado de casas, caminos y huertas, comprendidas inicialmente en el margen septentrional entre el barranco de Santos y barranquillo del Aceite, que tenderá a extenderse hacia la Caleta de Blas Díaz, y al sur junto a la otra orilla del cauce, en lo que sería el futuro barrio de El Cabo (7). Y en el centro de ambas barriadas, en el barranco, se va a continuar con el uso de las cuevas como vivienda, perfeccionando estas estancias con rudimentarios muros exteriores para lograr un cerramiento más o menos completo del habitáculo, hecho que se ha seguido haciendo hasta la actualidad. Por lo tanto, podríamos decir que sin un paréntesis entre ambas civilizaciones, la aborigen primero y la canaria de raíz europea, fundamentalmente castellana, después, estas cavidades nunca han dejado de ser utilizadas. Incluso hay constancia del otorgamiento de datas que concedían derechos de habitabilidad y uso de estas cuevas desde comienzos del XVI.

Iban avanzando los siglos y el barranco seguía siendo esa inquebrantable hendidura en el terreno, difícil de franquear y que obligó a incesantes labores ingenieriles para la construcción de puentes desde donde, gracias a las alturas sobre el fondo que estos llegan a tener, se obraron abundantes suicidios. Precisamente en el verano de 2016, y tras la muerte de una mujer que se arrojó al vacío desde él, se instalaron unas vallas en ambos lados del que toma por nombre Javier de Loño Pérez, el que sobrevuela el barranco a mayor altitud de todos los que componen la veintena de puentes que en él se encuentran desde La Verdellada hasta su desembocadura.

Pero la cercanía a la urbe posibilitó que fuera utilizado para un sin fin de usos y actividades. En el fondo y laderas del barranco se soltaban cabras y cerdos, se utilizaba también de matadero de ganado, se lavaba la ropa en las charcas que también eran utilizadas como abrevaderos, se construyeron varias presas e incluso se llegó a levantar un molino, del cual hoy nos queda el canal-acueducto bajo el cortado conocido como el “Salto del Negro”. El barranco era, además, la abismal zanja perfecta para echar las basuras. Esto último por desgracia se sigue realizando, en menor medida que en el pasado, pero no hay más que mirar debajo de los puentes para atisbar entre la maleza y las rocas numerosas latas, bolsas, cigarrillos y demás residuos.

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Cuevas y otras viviendas en el tramo del "Salto del Negro", junto al canal y el molino.
Foto: Pitard, J. et Proust, L.: "Les isles Canaries: Flore de l'archipel", 1909

Pero, como ya hemos dicho, las cuevas fueron y siguen siendo moradas de gentes de clases sociales bajas, sin otro lugar o residencia mejor en donde afincarse. Estas cavidades, dentro del contexto que acabamos de ver, presentan y presentaban unas pésimas condiciones de higiene y salubridad, pero a pesar de eso fueron numerosas las cuevas ocupadas e incluso reconocidas como residencia a efectos administrativos. Así estas viviendas y los que en ellas residían eran consideradas como un barrio más de la ciudad, y, por ejemplo, en 1890 formaban parte del quinto distrito electoral (sur). Pero ojo, no solo en este barranco existieron cuevas habitadas. Las llegó a haber también en el de San Antonio; en las paredes de San Pedro; bajo La Altura, pasado el Castillo de Paso-Alto (denominadas como “Cuevas de Seña Isidora”); en el barranco de Tahodio; en el de Pepa Concha, afluente de el del Hierro, en donde en septiembre de 1930 una niña que ellas residía falleció por las mordeduras de las ratas; en Los Campitos; en las Moraditas de Taco y junto a la carretera a San Andrés, de las que aún quedan restos en el margen de la autovía, frente a la Dársena Pesquera.

Varias fueron las ocasiones en las que el ayuntamiento luchó, a veces con escaso éxito, porque todas estas fueran desalojadas. En 1866 Manuel Suárez, por aquel entonces concejal capitalino y presidente de la Sociedad Constructora, pronunció un discurso (8) que entre otras cosas decía:

“En las habitaciones accesorias y en las cuevas, no solamente la falta de espacio es perjudicial para los que las habitan, sino que la humedad, la carencia de ventilación, la atmósfera siempre densa, impregnada siempre de fétidas emanaciones, siempre dañina, son origen, no lo dudéis, o al menos, son elemento propagador de muchas de las enfermedades que de vez en cuando molestan a la población, y no sería temerario asegurar que en esos asilos insalubres, donde a la estrechura y a la dificultad de renovar el aire se unen la pobreza y el desaseo, que acompaña generalmente a la falta de recursos; tiene Santa Cruz de Tenerife una constante amenaza de próximos y grandes males, de asoladoras epidemias, si pronto no se busca el medio de que esos focos e infección se purifiquen, dejándolos deshabitados”.

Otra voz que alertó del grave problema que esas cuevas ofrecían para la salud de quienes en ellas residían y del resto de chicharreros fue el Delegado extraordinario de Sanidad, Dr. Luis Comenge y Ferrer, quien opinaba públicamente en 1907 que:

“las condiciones horribles en que viven millares de personas hacinadas en inmundas ciudadelas, la escasez y primitiva distribución del agua para el uso público, las cuevas insalubres y repugnantes del barranco de Santos, la incuria de todos, el desaseo en las casas … Todas, todas estas cosas, y otras que vengo observando desde el primer día, son, innegablemente, los orígenes de esas enfermedades que no tienen enemigo mayor que la limpieza” (9).

Fue ese comienzo de 1907 cuando se vivió un episodio de fuerte rechazo a estos asentamientos e incluso desde los rotativos locales de suscribían las palabras de Comenge y se aportaban soluciones:

“El estado de suciedad, verdaderamente deplorable, en que se halla el barranco de Santos, sobre todo en la parte destinada a viviendas, impone medidas radicales para evitar que la salud pública se vea en aquel sitio seriamente amenazada. Inconcebible es que se haya permitido habitar en los márgenes de ese barranco donde centenares de familias han encontrado misérrimos albergues; pero ya que el uso o abuso resultan irremediables se debe procurar, por lo menos, la minoración de los males, emprendiendo allí una activa campaña de desinfección y saneamiento, para cuya eficacia es de todo punto la acción del fuego en la mayoría de las cuevas donde viven hacinadas las personas. (…) Las circunstancias no admiten contemporaciones ni compadrazgos ningunos. A grandes males grandes remedios. Fuego al barranco de Santos y se habrá hecho un gran bien a la humanidad desvalida.”

Poco después fueron incendiadas por orden municipal numerosas de estas cuevas, las cuales volverían a ser ocupadas meses más tarde (10).

En 1920 el ayuntamiento capitalino exigió de nuevo el desalojo de estas cuevas “por constituir un foco de infección”. Dio orden a la Guardia Municipal para proceder a este desahucio. En noviembre de ese año efectivos del citado cuerpo informaban, por ejemplo, de varios casos de urgente necesidad. Según informaba la prensa del momento (11): “El Jefe de la Guardia municipal dio cuenta a la Alcaldía del deplorable estado en el que se encuentran varios residentes de las cuevas del barranco, habiendo fallecido en días pasados varios de ellos, como por ejemplo Luisa Baute Quesada, de 43 años de edad, y estando otros muchos gravemente enfermos, algunos jóvenes como María Niebla, de 30 años, Ignacia González, de 36, o Felipe Ramos, de 20. La alcaldía de la ciudad procedía a ordenar el desalojo de estas modestas cavernas, pero la Guardia Municipal no podía hacer nada para una vez expulsados de esta rústica morada por las mañanas, volvieran cada noche. Había paludismo y numerosas diarreas debido a la ingesta de agua, por parte de estos moradores, procedentes de las charchas de que se encuentran en el cauce”.

