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Reencuentro en Cuba

Ene 4, 2018   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en Reencuentro en Cuba

REENCUENTRO EN CUBA

Conversaciones en la historia (1)

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Invierno caribeño, recién echado a andar el siglo XIX, Don Manuel y sus hijos, se topan en plena calle con alguien a quien conocieron meses atrás en las Canarias.

— ¡Don Alejandro! ¡Aquí! —grita Francisco mientras agita enérgicamente los dos brazos.

— Pero hijo, menudo alboroto. ¿Quién es ese señor por el cual voceas?

— Padre, ¿no lo recuerda? Compartí viaje con él entre La Coruña y Tenerife hace dos años. Se lo presenté en Santa Cruz.

— Yo sí me acuerdo de él, hermano. Apenas pisó Tenerife se fue a los pocos días de la isla, ¿no es cierto? —declaró el joven Manuel.

— Eso es. Y a pesar de la breve semana que estuvo allá dicen que incluso le dio tiempo de subir al Teide —apostilló Francisco.

— Pardiez, es verdad. Válgame Dios, menuda casualidad. —dijo el padre— Crucemos y vayamos a su encuentro, creo que no nos ha visto.

Los tres familiares atravesaron el empedrado para llegar al otro costado en donde se encontraba indiferente el solitario caminante, ensimismado frente a una venta habanera que ofrecía un mostrador exterior repleto de frutas y verduras isleñas.

— Don Alejandro, que placer verle de nuevo. ¿Me recuerda? Soy Francisco de Salcedo. ¿Se acuerda del viaje en el Pizarro? Allí nos conocimos. Y estos son mi padre y mi hermano. Seguro que también los recuerda. —parloteaba aceleradamente el muchacho.

— ¡Francisco! Cierto, claro que lo recuerdo. Gracias a su compañía disfruté mucho de la travesía en aquella corbeta, a pesar del mareo que ambos padecimos. – rió junto al joven y sus dos parientes.

— Permítanme presentarme, caballeros, mi nombre es …

— Buenas tardes, Don Alejandro. —interrumpió el cabeza de familia— He oído hablar de usted. Sé de sus investigaciones allá en nuestra querida isla tinerfeña y acá en América. Un placer. Manuel Juan de Salcedo, para servirle.

— Don Alejandro, Teniente Manuel María de Salcedo, un placer conocerle personalmente.

— ¿Y cómo usted por aquí? Si no recuerdo mal me dijo en Tenerife que iba camino de Nueva Granada —preguntó Francisco.

— Y así fue, amigo. Allá estuve, primero en Cumaná, en donde desembarqué y más tarde en multitud de lugares a cada cual más bello y sorprendente: el lago de Guanoco, los valles de Tuy y Aragua, Caracas, en donde tuve oportunidad de ascender a la montaña que llaman la Silla, el Orinoco …

— ¡El Orinoco!

— Ay, el Orinoco. Asombroso río, joven Francisco. No hay palabras para describir lo que allí pude explorar.

— Qué envidia, Don Alejandro. Sin duda es usted un afortunado al poder ver con sus propios ojos tantos hermosos paisajes —señaló el patriarca.

— Pues sí, está usted en lo cierto. No le falta razón. Lástima que no podamos tener años en nuestras vidas como para poder disfrutar de todo lo que la Naturaleza nos ofrece. Y ahora ya ven, aquí en esta maravillosa isla de Cuba, sin duda otro regalo de Dios.

— Así es, Don Alejandro —adicionó el mayor de los Salcedo.

— Y, ¿podrían decirme qué hacen sus mercedes en ella? ¿No residían en Tenerife?

— Hasta hace unos meses así era, Don Alejandro. Hemos de cambiar de morada, a Nueva Orleans nos trasladamos. Nuestro padre ha sido nombrado nuevo Gobernador de La Luisiana y mi hermano Manuel y yo hemos sido destinados al Regimiento Fijo en aquella tierra, gracias a lo cual podremos acompañarlo.

— Me alegro y les felicito por ello. Se trata sin duda de unos buenos cargos de los que estoy seguro sabrán ocuparse con maestría.

— Muchas gracias, señor. Desempeñaremos nuestros respectivos cometidos con honor y responsabilidad. Nuestro linaje y nuestra patria bien lo merecen, para lo que el Dios Nuestro Señor estamos seguros nos guiará —dijo el padre.

— ¿Tienen prisa? ¿Acuden a alguna cita? Me gustaría celebrar nuestro reencuentro con unos tragos de buen ron cubano, si tienen a bien.

— Lo lamento, Don Alejandro. Hace unas semanas falleció mi esposa Francisca, precisamente al poco de llegar a La Habana, por lo cual guardamos luto.

— Cuanto lo siento, caballeros. Ruego disculpen mi atrevimiento.

— Espero que lo comprenda, pero un hondo pesar sigue clavado aún en nosotros y, mal que nos duela, preferimos dejar pasar para otras ocasiones los alternes y camaraderías en público. —justificó el primogénito Manuel— Además, nuestro padre gusta de recogerse al final de la tarde e ir pronto a descansar, su salud y ánimos bien lo merecen y agradecen.

— Padre, ¿y porque no invitar a Don Alejandro a almorzar el próximo domingo? —sondeó Francisco— Seguro que nos podrá contar numerosas historias de sus viajes.

— Gran idea, hijo. Si Don Alejandro tiene a bien …

— Por mí no hay problema alguno en disfrutar de su compañía, al contrario, será un placer. —agradeció así la invitación— De esta manera, podré conocer gracias a ustedes cómo ha quedado tras mi estancia en ella aquella bella isla canaria que lamentablemente tuve que gozar tan aceleradamente. Más que un placer, será un honor.

— Eso está hecho, caballero. Intercambiaremos vivencias durante la comida y la sobremesa, por supuesto.

— Se lo agradezco. Quien mejor que ustedes para llevarme de nuevo a la isla del Teide, el gran volcán. La de aquellos viejos pobladores, los Guanches. La que un par de años antes de mi escala derrotó a Nelson y su flota …

— Así fue, Don Alejandro. De primera mano podré relatarle cuanto aconteció aquellos días de verano de 1797 y que tanta gloria, lealtad y honra dieron a nuestros compatriotas canarios.

— ¿Cómo dice? ¿Participó usted en aquella batalla?

— Efectivamente. Mi intervención en tal Gesta es uno de los motivos por los que mi nuevo destino me haya sido ordenado.

— Cuente, cuente, Don Manuel, ardo en saber más sobre aquel envite.

— Todo sucedió en apenas cinco días del mes de julio, Don Alejandro. Nelson y los suyos …

Francisco y Manuel echáronse unos pasos hacia atrás y dejaron a su padre relatando los pormenores de aquella Gesta. Quien tenía al frente ofrecía unos ojos tan abiertos y curiosos que delataban el ansia de conocer ya mismo lo sucedido en tal victoriosa contienda.

