La escala en Tenerife en 1837 de la fragata francesa “La Vénus” en su viaje alrededor del mundo

May 5, 2015   //   by Miguel A. Noriega Agüero   //   Blog, Historeando  //  Comentarios desactivados en La escala en Tenerife en 1837 de la fragata francesa “La Vénus” en su viaje alrededor del mundo

De las muchas expediciones científicas que recalaron en los puertos canarios durante los siglos XVIII y XIX, quisiera hablar esta vez de una, poco conocida, que fondeó en la rada santacrucera allá por los inicios del año 1837. Una sola nave, la fragata francesa La Vénus, y al mando de esta el capitán Abel Aubert du Petit-Thouars. La misión no era fácil. Las varias decenas de tripulantes, entre los que se encontraban el ingeniero hidrógrafo Urbain Dortet de Tessan, el naturalista Adolphe Simon Neboux y el cirujano marino Charles René Augustin Léclancher, debían llegar hasta las aguas del Pacífico norte y analizar el posible interés económico ligado a la caza de ballenas que para Francia pudiera tener esa zona del océano. Así, la fragata partió del puerto bretón de Brest el 31 de diciembre de 1836 y llegó a esa misma bahía el 24 de junio de 1839, tras dar la vuelta al globo, navegando miles de millas por el Atlántico, el Índico y, por supuesto, el Pacífico.

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El navegante, científico y oficial de marina francés Abel Aubert du Petit-Thouars

Además, durante todo el viaje realizarían mediciones de presión atmosférica, mareas, temperaturas del aire y el mar, humedad y salinidad. Y así lo hicieron a cada hora, de cada día, durante los dos años y medio que duró el trayecto. También a raíz de este viaje se realizaron planos de algunos de los puertos en donde arribaron (por citar algunos: Valparaiso, Callao, Acapulco y Honolulu), así como mapas de archipiélagos o islas solitarias (como por ejemplo: las Galápagos, Las Marquesas, Guadalupe, Juan Fernández, etc). Igualmente, cada llegada a puerto fue utilizada por la tripulación para la recolección y observación de aves, plantas, minerales y otros elementos naturales de interés científico.

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En total, se realizaron, gracias a toda la información recopilada durante la expedición, y tras estudios y trabajos científicos posteriores, un total de 11 volúmenes de una magnífica obra que lleva por título Voyage autour du Monde sur la frégate “La Vénus”, pendant les années 1836-1839, dirigida por el propio Aubert du Petit-Thouars y publicada en su primera edición en 1840, en París. Una buena parte de estos ejemplares se encuentran digitalizados en el catálogo en abierto de la Bibliothèque National de France: tomo 1, tomo 2, tomo 3, tomo 4, tomo 5, tomo 6, tomo 7, tomo 8, tomo 9, tomo 10 y tomo 11.

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Precisamente del primero de los tomos he obtenido los pasajes de la obra que narran la llegada y escala en Tenerife. 10 días después de zarpar de Brest, La Vénus llega a Santa Cruz de Tenerife. El buque únicamente estuvo un día fondeado en esta rada, lo justo y necesario para tomar provisiones, afinar los instrumentos de medición y hacer las visitas de rigor a las personalidades ilustres de la villa. Después, levaron ancla y enfilaron proa hacia decenas de puertos y bahías. Tras esta escala tinerfeña navegarían junto al archipiélago de Cabo Verde para llegar a Río de Janiero. Después vendrían, por este orden y citando solo algunos de los muy numerosos lugares de atraque: Río de la Plata, Islas de los Estados, Valparaiso, Callao, Hawái, Kamtschatk, Monterrey, Acapulco, Isla de Pascua, Islas de Juan Fernández, las Galápagos, Tahití, Nueva Zelanda, Cabo de Buena Esperanza, Isla de Santa Elena y, por último, Brest.


Veamos que nos describe Abel Aubert du Petit-Thouars de su llegada a Tenerife (ver texto original en Tomo 1, páginas de 16 a 24):

Después de tres días frustrados por el mal tiempo, La Vénus reanudó rumbo a las Islas Afortunadas, y a las 9 de la mañana, vimos la isla de Tenerife; estaba cubierta de niebla: el pico estuvo visible durante todo el día.

Tras el frío que habíamos sufrido y la humedad causada por el mal tiempo, treinta y siete hombres sufrían de catarro y fiebres. Esta circunstancia me convenció de llegar a Tenerife para suministrarnos de refrescos. Yo estaba contento, también, de aprovechar esta escala para hacer observaciones y determinar el estado de los cronómetros que nos daban resultados poco acordes al tiempo transcurrido desde nuestra partida.

A las seis de la tarde no estábamos a más de dos millas al este, de la punta NE de la isla. A este punta se la llama de Naga, nombre que toma de una vecina roca aislada con forma de pan de azúcar. Este punta es muy escarpada y está desprovista de vegetación; ofrece un aspecto triste y totalmente salvaje. Antes de oscurecer, pude distinguir la villa de Santa Cruz, y guiados por las luces de las casas, fuimos preparándonos para fondear.