Eran estas cuevas moradas de numerosos enfermos que acudían a Santa Cruz en espera de ser atendidos en el antiguo Hospital Civil, actual Museo de la Naturaleza y el Hombre, que se hallaba junto a la orilla sur del barranco. Así, hay constancia, por ejemplo, de tuberculosos que poblaban temporalmente estas cavernas, pero particularmente resulta trágica la llegada en el otoño de 1887 de varios enfermos de elefantiasis (12) a los que no se les daba acogida en el citado sanatorio. El 17 de octubre durante el pleno de la corporación municipal, presidido por el entonces alcalde, Francisco de Aguilar y Aguilar, se trató el asunto, a petición de uno de los concejales. Allí se informó que los enfermos eran un total de veintiuno, ninguno de ellos natural de la ciudad (uno era de Tacoronte, otro lanzaroteño y los diecinueve restantes de La Gomera).

Este panorama, quizás al que llegaron a acostumbrarse los locales, no dejaba indiferente a los numerosos viajeros que visitaban la isla. Uno de los que plasmó negro sobre blanco lo que se encontró en las entrañas del barranco fue Jacques-Gérard Milbert (1766-1840). Este pintor y diseñador francés formaba parte de la “Expedición Baudin”, viaje científico francés dirigido por el marino y científico Nicolas Thomas Baudin, que recaló en la isla entre 2 y el 13 de noviembre de 1800 (13). Milbert doce años más tarde de aquella visita a la isla relató sus impresiones vividas esos días en Santa Cruz y otras zonas de Tenerife en su obra: “Voyage pittoresque à l’île-de-France, au cap de Bonne-Espérance et à l’île de Ténériffe”. Con una encantadora y descriptiva prosa nos muestra una ciudad plagada de mendigos y niños harapientos, que ofrece guaridas en los barrancos pobladas de las gentes de menor clase y cultura. Él mismo visita estas cavernas y nos cuenta:

“Al llegar a esta morada de horror, uno se pregunta si es posible que esté habitada. Sí, sirve de retiro a algunas familias y, sobre todo, a mujeres prostituidas que, lejos de la ciudad, creen que pueden hacer allí el escenario de sus desenfrenos. En esas horrorosas guaridas es donde los soldados de la guarnición y los marineros del puerto van a hacer sus repugnantes orgías; también es allí donde, con el cuchillo fatal, su arma familiar, esta clase de gente va a liquidar lo que ellos llaman una contienda de honor. Es en ese lugar, en esas horribles viviendas, donde el vicio presenta todo el horror que se debería desterrar. Unas cavernas abiertas en las faldas de roques verticales, o formadas por grietas originadas por erupciones volcánicas, se han convertido en el refugio de esas sacerdotisas de Venus (…).”

Milbert describe los rocosos habitáculos de la siguiente manera:

“(…) una estera rota cierra la entrada de la cueva; una vieja manta, un mal trozo de vela de navío o cualquier otro harapo extendido en el suelo, es el lecho voluptuoso donde los hombres van a buscar el placer; unos vasos de tierra mellados y una escudilla de madera que nunca es lavada, contienen alimentos pútridos. El olor pestilente que se desprende de ellos infesta el aire, que, por otra parte, difícilmente puede ser renovado en un lugar donde nunca penetran los rayos del sol.” Pero a pesar de esa inmundicia y libertinaje no sale de su asombro, plasmando tal hecho en sus escritos, cuando ve como esas mismas mujeres “entregadas al más vil desenfreno” no ha dejado de lado su pasión religiosa: “Las he visto encaminarse por la ciudad, con un rosario en la mano, recitando plegarias y yendo a los templos a prosternarse a los pies de la Virgen.”

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Exterior de casas cueva.
Foto: Antonio Pallés Sala

Todo este cóctel de desventuras ha hecho de este lugar un terreno de difícil habitabilidad, pero a este infecto marco se le unen dos fenómenos naturales lógicos al encontrarnos sumergidos en esta enorme y natural cárcava de desagüe. Uno el hecho de estar ubicadas bajo o dentro de verticales e inestables taludes hace que se produzcan derrumbes relativamente frecuentes. El otro, además, por encontrarse en los márgenes más cercanos y en ocasiones dentro del mismo lecho de un barranco de este calibre, que ofrecía fuertes crecidas. No solo hubo daños materiales y pérdidas de vidas humanas a consecuencia de las terribles lluvias del temporal de noviembre de 1826 (14), los hubo antes en el XVIII (en los años 1645, 1713, 1722, 1750, 1759 y 1773) y posteriormente: en marzo de 1837, en diciembre de 1853, en febrero de 1854 (15), en el invierno de 1859 (16), casi finalizando el año 1879, en 1899, en febrero de 1920 (17), en noviembre de 1922, en enero de 1951 (18) y así hasta llegar al recordado 31 de marzo de 2002 o, en fechas más recientes, el 2 de febrero de 2010 y el 19 de octubre de 2014 (19). En muchos de estos casos y otros que no he citado, se vinieron abajo puentes del barranco, se anegaron fincas y casas cercanas (incluso, como hoy en día se sigue produciendo, la Iglesia de N.S. de La Concepción no se libra de las inundaciones) y se inutilizaron (momentáneamente) las cuevas habitadas del barranco. En ocasiones, como es lógico ha llegado a haber heridos, muertos e incluso desaparecidos.

La profundidad del barranco hacía de él el escondrijo ideal para reyertas, peleas y otros turbios asuntos y tejemanejes. De entre las muchas noticias aparecidas en prensa local ligadas con redadas y detenciones acaecidas en el barranco de Santos rescato esta aparecida en “La Opinión” del 20 de mayo de 1908:

“Entre la una y dos de la tarde de ayer, el vigilante de orden público Eduardo Martín, sorprendió y detuvo en una de las cuevas del barranco de Santos , conduciéndolos al Gobierno Civil, a los jóvenes Guillermo Blanco, “el Sordadito”; Manuel Alonso, “el Chiflado”; Vicente Báez, “Nariz”; Fernando Bautista, “el Portugués”; Francisco González, “Chacaronero”; y Domingo Darias, “Geneto”. Todos ellos “aprovechados” chicos pertenecen a la cuadrilla que capitanea “Pata Cambada”. En el acto de detención le fueron ocupados dinero, naipes y postales pornográficas.”

Pero a veces los hechos han tenido finales no tan guasones. Se tiene constancia de varios asesinatos. Citaremos dos de ellos por lo macabro del asunto. En 1899 residentes en el barranco alertaron a la Guardia Municipal del pestilente olor que salía de una de las cuevas. Al llegar al lugar estos se encontraron con un bebé de solo tres de meses de edad tirado en el suelo lleno de moratones y con la lengua fuera, víctima de estrangulamiento. Su madre, una mendiga muy conocida en toda la ciudad, fue declarada principal sospechosa, siendo posteriormente detenida (20). Incluso en el presente el barranco sigue dando de qué hablar en las secciones de sucesos de los diarios de la isla. Por citar uno de los hechos más recientes y de extraordinaria gravedad, en el verano de 2016 se encontraron en el interior de una de las cuevas dos maletas que contenían restos humanos, según las investigaciones, pertenecientes a una mujer que había sido asesinada y posteriormente descuartizada.