— No recuerdo su nombre, hermano. ¿Cómo dices que se llama? ¿Alejandro …?

— Manuel, se trata de uno de los más brillantes investigadores que la ciencia haya dado. Alejandro de Humboldt se hace llamar.

¿Y si así hubiese sido esta conversación? ¿Y por qué no? Dejémoslo en un quizás. Que con su imaginación cada uno construya la suya. Esta ha sido la mía.



Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Geógrafo y miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio



Las cuevas del Barranco de Santos

Oct 21, 2017   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en Las cuevas del Barranco de Santos

Las cuevas del Barranco de Santos

Cavidades utilizadas como necrópolis y residencias por los guanches y posteriormente, incluso en la actualidad, refugio marginal de personas sin hogar

Artículo aparecido en el suplemento "La Prensa" del 
periódico El Día del sábado 21 de octubre de 2017

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Artículo dedicado a Don Luis Cola Benítez, fallecido en agosto de 2016, gran conocedor de los barrancos de Añazo y quien fuera miembro fundador de la Tertulia Amigos del 25 de Julio y Cronista Oficial de la ciudad.


La disposición en ladera de la vertiente oriental del área metropolitana Santa Cruz de Tenerife-La Laguna, así como la cercanía del macizo de Anaga, que cierra estas urbes por el norte, hacen que esta zona de la isla se encuentre atravesada por las cortaduras y tajos de varios cauces, secos en la mayoría del tiempo, pero con una agreste topografía, esta sí permanente, reflejo y síntoma de la erosión que los caudales de estos han producido a lo largo de milenios. Los santacruceros de anteriores centurias han tenido siempre muy presente la existencia de estos barrancos, barranqueras y barranquillos dentro de la morfología urbana de su ciudad. En la actualidad algunos de ellos perviven soterrados e invisibles a la mirada del ciudadano y solo unos pocos se hacen notar tanto en el paisaje como con los fuertes caudales de sus ocasionales avenidas.

La ciudad de Santa Cruz de Santiago de Tenerife tiene y ha tenido así varios valles y barrancos que la cortan a través de los necesarios recorridos que la escorrentía superficial realiza en búsqueda de salida al mar. De norte a sur: Tahodio, formando una de las cuencas más grandes del macizo de Anaga que desde el Monte de Aguirre desciende hasta el Muelle Norte; La Leña, que desemboca en el de Ancheta, que baja desde Los Campitos, tras unirse a él el de Aguaite en La Ninfa, todos ellos ya fusionados en uno solo llegan al mar denominándose Almeyda; San Antonio, que desciende desde las Mesas de Jiménez y se adentraba en Santa Cruz en el barrio de Pino de Oro, discurriendo en el pasado siguiendo el trazado de la toscalera calle que lleva su nombre; San Francisco, que nace igualmente bajo las Mesas para llegar antaño a la costa santacrucera ejerciendo de divisoria entre el Toscal y el centro de la ciudad, por las actuales Plaza del Patriotismo y calle Ruiz de Padrón (antes conocida como del Barranco Cubierto); El Barranquillo o del Aceite, que se origina también en las faldas de las Mesas y junto al Camino Oliver pasa a estar oculto descendiendo por el subsuelo chicharrero (dio nombre a la calle del Barranquillo o Imeldo Serís ya que discurría por ese lugar); y el del Hierro (1) en el extremo sur de la ciudad, desembocando en La Hondura tras discurrir entre los barrios chicharreros de Camino del Hierro, Tío Pino y Somosierra. Verá el lector que aposta he dejado sin mencionar el más importante de los cauces de esta zona de la isla. Y digo bien, ya que el barranco de Santos no es solo de Santa Cruz de Tenerife sino de este y de su vecino municipio de San Cristóbal de La Laguna.

Nace bajo la Cruz del Carmen, en las cumbres de Anaga, en el enclave conocido como Llano de los Viejos, y discurre por la vega lagunera atravesando Las Mercedes hasta llegar a la ciudad de Aguere. Aquí se le une por la izquierda el barranco de Jardina, que igualmente entra en la ciudad encajado en un canal hormigonado que serpentea entre fincas y casas. Toma el nombre de Barranco de Gonzaliánez y va dejando al oeste la ciudad de los adelantados, entre esta y las laderas que cierran la vega por el este. Soterrado discurre bajo los aparcamientos del antiguo mercado y los que se ubican junto a los juzgados, para asomar de nuevo tras el Rectorado. Aquí, tramo donde toma el nombre de la Carnicería, cruza la Vía de Ronda y de nuevo desciende oculto, entre Barrio Nuevo y La Verdellada, hasta llegar a La Hinojosa en donde sale de nuevo a la luz, para no volver a estar cubierto hasta su desembocadura, esa que queda camuflada bajo la Plaza de Europa y la santacrucera Avenida Marítima. Pero no nos adelantemos y volvamos aguas arriba a seguir fluyendo por el cauce del barranco en cuestión.

Se le irán uniendo a ambos lados ya desde este momento una serie de barranqueras y barrancos algunos ellos soterrados y completamente transformados debido a la intensa urbanización de esta zona de la isla, plena área metropolitana. La Verdellada, El Gomero, El Charcón, Valle Colino, Valle Tabares, Valle Carmona, Las Goteras, Molina y ya por último el del Aceite, que antes bajaba paralelo al de Santos, por la antigua calle del Barranquillo, como ya hemos visto en anteriores líneas, y hoy está encauzado bajo el Barrio Salamanca para desaguar en el de Santos. En total llega a formar una cuenca hidrológica de 39,826 Km2 (la cuarta en superficie de todas las de la isla) (2).

Ya antes de la conquista castellana, sus paredes y cortados fueron utilizados por los guanches como necrópolis para sus muertos. Un buen ejemplo de esto último viene certificado por la localización en cuevas situadas en taludes bajo el barrio de La Candelaria, antes denominado El Becerril, de multitud de restos humanos, se habla de más de 50 momias (3) y varios útiles y otros objetos: 3 punzones de hueso, 4 tahonas y 85 cuentas de collar (20 anulares y 50 cilíndricas) (4). Actualmente algunos de estos restos arqueológicos, siguen curiosamente junto al barranco, pero ya en su curso bajo, concretamente en el interior del Museo de la Naturaleza y el Hombre.

Pero además estas cavernas fueron utilizadas por los guanches como residencias (5) y para cuadras de sus ganados. Y es que esta hendidura suponía para los aborígenes tinerfeños más que un mero barranco. No era como cualquier otro de la isla, significaba además el límite natural entre los menceyatos de Anaga, al norte y Güímar, al sur, siendo poblado por los aborígenes tinerfeños hasta el momento de la conquista y tras esta por colonos y descendientes de guanches, lo cual hizo que nunca se perdiera la habitabilidad de estos agrestes parajes.

