Las cuevas del Barranco de Santos

Oct 21, 2017   //   by Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en Las cuevas del Barranco de Santos

Las cuevas del Barranco de Santos

Cavidades utilizadas como necrópolis y residencias por los guanches y posteriormente, incluso en la actualidad, refugio marginal de personas sin hogar

Artículo aparecido en el suplemento "La Prensa" del 
periódico El Día del sábado 21 de octubre de 2017

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Artículo dedicado a Don Luis Cola Benítez, fallecido en agosto de 2016, gran conocedor de los barrancos de Añazo y quien fuera miembro fundador de la Tertulia Amigos del 25 de Julio y Cronista Oficial de la ciudad.


La disposición en ladera de la vertiente oriental del área metropolitana Santa Cruz de Tenerife-La Laguna, así como la cercanía del macizo de Anaga, que cierra estas urbes por el norte, hacen que esta zona de la isla se encuentre atravesada por las cortaduras y tajos de varios cauces, secos en la mayoría del tiempo, pero con una agreste topografía, esta sí permanente, reflejo y síntoma de la erosión que los caudales de estos han producido a lo largo de milenios. Los santacruceros de anteriores centurias han tenido siempre muy presente la existencia de estos barrancos, barranqueras y barranquillos dentro de la morfología urbana de su ciudad. En la actualidad algunos de ellos perviven soterrados e invisibles a la mirada del ciudadano y solo unos pocos se hacen notar tanto en el paisaje como con los fuertes caudales de sus ocasionales avenidas.

La ciudad de Santa Cruz de Santiago de Tenerife tiene y ha tenido así varios valles y barrancos que la cortan a través de los necesarios recorridos que la escorrentía superficial realiza en búsqueda de salida al mar. De norte a sur: Tahodio, formando una de las cuencas más grandes del macizo de Anaga que desde el Monte de Aguirre desciende hasta el Muelle Norte; La Leña, que desemboca en el de Ancheta, que baja desde Los Campitos, tras unirse a él el de Aguaite en La Ninfa, todos ellos ya fusionados en uno solo llegan al mar denominándose Almeyda; San Antonio, que desciende desde las Mesas de Jiménez y se adentraba en Santa Cruz en el barrio de Pino de Oro, discurriendo en el pasado siguiendo el trazado de la toscalera calle que lleva su nombre; San Francisco, que nace igualmente bajo las Mesas para llegar antaño a la costa santacrucera ejerciendo de divisoria entre el Toscal y el centro de la ciudad, por las actuales Plaza del Patriotismo y calle Ruiz de Padrón (antes conocida como del Barranco Cubierto); El Barranquillo o del Aceite, que se origina también en las faldas de las Mesas y junto al Camino Oliver pasa a estar oculto descendiendo por el subsuelo chicharrero (dio nombre a la calle del Barranquillo o Imeldo Serís ya que discurría por ese lugar); y el del Hierro (1) en el extremo sur de la ciudad, desembocando en La Hondura tras discurrir entre los barrios chicharreros de Camino del Hierro, Tío Pino y Somosierra. Verá el lector que aposta he dejado sin mencionar el más importante de los cauces de esta zona de la isla. Y digo bien, ya que el barranco de Santos no es solo de Santa Cruz de Tenerife sino de este y de su vecino municipio de San Cristóbal de La Laguna.

Nace bajo la Cruz del Carmen, en las cumbres de Anaga, en el enclave conocido como Llano de los Viejos, y discurre por la vega lagunera atravesando Las Mercedes hasta llegar a la ciudad de Aguere. Aquí se le une por la izquierda el barranco de Jardina, que igualmente entra en la ciudad encajado en un canal hormigonado que serpentea entre fincas y casas. Toma el nombre de Barranco de Gonzaliánez y va dejando al oeste la ciudad de los adelantados, entre esta y las laderas que cierran la vega por el este. Soterrado discurre bajo los aparcamientos del antiguo mercado y los que se ubican junto a los juzgados, para asomar de nuevo tras el Rectorado. Aquí, tramo donde toma el nombre de la Carnicería, cruza la Vía de Ronda y de nuevo desciende oculto, entre Barrio Nuevo y La Verdellada, hasta llegar a La Hinojosa en donde sale de nuevo a la luz, para no volver a estar cubierto hasta su desembocadura, esa que queda camuflada bajo la Plaza de Europa y la santacrucera Avenida Marítima. Pero no nos adelantemos y volvamos aguas arriba a seguir fluyendo por el cauce del barranco en cuestión.