Y ya por último, no me gustaría dejar de mencionar la utilidad de las cavidades que el barranco brinda en el tramo comprendido entre La Salud Bajo y Barrio Nuevo para albergar dos usos bien diferentes. Una de las cuevas que existían en la zona se acondicionó para instalar en su interior una ermita dedicada a la Virgen de Candelaria, la cual existe aún en la actualidad. Este modesto templo fue deseo y obra de Antonio Hernández González, un vecino de la zona que siendo adolescente resbaló por las empinadas laderas del barranco, cayendo hasta el fondo. En gratitud a haber salvado su vida este prometió honrar a la Patrona de Canarias con un humilde templo y así lo hizo en los años cuarenta del pasado siglo (21). Cercano a esta ermita se encuentra otra cavidad de mayores dimensiones que fue aprovechada para alojar siete depósitos de combustible de 80.000 litros cada uno al abrigo del subsuelo. Fue entre 1946 y 1949 cuando se adecentó esta caverna y se instalaron estos depósitos metálicos que sirvieron para almacenar gasolina, todo ello enmarcado dentro de un plan defensivo de la isla ante posibles invasiones aliadas, si bien ya con la II Guerra Mundial finalizada, pero con el peligro en esos años de que esto se llegara a producir (22).

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Cuevas habitadas en la actualidad, bajo el Hotel Escuela.
Foto: Miguel A. Noriega

Vemos pues que se han realizado muchos y muy diversos usos y actividades en su cauce y cavidades de ambos márgenes. La fisonomía del barranco de Santos ha cambiado en algunos tramos, sobre todo en su parte baja con la urbanización de la denominada “Vía arterial” que ha traído consigo nuevos viales y puentes, zonas deportivas e incluso la recién estrenada “Casa del Carnaval”, añadiendo a esta lista de transformaciones el TEA, el Vivero Municipal en el Barrio de La Salud y el Polideportivo Ana Bautista, por citar algunas. Pero a pesar de todo sigue habiendo cuevas habitadas en este barranco. Han pasado los siglos y mendigos, inmigrantes y enfermos continúan residiendo en estas cavidades insalubres rodeadas de basura y ratas, al peligro de riadas y bajo la amenaza de derrumbes.

Pretendo, con este modesto artículo, sacar a la luz este hecho, inconcebible en siglo XXI y en pleno corazón de nuestra capital. Pero sirvan estas líneas, además, para hacer que muchos de los que las lean miren al barranco desde sus orillas y puentes y sepan que este angosto valle ha sido y es elemento clave en la memoria de la ciudad y de la isla. Bien merece que se difunda su historia y se protejan los elementos patrimoniales que aun milagrosamente perviven. El canal del molino, las presas y, por supuesto, las cuevas, testigos mudos de la época guanche, pero también de la indigencia y la marginalidad de gentes sin recursos que tuvieron al barranco como su casa, residiendo en sus entrañas.


  1. También conocido como barranco del Calabozo o de Las Cruces (“Amojonar, imprescindible labor” (Retales de la Historia – 227). Luis Cola Benítez, “La Opinión”, 30 de agosto de 2015)
  2. Plan Hidrológico de Tenerife, 1996
  3. Diego Cuscoy, L.: “Los guanches: vida y cultura del primitivo habitante de Tenerife”. Cabildo Insular de Tenerife. 1968
  4. Jiménez, M. de la Cruz, Tejera, A.M., Lorenzo, M.: “Carta arqueológica de Tenerife”. Aula de Cultura del Cabildo Insular de Tenerife, 1973
  5. Incluso el Mencey de Anaga residía temporalmente en cuevas de abruptas laderas de barranco, concretamente en donde comienza el descenso del barranco de Aguaite o Araguiate, bajo las Mesas de Jiménez (Rosa Olivera, L.: “Notas sobre los reyes de Tenerife y sus familias”. de la Revista de historia. Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de La Laguna. 1956)
  6. “Santa Cruz y el Barranco de Santos”. Luis Cola Benítez  (Museo de la Naturaleza y el Hombre, Santa Cruz de Tenerife, 18 de octubre de 2012)
  7. Cardell Cristellys, J.C.: “El lugar de Santa Cruz de Tenerife”. Ediciones IDEA. 2017
  8. Discurso pronunciado el 14 de enero de 1866 en el Casino La Aurora
  9. “La Opinión”, 1 de febrero de 1907
  10. Algunos de los inquilinos de estas cavernas fueron llevados temporalmente a la Batería del Bufadero por no tener otro lugar en donde establecerse.
  11. “ La prensa”, 9 de noviembre de 1920
  12. La elefantiasis está causada unos gusanos que se propagan por las picaduras de mosquitos infectados y causan una obstrucción de los vasos linfáticos y con ello el engrosamiento extraordinario de las extremidades inferiores.
  13. Baudin ya había visitado Tenerife cuatro años antes fruto de aquella escala fue el libro de André Pierre Ledru, integrante de esa expedición, “Voyage aux Iles Ténériffe, La Trinité, Saint Thomas, Sainte Croix et Porto Ricco”.
  14. Sin duda una de los mayores fenómenos meteorológicos adversos de los que se tiene constancia en Canarias, con cientos de muertos y que ocasionó la pérdida de la imagen original de la Virgen de Candelaria.
  15. Fallecieron dos mujeres y dos niños a consecuencia de la crecida del barranco (“El Eco del Comercio”, 14 de febrero de 1854)
  16. Año en que había 20 cuevas habitadas regularmente (Cioranescu, A.: “Historia de Santa Cruz de Tenerife”. 1978)
  17. En el barranco de Santos fueron arrastradas por el agua varias cabezas de ganado y hubo de evacuarse a los vecinos ocupantes de las cuevas, trasladándose a pernoctar durante varios días a los bajos del palacio sede el Ayuntamiento capitalino.
  18. Tuvieron que ser alojados en los Salones de Fyffes los habitantes de las cuevas del barranco de Santos.
  19. Este día fue necesario rescatar a varias personas con cuerdas desde el Hotel Escuela, al quedarse atrapadas entre las aguas y las paredes de su cueva-residencia, situada bajo este establecimiento hotelero, frente el Barrio de Duggi.
  20. “La Opinión”, 29 de marzo de 1899
  21. “La Candelaria chicharrera”. “El Día”, 28 de agosto de 2005
  22. “La capital conserva el cinturón defensivo de la II Guerra Mundial”. “La Opinión de Tenerife”, 31 de marzo de 2013


Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Geógrafo, investigador y miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio



 

 

 

Encuentro Internacional sobre Patrimonio Militar Reciente

Jun 16, 2017   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en Encuentro Internacional sobre Patrimonio Militar Reciente

Encuentro Internacional sobre Patrimonio Militar Reciente

Santa Cruz de Tenerife, 23-24 de junio de 2017

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La ascensión al Teide del geógrafo francés Frédéric Weisgerber en 1901

Ene 28, 2017   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en La ascensión al Teide del geógrafo francés Frédéric Weisgerber en 1901

 

La ascensión al Teide del geógrafo francés Frédéric Weisgerber en 1901

Artículo aparecido en el suplemento "La Prensa" del 
periódico El Día del sábado 28 de enero de 2017


Desde tiempos remotos el Teide ha sido el gran símbolo del archipiélago canario, un referente para los marinos, la montaña mágica de los guanches, un enorme edificio volcánico objeto de estudio e investigaciones científicas. El padre Teide fue y es uno de los referentes de nuestra historia y tanto locales como foráneos venidos de todos los confines del planeta han querido ascenderlo y sentir esa fascinante sensación de coexistir por un momento con sus paisajes, con sus plantas, con sus caprichosas formas orográficas. Así el plantel de viajeros y científicos que han pisado sus laderas y hollado su cima es extenso: Humboldt, Berthelot, Edens, Feuillée, Verneau, Christy y un largo etc (1).