Con la llegada de los castellanos este barranco toma el nombre de uno de los primeros habitantes de lo que antaño era una pequeña villa costera al pie de la Laguna, Diego Santos, de quien se tiene constancia en la isla desde 1516 y era persona muy allegada al Adelantado. Este tenía una casa cerca de su desembocadura y con su apellido pasará a denominarse hasta la actualidad (6).

Y es aquí, en los márgenes del último tramo del barranco, en donde se funda la localidad Santa Cruz de Tenerife. De esta manera ya desde recién iniciado el siglo XVI va a ir creciendo poco a poco un entramado de casas, caminos y huertas, comprendidas inicialmente en el margen septentrional entre el barranco de Santos y barranquillo del Aceite, que tenderá a extenderse hacia la Caleta de Blas Díaz, y al sur junto a la otra orilla del cauce, en lo que sería el futuro barrio de El Cabo (7). Y en el centro de ambas barriadas, en el barranco, se va a continuar con el uso de las cuevas como vivienda, perfeccionando estas estancias con rudimentarios muros exteriores para lograr un cerramiento más o menos completo del habitáculo, hecho que se ha seguido haciendo hasta la actualidad. Por lo tanto, podríamos decir que sin un paréntesis entre ambas civilizaciones, la aborigen primero y la canaria de raíz europea, fundamentalmente castellana, después, estas cavidades nunca han dejado de ser utilizadas. Incluso hay constancia del otorgamiento de datas que concedían derechos de habitabilidad y uso de estas cuevas desde comienzos del XVI.

Iban avanzando los siglos y el barranco seguía siendo esa inquebrantable hendidura en el terreno, difícil de franquear y que obligó a incesantes labores ingenieriles para la construcción de puentes desde donde, gracias a las alturas sobre el fondo que estos llegan a tener, se obraron abundantes suicidios. Precisamente en el verano de 2016, y tras la muerte de una mujer que se arrojó al vacío desde él, se instalaron unas vallas en ambos lados del que toma por nombre Javier de Loño Pérez, el que sobrevuela el barranco a mayor altitud de todos los que componen la veintena de puentes que en él se encuentran desde La Verdellada hasta su desembocadura.

Pero la cercanía a la urbe posibilitó que fuera utilizado para un sin fin de usos y actividades. En el fondo y laderas del barranco se soltaban cabras y cerdos, se utilizaba también de matadero de ganado, se lavaba la ropa en las charcas que también eran utilizadas como abrevaderos, se construyeron varias presas e incluso se llegó a levantar un molino, del cual hoy nos queda el canal-acueducto bajo el cortado conocido como el “Salto del Negro”. El barranco era, además, la abismal zanja perfecta para echar las basuras. Esto último por desgracia se sigue realizando, en menor medida que en el pasado, pero no hay más que mirar debajo de los puentes para atisbar entre la maleza y las rocas numerosas latas, bolsas, cigarrillos y demás residuos.

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Cuevas y otras viviendas en el tramo del "Salto del Negro", junto al canal y el molino.
Foto: Pitard, J. et Proust, L.: "Les isles Canaries: Flore de l'archipel", 1909

Pero, como ya hemos dicho, las cuevas fueron y siguen siendo moradas de gentes de clases sociales bajas, sin otro lugar o residencia mejor en donde afincarse. Estas cavidades, dentro del contexto que acabamos de ver, presentan y presentaban unas pésimas condiciones de higiene y salubridad, pero a pesar de eso fueron numerosas las cuevas ocupadas e incluso reconocidas como residencia a efectos administrativos. Así estas viviendas y los que en ellas residían eran consideradas como un barrio más de la ciudad, y, por ejemplo, en 1890 formaban parte del quinto distrito electoral (sur). Pero ojo, no solo en este barranco existieron cuevas habitadas. Las llegó a haber también en el de San Antonio; en las paredes de San Pedro; bajo La Altura, pasado el Castillo de Paso-Alto (denominadas como “Cuevas de Seña Isidora”); en el barranco de Tahodio; en el de Pepa Concha, afluente de el del Hierro, en donde en septiembre de 1930 una niña que ellas residía falleció por las mordeduras de las ratas; en Los Campitos; en las Moraditas de Taco y junto a la carretera a San Andrés, de las que aún quedan restos en el margen de la autovía, frente a la Dársena Pesquera.

Varias fueron las ocasiones en las que el ayuntamiento luchó, a veces con escaso éxito, porque todas estas fueran desalojadas. En 1866 Manuel Suárez, por aquel entonces concejal capitalino y presidente de la Sociedad Constructora, pronunció un discurso (8) que entre otras cosas decía:

“En las habitaciones accesorias y en las cuevas, no solamente la falta de espacio es perjudicial para los que las habitan, sino que la humedad, la carencia de ventilación, la atmósfera siempre densa, impregnada siempre de fétidas emanaciones, siempre dañina, son origen, no lo dudéis, o al menos, son elemento propagador de muchas de las enfermedades que de vez en cuando molestan a la población, y no sería temerario asegurar que en esos asilos insalubres, donde a la estrechura y a la dificultad de renovar el aire se unen la pobreza y el desaseo, que acompaña generalmente a la falta de recursos; tiene Santa Cruz de Tenerife una constante amenaza de próximos y grandes males, de asoladoras epidemias, si pronto no se busca el medio de que esos focos e infección se purifiquen, dejándolos deshabitados”.

Otra voz que alertó del grave problema que esas cuevas ofrecían para la salud de quienes en ellas residían y del resto de chicharreros fue el Delegado extraordinario de Sanidad, Dr. Luis Comenge y Ferrer, quien opinaba públicamente en 1907 que:

“las condiciones horribles en que viven millares de personas hacinadas en inmundas ciudadelas, la escasez y primitiva distribución del agua para el uso público, las cuevas insalubres y repugnantes del barranco de Santos, la incuria de todos, el desaseo en las casas … Todas, todas estas cosas, y otras que vengo observando desde el primer día, son, innegablemente, los orígenes de esas enfermedades que no tienen enemigo mayor que la limpieza” (9).

Fue ese comienzo de 1907 cuando se vivió un episodio de fuerte rechazo a estos asentamientos e incluso desde los rotativos locales de suscribían las palabras de Comenge y se aportaban soluciones:

“El estado de suciedad, verdaderamente deplorable, en que se halla el barranco de Santos, sobre todo en la parte destinada a viviendas, impone medidas radicales para evitar que la salud pública se vea en aquel sitio seriamente amenazada. Inconcebible es que se haya permitido habitar en los márgenes de ese barranco donde centenares de familias han encontrado misérrimos albergues; pero ya que el uso o abuso resultan irremediables se debe procurar, por lo menos, la minoración de los males, emprendiendo allí una activa campaña de desinfección y saneamiento, para cuya eficacia es de todo punto la acción del fuego en la mayoría de las cuevas donde viven hacinadas las personas. (…) Las circunstancias no admiten contemporaciones ni compadrazgos ningunos. A grandes males grandes remedios. Fuego al barranco de Santos y se habrá hecho un gran bien a la humanidad desvalida.”