Se le irán uniendo a ambos lados ya desde este momento una serie de barranqueras y barrancos algunos ellos soterrados y completamente transformados debido a la intensa urbanización de esta zona de la isla, plena área metropolitana. La Verdellada, El Gomero, El Charcón, Valle Colino, Valle Tabares, Valle Carmona, Las Goteras, Molina y ya por último el del Aceite, que antes bajaba paralelo al de Santos, por la antigua calle del Barranquillo, como ya hemos visto en anteriores líneas, y hoy está encauzado bajo el Barrio Salamanca para desaguar en el de Santos. En total llega a formar una cuenca hidrológica de 39,826 Km2 (la cuarta en superficie de todas las de la isla) (2).

Ya antes de la conquista castellana, sus paredes y cortados fueron utilizados por los guanches como necrópolis para sus muertos. Un buen ejemplo de esto último viene certificado por la localización en cuevas situadas en taludes bajo el barrio de La Candelaria, antes denominado El Becerril, de multitud de restos humanos, se habla de más de 50 momias (3) y varios útiles y otros objetos: 3 punzones de hueso, 4 tahonas y 85 cuentas de collar (20 anulares y 50 cilíndricas) (4). Actualmente algunos de estos restos arqueológicos, siguen curiosamente junto al barranco, pero ya en su curso bajo, concretamente en el interior del Museo de la Naturaleza y el Hombre.

Pero además estas cavernas fueron utilizadas por los guanches como residencias (5) y para cuadras de sus ganados. Y es que esta hendidura suponía para los aborígenes tinerfeños más que un mero barranco. No era como cualquier otro de la isla, significaba además el límite natural entre los menceyatos de Anaga, al norte y Güímar, al sur, siendo poblado por los aborígenes tinerfeños hasta el momento de la conquista y tras esta por colonos y descendientes de guanches, lo cual hizo que nunca se perdiera la habitabilidad de estos agrestes parajes.

Con la llegada de los castellanos este barranco toma el nombre de uno de los primeros habitantes de lo que antaño era una pequeña villa costera al pie de la Laguna, Diego Santos, de quien se tiene constancia en la isla desde 1516 y era persona muy allegada al Adelantado. Este tenía una casa cerca de su desembocadura y con su apellido pasará a denominarse hasta la actualidad (6).

Y es aquí, en los márgenes del último tramo del barranco, en donde se funda la localidad Santa Cruz de Tenerife. De esta manera ya desde recién iniciado el siglo XVI va a ir creciendo poco a poco un entramado de casas, caminos y huertas, comprendidas inicialmente en el margen septentrional entre el barranco de Santos y barranquillo del Aceite, que tenderá a extenderse hacia la Caleta de Blas Díaz, y al sur junto a la otra orilla del cauce, en lo que sería el futuro barrio de El Cabo (7). Y en el centro de ambas barriadas, en el barranco, se va a continuar con el uso de las cuevas como vivienda, perfeccionando estas estancias con rudimentarios muros exteriores para lograr un cerramiento más o menos completo del habitáculo, hecho que se ha seguido haciendo hasta la actualidad. Por lo tanto, podríamos decir que sin un paréntesis entre ambas civilizaciones, la aborigen primero y la canaria de raíz europea, fundamentalmente castellana, después, estas cavidades nunca han dejado de ser utilizadas. Incluso hay constancia del otorgamiento de datas que concedían derechos de habitabilidad y uso de estas cuevas desde comienzos del XVI.