Frédéric Weisgerber nace en Sainte-Marie-aux-Mines (Alsacia, Francia) el 30 de marzo de 1868. Instalado en el Magreb desde finales del XIX, desarrollaba allí sus estudios y trabajos en medicina tras obtener el doctorado en 1892. Pero sus ojos y su mente buscaban también otras ramas del pensamiento y la investigación. Su vocación y pasión hacia la geografía le llevó a ser un gran conocedor de esa región norteafricana, examinando su relieve y cartografiando zonas hasta ese momento casi sin documentar. Weisgerber conocedor de la magnitud e importancia del Teide y las características ambientales y sociales de Tenerife, dedica unos días del mes de junio de 1901 a escalar el gran volcán. Aprovecha un retorno a Francia tras una de sus estancias en Marruecos, gracias a un navío que desde ahí le lleva a las Canarias.

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Retrato de Frédéric Weisgerber

Es en ese momento, durante su viaje a las islas, cuando arranca el relato que publica en 1905 en la “Revue générale des sciences pures et appliquées” (2) y que nos permite conocer hoy en día cómo fueron los ocho días en Tenerife de este geógrafo galo y que precisamente titula así: “Huit jours a Ténériffe” (3): “El halo poético de leyendas que coronan las Islas Afortunadas se ha desvanecido para siempre, los geólogos ni siquiera permiten ya que veamos en ellas los restos de una fabulosa Atlantida engullida por el mar, las Islas Canarias, con su belleza natural, su fertilidad y su clima delicioso, forman un archipiélago privilegiado, una de las regiones más atractivas del mundo. Regresando de Marruecos hacia Europa a través de las islas, decidí dedicar unos días a escalar este pico (el Teide) que podíamos divisar incluso a 200 kilómetros de distancia”.

Realiza una breve parada en la vecina isla de Gran Canaria, antes de llegar a Tenerife. Aquí tiene tiempo de conocer la capital, Las Palmas, e incluso de visitar la Caldera de Bandama. En el puerto grancanario toma el vapor frutero “Orotava” (4) que le llevará a Santa Cruz de Tenerife, a donde arriba el domingo 9 de junio de 1901. Pone pie en la capital canaria, en la que en ese momento residían unos 39.000 habitantes (5), y Weisgerber comienza a observar y detallar en su relato todo lo que allí se encuentra y le llama su atención. Así, describe Santa Cruz como una localidad “construida en terrazas entre el mar y una barrera de altas montañas de formas distorsionadas, con calles estrechas y casas con bonitos balcones rematados por aleros y miradores que imprimen un carácter pintoresco, capaz de satisfacer incluso a los trotamundos más experimentados”.

Le llama la atención que se conserven en la Iglesia de la Concepción la cruz de la conquista y dos banderas tomadas a las tropas de Nelson tras una “excelente defensa que Santa Cruz opuso al ataque de la escuadra británica en 1797, episodio que hizo que el héroe nacional británico perdiera un brazo, sufriendo su única derrota”. Igualmente, es consciente el geógrafo galo de la pervivencia de las costumbres de los lugareños, a pesar, según manifiesta en su relato, del enorme contacto que los chicharreros tienen con foráneos que recalan en su puerto.

Al día siguiente, Weisgerber sube a La Laguna “atravesando fincas de cereales y tuneras”. Es de suponer, ya que él no lo cita, que quizás toma el recién inaugurado tranvía (6) que desde hacía unas semanas recorría ya el trayecto entre Santa Cruz y Aguere. Le llama la atención que se trata de una ciudad que, salvo en verano, época en que residen aquí los ricos comerciantes de Santa Cruz, está muerta. Tanto es así, que le resulta curioso que crezca la hierba sobre el tapiz de tierra y piedra de sus calles. Aquí toma la diligencia que le llevará a La Orotava, desde donde comenzará su deseada ascensión al Teide.

A las diez de la mañana llega el carruaje (con una hora de retraso sobre el horario previsto), tirado por cinco viejos corceles y lleno hasta los topes. Narra nuestro protagonista en su relato que había pasajeros sentados junto al cochero e incluso en la parte superior, sobre las maletas. El motivo de tanta demanda por viajar al valle: dos días más tarde comenzaban las fiestas de La Orotava, que como cada año por esas fechas, se llevaban a cabo en honor de San Isidro y el Corpus Christi. Y es que las fiestas de la capital del valle de Taoro eran (y lo siguen siendo) todo un acontecimiento en la isla.

Weisgerber finalmente desechó el viaje en esa abarrotada diligencia y prefirió esperar la llegada de un coche de alquiler tirado por una pareja de caballos, que tomaría junto a otros dos pasajeros, por el precio de 13 pesetas el billete. El trayecto a través de la comarca de Acentejo y la posterior entrada en el valle lo relata de la siguiente manera: “La ruta atraviesa en primer lugar una hermosa avenida de eucaliptos entre campos de maíz, llegando a su punto más alto a 620 metros. Entonces comienza el descenso hacia el oeste, a lo largo del flanco norte de la cordillera que forma la espina dorsal de la isla. A ambos lados, campos, huertos, jardines salpicados de fincas y cabañas de paja; a la derecha, el mar. A medida que avanzamos, la vegetación toma un aspecto cada vez más meridional y con muchas palmeras. Vamos a través de una serie de bonitos pueblos, Tacoronte, Matanza, San Antonio, Victoria, y finalmente Santa Úrsula. Un poco más adelante, en una curva del camino, llegamos a un punto donde la vista abarca todo el hermoso valle de Orotava que el gran viajero Humboldt proclamó como el más bello del mundo: un primoroso jardín, entre el mar y las montañas, donde brotan las flores y maduran las frutas”.

Recuerda el intelectual galo en la crónica de su viaje, a su paso por esta comarca norteña, que en esa zona se fraguaron tremendas batallas entre los castellanos, liderados por Fernández de Lugo, y los guanches, antiguos pobladores de Tenerife. De estos aborígenes destaca su estrecha relación con los de los pueblos del norte africano, existiendo muchas similitudes entre costumbres, vocablos y ritos bereberes y guanches.

Algo más de una hora después de haber partido de la “ciudad de los Adelantados” el vehículo entra en la villa, quizás recorriendo la Calle del Calvario, que estaba siempre primorosamente adornada de arcos engalanados durante esas jornadas festivas. Ese año además de las tradicionales alfombras que cubren las vetustas calles de la villa, una de ellas diseñada en esa ocasión por Felipe Machado, tuvo lugar una magnífica exposición de flores en los jardines del Marquesado de la Quinta Roja (7). El programa de fiestas de ese año 1901 contaba también con unos animados Juegos Florales (8) la tarde del 15 de junio (9), una concurrida exposición de ganado (con 105 reses nada menos), un baile infantil en el Liceo de Taoro e incluso carreras de cintas en bicicleta y a caballo, además de los tradicionales actos religiosos.