Poco después fueron incendiadas por orden municipal numerosas de estas cuevas, las cuales volverían a ser ocupadas meses más tarde (10).

En 1920 el ayuntamiento capitalino exigió de nuevo el desalojo de estas cuevas “por constituir un foco de infección”. Dio orden a la Guardia Municipal para proceder a este desahucio. En noviembre de ese año efectivos del citado cuerpo informaban, por ejemplo, de varios casos de urgente necesidad. Según informaba la prensa del momento (11): “El Jefe de la Guardia municipal dio cuenta a la Alcaldía del deplorable estado en el que se encuentran varios residentes de las cuevas del barranco, habiendo fallecido en días pasados varios de ellos, como por ejemplo Luisa Baute Quesada, de 43 años de edad, y estando otros muchos gravemente enfermos, algunos jóvenes como María Niebla, de 30 años, Ignacia González, de 36, o Felipe Ramos, de 20. La alcaldía de la ciudad procedía a ordenar el desalojo de estas modestas cavernas, pero la Guardia Municipal no podía hacer nada para una vez expulsados de esta rústica morada por las mañanas, volvieran cada noche. Había paludismo y numerosas diarreas debido a la ingesta de agua, por parte de estos moradores, procedentes de las charchas de que se encuentran en el cauce”.

Eran estas cuevas moradas de numerosos enfermos que acudían a Santa Cruz en espera de ser atendidos en el antiguo Hospital Civil, actual Museo de la Naturaleza y el Hombre, que se hallaba junto a la orilla sur del barranco. Así, hay constancia, por ejemplo, de tuberculosos que poblaban temporalmente estas cavernas, pero particularmente resulta trágica la llegada en el otoño de 1887 de varios enfermos de elefantiasis (12) a los que no se les daba acogida en el citado sanatorio. El 17 de octubre durante el pleno de la corporación municipal, presidido por el entonces alcalde, Francisco de Aguilar y Aguilar, se trató el asunto, a petición de uno de los concejales. Allí se informó que los enfermos eran un total de veintiuno, ninguno de ellos natural de la ciudad (uno era de Tacoronte, otro lanzaroteño y los diecinueve restantes de La Gomera).

Este panorama, quizás al que llegaron a acostumbrarse los locales, no dejaba indiferente a los numerosos viajeros que visitaban la isla. Uno de los que plasmó negro sobre blanco lo que se encontró en las entrañas del barranco fue Jacques-Gérard Milbert (1766-1840). Este pintor y diseñador francés formaba parte de la “Expedición Baudin”, viaje científico francés dirigido por el marino y científico Nicolas Thomas Baudin, que recaló en la isla entre 2 y el 13 de noviembre de 1800 (13). Milbert doce años más tarde de aquella visita a la isla relató sus impresiones vividas esos días en Santa Cruz y otras zonas de Tenerife en su obra: “Voyage pittoresque à l’île-de-France, au cap de Bonne-Espérance et à l’île de Ténériffe”. Con una encantadora y descriptiva prosa nos muestra una ciudad plagada de mendigos y niños harapientos, que ofrece guaridas en los barrancos pobladas de las gentes de menor clase y cultura. Él mismo visita estas cavernas y nos cuenta:

“Al llegar a esta morada de horror, uno se pregunta si es posible que esté habitada. Sí, sirve de retiro a algunas familias y, sobre todo, a mujeres prostituidas que, lejos de la ciudad, creen que pueden hacer allí el escenario de sus desenfrenos. En esas horrorosas guaridas es donde los soldados de la guarnición y los marineros del puerto van a hacer sus repugnantes orgías; también es allí donde, con el cuchillo fatal, su arma familiar, esta clase de gente va a liquidar lo que ellos llaman una contienda de honor. Es en ese lugar, en esas horribles viviendas, donde el vicio presenta todo el horror que se debería desterrar. Unas cavernas abiertas en las faldas de roques verticales, o formadas por grietas originadas por erupciones volcánicas, se han convertido en el refugio de esas sacerdotisas de Venus (…).”

Milbert describe los rocosos habitáculos de la siguiente manera:

“(…) una estera rota cierra la entrada de la cueva; una vieja manta, un mal trozo de vela de navío o cualquier otro harapo extendido en el suelo, es el lecho voluptuoso donde los hombres van a buscar el placer; unos vasos de tierra mellados y una escudilla de madera que nunca es lavada, contienen alimentos pútridos. El olor pestilente que se desprende de ellos infesta el aire, que, por otra parte, difícilmente puede ser renovado en un lugar donde nunca penetran los rayos del sol.” Pero a pesar de esa inmundicia y libertinaje no sale de su asombro, plasmando tal hecho en sus escritos, cuando ve como esas mismas mujeres “entregadas al más vil desenfreno” no ha dejado de lado su pasión religiosa: “Las he visto encaminarse por la ciudad, con un rosario en la mano, recitando plegarias y yendo a los templos a prosternarse a los pies de la Virgen.”

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Exterior de casas cueva.
Foto: Antonio Pallés Sala

Todo este cóctel de desventuras ha hecho de este lugar un terreno de difícil habitabilidad, pero a este infecto marco se le unen dos fenómenos naturales lógicos al encontrarnos sumergidos en esta enorme y natural cárcava de desagüe. Uno el hecho de estar ubicadas bajo o dentro de verticales e inestables taludes hace que se produzcan derrumbes relativamente frecuentes. El otro, además, por encontrarse en los márgenes más cercanos y en ocasiones dentro del mismo lecho de un barranco de este calibre, que ofrecía fuertes crecidas. No solo hubo daños materiales y pérdidas de vidas humanas a consecuencia de las terribles lluvias del temporal de noviembre de 1826 (14), los hubo antes en el XVIII (en los años 1645, 1713, 1722, 1750, 1759 y 1773) y posteriormente: en marzo de 1837, en diciembre de 1853, en febrero de 1854 (15), en el invierno de 1859 (16), casi finalizando el año 1879, en 1899, en febrero de 1920 (17), en noviembre de 1922, en enero de 1951 (18) y así hasta llegar al recordado 31 de marzo de 2002 o, en fechas más recientes, el 2 de febrero de 2010 y el 19 de octubre de 2014 (19). En muchos de estos casos y otros que no he citado, se vinieron abajo puentes del barranco, se anegaron fincas y casas cercanas (incluso, como hoy en día se sigue produciendo, la Iglesia de N.S. de La Concepción no se libra de las inundaciones) y se inutilizaron (momentáneamente) las cuevas habitadas del barranco. En ocasiones, como es lógico ha llegado a haber heridos, muertos e incluso desaparecidos.