Iban avanzando los siglos y el barranco seguía siendo esa inquebrantable hendidura en el terreno, difícil de franquear y que obligó a incesantes labores ingenieriles para la construcción de puentes desde donde, gracias a las alturas sobre el fondo que estos llegan a tener, se obraron abundantes suicidios. Precisamente en el verano de 2016, y tras la muerte de una mujer que se arrojó al vacío desde él, se instalaron unas vallas en ambos lados del que toma por nombre Javier de Loño Pérez, el que sobrevuela el barranco a mayor altitud de todos los que componen la veintena de puentes que en él se encuentran desde La Verdellada hasta su desembocadura.

Pero la cercanía a la urbe posibilitó que fuera utilizado para un sin fin de usos y actividades. En el fondo y laderas del barranco se soltaban cabras y cerdos, se utilizaba también de matadero de ganado, se lavaba la ropa en las charcas que también eran utilizadas como abrevaderos, se construyeron varias presas e incluso se llegó a levantar un molino, del cual hoy nos queda el canal-acueducto bajo el cortado conocido como el “Salto del Negro”. El barranco era, además, la abismal zanja perfecta para echar las basuras. Esto último por desgracia se sigue realizando, en menor medida que en el pasado, pero no hay más que mirar debajo de los puentes para atisbar entre la maleza y las rocas numerosas latas, bolsas, cigarrillos y demás residuos.

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Cuevas y otras viviendas en el tramo del "Salto del Negro", junto al canal y el molino.
Foto: Pitard, J. et Proust, L.: "Les isles Canaries: Flore de l'archipel", 1909

Pero, como ya hemos dicho, las cuevas fueron y siguen siendo moradas de gentes de clases sociales bajas, sin otro lugar o residencia mejor en donde afincarse. Estas cavidades, dentro del contexto que acabamos de ver, presentan y presentaban unas pésimas condiciones de higiene y salubridad, pero a pesar de eso fueron numerosas las cuevas ocupadas e incluso reconocidas como residencia a efectos administrativos. Así estas viviendas y los que en ellas residían eran consideradas como un barrio más de la ciudad, y, por ejemplo, en 1890 formaban parte del quinto distrito electoral (sur). Pero ojo, no solo en este barranco existieron cuevas habitadas. Las llegó a haber también en el de San Antonio; en las paredes de San Pedro; bajo La Altura, pasado el Castillo de Paso-Alto (denominadas como “Cuevas de Seña Isidora”); en el barranco de Tahodio; en el de Pepa Concha, afluente de el del Hierro, en donde en septiembre de 1930 una niña que ellas residía falleció por las mordeduras de las ratas; en Los Campitos; en las Moraditas de Taco y junto a la carretera a San Andrés, de las que aún quedan restos en el margen de la autovía, frente a la Dársena Pesquera.

Varias fueron las ocasiones en las que el ayuntamiento luchó, a veces con escaso éxito, porque todas estas fueran desalojadas. En 1866 Manuel Suárez, por aquel entonces concejal capitalino y presidente de la Sociedad Constructora, pronunció un discurso (8) que entre otras cosas decía:

“En las habitaciones accesorias y en las cuevas, no solamente la falta de espacio es perjudicial para los que las habitan, sino que la humedad, la carencia de ventilación, la atmósfera siempre densa, impregnada siempre de fétidas emanaciones, siempre dañina, son origen, no lo dudéis, o al menos, son elemento propagador de muchas de las enfermedades que de vez en cuando molestan a la población, y no sería temerario asegurar que en esos asilos insalubres, donde a la estrechura y a la dificultad de renovar el aire se unen la pobreza y el desaseo, que acompaña generalmente a la falta de recursos; tiene Santa Cruz de Tenerife una constante amenaza de próximos y grandes males, de asoladoras epidemias, si pronto no se busca el medio de que esos focos e infección se purifiquen, dejándolos deshabitados”.

Otra voz que alertó del grave problema que esas cuevas ofrecían para la salud de quienes en ellas residían y del resto de chicharreros fue el Delegado extraordinario de Sanidad, Dr. Luis Comenge y Ferrer, quien opinaba públicamente en 1907 que:

“las condiciones horribles en que viven millares de personas hacinadas en inmundas ciudadelas, la escasez y primitiva distribución del agua para el uso público, las cuevas insalubres y repugnantes del barranco de Santos, la incuria de todos, el desaseo en las casas … Todas, todas estas cosas, y otras que vengo observando desde el primer día, son, innegablemente, los orígenes de esas enfermedades que no tienen enemigo mayor que la limpieza” (9).