Weisgerber se hospedó en La Orotava en la Fonda de Doña María Antonia, desde donde partió hacia las cumbres el 12 de junio a las ocho de la mañana, acompañado de un guía, un arriero y dos mulas. Portaban como equipaje: varios panes, mantas, vino y leña, además de víveres y otros enseres. Como ya hiciera algo más de un siglo antes Alexander von Humboldt, la ruta de subida desde la villa hasta las cañadas no fue otra que el histórico y tradicional Camino de Chasna. A lo largo de ese itinerario de ascensión a la cumbre isleña Weisgerber, al igual que hiciera el geógrafo germano, pone su mirada en los cambios que va sufriendo la vegetación a medida que se va ganando altitud. Así, le llama la atención primero la diversidad de cultivos en las zonas bajas del valle, con plátano, caña de azúcar, tabaco, papas, viñas, mangos, cereales, aguacate y guayaba, entre otras plantaciones. Dejando cada vez más abajo los barrios y caseríos a mayor altitud del valle, la expedición penetra en el bosque húmedo de la isla. Enumera Weisgerber la variedad de especies vegetales del monteverde con las que se van encontrando en la subida: laurel, faya, brezo, acebiño, viñátigo, til, etc. Efectúan su primera parada en la fuente de la Cruz del Dornajito, habiendo rebasado pues la cota de los 1.000 metros, y tras dos horas de marcha llegan a los Llanos de Gaspar, a unos 1.400 metros de altitud. A partir de aquí, relata, el pino es el auténtico dominador del monte, al que fielmente le acompañan el codeso y el escobón. Tras el último tramo de la subida, atravesados los barrancos de los Charquitos y de la Reina, ya en el Portillo, así describe el geógrafo francés lo que brota ante sus ojos: “El llano que se nos presenta es de una belleza incomparable. En el centro del gran circo de Cañadas, desierto salpicado de piedra pómez y flujos de lava y arbustos de retama, el Teide se alza majestuoso en una atmósfera de una claridad maravillosa. Su cúpula gigante, tiene franjas verticales de color amarillo y negro, y el cono terminal blanco se destaca del cielo azul con un claror que permite distinguir todos los detalles. Así entendemos, a la vista de esta imponente masa de 20.000 millones de metros cúbicos, porque los antiguos eran capaces de imaginar que este era el pilar de la bóveda celeste, y que los guanches, aterrorizados por sus erupciones, lo veían como la vía de escape del infierno, montando guardia allí para evitar que el espíritu maligno escape de las entrañas de la Tierra”.

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Gráfico de altitud y pisos de vegetación del Valle de la Orotava y Teide
realizado por F. Borremans e incluido en el artículo de Weisgerber

La expedición busca sombra al cobijo de una retama donde tomar unos tragos de vino y viandas y echar una breve siesta. Emprenden rumbo de nuevo a las tres de la tarde, tras esta “parada técnica” y el grupo se va acercando cada vez más al gran cono del Teide, entre retamas y sobre “piedras pómez en movimiento y grandes coladas de lava”. Superados ya los 2.700 metros de altitud alcanzan la cima de Montaña Blanca, a la que Weisgerber pone el calificativo de “contrafuerte del Teide”. Aquí descansan unos minutos y tras ello atacan la subida al pico por el Lomo Tieso, caminando rodeados de lavas negras y bloques de traquitas y obsidiana. Cada cuarto de hora se ven obligados a parar dejando así que tanto ellos como las mulas tomen aliento y energías. “¡Anda, mulo! ¡Anda, mulito!” les vocean los arrieros. Por fin, a las seis de la tarde llegan al refugio de Altavista, a 3.260 metros sobre el nivel del mar. Describe el albergue como “una sólida construcción de mampostería, compuesta por dos habitaciones grandes con colchones, mesas, taburetes y pequeñas estufas de hierro; una cocina y un granero que puede llegar a albergar hasta una docena de animales”.

Mientras sus acompañantes preparan la cena él disfruta de la panorámica desde el exterior del refugio. Weisgerber, al igual que muchos que hemos subimos al padre Teide pernoctando en esas alturas, disfrutó de lo lindo del diario espectáculo del atardecer, en la que la luz y las sombras adquieren los papeles de actores principales sobre el fascinante escenario del techo de la isla: “El astro no es visible, porque nuestra casa está colgada sobre el flanco oriental de la montaña. Lo que veo desde aquí es la sombra del pico, un triángulo achaparrado, que inicialmente cubre sólo una parte de las Cañadas. Gradualmente, a medida que el sol se hunde en el horizonte, el triángulo crece hasta llegar a la pared de basalto iluminada por el sol poniente, para extenderse después sobre las nubes, llegando a fusionarse con las sombras de la noche”.

Tras cena y charla entre los componentes de la expedición se envuelven en sus mantas y duermen unas horas, antesala de lo que al día siguiente será el ataque a la cumbre. De buena mañana el grupo inicia de nuevo la marcha abordando los algo más de 400 de desnivel que los separan de la cima. Nuestro protagonista relata los fuertes dolores de cabeza y oídos que sufre debido al mal de altura, lo que no le impide llegar hasta la Rambleta. Desde ahí el último tramo hasta la cúspide, trepando sobre un terreno rocoso difícil, en los que Weisgerber prácticamente destroza sus botas. Con el sol ya emergido sobre el horizonte y bajo un fuerte y gélido viento llegan a la cumbre del Teide, en el borde del cráter humeante de vapores sulfurosos. A sus pies las faldas del volcán y las Cañadas, y aún en sombra los pinares, el monteverde y los pueblos y villas del norte de la isla. A lo lejos las islas de Gran Canaria a un lado y La Gomera, La Palma y El Hierro al otro, allí donde “el azul del cielo se funde con el azul del mar”.

Durante el descenso visitan la Cueva del Hielo: “(…) una profunda cavidad, donde la nieve y el hielo consiguen conservarse todo el año. Según los aborígenes se comunica con una de Icod y fue utilizada como necrópolis por los guanches”. Tras ello y posterior parada en Altavista para entrar en calor con un café, emprenden desde aquí el regreso a La Orotava a las siete y media de la mañana, tomando el mismo recorrido que de subida. A las once y media cruzan el barranco de los Charquitos, en donde almuerzan, arribando a la villa sobre las dos de la tarde.

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Mapa del Teide y norte de la isla, por Borremans,
y que aparece en el relato de Weisgerber

Pagada la estancia y manutención en la fonda y despedido del guía y el arriero toma el coche de caballos rumbo a Santa Cruz. Esta vez el regreso lo hace cómodamente, sin el bullicio de la ida, gracias a que ese día, 14 de junio, la villa de La Orotava gozaba ya de las tan ansiadas fiestas locales. Regresa a la capital a las nueve de la tarde, sin tiempo para poder tomar el vapor “Ville de Manhao” (10), proveniente de Dakar y con destino a Burdeos y Le Havre. Eso le permite poder pasar tres días más en la isla, conociendo con mayor detalle la ciudad y sus alrededores. Finalmente la tarde del lunes 17 de junio se embarca en el vapor “Satrústegui” (11) que llegado de Buenos Aires y Montevideo pone rumbo a Europa, haciendo escalas en Cádiz, Barcelona y Génova (12).

Se da la curiosidad que de este buque desembarcan en el puerto gaditano varios centenares de emigrantes retornados de Argentina. Diversos diarios canarios e incluso de otras provincias dan cuenta del hecho. Por ejemplo, “La región extremeña” detalla (13): “Telegrafían de Cádiz, manifestando que llegó a aquel puerto el vapor Satrústegui, procedente de Buenos Aires. Trae 300 emigrantes españoles, rodeados de sus esposas e hijos. Vienen harapientos y hambrientos y cuentan que es horrible la miseria que sufren los españoles que han ido a la república argentina creyendo que allí mejoraría su posición social. Muchos miles de compatriotas nuestros, que están pereciendo, piden al Gobierno que los traiga a España”. Unos días más tarde el cónsul argentino en Cádiz desmentía en prensa esa noticia, alegando ni él ni las autoridades del puerto han tenido noticia de tal desembarco.

Ya de nuevo en Francia, en donde permanece por unos meses, se embarca como médico en buques ingleses recalando en varios países asiáticos. Años más tarde, en 1909, vuelve a Marruecos en donde, tras un breve paréntesis debido a la Gran Guerra, en la que participa como voluntario en el frente, vivirá la mayor parte del resto de su vida, como corresponsal de prensa, diplomático, político, empleado de banca y escritor. En 1926 finaliza una prolífica actividad tras una decena de libros publicados, innumerables artículos en prensa y revistas científicas y técnicas, destacados estudios sobre la medicina tradicional y otras costumbres de los pueblos marroquíes, investigaciones geológicas y patrimoniales de esa región norafricana y varios mapas de algunas regiones del Magreb (14). Frédéric Weisgerber fallece el 28 de diciembre de 1946 en Rabat, en cuyo cementerio europeo está enterrado.


