La ascensión al Teide del geógrafo francés Frédéric Weisgerber en 1901

Ene 28, 2017   //   by Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog  //  Comentarios desactivados en La ascensión al Teide del geógrafo francés Frédéric Weisgerber en 1901

 

La ascensión al Teide del geógrafo francés Frédéric Weisgerber en 1901

Artículo aparecido en el suplemento "La Prensa" del 
periódico El Día del sábado 28 de enero de 2017


Desde tiempos remotos el Teide ha sido el gran símbolo del archipiélago canario, un referente para los marinos, la montaña mágica de los guanches, un enorme edificio volcánico objeto de estudio e investigaciones científicas. El padre Teide fue y es uno de los referentes de nuestra historia y tanto locales como foráneos venidos de todos los confines del planeta han querido ascenderlo y sentir esa fascinante sensación de coexistir por un momento con sus paisajes, con sus plantas, con sus caprichosas formas orográficas. Así el plantel de viajeros y científicos que han pisado sus laderas y hollado su cima es extenso: Humboldt, Berthelot, Edens, Feuillée, Verneau, Christy y un largo etc (1).

Frédéric Weisgerber nace en Sainte-Marie-aux-Mines (Alsacia, Francia) el 30 de marzo de 1868. Instalado en el Magreb desde finales del XIX, desarrollaba allí sus estudios y trabajos en medicina tras obtener el doctorado en 1892. Pero sus ojos y su mente buscaban también otras ramas del pensamiento y la investigación. Su vocación y pasión hacia la geografía le llevó a ser un gran conocedor de esa región norteafricana, examinando su relieve y cartografiando zonas hasta ese momento casi sin documentar. Weisgerber conocedor de la magnitud e importancia del Teide y las características ambientales y sociales de Tenerife, dedica unos días del mes de junio de 1901 a escalar el gran volcán. Aprovecha un retorno a Francia tras una de sus estancias en Marruecos, gracias a un navío que desde ahí le lleva a las Canarias.

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Retrato de Frédéric Weisgerber

Es en ese momento, durante su viaje a las islas, cuando arranca el relato que publica en 1905 en la “Revue générale des sciences pures et appliquées” (2) y que nos permite conocer hoy en día cómo fueron los ocho días en Tenerife de este geógrafo galo y que precisamente titula así: “Huit jours a Ténériffe” (3): “El halo poético de leyendas que coronan las Islas Afortunadas se ha desvanecido para siempre, los geólogos ni siquiera permiten ya que veamos en ellas los restos de una fabulosa Atlantida engullida por el mar, las Islas Canarias, con su belleza natural, su fertilidad y su clima delicioso, forman un archipiélago privilegiado, una de las regiones más atractivas del mundo. Regresando de Marruecos hacia Europa a través de las islas, decidí dedicar unos días a escalar este pico (el Teide) que podíamos divisar incluso a 200 kilómetros de distancia”.

Realiza una breve parada en la vecina isla de Gran Canaria, antes de llegar a Tenerife. Aquí tiene tiempo de conocer la capital, Las Palmas, e incluso de visitar la Caldera de Bandama. En el puerto grancanario toma el vapor frutero “Orotava” (4) que le llevará a Santa Cruz de Tenerife, a donde arriba el domingo 9 de junio de 1901. Pone pie en la capital canaria, en la que en ese momento residían unos 39.000 habitantes (5), y Weisgerber comienza a observar y detallar en su relato todo lo que allí se encuentra y le llama su atención. Así, describe Santa Cruz como una localidad “construida en terrazas entre el mar y una barrera de altas montañas de formas distorsionadas, con calles estrechas y casas con bonitos balcones rematados por aleros y miradores que imprimen un carácter pintoresco, capaz de satisfacer incluso a los trotamundos más experimentados”.

Le llama la atención que se conserven en la Iglesia de la Concepción la cruz de la conquista y dos banderas tomadas a las tropas de Nelson tras una “excelente defensa que Santa Cruz opuso al ataque de la escuadra británica en 1797, episodio que hizo que el héroe nacional británico perdiera un brazo, sufriendo su única derrota”. Igualmente, es consciente el geógrafo galo de la pervivencia de las costumbres de los lugareños, a pesar, según manifiesta en su relato, del enorme contacto que los chicharreros tienen con foráneos que recalan en su puerto.

Al día siguiente, Weisgerber sube a La Laguna “atravesando fincas de cereales y tuneras”. Es de suponer, ya que él no lo cita, que quizás toma el recién inaugurado tranvía (6) que desde hacía unas semanas recorría ya el trayecto entre Santa Cruz y Aguere. Le llama la atención que se trata de una ciudad que, salvo en verano, época en que residen aquí los ricos comerciantes de Santa Cruz, está muerta. Tanto es así, que le resulta curioso que crezca la hierba sobre el tapiz de tierra y piedra de sus calles. Aquí toma la diligencia que le llevará a La Orotava, desde donde comenzará su deseada ascensión al Teide.