La profundidad del barranco hacía de él el escondrijo ideal para reyertas, peleas y otros turbios asuntos y tejemanejes. De entre las muchas noticias aparecidas en prensa local ligadas con redadas y detenciones acaecidas en el barranco de Santos rescato esta aparecida en “La Opinión” del 20 de mayo de 1908:

“Entre la una y dos de la tarde de ayer, el vigilante de orden público Eduardo Martín, sorprendió y detuvo en una de las cuevas del barranco de Santos , conduciéndolos al Gobierno Civil, a los jóvenes Guillermo Blanco, “el Sordadito”; Manuel Alonso, “el Chiflado”; Vicente Báez, “Nariz”; Fernando Bautista, “el Portugués”; Francisco González, “Chacaronero”; y Domingo Darias, “Geneto”. Todos ellos “aprovechados” chicos pertenecen a la cuadrilla que capitanea “Pata Cambada”. En el acto de detención le fueron ocupados dinero, naipes y postales pornográficas.”

Pero a veces los hechos han tenido finales no tan guasones. Se tiene constancia de varios asesinatos. Citaremos dos de ellos por lo macabro del asunto. En 1899 residentes en el barranco alertaron a la Guardia Municipal del pestilente olor que salía de una de las cuevas. Al llegar al lugar estos se encontraron con un bebé de solo tres de meses de edad tirado en el suelo lleno de moratones y con la lengua fuera, víctima de estrangulamiento. Su madre, una mendiga muy conocida en toda la ciudad, fue declarada principal sospechosa, siendo posteriormente detenida (20). Incluso en el presente el barranco sigue dando de qué hablar en las secciones de sucesos de los diarios de la isla. Por citar uno de los hechos más recientes y de extraordinaria gravedad, en el verano de 2016 se encontraron en el interior de una de las cuevas dos maletas que contenían restos humanos, según las investigaciones, pertenecientes a una mujer que había sido asesinada y posteriormente descuartizada.

Y ya por último, no me gustaría dejar de mencionar la utilidad de las cavidades que el barranco brinda en el tramo comprendido entre La Salud Bajo y Barrio Nuevo para albergar dos usos bien diferentes. Una de las cuevas que existían en la zona se acondicionó para instalar en su interior una ermita dedicada a la Virgen de Candelaria, la cual existe aún en la actualidad. Este modesto templo fue deseo y obra de Antonio Hernández González, un vecino de la zona que siendo adolescente resbaló por las empinadas laderas del barranco, cayendo hasta el fondo. En gratitud a haber salvado su vida este prometió honrar a la Patrona de Canarias con un humilde templo y así lo hizo en los años cuarenta del pasado siglo (21). Cercano a esta ermita se encuentra otra cavidad de mayores dimensiones que fue aprovechada para alojar siete depósitos de combustible de 80.000 litros cada uno al abrigo del subsuelo. Fue entre 1946 y 1949 cuando se adecentó esta caverna y se instalaron estos depósitos metálicos que sirvieron para almacenar gasolina, todo ello enmarcado dentro de un plan defensivo de la isla ante posibles invasiones aliadas, si bien ya con la II Guerra Mundial finalizada, pero con el peligro en esos años de que esto se llegara a producir (22).

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Cuevas habitadas en la actualidad, bajo el Hotel Escuela.
Foto: Miguel A. Noriega

Vemos pues que se han realizado muchos y muy diversos usos y actividades en su cauce y cavidades de ambos márgenes. La fisonomía del barranco de Santos ha cambiado en algunos tramos, sobre todo en su parte baja con la urbanización de la denominada “Vía arterial” que ha traído consigo nuevos viales y puentes, zonas deportivas e incluso la recién estrenada “Casa del Carnaval”, añadiendo a esta lista de transformaciones el TEA, el Vivero Municipal en el Barrio de La Salud y el Polideportivo Ana Bautista, por citar algunas. Pero a pesar de todo sigue habiendo cuevas habitadas en este barranco. Han pasado los siglos y mendigos, inmigrantes y enfermos continúan residiendo en estas cavidades insalubres rodeadas de basura y ratas, al peligro de riadas y bajo la amenaza de derrumbes.

Pretendo, con este modesto artículo, sacar a la luz este hecho, inconcebible en siglo XXI y en pleno corazón de nuestra capital. Pero sirvan estas líneas, además, para hacer que muchos de los que las lean miren al barranco desde sus orillas y puentes y sepan que este angosto valle ha sido y es elemento clave en la memoria de la ciudad y de la isla. Bien merece que se difunda su historia y se protejan los elementos patrimoniales que aun milagrosamente perviven. El canal del molino, las presas y, por supuesto, las cuevas, testigos mudos de la época guanche, pero también de la indigencia y la marginalidad de gentes sin recursos que tuvieron al barranco como su casa, residiendo en sus entrañas.


  1. También conocido como barranco del Calabozo o de Las Cruces (“Amojonar, imprescindible labor” (Retales de la Historia – 227). Luis Cola Benítez, “La Opinión”, 30 de agosto de 2015)
  2. Plan Hidrológico de Tenerife, 1996
  3. Diego Cuscoy, L.: “Los guanches: vida y cultura del primitivo habitante de Tenerife”. Cabildo Insular de Tenerife. 1968
  4. Jiménez, M. de la Cruz, Tejera, A.M., Lorenzo, M.: “Carta arqueológica de Tenerife”. Aula de Cultura del Cabildo Insular de Tenerife, 1973
  5. Incluso el Mencey de Anaga residía temporalmente en cuevas de abruptas laderas de barranco, concretamente en donde comienza el descenso del barranco de Aguaite o Araguiate, bajo las Mesas de Jiménez (Rosa Olivera, L.: “Notas sobre los reyes de Tenerife y sus familias”. de la Revista de historia. Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de La Laguna. 1956)
  6. “Santa Cruz y el Barranco de Santos”. Luis Cola Benítez  (Museo de la Naturaleza y el Hombre, Santa Cruz de Tenerife, 18 de octubre de 2012)
  7. Cardell Cristellys, J.C.: “El lugar de Santa Cruz de Tenerife”. Ediciones IDEA. 2017
  8. Discurso pronunciado el 14 de enero de 1866 en el Casino La Aurora
  9. “La Opinión”, 1 de febrero de 1907
  10. Algunos de los inquilinos de estas cavernas fueron llevados temporalmente a la Batería del Bufadero por no tener otro lugar en donde establecerse.
  11. “ La prensa”, 9 de noviembre de 1920
  12. La elefantiasis está causada unos gusanos que se propagan por las picaduras de mosquitos infectados y causan una obstrucción de los vasos linfáticos y con ello el engrosamiento extraordinario de las extremidades inferiores.
  13. Baudin ya había visitado Tenerife cuatro años antes fruto de aquella escala fue el libro de André Pierre Ledru, integrante de esa expedición, “Voyage aux Iles Ténériffe, La Trinité, Saint Thomas, Sainte Croix et Porto Ricco”.
  14. Sin duda una de los mayores fenómenos meteorológicos adversos de los que se tiene constancia en Canarias, con cientos de muertos y que ocasionó la pérdida de la imagen original de la Virgen de Candelaria.
  15. Fallecieron dos mujeres y dos niños a consecuencia de la crecida del barranco (“El Eco del Comercio”, 14 de febrero de 1854)
  16. Año en que había 20 cuevas habitadas regularmente (Cioranescu, A.: “Historia de Santa Cruz de Tenerife”. 1978)
  17. En el barranco de Santos fueron arrastradas por el agua varias cabezas de ganado y hubo de evacuarse a los vecinos ocupantes de las cuevas, trasladándose a pernoctar durante varios días a los bajos del palacio sede el Ayuntamiento capitalino.
  18. Tuvieron que ser alojados en los Salones de Fyffes los habitantes de las cuevas del barranco de Santos.
  19. Este día fue necesario rescatar a varias personas con cuerdas desde el Hotel Escuela, al quedarse atrapadas entre las aguas y las paredes de su cueva-residencia, situada bajo este establecimiento hotelero, frente el Barrio de Duggi.
  20. “La Opinión”, 29 de marzo de 1899
  21. “La Candelaria chicharrera”. “El Día”, 28 de agosto de 2005
  22. “La capital conserva el cinturón defensivo de la II Guerra Mundial”. “La Opinión de Tenerife”, 31 de marzo de 2013


Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Geógrafo, investigador y miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio



 

 

 

Encuentro Internacional sobre Patrimonio Militar Reciente

Jun 16, 2017   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en Encuentro Internacional sobre Patrimonio Militar Reciente

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Santa Cruz de Tenerife, 23-24 de junio de 2017

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La ascensión al Teide del geógrafo francés Frédéric Weisgerber en 1901

Ene 28, 2017   //   autor: Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en La ascensión al Teide del geógrafo francés Frédéric Weisgerber en 1901

 

La ascensión al Teide del geógrafo francés Frédéric Weisgerber en 1901

Artículo aparecido en el suplemento "La Prensa" del 
periódico El Día del sábado 28 de enero de 2017


Desde tiempos remotos el Teide ha sido el gran símbolo del archipiélago canario, un referente para los marinos, la montaña mágica de los guanches, un enorme edificio volcánico objeto de estudio e investigaciones científicas. El padre Teide fue y es uno de los referentes de nuestra historia y tanto locales como foráneos venidos de todos los confines del planeta han querido ascenderlo y sentir esa fascinante sensación de coexistir por un momento con sus paisajes, con sus plantas, con sus caprichosas formas orográficas. Así el plantel de viajeros y científicos que han pisado sus laderas y hollado su cima es extenso: Humboldt, Berthelot, Edens, Feuillée, Verneau, Christy y un largo etc (1).

Frédéric Weisgerber nace en Sainte-Marie-aux-Mines (Alsacia, Francia) el 30 de marzo de 1868. Instalado en el Magreb desde finales del XIX, desarrollaba allí sus estudios y trabajos en medicina tras obtener el doctorado en 1892. Pero sus ojos y su mente buscaban también otras ramas del pensamiento y la investigación. Su vocación y pasión hacia la geografía le llevó a ser un gran conocedor de esa región norteafricana, examinando su relieve y cartografiando zonas hasta ese momento casi sin documentar. Weisgerber conocedor de la magnitud e importancia del Teide y las características ambientales y sociales de Tenerife, dedica unos días del mes de junio de 1901 a escalar el gran volcán. Aprovecha un retorno a Francia tras una de sus estancias en Marruecos, gracias a un navío que desde ahí le lleva a las Canarias.

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Retrato de Frédéric Weisgerber

Es en ese momento, durante su viaje a las islas, cuando arranca el relato que publica en 1905 en la “Revue générale des sciences pures et appliquées” (2) y que nos permite conocer hoy en día cómo fueron los ocho días en Tenerife de este geógrafo galo y que precisamente titula así: “Huit jours a Ténériffe” (3): “El halo poético de leyendas que coronan las Islas Afortunadas se ha desvanecido para siempre, los geólogos ni siquiera permiten ya que veamos en ellas los restos de una fabulosa Atlantida engullida por el mar, las Islas Canarias, con su belleza natural, su fertilidad y su clima delicioso, forman un archipiélago privilegiado, una de las regiones más atractivas del mundo. Regresando de Marruecos hacia Europa a través de las islas, decidí dedicar unos días a escalar este pico (el Teide) que podíamos divisar incluso a 200 kilómetros de distancia”.

Realiza una breve parada en la vecina isla de Gran Canaria, antes de llegar a Tenerife. Aquí tiene tiempo de conocer la capital, Las Palmas, e incluso de visitar la Caldera de Bandama. En el puerto grancanario toma el vapor frutero “Orotava” (4) que le llevará a Santa Cruz de Tenerife, a donde arriba el domingo 9 de junio de 1901. Pone pie en la capital canaria, en la que en ese momento residían unos 39.000 habitantes (5), y Weisgerber comienza a observar y detallar en su relato todo lo que allí se encuentra y le llama su atención. Así, describe Santa Cruz como una localidad “construida en terrazas entre el mar y una barrera de altas montañas de formas distorsionadas, con calles estrechas y casas con bonitos balcones rematados por aleros y miradores que imprimen un carácter pintoresco, capaz de satisfacer incluso a los trotamundos más experimentados”.

Le llama la atención que se conserven en la Iglesia de la Concepción la cruz de la conquista y dos banderas tomadas a las tropas de Nelson tras una “excelente defensa que Santa Cruz opuso al ataque de la escuadra británica en 1797, episodio que hizo que el héroe nacional británico perdiera un brazo, sufriendo su única derrota”. Igualmente, es consciente el geógrafo galo de la pervivencia de las costumbres de los lugareños, a pesar, según manifiesta en su relato, del enorme contacto que los chicharreros tienen con foráneos que recalan en su puerto.

Al día siguiente, Weisgerber sube a La Laguna “atravesando fincas de cereales y tuneras”. Es de suponer, ya que él no lo cita, que quizás toma el recién inaugurado tranvía (6) que desde hacía unas semanas recorría ya el trayecto entre Santa Cruz y Aguere. Le llama la atención que se trata de una ciudad que, salvo en verano, época en que residen aquí los ricos comerciantes de Santa Cruz, está muerta. Tanto es así, que le resulta curioso que crezca la hierba sobre el tapiz de tierra y piedra de sus calles. Aquí toma la diligencia que le llevará a La Orotava, desde donde comenzará su deseada ascensión al Teide.