  1. Respecto a este tema, recomiendo la lectura de la última obra de Juan Tous Meliá: “La medida del Teide” (2015)
  2. “Revue générale des sciences pures et appliquées”. 1905. Doin (Paris)
  3. Páginas 1038-1045.
  4. De la compañía “Forwood Brothers & Co’s. (Line of Steamers). Agente HY Wolfson, Marina 1.
  5. Tous, J.: “Santa Cruz de Tenerife a través de la Cartografía [1588-1899]”. 1994.
  6. La inauguración oficial tuvo lugar el 7 de abril de 1901, concretamente a las dos de la tarde de esa jornada.
  7. “La Orotava. Revista decenal literaria y de intereses generales”, 10 de Junio de 1901
  8. Presidió el jurado el arcipreste de la Catedral de Las Palmas, José López Martín y formó parte también del mismo Patricio Estévanez Murphy, director del “Diario de Tenerife”.
  9. “La Opinión”, 10 de junio de 1901.
  10. Despachado por “Hardisson Hermanos”.
  11. Buque de “Vapores Correos de la Compañía Transatlántica”, que fue despachado por la consignataria “Hijos de Juan Larroche”
  12. Formaban parte del listado de pasajeros, además de Weisgerber, el comerciante chicharrero Andrés Saavedra y el entonces Director de Sanidad del puerto santacrucero Joaquín Estarriol.
  13. “La región extremeña”, 22 de junio de 1901.
  14. Pouillon, F.: “Dictionnaire des orientalistes de langue française”. Karthala. 2008


 

Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Geógrafo, investigador y miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


 

ORTEGA Y GASSET EN TENERIFE

Dic 31, 2016   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en ORTEGA Y GASSET EN TENERIFE

ORTEGA Y GASSET EN TENERIFE

Las dos visitas que el filósofo realizó a la isla en 1916 y 1928 en sus viajes de ida y regreso a Sudamérica.

Artículo aparecido en el suplemento "La Prensa" del 
periódico El Día del sábado 31 de diciembre de 2016


 

De Ortega y Gasset se ha dicho, escrito, analizado y valorado mucho y muy bien antes y tras su fallecimiento en 1955. Por todos es sabido que don José fue durante el pasado siglo uno de los filósofos ya no más importantes de España, en eso no hay dudas para afirmar que ha sido la mente más lúcida del pensamiento en nuestro país, sino de toda Europa y del mundo.

Viajó y extendió su palabra por todos los rincones de España, gran parte de Europa y también en América. Precisamente en los dos primeros periplos que Ortega realiza por Sudamérica, hizo escala en las Canarias, cumpliéndose precisamente este año que está a punto de finalizar el centenario de su primera visita a Tenerife, allá por el verano de 1916. Tres viajes realizó a la Argentina (visitando además otros estados limítrofes, como Chile y Uruguay), dos en 1916 y 1928, de apenas unos meses cada uno, y otro, el tercero, desde agosto de 1939 a febrero del 42. Veamos con detalle las escalas en la isla de los dos primeros, comenzando por el que ahora hace un siglo realizó junto a su padre, el escritor y periodista José Ortega Munilla.

Padre e hijo embarcan en Cádiz el 7 de julio de 1916 en el vapor “Reina Victoria Eugenia” (1), de la Compañía Trasatlántica. Este buque, que había sido botado casi cuatro años antes (el 26 de septiembre de 1912) realizaba en esos años la mensual travesía Barcelona-Cádiz-Montevideo-Buenos Aires y regreso. Precisamente su ruta inaugural en la primavera de 1913 fue también esa, recalando en Santa Cruz de Tenerife el 17 de marzo de 1913 (2). Le acompañaba en esa línea su “hermano gemelo” el vapor “Infanta Isabel de Borbón” (3), que, como veremos más adelante, traerá a Ortega y Gasset de regreso de Sudamérica unos meses más tarde (4).

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Vapor "Reina Victoria Eugenia" 
que traería a Ortega por dos veces a Tenerife

En el citado trayecto de julio del 16 iban más de 800 pasajeros. Además de Ortega y Gasset y su padre, viajaban a bordo destacadas personalidades tinerfeñas del momento: el Alcalde de Santa Cruz de Tenerife, el liberal Jacinto Casariego y Ghirlanda (5); el juez municipal Miguel Díaz-Llanos, acompañado de su mujer; el Inspector de Sanidad Municipal y Subdelegado de Medicina Agustín Pisaca y el Director del Instituto Canarias de La Laguna, Adolfo Cabrera-Pinto y Pérez (6). Además visitaban la isla durante un tiempo, de ahí su viaje a Tenerife en ese buque: el Inspector General de Obras Públicas Antonio Cruzado Martínez (7) y el geólogo y Catedrático de Cristalografía de la Universidad Central (actual Complutense de Madrid) Lucas Fernández Navarro (8), junto a su hijo Rafael. Rumbo a América se encontraban también como pasajeros el embajador mejicano Isidro Fabela, además del poeta, novelista y dramaturgo catalán Eduardo Marquina Angulo, acompañado de su esposa e hijo. Junto a Marquina viaja también, de gira por América, la Compañía “Guerrero-Mendoza”, de la que formaban parte el reparto y demás trabajadores, además de la pareja que le da nombre: la actriz María Guerrero y su esposo, el empresario teatral y director Fernando Díaz de Mendoza y Aguado, acompañados de los dos hijos de ambos (Fernando y Carlos).

Gracias al relato de este viaje a Argentina que Ortega Munilla publica en la revista “La Semana” (9) y que pasaría a ser años más tarde un capítulo de la obra “Tenerife, visto por los grandes escritores: (crónicas e impresiones de viaje)” podemos conocer algunos datos de esta escala tinerfeña de la pareja. El transatlántico va dejando a un lado la montañosa Punta de Anaga. Entra en la rada santacrucera, tras haber visto el lugar de hundimiento del “Westburn” unos meses antes, detalle que les hace recordar por un momento la guerra fratricida que en esos años asolaba muchos rincones de Europa. Munilla describe así su primera impresión de Santa Cruz de Tenerife vista desde la mar, aún sin haber puesto pie en tierra: Ya se divisa la población bajo el cielo azul sin nubes, al pie del Teide que hunde en la altura su cono pétreo salpicado de manchas níveas. Hemos dejado atrás las otras islas Canarias, que con sus montañas ingentes, sus valles floridos nos llaman invitándonos a detenernos. Por momentos va surgiendo el caserío de Santa Cruz, la perspectiva de sus palmeras, de sus terrazas orientales, de las cúpulas de los templos. Por la derecha descubrimos los bravíos Roquetes, una serie de sirtes, éste parecido un pilón de azúcar, aquel aplastado y largo, el otro dentellado como una sierra.

Tras oficiarse misa en cubierta a cargo del capellán del buque, ayudado por un marinero, que ejercía las labores de monaguillo, el transatlántico entró en el puerto santacrucero el domingo 9 de julio a las ocho y media de la mañana, siendo despachado por los Sres. Viuda e hijos de Juan La-Roche (consignataria de la Compañía Trasatlántica Española). Se encontraban en el puerto en ese momento los vapores alemanes: «Cap Ortegal”, el «Prince Regent» y otros cuatro más (10). Dejaron el trayecto, quedándose en la isla, 9 pasajeros procedentes de Barcelona y 35 de Cádiz, otros 795 siguieron tránsito para Montevideo y Buenos Aires.