A las diez de la mañana llega el carruaje (con una hora de retraso sobre el horario previsto), tirado por cinco viejos corceles y lleno hasta los topes. Narra nuestro protagonista en su relato que había pasajeros sentados junto al cochero e incluso en la parte superior, sobre las maletas. El motivo de tanta demanda por viajar al valle: dos días más tarde comenzaban las fiestas de La Orotava, que como cada año por esas fechas, se llevaban a cabo en honor de San Isidro y el Corpus Christi. Y es que las fiestas de la capital del valle de Taoro eran (y lo siguen siendo) todo un acontecimiento en la isla.

Weisgerber finalmente desechó el viaje en esa abarrotada diligencia y prefirió esperar la llegada de un coche de alquiler tirado por una pareja de caballos, que tomaría junto a otros dos pasajeros, por el precio de 13 pesetas el billete. El trayecto a través de la comarca de Acentejo y la posterior entrada en el valle lo relata de la siguiente manera: “La ruta atraviesa en primer lugar una hermosa avenida de eucaliptos entre campos de maíz, llegando a su punto más alto a 620 metros. Entonces comienza el descenso hacia el oeste, a lo largo del flanco norte de la cordillera que forma la espina dorsal de la isla. A ambos lados, campos, huertos, jardines salpicados de fincas y cabañas de paja; a la derecha, el mar. A medida que avanzamos, la vegetación toma un aspecto cada vez más meridional y con muchas palmeras. Vamos a través de una serie de bonitos pueblos, Tacoronte, Matanza, San Antonio, Victoria, y finalmente Santa Úrsula. Un poco más adelante, en una curva del camino, llegamos a un punto donde la vista abarca todo el hermoso valle de Orotava que el gran viajero Humboldt proclamó como el más bello del mundo: un primoroso jardín, entre el mar y las montañas, donde brotan las flores y maduran las frutas”.

Recuerda el intelectual galo en la crónica de su viaje, a su paso por esta comarca norteña, que en esa zona se fraguaron tremendas batallas entre los castellanos, liderados por Fernández de Lugo, y los guanches, antiguos pobladores de Tenerife. De estos aborígenes destaca su estrecha relación con los de los pueblos del norte africano, existiendo muchas similitudes entre costumbres, vocablos y ritos bereberes y guanches.

Algo más de una hora después de haber partido de la “ciudad de los Adelantados” el vehículo entra en la villa, quizás recorriendo la Calle del Calvario, que estaba siempre primorosamente adornada de arcos engalanados durante esas jornadas festivas. Ese año además de las tradicionales alfombras que cubren las vetustas calles de la villa, una de ellas diseñada en esa ocasión por Felipe Machado, tuvo lugar una magnífica exposición de flores en los jardines del Marquesado de la Quinta Roja (7). El programa de fiestas de ese año 1901 contaba también con unos animados Juegos Florales (8) la tarde del 15 de junio (9), una concurrida exposición de ganado (con 105 reses nada menos), un baile infantil en el Liceo de Taoro e incluso carreras de cintas en bicicleta y a caballo, además de los tradicionales actos religiosos.

Weisgerber se hospedó en La Orotava en la Fonda de Doña María Antonia, desde donde partió hacia las cumbres el 12 de junio a las ocho de la mañana, acompañado de un guía, un arriero y dos mulas. Portaban como equipaje: varios panes, mantas, vino y leña, además de víveres y otros enseres. Como ya hiciera algo más de un siglo antes Alexander von Humboldt, la ruta de subida desde la villa hasta las cañadas no fue otra que el histórico y tradicional Camino de Chasna. A lo largo de ese itinerario de ascensión a la cumbre isleña Weisgerber, al igual que hiciera el geógrafo germano, pone su mirada en los cambios que va sufriendo la vegetación a medida que se va ganando altitud. Así, le llama la atención primero la diversidad de cultivos en las zonas bajas del valle, con plátano, caña de azúcar, tabaco, papas, viñas, mangos, cereales, aguacate y guayaba, entre otras plantaciones. Dejando cada vez más abajo los barrios y caseríos a mayor altitud del valle, la expedición penetra en el bosque húmedo de la isla. Enumera Weisgerber la variedad de especies vegetales del monteverde con las que se van encontrando en la subida: laurel, faya, brezo, acebiño, viñátigo, til, etc. Efectúan su primera parada en la fuente de la Cruz del Dornajito, habiendo rebasado pues la cota de los 1.000 metros, y tras dos horas de marcha llegan a los Llanos de Gaspar, a unos 1.400 metros de altitud. A partir de aquí, relata, el pino es el auténtico dominador del monte, al que fielmente le acompañan el codeso y el escobón. Tras el último tramo de la subida, atravesados los barrancos de los Charquitos y de la Reina, ya en el Portillo, así describe el geógrafo francés lo que brota ante sus ojos: “El llano que se nos presenta es de una belleza incomparable. En el centro del gran circo de Cañadas, desierto salpicado de piedra pómez y flujos de lava y arbustos de retama, el Teide se alza majestuoso en una atmósfera de una claridad maravillosa. Su cúpula gigante, tiene franjas verticales de color amarillo y negro, y el cono terminal blanco se destaca del cielo azul con un claror que permite distinguir todos los detalles. Así entendemos, a la vista de esta imponente masa de 20.000 millones de metros cúbicos, porque los antiguos eran capaces de imaginar que este era el pilar de la bóveda celeste, y que los guanches, aterrorizados por sus erupciones, lo veían como la vía de escape del infierno, montando guardia allí para evitar que el espíritu maligno escape de las entrañas de la Tierra”.