A las diez de la mañana llega el carruaje (con una hora de retraso sobre el horario previsto), tirado por cinco viejos corceles y lleno hasta los topes. Narra nuestro protagonista en su relato que había pasajeros sentados junto al cochero e incluso en la parte superior, sobre las maletas. El motivo de tanta demanda por viajar al valle: dos días más tarde comenzaban las fiestas de La Orotava, que como cada año por esas fechas, se llevaban a cabo en honor de San Isidro y el Corpus Christi. Y es que las fiestas de la capital del valle de Taoro eran (y lo siguen siendo) todo un acontecimiento en la isla.

Weisgerber finalmente desechó el viaje en esa abarrotada diligencia y prefirió esperar la llegada de un coche de alquiler tirado por una pareja de caballos, que tomaría junto a otros dos pasajeros, por el precio de 13 pesetas el billete. El trayecto a través de la comarca de Acentejo y la posterior entrada en el valle lo relata de la siguiente manera: “La ruta atraviesa en primer lugar una hermosa avenida de eucaliptos entre campos de maíz, llegando a su punto más alto a 620 metros. Entonces comienza el descenso hacia el oeste, a lo largo del flanco norte de la cordillera que forma la espina dorsal de la isla. A ambos lados, campos, huertos, jardines salpicados de fincas y cabañas de paja; a la derecha, el mar. A medida que avanzamos, la vegetación toma un aspecto cada vez más meridional y con muchas palmeras. Vamos a través de una serie de bonitos pueblos, Tacoronte, Matanza, San Antonio, Victoria, y finalmente Santa Úrsula. Un poco más adelante, en una curva del camino, llegamos a un punto donde la vista abarca todo el hermoso valle de Orotava que el gran viajero Humboldt proclamó como el más bello del mundo: un primoroso jardín, entre el mar y las montañas, donde brotan las flores y maduran las frutas”.

Recuerda el intelectual galo en la crónica de su viaje, a su paso por esta comarca norteña, que en esa zona se fraguaron tremendas batallas entre los castellanos, liderados por Fernández de Lugo, y los guanches, antiguos pobladores de Tenerife. De estos aborígenes destaca su estrecha relación con los de los pueblos del norte africano, existiendo muchas similitudes entre costumbres, vocablos y ritos bereberes y guanches.

Algo más de una hora después de haber partido de la “ciudad de los Adelantados” el vehículo entra en la villa, quizás recorriendo la Calle del Calvario, que estaba siempre primorosamente adornada de arcos engalanados durante esas jornadas festivas. Ese año además de las tradicionales alfombras que cubren las vetustas calles de la villa, una de ellas diseñada en esa ocasión por Felipe Machado, tuvo lugar una magnífica exposición de flores en los jardines del Marquesado de la Quinta Roja (7). El programa de fiestas de ese año 1901 contaba también con unos animados Juegos Florales (8) la tarde del 15 de junio (9), una concurrida exposición de ganado (con 105 reses nada menos), un baile infantil en el Liceo de Taoro e incluso carreras de cintas en bicicleta y a caballo, además de los tradicionales actos religiosos.

Weisgerber se hospedó en La Orotava en la Fonda de Doña María Antonia, desde donde partió hacia las cumbres el 12 de junio a las ocho de la mañana, acompañado de un guía, un arriero y dos mulas. Portaban como equipaje: varios panes, mantas, vino y leña, además de víveres y otros enseres. Como ya hiciera algo más de un siglo antes Alexander von Humboldt, la ruta de subida desde la villa hasta las cañadas no fue otra que el histórico y tradicional Camino de Chasna. A lo largo de ese itinerario de ascensión a la cumbre isleña Weisgerber, al igual que hiciera el geógrafo germano, pone su mirada en los cambios que va sufriendo la vegetación a medida que se va ganando altitud. Así, le llama la atención primero la diversidad de cultivos en las zonas bajas del valle, con plátano, caña de azúcar, tabaco, papas, viñas, mangos, cereales, aguacate y guayaba, entre otras plantaciones. Dejando cada vez más abajo los barrios y caseríos a mayor altitud del valle, la expedición penetra en el bosque húmedo de la isla. Enumera Weisgerber la variedad de especies vegetales del monteverde con las que se van encontrando en la subida: laurel, faya, brezo, acebiño, viñátigo, til, etc. Efectúan su primera parada en la fuente de la Cruz del Dornajito, habiendo rebasado pues la cota de los 1.000 metros, y tras dos horas de marcha llegan a los Llanos de Gaspar, a unos 1.400 metros de altitud. A partir de aquí, relata, el pino es el auténtico dominador del monte, al que fielmente le acompañan el codeso y el escobón. Tras el último tramo de la subida, atravesados los barrancos de los Charquitos y de la Reina, ya en el Portillo, así describe el geógrafo francés lo que brota ante sus ojos: “El llano que se nos presenta es de una belleza incomparable. En el centro del gran circo de Cañadas, desierto salpicado de piedra pómez y flujos de lava y arbustos de retama, el Teide se alza majestuoso en una atmósfera de una claridad maravillosa. Su cúpula gigante, tiene franjas verticales de color amarillo y negro, y el cono terminal blanco se destaca del cielo azul con un claror que permite distinguir todos los detalles. Así entendemos, a la vista de esta imponente masa de 20.000 millones de metros cúbicos, porque los antiguos eran capaces de imaginar que este era el pilar de la bóveda celeste, y que los guanches, aterrorizados por sus erupciones, lo veían como la vía de escape del infierno, montando guardia allí para evitar que el espíritu maligno escape de las entrañas de la Tierra”.

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Gráfico de altitud y pisos de vegetación del Valle de la Orotava y Teide
realizado por F. Borremans e incluido en el artículo de Weisgerber

La expedición busca sombra al cobijo de una retama donde tomar unos tragos de vino y viandas y echar una breve siesta. Emprenden rumbo de nuevo a las tres de la tarde, tras esta “parada técnica” y el grupo se va acercando cada vez más al gran cono del Teide, entre retamas y sobre “piedras pómez en movimiento y grandes coladas de lava”. Superados ya los 2.700 metros de altitud alcanzan la cima de Montaña Blanca, a la que Weisgerber pone el calificativo de “contrafuerte del Teide”. Aquí descansan unos minutos y tras ello atacan la subida al pico por el Lomo Tieso, caminando rodeados de lavas negras y bloques de traquitas y obsidiana. Cada cuarto de hora se ven obligados a parar dejando así que tanto ellos como las mulas tomen aliento y energías. “¡Anda, mulo! ¡Anda, mulito!” les vocean los arrieros. Por fin, a las seis de la tarde llegan al refugio de Altavista, a 3.260 metros sobre el nivel del mar. Describe el albergue como “una sólida construcción de mampostería, compuesta por dos habitaciones grandes con colchones, mesas, taburetes y pequeñas estufas de hierro; una cocina y un granero que puede llegar a albergar hasta una docena de animales”.