Los Ortega tuvieron tiempo para descender del buque y conocer la ciudad en automóvil, aunque fuese con escaso tiempo y de manera apresurada. Esas escasas cinco horas les sirvieron para recorrer buena parte del Santa Cruz del momento, que Ortega Munilla describe de la siguiente manera: Los paseos están llenos de gente. Una música militar toca en el centro de alegre glorieta. Pasan por centenares las mujeres del pueblo con un redondo sombrerito, de paja, que es el más gentil adorno que ha inventado el genio de la indumentaria. Este sombrerito cae con la misma gracia sobre la cabeza de la anciana que sobre la de la muchacha. Y Ortega Munilla sigue con el relato de su breve estancia santacrucera diciendo: A la sombra de floridas arboledas, en grata compañía, dejamos pasar las horas envueltos en la dulce atmósfera que tiene algo de caricia femenina. Pero ya nos llama el vapor con su ronca sirena. Hay que partir. Todavía no nos resolvemos a levantarnos del asiento en que descansamos. Nos retiene el hechizo de esta tierra bienhechora atractiva.

De su breve periplo por las calles de Santa Cruz se sabe esto que cuenta el progenitor y que llegaron a probar los cigarros “La flor isleña” (11). Quizás la pareja acudiera, como sí lo hicieron seguro otros muchos pasajeros del trasatlántico, al consulado argentino, que dirigía en ese momento Conrado A. Martínez Déniz, y que esa mañana organizó un acto de conmemoración del centenario de la proclamación de independencia de esa república sudamericana (12).

Padre e hijo vuelven de nuevo al navío, a bordo de las lanchas que los transportan al “Reina Victoria Eugenia”. Comparten chalupa con dos indios que acuden al trasatlántico a vender telas. Ya instalados de nuevo en su “hotel flotante” dejan pasar los minutos que faltan para la partida disfrutando de las vistas y del divertimento de algunos pasajeros. Desde el barco se lanzaban monedas para que jóvenes chicharreros bucearan entre las aguas que circundan el buque en busca del brillante y redondo metal, que se ganaban en caso de encontrarlo.

Y la nave pone rumbo a América zarpando de Santa Cruz a la una y media de la tarde, tras aprovisionarse de víveres y cargar la correspondencia (13). Ambos pasajeros van dejando atrás la isla con el deseo de volver de nuevo a ella. Dice Munilla: Aún no hemos salido de la bahía y ya sentimos la impaciencia de regresar la sombra del Teide. (…) Pronto se habrá desvanecido el perfil de las cordilleras. Y de todo este momento de dicha no restará en mi sino esa huella dolorosa que se llama recuerdo.

Antes de arribar a Buenos Aires el vapor hace escala en Montevideo. En la capital uruguaya Gasset envía una carta a su esposa Rosa Spottorno relatando curiosidades y vivencias durante el viaje. En una parte del mensaje le dice: (…) Anoche vi un fenómeno meteorológico interesante. Es el arco iris de noche, producido sobre la llovizna por la luz de la luna. (…) No se ve barco ni nada. Algunos peces voladores, algunas golondrinas de mar. Ayer, muy lejos, la silueta de las islas de Cabo Verde. Tanto él como su padre pasan los días del trayecto en compañía de otros pasajeros conocidos (José Santiago y Hermenegildo García Verde), así como de María Guerrero. Relata en la citada carta los coqueteos de las chicas de la compañía teatral con otros pasajeros del navío: Las señoritas de la compañía son guapas, pero de una ñoñería de damiselas provincianas inaceptable. (…) Las jóvenes se entregan al flirteo con los más estúpidos del barco (14).

El 22 de julio llegan por fin a la capital argentina, comenzaba en ese momento un intenso periplo de varias semanas por una serie de ciudades a donde Ortega y Gasset llega con un objetivo claro, que dice públicamente nada más llegar: Vengo a aprender más que a enseñar. Me interesa sobremanera conocer en todos sus pormenores la labor intelectual argentina, el grado de influencia que aquí ejercen los distintos países europeos y las necesidades y aspiraciones intelectuales de este país (15).

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Ortega y Gasset recién desembarcado en Buenos Aires, 1916

Ortega acudía a la invitación hecha meses antes por la “Institución Cultural Española” (16), quien ya hiciera lo propio en 1914 convocando al historiador Ramón Menéndez Pidal para que este difundiera su opinión y sapiencia entre los ambientes culturales y académicos argentinos del momento (17). Con Ortega no cesó el objetivo y fundamento de este organismo que perseguía la divulgación de los nuevos valores del pensamiento, la ciencia, la historia y la educación española de esos inicios del siglo XX. Tal es así, que le siguieron años más tarde otros célebres pensadores e investigadores españoles, como Ramiro de Maeztu, Eugenio d’Ors, Américo Castro, Julio Rey Pastor y Pío del Río Hortega, entre otros (18).

Durante el semestre que Ortega y Gasset estuvo en Sudamérica pronunció conferencias en Buenos Aires, Tucumán, Rosario, Córdoba, Mendoza, además de en Montevideo. Todas ellas se encuadraban dentro de la serie “Introducción a los problemas de la filosofía actual” y tuvieron un notabilísimo seguimiento y aceptación. Precisamente durante esa estancia americana Ortega deja la redacción del diario “El Imparcial” (en el mes de septiembre) y nace su hijo José Ortega Spottorno, el 13 de noviembre de 1916, fallecido en 2002 y quien fuera fundador del diario “El País”.

Cabe decir que hace unas semanas, en septiembre de 2016, se ha realizado en Buenos Aires el “Congreso Internacional. Ortega y América 1916-2016”, organizado por la Fundación Ortega y Gasset de Argentina y el Centro de Estudios Orteguianos (Fundación Ortega y Gasset-Gregorio Marañón), conmemorando el primer centenario de la visita del filósofo a ese país latinoamericano.

Mediados de enero del nuevo año 1917 y Ortega y Gasset regresa a España. Esta vez viajará solo, ya que su padre había hecho lo propio un mes antes (19). El filósofo tomó el 2 de enero, como ya hemos dicho en los primeros párrafos de este artículo, el vapor “Infanta Isabel de Borbón” que hizo escala esta vez en la isla de Gran Canaria. Tras unas horas de atraque en el puerto de Las Palmas, el 17 de enero pone rumbo hacia Cádiz. Esta partida tuvo un trágico accidente ya que a consecuencia de un escape de vapor murieron un fogonero y una niña (20). En ese mismo trayecto hacia Europa viajaba como pasajero del trasatlántico el tenor José Palet Bartomeu.

Al día siguiente el “Infanta Isabel de Borbón” atraca en Cádiz, portando varias toneladas de carga (fundamentalmente harina, además de cuero y maíz) y llevando a bordo 1222 pasajeros, de los cuales 195 ponen pie en Cádiz y 1027 siguen tránsito para Barcelona. Ortega y Gasset, a quien le esperaban en el puerto varios familiares, toma el tren hacia Madrid, quedándose varios días en Sevilla antes de llegar a la capital (21). Finaliza así el primero de los viajes del Catedrático de Metafísica a Sudamérica.

En 1928 es invitado de nuevo a la Argentina, esta vez a cargo de la “Asociación Amigos del Arte”. De nuevo será el vapor “Reina Victoria Eugenia” quien lleve al filósofo al continente americano, y al igual que en 1916, el navío hace escala en Santa Cruz de Tenerife. Arriba al puerto chicharrero en la mañana del viernes 10 de agosto y esta vez, gracias a que la escala duraría más tiempo, Ortega pudo disfrutar y visitar rincones tinerfeños fuera de Santa Cruz. Ejerce como cicerone el abogado Guillermo Cabrera Felipe, visitando ambos La Laguna y el Valle de La Orotava. Antes de regresar de nuevo al vapor surto en el puerto y zarpar rumbo a Buenos Aires, tiene tiempo de saludar a Francisco La-Roche Aguilar, presidente del Cabildo Insular de Tenerife en esos finales años 20 del pasado siglo (22).