Fue ese comienzo de 1907 cuando se vivió un episodio de fuerte rechazo a estos asentamientos e incluso desde los rotativos locales de suscribían las palabras de Comenge y se aportaban soluciones:

“El estado de suciedad, verdaderamente deplorable, en que se halla el barranco de Santos, sobre todo en la parte destinada a viviendas, impone medidas radicales para evitar que la salud pública se vea en aquel sitio seriamente amenazada. Inconcebible es que se haya permitido habitar en los márgenes de ese barranco donde centenares de familias han encontrado misérrimos albergues; pero ya que el uso o abuso resultan irremediables se debe procurar, por lo menos, la minoración de los males, emprendiendo allí una activa campaña de desinfección y saneamiento, para cuya eficacia es de todo punto la acción del fuego en la mayoría de las cuevas donde viven hacinadas las personas. (…) Las circunstancias no admiten contemporaciones ni compadrazgos ningunos. A grandes males grandes remedios. Fuego al barranco de Santos y se habrá hecho un gran bien a la humanidad desvalida.”

Poco después fueron incendiadas por orden municipal numerosas de estas cuevas, las cuales volverían a ser ocupadas meses más tarde (10).

En 1920 el ayuntamiento capitalino exigió de nuevo el desalojo de estas cuevas “por constituir un foco de infección”. Dio orden a la Guardia Municipal para proceder a este desahucio. En noviembre de ese año efectivos del citado cuerpo informaban, por ejemplo, de varios casos de urgente necesidad. Según informaba la prensa del momento (11): “El Jefe de la Guardia municipal dio cuenta a la Alcaldía del deplorable estado en el que se encuentran varios residentes de las cuevas del barranco, habiendo fallecido en días pasados varios de ellos, como por ejemplo Luisa Baute Quesada, de 43 años de edad, y estando otros muchos gravemente enfermos, algunos jóvenes como María Niebla, de 30 años, Ignacia González, de 36, o Felipe Ramos, de 20. La alcaldía de la ciudad procedía a ordenar el desalojo de estas modestas cavernas, pero la Guardia Municipal no podía hacer nada para una vez expulsados de esta rústica morada por las mañanas, volvieran cada noche. Había paludismo y numerosas diarreas debido a la ingesta de agua, por parte de estos moradores, procedentes de las charchas de que se encuentran en el cauce”.

Eran estas cuevas moradas de numerosos enfermos que acudían a Santa Cruz en espera de ser atendidos en el antiguo Hospital Civil, actual Museo de la Naturaleza y el Hombre, que se hallaba junto a la orilla sur del barranco. Así, hay constancia, por ejemplo, de tuberculosos que poblaban temporalmente estas cavernas, pero particularmente resulta trágica la llegada en el otoño de 1887 de varios enfermos de elefantiasis (12) a los que no se les daba acogida en el citado sanatorio. El 17 de octubre durante el pleno de la corporación municipal, presidido por el entonces alcalde, Francisco de Aguilar y Aguilar, se trató el asunto, a petición de uno de los concejales. Allí se informó que los enfermos eran un total de veintiuno, ninguno de ellos natural de la ciudad (uno era de Tacoronte, otro lanzaroteño y los diecinueve restantes de La Gomera).

Este panorama, quizás al que llegaron a acostumbrarse los locales, no dejaba indiferente a los numerosos viajeros que visitaban la isla. Uno de los que plasmó negro sobre blanco lo que se encontró en las entrañas del barranco fue Jacques-Gérard Milbert (1766-1840). Este pintor y diseñador francés formaba parte de la “Expedición Baudin”, viaje científico francés dirigido por el marino y científico Nicolas Thomas Baudin, que recaló en la isla entre 2 y el 13 de noviembre de 1800 (13). Milbert doce años más tarde de aquella visita a la isla relató sus impresiones vividas esos días en Santa Cruz y otras zonas de Tenerife en su obra: “Voyage pittoresque à l’île-de-France, au cap de Bonne-Espérance et à l’île de Ténériffe”. Con una encantadora y descriptiva prosa nos muestra una ciudad plagada de mendigos y niños harapientos, que ofrece guaridas en los barrancos pobladas de las gentes de menor clase y cultura. Él mismo visita estas cavernas y nos cuenta:

“Al llegar a esta morada de horror, uno se pregunta si es posible que esté habitada. Sí, sirve de retiro a algunas familias y, sobre todo, a mujeres prostituidas que, lejos de la ciudad, creen que pueden hacer allí el escenario de sus desenfrenos. En esas horrorosas guaridas es donde los soldados de la guarnición y los marineros del puerto van a hacer sus repugnantes orgías; también es allí donde, con el cuchillo fatal, su arma familiar, esta clase de gente va a liquidar lo que ellos llaman una contienda de honor. Es en ese lugar, en esas horribles viviendas, donde el vicio presenta todo el horror que se debería desterrar. Unas cavernas abiertas en las faldas de roques verticales, o formadas por grietas originadas por erupciones volcánicas, se han convertido en el refugio de esas sacerdotisas de Venus (…).”

Milbert describe los rocosos habitáculos de la siguiente manera:

“(…) una estera rota cierra la entrada de la cueva; una vieja manta, un mal trozo de vela de navío o cualquier otro harapo extendido en el suelo, es el lecho voluptuoso donde los hombres van a buscar el placer; unos vasos de tierra mellados y una escudilla de madera que nunca es lavada, contienen alimentos pútridos. El olor pestilente que se desprende de ellos infesta el aire, que, por otra parte, difícilmente puede ser renovado en un lugar donde nunca penetran los rayos del sol.” Pero a pesar de esa inmundicia y libertinaje no sale de su asombro, plasmando tal hecho en sus escritos, cuando ve como esas mismas mujeres “entregadas al más vil desenfreno” no ha dejado de lado su pasión religiosa: “Las he visto encaminarse por la ciudad, con un rosario en la mano, recitando plegarias y yendo a los templos a prosternarse a los pies de la Virgen.”

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Exterior de casas cueva.
Foto: Antonio Pallés Sala

Todo este cóctel de desventuras ha hecho de este lugar un terreno de difícil habitabilidad, pero a este infecto marco se le unen dos fenómenos naturales lógicos al encontrarnos sumergidos en esta enorme y natural cárcava de desagüe. Uno el hecho de estar ubicadas bajo o dentro de verticales e inestables taludes hace que se produzcan derrumbes relativamente frecuentes. El otro, además, por encontrarse en los márgenes más cercanos y en ocasiones dentro del mismo lecho de un barranco de este calibre, que ofrecía fuertes crecidas. No solo hubo daños materiales y pérdidas de vidas humanas a consecuencia de las terribles lluvias del temporal de noviembre de 1826 (14), los hubo antes en el XVIII (en los años 1645, 1713, 1722, 1750, 1759 y 1773) y posteriormente: en marzo de 1837, en diciembre de 1853, en febrero de 1854 (15), en el invierno de 1859 (16), casi finalizando el año 1879, en 1899, en febrero de 1920 (17), en noviembre de 1922, en enero de 1951 (18) y así hasta llegar al recordado 31 de marzo de 2002 o, en fechas más recientes, el 2 de febrero de 2010 y el 19 de octubre de 2014 (19). En muchos de estos casos y otros que no he citado, se vinieron abajo puentes del barranco, se anegaron fincas y casas cercanas (incluso, como hoy en día se sigue produciendo, la Iglesia de N.S. de La Concepción no se libra de las inundaciones) y se inutilizaron (momentáneamente) las cuevas habitadas del barranco. En ocasiones, como es lógico ha llegado a haber heridos, muertos e incluso desaparecidos.

