Reencuentro en Cuba

Ene 4, 2018   //   by Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en Reencuentro en Cuba

REENCUENTRO EN CUBA

Conversaciones en la historia (1)

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Invierno caribeño, recién echado a andar el siglo XIX, Don Manuel y sus hijos, se topan en plena calle con alguien a quien conocieron meses atrás en las Canarias.

— ¡Don Alejandro! ¡Aquí! —grita Francisco mientras agita enérgicamente los dos brazos.

— Pero hijo, menudo alboroto. ¿Quién es ese señor por el cual voceas?

— Padre, ¿no lo recuerda? Compartí viaje con él entre La Coruña y Tenerife hace dos años. Se lo presenté en Santa Cruz.

— Yo sí me acuerdo de él, hermano. Apenas pisó Tenerife se fue a los pocos días de la isla, ¿no es cierto? —declaró el joven Manuel.

— Eso es. Y a pesar de la breve semana que estuvo allá dicen que incluso le dio tiempo de subir al Teide —apostilló Francisco.

— Pardiez, es verdad. Válgame Dios, menuda casualidad. —dijo el padre— Crucemos y vayamos a su encuentro, creo que no nos ha visto.

Los tres familiares atravesaron el empedrado para llegar al otro costado en donde se encontraba indiferente el solitario caminante, ensimismado frente a una venta habanera que ofrecía un mostrador exterior repleto de frutas y verduras isleñas.

— Don Alejandro, que placer verle de nuevo. ¿Me recuerda? Soy Francisco de Salcedo. ¿Se acuerda del viaje en el Pizarro? Allí nos conocimos. Y estos son mi padre y mi hermano. Seguro que también los recuerda. —parloteaba aceleradamente el muchacho.

— ¡Francisco! Cierto, claro que lo recuerdo. Gracias a su compañía disfruté mucho de la travesía en aquella corbeta, a pesar del mareo que ambos padecimos. – rió junto al joven y sus dos parientes.

— Permítanme presentarme, caballeros, mi nombre es …

— Buenas tardes, Don Alejandro. —interrumpió el cabeza de familia— He oído hablar de usted. Sé de sus investigaciones allá en nuestra querida isla tinerfeña y acá en América. Un placer. Manuel Juan de Salcedo, para servirle.

— Don Alejandro, Teniente Manuel María de Salcedo, un placer conocerle personalmente.

— ¿Y cómo usted por aquí? Si no recuerdo mal me dijo en Tenerife que iba camino de Nueva Granada —preguntó Francisco.

— Y así fue, amigo. Allá estuve, primero en Cumaná, en donde desembarqué y más tarde en multitud de lugares a cada cual más bello y sorprendente: el lago de Guanoco, los valles de Tuy y Aragua, Caracas, en donde tuve oportunidad de ascender a la montaña que llaman la Silla, el Orinoco …

— ¡El Orinoco!

— Ay, el Orinoco. Asombroso río, joven Francisco. No hay palabras para describir lo que allí pude explorar.

— Qué envidia, Don Alejandro. Sin duda es usted un afortunado al poder ver con sus propios ojos tantos hermosos paisajes —señaló el patriarca.

— Pues sí, está usted en lo cierto. No le falta razón. Lástima que no podamos tener años en nuestras vidas como para poder disfrutar de todo lo que la Naturaleza nos ofrece. Y ahora ya ven, aquí en esta maravillosa isla de Cuba, sin duda otro regalo de Dios.

— Así es, Don Alejandro —adicionó el mayor de los Salcedo.

— Y, ¿podrían decirme qué hacen sus mercedes en ella? ¿No residían en Tenerife?

— Hasta hace unos meses así era, Don Alejandro. Hemos de cambiar de morada, a Nueva Orleans nos trasladamos. Nuestro padre ha sido nombrado nuevo Gobernador de La Luisiana y mi hermano Manuel y yo hemos sido destinados al Regimiento Fijo en aquella tierra, gracias a lo cual podremos acompañarlo.

— Me alegro y les felicito por ello. Se trata sin duda de unos buenos cargos de los que estoy seguro sabrán ocuparse con maestría.

— Muchas gracias, señor. Desempeñaremos nuestros respectivos cometidos con honor y responsabilidad. Nuestro linaje y nuestra patria bien lo merecen, para lo que el Dios Nuestro Señor estamos seguros nos guiará —dijo el padre.

— ¿Tienen prisa? ¿Acuden a alguna cita? Me gustaría celebrar nuestro reencuentro con unos tragos de buen ron cubano, si tienen a bien.

— Lo lamento, Don Alejandro. Hace unas semanas falleció mi esposa Francisca, precisamente al poco de llegar a La Habana, por lo cual guardamos luto.

— Cuanto lo siento, caballeros. Ruego disculpen mi atrevimiento.

— Espero que lo comprenda, pero un hondo pesar sigue clavado aún en nosotros y, mal que nos duela, preferimos dejar pasar para otras ocasiones los alternes y camaraderías en público. —justificó el primogénito Manuel— Además, nuestro padre gusta de recogerse al final de la tarde e ir pronto a descansar, su salud y ánimos bien lo merecen y agradecen.

— Padre, ¿y porque no invitar a Don Alejandro a almorzar el próximo domingo? —sondeó Francisco— Seguro que nos podrá contar numerosas historias de sus viajes.

— Gran idea, hijo. Si Don Alejandro tiene a bien …

— Por mí no hay problema alguno en disfrutar de su compañía, al contrario, será un placer. —agradeció así la invitación— De esta manera, podré conocer gracias a ustedes cómo ha quedado tras mi estancia en ella aquella bella isla canaria que lamentablemente tuve que gozar tan aceleradamente. Más que un placer, será un honor.

— Eso está hecho, caballero. Intercambiaremos vivencias durante la comida y la sobremesa, por supuesto.

— Se lo agradezco. Quien mejor que ustedes para llevarme de nuevo a la isla del Teide, el gran volcán. La de aquellos viejos pobladores, los Guanches. La que un par de años antes de mi escala derrotó a Nelson y su flota …

— Así fue, Don Alejandro. De primera mano podré relatarle cuanto aconteció aquellos días de verano de 1797 y que tanta gloria, lealtad y honra dieron a nuestros compatriotas canarios.

— ¿Cómo dice? ¿Participó usted en aquella batalla?

— Efectivamente. Mi intervención en tal Gesta es uno de los motivos por los que mi nuevo destino me haya sido ordenado.

— Cuente, cuente, Don Manuel, ardo en saber más sobre aquel envite.

— Todo sucedió en apenas cinco días del mes de julio, Don Alejandro. Nelson y los suyos …

Francisco y Manuel echáronse unos pasos hacia atrás y dejaron a su padre relatando los pormenores de aquella Gesta. Quien tenía al frente ofrecía unos ojos tan abiertos y curiosos que delataban el ansia de conocer ya mismo lo sucedido en tal victoriosa contienda.

— No recuerdo su nombre, hermano. ¿Cómo dices que se llama? ¿Alejandro …?

— Manuel, se trata de uno de los más brillantes investigadores que la ciencia haya dado. Alejandro de Humboldt se hace llamar.

¿Y si así hubiese sido esta conversación? ¿Y por qué no? Dejémoslo en un quizás. Que con su imaginación cada uno construya la suya. Esta ha sido la mía.



Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Geógrafo y miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio



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