Mientras sus acompañantes preparan la cena él disfruta de la panorámica desde el exterior del refugio. Weisgerber, al igual que muchos que hemos subimos al padre Teide pernoctando en esas alturas, disfrutó de lo lindo del diario espectáculo del atardecer, en la que la luz y las sombras adquieren los papeles de actores principales sobre el fascinante escenario del techo de la isla: “El astro no es visible, porque nuestra casa está colgada sobre el flanco oriental de la montaña. Lo que veo desde aquí es la sombra del pico, un triángulo achaparrado, que inicialmente cubre sólo una parte de las Cañadas. Gradualmente, a medida que el sol se hunde en el horizonte, el triángulo crece hasta llegar a la pared de basalto iluminada por el sol poniente, para extenderse después sobre las nubes, llegando a fusionarse con las sombras de la noche”.

Tras cena y charla entre los componentes de la expedición se envuelven en sus mantas y duermen unas horas, antesala de lo que al día siguiente será el ataque a la cumbre. De buena mañana el grupo inicia de nuevo la marcha abordando los algo más de 400 de desnivel que los separan de la cima. Nuestro protagonista relata los fuertes dolores de cabeza y oídos que sufre debido al mal de altura, lo que no le impide llegar hasta la Rambleta. Desde ahí el último tramo hasta la cúspide, trepando sobre un terreno rocoso difícil, en los que Weisgerber prácticamente destroza sus botas. Con el sol ya emergido sobre el horizonte y bajo un fuerte y gélido viento llegan a la cumbre del Teide, en el borde del cráter humeante de vapores sulfurosos. A sus pies las faldas del volcán y las Cañadas, y aún en sombra los pinares, el monteverde y los pueblos y villas del norte de la isla. A lo lejos las islas de Gran Canaria a un lado y La Gomera, La Palma y El Hierro al otro, allí donde “el azul del cielo se funde con el azul del mar”.

Durante el descenso visitan la Cueva del Hielo: “(…) una profunda cavidad, donde la nieve y el hielo consiguen conservarse todo el año. Según los aborígenes se comunica con una de Icod y fue utilizada como necrópolis por los guanches”. Tras ello y posterior parada en Altavista para entrar en calor con un café, emprenden desde aquí el regreso a La Orotava a las siete y media de la mañana, tomando el mismo recorrido que de subida. A las once y media cruzan el barranco de los Charquitos, en donde almuerzan, arribando a la villa sobre las dos de la tarde.

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Mapa del Teide y norte de la isla, por Borremans,
y que aparece en el relato de Weisgerber

Pagada la estancia y manutención en la fonda y despedido del guía y el arriero toma el coche de caballos rumbo a Santa Cruz. Esta vez el regreso lo hace cómodamente, sin el bullicio de la ida, gracias a que ese día, 14 de junio, la villa de La Orotava gozaba ya de las tan ansiadas fiestas locales. Regresa a la capital a las nueve de la tarde, sin tiempo para poder tomar el vapor “Ville de Manhao” (10), proveniente de Dakar y con destino a Burdeos y Le Havre. Eso le permite poder pasar tres días más en la isla, conociendo con mayor detalle la ciudad y sus alrededores. Finalmente la tarde del lunes 17 de junio se embarca en el vapor “Satrústegui” (11) que llegado de Buenos Aires y Montevideo pone rumbo a Europa, haciendo escalas en Cádiz, Barcelona y Génova (12).

Se da la curiosidad que de este buque desembarcan en el puerto gaditano varios centenares de emigrantes retornados de Argentina. Diversos diarios canarios e incluso de otras provincias dan cuenta del hecho. Por ejemplo, “La región extremeña” detalla (13): “Telegrafían de Cádiz, manifestando que llegó a aquel puerto el vapor Satrústegui, procedente de Buenos Aires. Trae 300 emigrantes españoles, rodeados de sus esposas e hijos. Vienen harapientos y hambrientos y cuentan que es horrible la miseria que sufren los españoles que han ido a la república argentina creyendo que allí mejoraría su posición social. Muchos miles de compatriotas nuestros, que están pereciendo, piden al Gobierno que los traiga a España”. Unos días más tarde el cónsul argentino en Cádiz desmentía en prensa esa noticia, alegando ni él ni las autoridades del puerto han tenido noticia de tal desembarco.

Ya de nuevo en Francia, en donde permanece por unos meses, se embarca como médico en buques ingleses recalando en varios países asiáticos. Años más tarde, en 1909, vuelve a Marruecos en donde, tras un breve paréntesis debido a la Gran Guerra, en la que participa como voluntario en el frente, vivirá la mayor parte del resto de su vida, como corresponsal de prensa, diplomático, político, empleado de banca y escritor. En 1926 finaliza una prolífica actividad tras una decena de libros publicados, innumerables artículos en prensa y revistas científicas y técnicas, destacados estudios sobre la medicina tradicional y otras costumbres de los pueblos marroquíes, investigaciones geológicas y patrimoniales de esa región norafricana y varios mapas de algunas regiones del Magreb (14). Frédéric Weisgerber fallece el 28 de diciembre de 1946 en Rabat, en cuyo cementerio europeo está enterrado.


  1. Respecto a este tema, recomiendo la lectura de la última obra de Juan Tous Meliá: “La medida del Teide” (2015)
  2. “Revue générale des sciences pures et appliquées”. 1905. Doin (Paris)
  3. Páginas 1038-1045.
  4. De la compañía “Forwood Brothers & Co’s. (Line of Steamers). Agente HY Wolfson, Marina 1.
  5. Tous, J.: “Santa Cruz de Tenerife a través de la Cartografía [1588-1899]”. 1994.
  6. La inauguración oficial tuvo lugar el 7 de abril de 1901, concretamente a las dos de la tarde de esa jornada.
  7. “La Orotava. Revista decenal literaria y de intereses generales”, 10 de Junio de 1901
  8. Presidió el jurado el arcipreste de la Catedral de Las Palmas, José López Martín y formó parte también del mismo Patricio Estévanez Murphy, director del “Diario de Tenerife”.
  9. “La Opinión”, 10 de junio de 1901.
  10. Despachado por “Hardisson Hermanos”.
  11. Buque de “Vapores Correos de la Compañía Transatlántica”, que fue despachado por la consignataria “Hijos de Juan Larroche”
  12. Formaban parte del listado de pasajeros, además de Weisgerber, el comerciante chicharrero Andrés Saavedra y el entonces Director de Sanidad del puerto santacrucero Joaquín Estarriol.
  13. “La región extremeña”, 22 de junio de 1901.
  14. Pouillon, F.: “Dictionnaire des orientalistes de langue française”. Karthala. 2008


 

Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Geógrafo, investigador y miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


 

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