La profundidad del barranco hacía de él el escondrijo ideal para reyertas, peleas y otros turbios asuntos y tejemanejes. De entre las muchas noticias aparecidas en prensa local ligadas con redadas y detenciones acaecidas en el barranco de Santos rescato esta aparecida en “La Opinión” del 20 de mayo de 1908:

“Entre la una y dos de la tarde de ayer, el vigilante de orden público Eduardo Martín, sorprendió y detuvo en una de las cuevas del barranco de Santos , conduciéndolos al Gobierno Civil, a los jóvenes Guillermo Blanco, “el Sordadito”; Manuel Alonso, “el Chiflado”; Vicente Báez, “Nariz”; Fernando Bautista, “el Portugués”; Francisco González, “Chacaronero”; y Domingo Darias, “Geneto”. Todos ellos “aprovechados” chicos pertenecen a la cuadrilla que capitanea “Pata Cambada”. En el acto de detención le fueron ocupados dinero, naipes y postales pornográficas.”

Pero a veces los hechos han tenido finales no tan guasones. Se tiene constancia de varios asesinatos. Citaremos dos de ellos por lo macabro del asunto. En 1899 residentes en el barranco alertaron a la Guardia Municipal del pestilente olor que salía de una de las cuevas. Al llegar al lugar estos se encontraron con un bebé de solo tres de meses de edad tirado en el suelo lleno de moratones y con la lengua fuera, víctima de estrangulamiento. Su madre, una mendiga muy conocida en toda la ciudad, fue declarada principal sospechosa, siendo posteriormente detenida (20). Incluso en el presente el barranco sigue dando de qué hablar en las secciones de sucesos de los diarios de la isla. Por citar uno de los hechos más recientes y de extraordinaria gravedad, en el verano de 2016 se encontraron en el interior de una de las cuevas dos maletas que contenían restos humanos, según las investigaciones, pertenecientes a una mujer que había sido asesinada y posteriormente descuartizada.

Y ya por último, no me gustaría dejar de mencionar la utilidad de las cavidades que el barranco brinda en el tramo comprendido entre La Salud Bajo y Barrio Nuevo para albergar dos usos bien diferentes. Una de las cuevas que existían en la zona se acondicionó para instalar en su interior una ermita dedicada a la Virgen de Candelaria, la cual existe aún en la actualidad. Este modesto templo fue deseo y obra de Antonio Hernández González, un vecino de la zona que siendo adolescente resbaló por las empinadas laderas del barranco, cayendo hasta el fondo. En gratitud a haber salvado su vida este prometió honrar a la Patrona de Canarias con un humilde templo y así lo hizo en los años cuarenta del pasado siglo (21). Cercano a esta ermita se encuentra otra cavidad de mayores dimensiones que fue aprovechada para alojar siete depósitos de combustible de 80.000 litros cada uno al abrigo del subsuelo. Fue entre 1946 y 1949 cuando se adecentó esta caverna y se instalaron estos depósitos metálicos que sirvieron para almacenar gasolina, todo ello enmarcado dentro de un plan defensivo de la isla ante posibles invasiones aliadas, si bien ya con la II Guerra Mundial finalizada, pero con el peligro en esos años de que esto se llegara a producir (22).

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Cuevas habitadas en la actualidad, bajo el Hotel Escuela.
Foto: Miguel A. Noriega

Vemos pues que se han realizado muchos y muy diversos usos y actividades en su cauce y cavidades de ambos márgenes. La fisonomía del barranco de Santos ha cambiado en algunos tramos, sobre todo en su parte baja con la urbanización de la denominada “Vía arterial” que ha traído consigo nuevos viales y puentes, zonas deportivas e incluso la recién estrenada “Casa del Carnaval”, añadiendo a esta lista de transformaciones el TEA, el Vivero Municipal en el Barrio de La Salud y el Polideportivo Ana Bautista, por citar algunas. Pero a pesar de todo sigue habiendo cuevas habitadas en este barranco. Han pasado los siglos y mendigos, inmigrantes y enfermos continúan residiendo en estas cavidades insalubres rodeadas de basura y ratas, al peligro de riadas y bajo la amenaza de derrumbes.