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Gráfico de altitud y pisos de vegetación del Valle de la Orotava y Teide
realizado por F. Borremans e incluido en el artículo de Weisgerber

La expedición busca sombra al cobijo de una retama donde tomar unos tragos de vino y viandas y echar una breve siesta. Emprenden rumbo de nuevo a las tres de la tarde, tras esta “parada técnica” y el grupo se va acercando cada vez más al gran cono del Teide, entre retamas y sobre “piedras pómez en movimiento y grandes coladas de lava”. Superados ya los 2.700 metros de altitud alcanzan la cima de Montaña Blanca, a la que Weisgerber pone el calificativo de “contrafuerte del Teide”. Aquí descansan unos minutos y tras ello atacan la subida al pico por el Lomo Tieso, caminando rodeados de lavas negras y bloques de traquitas y obsidiana. Cada cuarto de hora se ven obligados a parar dejando así que tanto ellos como las mulas tomen aliento y energías. “¡Anda, mulo! ¡Anda, mulito!” les vocean los arrieros. Por fin, a las seis de la tarde llegan al refugio de Altavista, a 3.260 metros sobre el nivel del mar. Describe el albergue como “una sólida construcción de mampostería, compuesta por dos habitaciones grandes con colchones, mesas, taburetes y pequeñas estufas de hierro; una cocina y un granero que puede llegar a albergar hasta una docena de animales”.

Mientras sus acompañantes preparan la cena él disfruta de la panorámica desde el exterior del refugio. Weisgerber, al igual que muchos que hemos subimos al padre Teide pernoctando en esas alturas, disfrutó de lo lindo del diario espectáculo del atardecer, en la que la luz y las sombras adquieren los papeles de actores principales sobre el fascinante escenario del techo de la isla: “El astro no es visible, porque nuestra casa está colgada sobre el flanco oriental de la montaña. Lo que veo desde aquí es la sombra del pico, un triángulo achaparrado, que inicialmente cubre sólo una parte de las Cañadas. Gradualmente, a medida que el sol se hunde en el horizonte, el triángulo crece hasta llegar a la pared de basalto iluminada por el sol poniente, para extenderse después sobre las nubes, llegando a fusionarse con las sombras de la noche”.

Tras cena y charla entre los componentes de la expedición se envuelven en sus mantas y duermen unas horas, antesala de lo que al día siguiente será el ataque a la cumbre. De buena mañana el grupo inicia de nuevo la marcha abordando los algo más de 400 de desnivel que los separan de la cima. Nuestro protagonista relata los fuertes dolores de cabeza y oídos que sufre debido al mal de altura, lo que no le impide llegar hasta la Rambleta. Desde ahí el último tramo hasta la cúspide, trepando sobre un terreno rocoso difícil, en los que Weisgerber prácticamente destroza sus botas. Con el sol ya emergido sobre el horizonte y bajo un fuerte y gélido viento llegan a la cumbre del Teide, en el borde del cráter humeante de vapores sulfurosos. A sus pies las faldas del volcán y las Cañadas, y aún en sombra los pinares, el monteverde y los pueblos y villas del norte de la isla. A lo lejos las islas de Gran Canaria a un lado y La Gomera, La Palma y El Hierro al otro, allí donde “el azul del cielo se funde con el azul del mar”.