Tras pasar junto a la Punta de Anaga, un macizo montañoso que visto desde el mar Aubert du Petit-Thouars lo pinta tan agreste e indómito, se van acercando al puerto chicharrero. Fondean el 9 de enero (de 1837) pero no es hasta el día siguiente cuando desembarcan.

A las ocho ya estábamos anclados en este puerto. El viento amainó por completo; la niebla aún cubría la parte superior de las montañas de la isla, y el día era oscuro y de lluvia. No tuvimos ninguna comunicación con tierra hasta el día siguiente, y nadie de la isla trató de averiguar quiénes éramos.

El Capitán Aubert du Petit-Thouars realiza una visita el Gobernador del archipiélago. En ese momento el cargo estaba desempeñado por el Mariscal de Campo Juan Manuel Pereyra y Soto-Sánchez, marqués de la Concordia Española del Perú. Además, la tripulación aprovechó la jornada para realizar los aprovisionamientos y trabajos científicos necesarios.

El día 10, después de los saludos de rigor, me fui a visitar al Gobernador General de las Islas Canarias, además de ir en busca de refrescos para la tripulación. M. Tessan, ingeniero hidrográfico de la expedición desembarcó conmigo; inmediatamente fue a instalarse en la casa del señor Brétillard, cónsul de Francia, donde observó la inclinación de la aguja y la intensidad magnética. El tiempo, siempre nublado, no nos permitió hacer las observaciones astronómicas necesarias para poder ajustar los relojes.

Sin embargo el viento que ese día se había levantado del este noreste parecía variar al este y además tomando fuerza, mientras que el mar, en la rada, tenía cada vez más oleaje. Era necesario que lo más pronto posible retomáramos nuestro viaje. Además, a las dos de la tarde, las observaciones ya se habían completado y teníamos los refrescos a bordo, estábamos preparados para continuar nuestro viaje, sin ni siquiera ver el Pico, frente al cual habíamos pasado casi veinticuatro horas antes.

Realizaron compras en las ventas y almacenes de la villa con el fin de llenar las despensas del buque con vistas al largo trayecto hasta Río de Janeiro, próxima escala, que tenían por delante. En total se gastaron 484,33 francos, según las detalladas anotaciones plasmadas en uno de los ejemplares de la obra que narra el viaje.

Esta escala, a pesar de lo corta que fue, nos ofreció varias ventajas; los enfermos se encontraban mejor y la tripulación fue capaz de adquirir, a precios moderados, naranjas y plátanos de excelente calidad. (…)

Una vez estos comentarios pasa a describir la villa santacrucera. De nuevo, y al igual que ya hicieran otros viajeros, describe una ciudad de casas bajas en su mayoría, entorno a la costa, salpicada de molinos y con abundante miseria por sus calles.

Es a los Cartagineses a quienes se les atribuye el primer descubrimiento de las Canarias. Estas islas fueron el límite occidental del mundo conocido en la antigüedad. El Pico del Teide, hoy Tenerife, famoso por su altitud, ha sido visto durante siglos como la montaña más alta de la Tierra. Se le calcula 3.710 metros de altitud a nivel del océano, y se le puede llegar a divisar, con buen tiempo, desde treinta a cuarenta leguas. (…)

Como se sabe las Canarias pertenecen a España. La villa de Santa Cruz, residencia del Gobernador General, puede ser vista como la capital y centro del comercio del archipiélago.

El aspecto de Santa Cruz desde la rada es agradable; la villa se extiende a lo largo de la playa más que hacia el interior; está situada sobre una ladera de pendiente suave al pie de unas montañas muy elevadas de color sombrío. Todas sus casas blancas, en medio de las cuales sobresalen molinos, campanarios y palmeras, ofrecen un panorama agradable  y con encanto.

Desembarcamos en un muelle construido en una buena zona llana. Estaba, en el momento de nuestro escala, en bastante mal estado. El extremo de este embarcadero, cuya dirección principal es este oeste,  está acodado hacia el norte permitiendo así el desembarco al abrigo del mar abierto.  Sin embargo, en días de mal tiempo, ofrece mucha resaca. Solo con buen tiempo es posible el desembarco al sur del muelle, entre las rocas, cerca de la aduana; en cualquier otro lugar esto no es posible a causa del oleaje, que rompe sin cesar.

La villa se encuentra defendida en la costa por varios fuertes y baterías. El Almirante Nelson encontró estas fortificaciones tan imponentes que no pudo vencerlas en su ataque, a pesar de que tenía una buena escuadra. Habiendo ya desembarcado, a la cabeza de un destacamento con la idea de asaltar uno de los castillos, fue repelido y, además, gravemente herido en su brazo derecho que hubo que amputar.

Desde la costa hacia el interior, Santa Cruz se encuentra abierta, sin defensa y dominada desde varios puntos. Las calles, que se cruzan entre ellas en ángulo recto, son estrechas. Hay una bella plaza rodeada de bancos esculpidos para los habitantes que vienen a ella a tomar el fresco. Algunas casas están bien edificadas, revelando opulencia, pero en general las viviendas son pequeñas y de planta baja. Privada de todo carácter distintivo, Santa Cruz se asemeja a cualquier pequeña villa española, con alrededor de siete u ocho mil almas. Una población escasa, muy mísera, con formas y costumbres españolas, repartida por las calles. Lo que más impresiona es la miseria, el principal habitante de este grupo de islas, a pesar de su afortunado nombre.