Pretendo, con este modesto artículo, sacar a la luz este hecho, inconcebible en siglo XXI y en pleno corazón de nuestra capital. Pero sirvan estas líneas, además, para hacer que muchos de los que las lean miren al barranco desde sus orillas y puentes y sepan que este angosto valle ha sido y es elemento clave en la memoria de la ciudad y de la isla. Bien merece que se difunda su historia y se protejan los elementos patrimoniales que aun milagrosamente perviven. El canal del molino, las presas y, por supuesto, las cuevas, testigos mudos de la época guanche, pero también de la indigencia y la marginalidad de gentes sin recursos que tuvieron al barranco como su casa, residiendo en sus entrañas.


  1. También conocido como barranco del Calabozo o de Las Cruces (“Amojonar, imprescindible labor” (Retales de la Historia – 227). Luis Cola Benítez, “La Opinión”, 30 de agosto de 2015)
  2. Plan Hidrológico de Tenerife, 1996
  3. Diego Cuscoy, L.: “Los guanches: vida y cultura del primitivo habitante de Tenerife”. Cabildo Insular de Tenerife. 1968
  4. Jiménez, M. de la Cruz, Tejera, A.M., Lorenzo, M.: “Carta arqueológica de Tenerife”. Aula de Cultura del Cabildo Insular de Tenerife, 1973
  5. Incluso el Mencey de Anaga residía temporalmente en cuevas de abruptas laderas de barranco, concretamente en donde comienza el descenso del barranco de Aguaite o Araguiate, bajo las Mesas de Jiménez (Rosa Olivera, L.: “Notas sobre los reyes de Tenerife y sus familias”. de la Revista de historia. Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de La Laguna. 1956)
  6. “Santa Cruz y el Barranco de Santos”. Luis Cola Benítez  (Museo de la Naturaleza y el Hombre, Santa Cruz de Tenerife, 18 de octubre de 2012)
  7. Cardell Cristellys, J.C.: “El lugar de Santa Cruz de Tenerife”. Ediciones IDEA. 2017
  8. Discurso pronunciado el 14 de enero de 1866 en el Casino La Aurora
  9. “La Opinión”, 1 de febrero de 1907
  10. Algunos de los inquilinos de estas cavernas fueron llevados temporalmente a la Batería del Bufadero por no tener otro lugar en donde establecerse.
  11. “ La prensa”, 9 de noviembre de 1920
  12. La elefantiasis está causada unos gusanos que se propagan por las picaduras de mosquitos infectados y causan una obstrucción de los vasos linfáticos y con ello el engrosamiento extraordinario de las extremidades inferiores.
  13. Baudin ya había visitado Tenerife cuatro años antes fruto de aquella escala fue el libro de André Pierre Ledru, integrante de esa expedición, “Voyage aux Iles Ténériffe, La Trinité, Saint Thomas, Sainte Croix et Porto Ricco”.
  14. Sin duda una de los mayores fenómenos meteorológicos adversos de los que se tiene constancia en Canarias, con cientos de muertos y que ocasionó la pérdida de la imagen original de la Virgen de Candelaria.
  15. Fallecieron dos mujeres y dos niños a consecuencia de la crecida del barranco (“El Eco del Comercio”, 14 de febrero de 1854)
  16. Año en que había 20 cuevas habitadas regularmente (Cioranescu, A.: “Historia de Santa Cruz de Tenerife”. 1978)
  17. En el barranco de Santos fueron arrastradas por el agua varias cabezas de ganado y hubo de evacuarse a los vecinos ocupantes de las cuevas, trasladándose a pernoctar durante varios días a los bajos del palacio sede el Ayuntamiento capitalino.
  18. Tuvieron que ser alojados en los Salones de Fyffes los habitantes de las cuevas del barranco de Santos.
  19. Este día fue necesario rescatar a varias personas con cuerdas desde el Hotel Escuela, al quedarse atrapadas entre las aguas y las paredes de su cueva-residencia, situada bajo este establecimiento hotelero, frente el Barrio de Duggi.
  20. “La Opinión”, 29 de marzo de 1899
  21. “La Candelaria chicharrera”. “El Día”, 28 de agosto de 2005
  22. “La capital conserva el cinturón defensivo de la II Guerra Mundial”. “La Opinión de Tenerife”, 31 de marzo de 2013


Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Geógrafo, investigador y miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio



 

 

 

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