Durante el descenso visitan la Cueva del Hielo: “(…) una profunda cavidad, donde la nieve y el hielo consiguen conservarse todo el año. Según los aborígenes se comunica con una de Icod y fue utilizada como necrópolis por los guanches”. Tras ello y posterior parada en Altavista para entrar en calor con un café, emprenden desde aquí el regreso a La Orotava a las siete y media de la mañana, tomando el mismo recorrido que de subida. A las once y media cruzan el barranco de los Charquitos, en donde almuerzan, arribando a la villa sobre las dos de la tarde.

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Mapa del Teide y norte de la isla, por Borremans,
y que aparece en el relato de Weisgerber

Pagada la estancia y manutención en la fonda y despedido del guía y el arriero toma el coche de caballos rumbo a Santa Cruz. Esta vez el regreso lo hace cómodamente, sin el bullicio de la ida, gracias a que ese día, 14 de junio, la villa de La Orotava gozaba ya de las tan ansiadas fiestas locales. Regresa a la capital a las nueve de la tarde, sin tiempo para poder tomar el vapor “Ville de Manhao” (10), proveniente de Dakar y con destino a Burdeos y Le Havre. Eso le permite poder pasar tres días más en la isla, conociendo con mayor detalle la ciudad y sus alrededores. Finalmente la tarde del lunes 17 de junio se embarca en el vapor “Satrústegui” (11) que llegado de Buenos Aires y Montevideo pone rumbo a Europa, haciendo escalas en Cádiz, Barcelona y Génova (12).

Se da la curiosidad que de este buque desembarcan en el puerto gaditano varios centenares de emigrantes retornados de Argentina. Diversos diarios canarios e incluso de otras provincias dan cuenta del hecho. Por ejemplo, “La región extremeña” detalla (13): “Telegrafían de Cádiz, manifestando que llegó a aquel puerto el vapor Satrústegui, procedente de Buenos Aires. Trae 300 emigrantes españoles, rodeados de sus esposas e hijos. Vienen harapientos y hambrientos y cuentan que es horrible la miseria que sufren los españoles que han ido a la república argentina creyendo que allí mejoraría su posición social. Muchos miles de compatriotas nuestros, que están pereciendo, piden al Gobierno que los traiga a España”. Unos días más tarde el cónsul argentino en Cádiz desmentía en prensa esa noticia, alegando ni él ni las autoridades del puerto han tenido noticia de tal desembarco.

Ya de nuevo en Francia, en donde permanece por unos meses, se embarca como médico en buques ingleses recalando en varios países asiáticos. Años más tarde, en 1909, vuelve a Marruecos en donde, tras un breve paréntesis debido a la Gran Guerra, en la que participa como voluntario en el frente, vivirá la mayor parte del resto de su vida, como corresponsal de prensa, diplomático, político, empleado de banca y escritor. En 1926 finaliza una prolífica actividad tras una decena de libros publicados, innumerables artículos en prensa y revistas científicas y técnicas, destacados estudios sobre la medicina tradicional y otras costumbres de los pueblos marroquíes, investigaciones geológicas y patrimoniales de esa región norafricana y varios mapas de algunas regiones del Magreb (14). Frédéric Weisgerber fallece el 28 de diciembre de 1946 en Rabat, en cuyo cementerio europeo está enterrado.


  1. Respecto a este tema, recomiendo la lectura de la última obra de Juan Tous Meliá: “La medida del Teide” (2015)
  2. “Revue générale des sciences pures et appliquées”. 1905. Doin (Paris)
  3. Páginas 1038-1045.
  4. De la compañía “Forwood Brothers & Co’s. (Line of Steamers). Agente HY Wolfson, Marina 1.
  5. Tous, J.: “Santa Cruz de Tenerife a través de la Cartografía [1588-1899]”. 1994.
  6. La inauguración oficial tuvo lugar el 7 de abril de 1901, concretamente a las dos de la tarde de esa jornada.
  7. “La Orotava. Revista decenal literaria y de intereses generales”, 10 de Junio de 1901
  8. Presidió el jurado el arcipreste de la Catedral de Las Palmas, José López Martín y formó parte también del mismo Patricio Estévanez Murphy, director del “Diario de Tenerife”.
  9. “La Opinión”, 10 de junio de 1901.
  10. Despachado por “Hardisson Hermanos”.
  11. Buque de “Vapores Correos de la Compañía Transatlántica”, que fue despachado por la consignataria “Hijos de Juan Larroche”
  12. Formaban parte del listado de pasajeros, además de Weisgerber, el comerciante chicharrero Andrés Saavedra y el entonces Director de Sanidad del puerto santacrucero Joaquín Estarriol.
  13. “La región extremeña”, 22 de junio de 1901.
  14. Pouillon, F.: “Dictionnaire des orientalistes de langue française”. Karthala. 2008


 

Miguel Ángel NORIEGA AGÜERO

Geógrafo, investigador y miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio


 

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