Comenta tras esto, cómo era el comercio en la localidad y en manos de quién estaba principalmente.

Casi todo el comercio en Canarias está en manos de ingleses  que se llevan la mayor parte de los vinos, algunos de los cuales tan afamados como los de Madeira. Ha habido años en donde la exportación para Inglaterra y la India a llegado a ser de 800 toneladas. Los ingleses despachan, como intercambio, productos manufacturados, cereales y aguardientes.  Este movimiento comercial puede ser tasado en dos millones de francos. (…)

En ese momento España estaba enfrascada en su Primera Guerra Carlista y este hecho es comentado por Aubert du Petit-Thouars, quien deja claro como en la isla no existía ningún tipo de conflicto bélico.

Durante nuestra llegada,  estábamos altamente preocupados por los acontecimiento políticos de España, sin embargo la tranquilidad no fue nunca perturbada.

Cita a la mujer del Gobernador, regalándole halagos y comentado su origen familiar.

Fui recibido de manera muy cortes por el señor Gobernador General Marques de la Concordia, persona de buenas modales. Su mujer, muy bella, es la hija del penúltimo virrey del Perú, Don Abascal; ella es según la expresión de cortesía castellana: una gran dama. (…)

Detalla cómo es la escala y fondeo en la isla según la época del año, así como el suministro de víveres y otros enseres.

La escala en Tenerife no siempre es segura en verano; en invierno más aún; pueden aparecer vientos en alta mar llegando a ser crítica, sin embargo, a partir del mes de enero, los vientos en esta zona son más raros. Los habitantes de Santa Cruz dicen que cuando el viento sopla de alta mar la isla de Canaria se ve más clara y evidente. Estos consejos son aprovechados por los navegantes que frecuentan esta rada, siendo posible hacer escala sin fondear. Están tan acostumbrados al paso de buques, que en dos o tres horas se puede obtener todos los víveres que se puedan desear.

En Santa Cruz se encuentra el mejor agua de las Canarias, es fácil aprovisionarse de ella y en poco tiempo. Solo cuesta una medida de España “la pipa”, incluyendo el precio del transporte. Los bueyes que embarcamos estaban excelentes y la ración nos salió al mismo precio que en Bretaña. Muchos navegantes sufren la escasez y la carestía de las provisiones, sin duda eso pasa aquí como en ningún otro lugar: el precio depende de la abundancia o la falta de los productos, así como de la época del año en la cual se arribe a puerto.

Si bien no considero esta escala como indispensable, la veo al menos como buena para la tripulación y sus beneficios más inmediatos. Estábamos ya por las costas de Brasil y aún teníamos legumbres, naranjas y plátanos de Santa Cruz. Este fondeo ha roto la monotonía de nuestra navegación de una manera útil y agradable.

En la rada santacrucera hay dos navíos fondeados junto a La Vénus que le llaman la atención al Capitán Aubert du Petit-Thouars. Uno de ellos ocupa un lugar destacado en las llegadas históricas a este puerto. Se trata del primer buque de vapor en llegar a Tenerife, el inglés Atlanta, que arribó dos días antes que La Vénus para aprovisionarse de carbón (unas 100 toneladas) durante su viaje al Índico. El segundo de ellos es de nacionalidad francesa y tiene como objetivo llegar a las costas chilenas y peruanas.

Nos encontramos en la bahía de Santa Cruz un vapor inglés armado con destino a la India y el Mar de china, en donde protegerá la navegación comercial de los numerosos piratas que infestan los canales de las Islas Molucas, las de Sonda y otras. Este buque deberá de hacer escala, en caso necesario, en Santa Elena, el Cabo de Buena Esperanza, la Isla Mauricio o en Madrás, para tomar provisiones de carbón.

El navío francés La Delphine, que partió de Burdeos el mismo día que nosotros de Brest, estaba igualmente fondeado en Santa Cruz. Este buque tenía que reparar o cambiar su timón, el cual sufrió una avería durante la tormenta que nosotros acabábamos de sufrir. Tiene como destino Chile y Perú, a donde lleva una abundante carga compuesta de productos de la tierra y bellas manufacturas de Lyon. Lleva además pasajeros, varios de ellos misioneros apostólicos, enviados a la Polinesia por la sociedad de misiones extranjeras de París.

Finalmente, y menos de 24 horas en la bahía de Santa Cruz de Tenerife, La Vénus sigue rumbo hacia el sur. Unos 30 meses de trayecto por delante les restaban a estos marinos y viajeros franceses para poder completar su viaje y misión.

El 10 de enero, a las dos horas, todos los preparativos estaban realizados, zarpamos; se había levantado viento y la mar estaba más gruesa. (…)


 

Si quieren saber más del viaje de estos marinos y científicos franceses en su largo viaje alrededor del planeta no dejen de echar un ojo a los ejemplares de Voyage autour du Monde sur la frégate “La Vénus”.

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