Tras varias semanas en Argentina y Chile impartiendo una serie de conferencias, Ortega regresa a España de nuevo, ya comenzado el año 1929. Esta vez subirá a bordo del trasatlántico alemán “Cap Polonio”, haciendo escalas en Buenos Aires, Montevideo, Santos y Río de Janeiro, antes de arribar a Santa Cruz de Tenerife. Este navío germano fue muy célebre durante esos años dentro de la vida social y portuaria de Santa Cruz de Tenerife. Botado en 1914, llegó por primera vez a nuestro puerto el 24 de febrero de 1922, atracando en el Muelle Sur (23). Como comodoro del navío figuraba Ernest Rolín, personaje muy querido en esta ciudad al cual le fue otorgado el título de Hijo Adoptivo y que cuenta con una calle dedicada en su honor (cerrando por el oeste el Parque de la Granja).

Quizás a algún lector este vapor alemán le traiga a la mente la novela de Arturo Pérez-Reverte “El tango de la guardia vieja” (Alfaguara, 2012) y que en parte se desarrolla dentro de este buque, de camino a Buenos Aires, curiosamente en fechas muy cercanas a las del regreso de Ortega a España, en noviembre de 1928.

cap polonio

Transtlántico "Cap Polonio"
durante su primer atraque en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, 1922

Gracias a una curiosa entrevista, denominada “charla” por su autor, el periodista Luis Francisco, publicada en “La Prensa” del 18 de enero de 1929, podemos conocer varias cosas de aquel viaje de regreso a Europa del pensador madrileño. Viajaba en el camarote H de la tercera cubierta y lo hacía sin el característico bigote que llevaba en los primeros años de su vida. El buque llegó al puerto santacrucero durante la madrugada del 17 de enero y apenas estuvo atracado en él durante unas horas, tomando rumbo a Lisboa, para posteriormente hacer escalas en Vigo, Boulogne sur Mer y Hamburgo. Ortega revela en esa citada entrevista que tiene unas ganas locas de hacerse isleño permanente, como Robinson y recuerda su anterior visita a la isla, junto a su padre, diciendo: Estuve hace doce años. Aquella impresión me fue tan grata, que me espolea para visitarlo nuevamente.

Estas fueron pues las dos visitas que el pensador, escritor, ensayista y político español realizó a Tenerife en 1916 y 1928. Se une, por lo tanto, Ortega a la notable lista de afamados y reputados personajes que durante los últimos cinco siglos han visitado la isla, recalando en ella a bordo de navíos que han atracado o fondeado en nuestro puerto. Bien merece, en caso de que se amplíe el Paseo de los Visitantes Ilustres, inaugurado la pasada primavera en el Muelle de Enlace del Puerto de Santa Cruz de Tenerife a iniciativa de la Tertulia de Amigos del 25 de Julio y con la colaboración de la Autoridad Portuaria, que Ortega y Gasset disfrute de uno de los nuevos hitos que atestigüen su paso por esta ciudad. Sirva para fundamentar ese hecho este modesto artículo, escrito con el objetivo de dar a conocer el par de escalas en esta isla de uno de nuestros pensadores más reconocidos del pasado siglo.


  1. Nombrado así en honor a Victoria Eugenia de Battenberg, reina de España y esposa del rey Alfonso XIII.
  2. Procedente de Barcelona, dejando 14 pasajeros en Tenerife y siguiendo ruta 635.
  3. Toma el nombre de la Infanta Isabel de Borbón y Borbón, más conocida como La Chata, hija de la reina Isabel II.
  4. Ambos buques cambiaron de nombre durante la Segunda República, en 1933, pasando a denominarse (debido a las escalas que solían hacer en sus rutas) “Argentina” el “Reina Victoria Eugenia” y “Uruguay” el “Infanta Isabel de Borbón”.
  5. Nombrado alcalde de la ciudad el 31 de diciembre anterior, procedía de Madrid, desde donde partió hacia Cádiz para tomar este barco, tres días antes acompañado de su esposa e hija. Se había desplazado a la capital del país para tratar diversas gestiones relacionadas con la casa de Correos y Telégrafos y la cesión de los terrenos que ocupaba en ese momento el Castillo de San Cristóbal.
  6. Quien, tras varios años dirigiendo el Instituto, daría posteriormente nombre al centro.
  7. Que fue designado para inspeccionar las jefaturas del ramo en Tenerife y Gran Canaria por el ministro de Fomento Rafael Gasset Chinchilla, a la sazón tío de José Ortega y Gasset. Regresó de nuevo a la Península en el vapor español «Montevideo», el 3 de septiembre de ese año.
  8. Ya había estado en la isla en ocasiones anteriores, entre ellas durante la erupción del Chinyero en 1909. Se hospedó en el Hotel Colón y aprovechó sus estancia en la isla para realizar visitas de estudio a La Gomera (el 19 de julio daría una conferencia en Vallehermoso), al Teide y a La Laguna, entre otros lugares. El 29 de agosto ofreció una célebre conferencia en el Casino de Tenerife titulada “El Teide. Geología de Canarias” y que fue publicada el periódico local “El Progreso” el 2 de septiembre de 1916. Al día siguiente, el Catedrático y su hijo regresaron a la península. Por sus trabajos y estudios sobre la geología canaria y sus varias visitas a la isla le fue dedicada una calle en Santa Cruz de Tenerife, que aún conserva su nombre.
  9. “Un viaje a las tierras del Plata. A bordo del Reina Victoria Eugenia”. Revista “La Semana”, 21 de octubre de 1916. Gran parte del artículo fue publicado también en el diario “La Prensa” del 31 de octubre de 1916.
  10. Revista “La Semana”, 21 de octubre de 1916.
  11. “La Prensa”, 11 de julio de 1916.
  12. “La Opinión”, 10 de julio de 1916.
  13. “La Gaceta de Tenerife”, 10 de julio de 1916.
  14. Anales de la Institución Cultural Española. Buenos Aires, 1941.
  15. “Ortega y Gasset 1885-1955. Imágenes de una vida”. Madrid, 1983.
  16. Entidad fundada en junio de 1912 para honrar la memoria de Marcelino Menéndez y Pelayo.
  17. José Ortega y Gasset ocupará la cátedra creada por la Institución Cultural Española en la Universidad de Buenos Aires, del 7 de julio de 1916 al 16 de febrero de 1917. Ramón Menéndez Pidal ocupó precisamente la primera de esas cátedras.
  18. Martínez de Codes, Rosa M.: “Ortega y la Argentina”. Universidad Complutense de Madrid.
  19. Ortega Munilla llegó a Cádiz, y ese mismo día salió en tren hacia Madrid, el 19 de diciembre de 1916. El vapor “Reina Victoria Eugenia” que lo trajo de vuelta no pudo hacer escala en Canarias debido un temporal, lo que obligó a que los pasajeros tuvieran que llegar a las islas unos días más tarde en el vapor “Cataluña”. (“La correspondencia de España”, 20 de diciembre de 1916).
  20. “La información”, 19 de enero de 1917.
  21. “El Día”, 19 de enero de 1917.
  22. ”El Progreso”, 11 de agosto de 1928.
  23. Padrón Albornoz, J. A.: “La primera escala del Cap Polonio”. “El Día”, 9 de enero de 1983.


 

Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


 

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